Archive for la identidad de la bruja a través de la historia

El retorno de la Dama Blanca: un acercamiento a la Visión de Robert Graves.

El deseo de la Diosa Madre asume muchas formas, y los arquetipos de la bruja buena y mala son sólo dos de ellas. La más famosa evocación de la Diosa Madre en la literatura reciente es probablemente la descripción que hace de ella Robert Graves en La Diosa Blanca. Graves asocia la Diosa Madre a la musa y a la luna, y llega a afirmar que ninguna composición poética es verdadera poesía si no la invoca:

La prueba decisiva de la inspiración de un poeta, podría decirse, es el esmero con el que pinta la Diosa Blanca y la isla sobre la que reina. La razón por la que un poema nos hace poner los pelos de punta, lagrimear los ojos, cerrar la garganta, enchinar la piel y sentir un escalofrío en la espina dorsal es que se trata de un verdadero poema, y un verdadero poema es necesariamente una invocación a la Diosa Blanca o Musa, a la Madre de Todos los Vivientes, al antiguo poder del miedo, y de la sexualidad… la araña hembra, o la abeja reina, cuyo abrazo significa muerte.

¿Quién es la Diosa Blanca de Graves y qué tiene que ver con las brujas? Es “una mujer bellísima, delgada, con nariz aguileña, el rostro de una palidez mortal, los labios rojos como serbas salvajes, los ojos de un azul increíble y largos cabellos rubios; se transformará de repente en cerda, yegua, perra, asna, comadreja, serpiente, lechuza, loba, tigresa, sirena u horrible arpía”.

Nos ocupamos de la Diosa Blanca de Graves porque existen pruebas convincentes del hecho que, sea ella como el moderno arquetipo de la bruja a la Walt Disney (la vieja fea y mala con la nariz y el mentón curvados y cercanos) o como antiguo estereotipo de la curandera ( una mujer misteriosa que habitaba en un bosque secreto ) ambas tienen la misma progenitora divina, la antigua, pagana Diosa Madre, la Reina del Cielo, conocida también con el nombre de Ísis por los egipcios, de Ishtar por los asirios, de Inanna por los sumerios y de Astarte por los fenicios… Posee muchos nombres. Corresponde también a Venus/Afrodita, que era, en los tiempos antiguos, más que una simple diosa del amor, una poderosa creadora de vida y de muerte.

El acreditado libro de Graves que, por admisión del autor mismo, tiene origen en una visión poética, expone esta tesis: que toda la verdadera poesía es en realidad una evocación a la antigua diosa adorada en el Cercano Oriente y en Europa; que su culto sobrevive en el lenguaje de la poesía, aunque sea oficialmente proscrito desde hace siglos; que todos los verdaderos poetas la honoran, conciente o inconcientemente; que el lenguaje mítico usado por los poetas es en realidad lo que queda de su liturgia. Estas son ideas fascinantes y provocativas, que arrojan luz sobre tanta poesía que de otra manera quedaría oscura. Además es interesante notar que la Diosa Blanca de Graves, la bella mujer pálida de labios de serbas salvajes, se acerca a muchas descripciones de la bruja bella.

Una vez que Graves nos la ha descrito, empezamos a detectar su presencia por doquier. Por cierto es ella “La Belle Dame Sans Merci” de Keats, la encantadora que representa el amor, la muerte y la inspiración poética, la moderna encarnación del tríplice aspecto de la diosa.

Si se buscan las huellas de esta diosa en la literatura poética, se hallan invocaciones dirigidas a ella por doquier, de Shakespeare a Spenser, a Donne, a John Clare, a Coleridge, a Keats, a Yeats y otros. Dice Graves que la presencia de la diosa se reconoce no sólo por su aparición en un poema, sino también por sus manifestaciones invisibles.

…por ejemplo, cuando las lechuzas gritan, la luna navega entre las nubes huidizas, los árboles ondean lentamente, todos juntos, sobre una cascada fragorosa, y se oye un lejano ladrido de perros; o cuando el sonido de las campanas en el aire gélido anuncia al improviso el nacimiento del Año Nuevo.

Todos los poetas coinciden que algunos lugares, los brezales, los bosques, el mar, son más que otros fuente de inspiración, y esto pasa porque están habitados por la diosa, mientras que ha sido ya desterrada de ciudades y autopistas, o, más probablemente, se fue por su propia iniciativa.

La teoría de Graves es innegablemente sugestiva; mas es verdadera en sentido poético, no literal. Graves, que seguramente no es feminista (a pesar de su apasionada fidelidad a la musa) se sirve otra vez de su teoría, en La Diosa Blanca, para racionalizar la relativa escasez de poetisas en la historia de la literatura. Puesto que él concibe la relación entre la musa y el poeta en sentido sexual, y puesto que su imaginación no llega a concebir mujeres que hagan el amor con otras mujeres, no logra hipotizar mas que rivalidad, entre la poetisa y la musa. Una teoría no sólo ingenua, sino también cómoda. La musa puede ser muchas cosas para la poetisa: madre, amante, doppelgänger. Frecuentemente, cuando la poetisa se dirige a su musa, se dirige al lado hechiceresco de su propia alma… a la diosa de la muerte y de la destrucción que está dentro de ella. “Como ella”, de Anne Sexton, es perfecto ejemplo de lo que hemos apenas dicho.

Descubriremos muchos otros puntos de contacto entre diosa y bruja, bruja y poetisa, siguiendo en la lectura. Por el momento, de todos modos, para analizar la relación poeta-musa y la relación poetisa-musa, intentaremos establecer con qué frecuencia, en los poemas escritos por mujeres, la poetisa se identifica con la bruja, la arpía, el principio de la destrucción. El poeta varón manifiesta este principio con “La Belle Dame Sans Merci”. La muerte está afuera, en vez que dentro de la conciencia. La muerte es la tentadora, la seductora, la musa. Para la poetisa, la muerte está frecuentemente dentro de la conciencia, se identifica frecuentemente dentro de la creatividad poética… un arte peligroso para las mujeres. Puede ser que las mujeres, en una cultura patriarcal que les provee poquísimas imágenes positivas de ellas mismas, poquísimas imágenes positivas de la feminidad, hayan terminado con identificar su propia creatividad (la cosa que las diferencia de las otras personas, de las otras mujeres) con la destructividad. Frecuentemente, en realidad, han realizado su misma profecía de destrucción suicidándose. Se han matado en la esperanza de poner fin a su trágica diversidad. Mas, desgraciadamente, haciendo así no han matado a esta diversidad, mas sólo a los poemas que habrían podido escribir. Es ésta la primera de muchas conjeturas provocativas acerca de las mujeres reveladas por el estudio de la bruja. Creo que se puede tranquilamente decir que, empezando a comprender la figura de la bruja en el mito, en la poesía y en la religión, hemos dado un paso importante hacia la comrpensión de la situación de las mujeres en la sociedad patriarcal y de las extrañas adaptaciones psicológicas que han sido obligadas a hacer en la vida, en la religión y en el arte.

El despertar de la Dama Blanca.

En el 2008 se cumplen sesenta años de la primera publicación del libro más difundido de Robert Graves (1895-1985), como fue su ensayo titulado La Diosa Blanca. Profundamente influenciado por el libro La Rama Dorada del antropólogo escocés Sir James Frazer (1854-1941), Graves expuso que la relación entre el poeta y su fuente de inspiración, y originalmente su musa, es una reminiscencia del culto a una supuesta diosa madre, siendo la poesía una invocación a aquella. Esta diosa madre primitiva y arquetípica habría estado presente en el imaginario del ser humano no tanto como una religión primitiva como sí una representación del misterio de la fecundidad, base de las sociedades matriarcales. Se ha tildado a La Diosa Blanca de tratarse no más que de una tesis especulativa y carente de base científica, por lo que esta teoría ha sido más o menos dejada de lado por las ciencias sociales modernas. Sin embargo, los argumentos del poeta inglés merecen constante revisión en virtud de su contundencia.

Auge y decadencia de la Diosa Madre:

Si bien es difícil comprobar la existencia o no de un culto a la feminidad en el paleolítico, hay gran cantidad de evidencias arqueológicas de su existencia en el neolítico (c. 7.000 al 4.000 a.C.), período que aporta algunas luces al respecto de su posible origen. Con el paso de las sociedades cazadoras-recolectoras al surgimiento de la agricultura y domesticación de animales, la fertilidad cobró importancia y presencia concreta en el desarrollo del pensamiento simbólico humano. Prueba de esto la dan los incontables restos de estatuas y objetos rituales relacionados, con clara supremacía de figuras femeninas que datan de este lapso y que han sido halladas a lo largo y ancho de todo el mundo.

Las huellas de la diosa madre primordial se mantuvieron en las culturas de la antigüedad, aunque fueron perdiendo terreno producto de la ascensión de la figura del varón como motor del progreso urbano. Podemos presumir que el perfeccionamiento de los medios de producción, el desarrollo de los asentamientos que dieron origen a las primeras ciudades y el comercio como labores eminentemente masculinas desplazaron a la mujer; el hombre le habría quitado a su compañera el liderazgo de la labor agrícola y la relegó al cuidado de la prole. Los cultos religiosos viraron hacia panteones con dioses masculinos a la cabeza, si bien la mayoría de las civilizaciones clásicas contaban con diosas arcaicas cuyos atributos fueron a la postre arrebatados por otras divinidades más acordes al orden que se estaba estableciendo. Así ocurrió con el culto a Mut en el Egipto del tercer milenio a.C., diosa relacionada con las aguas, madre creadora del mundo; con el tiempo su representación fue asimilada a la de la diosa Hathor, y ésta luego a la de Isis, como integrante de un panteón ya más complejo de dioses. Semejante situación ocurrió también en Mesopotamia con las diosas Tiamat e Ishtar. El culto a la fertilidad implicaba con frecuencia ritos donde el sexo era el elemento capital.

El Rapto de Europa:

El triunfo del orden masculino y ganadero sobre el femenino y agrícola puede adivinarse en la estructura de los pueblos indoeuropeos de la edad del bronce, los que una vez salvado este hito trascendental conformaron un modelo de sociedad patriarcal, originalmente seminómada y fuertemente jerarquizada. Georges Dumézil estudió en profundidad la cultura y los mitos indoeuropeos, estableciendo que se trataba de pueblos con una marcada división de clase, habiendo un estrato clerical influyente, una casta guerrera con códigos y ritos iniciáticos propios, y una clase de base agrícola y doméstica. Una lectura diferente de ciertos mitos griegos parece avalar esta hipótesis, y es así como se ha querido ver el rapto de Europa por un Zeus con forma de toro, o la posesión bestial que este mismo animal hizo de la princesa Pasifae, como una representación de la victoria de la vida ganadera sobre la cultura matriarcal cretense.

La extensión de grupos indoeuropeos en Europa habría además significado un cambio drástico en el sistema de creencias, con la consiguiente imposición de cultos politeístas y centrados predominantemente en el aspecto masculino de la naturaleza, lo que tiene su correlato en el hecho de que lo varones jerarcas eran los actores principales de este nuevo tipo de sociedad. Por ejemplo, Potnia Theron y Cibeles (“Señora de las bestias”) eran las respectivas diosas minoica y frigia de un culto de raíces prehistóricas, extendido en gran parte del mediterráneo oriental, y cuyos aspectos fueron reemplazados en gran parte por la más reciente diosa Artemisa, que en su calidad de virgen no incluía el carácter sexual del culto femenino. Otro tanto ocurrió con la decadencia del culto a Deméter (“Diosa madre”), el que probablemente databa del neolítico. Deméter era la diosa de la agricultura, simbolizaba la vida y la muerte, y era piedra angular de los misterios eleusinos que precedieron la mitología olímpica. En el hinduismo, la dimensión femenina de la divinidad sobrevivió en la tradición védica con el nombre de Devi o Shakti en sus múltiples formas. Otras culturas indoeuropeas politeístas absorbieron muchos de los cultos a lo femenino enraizados en Europa desde el neolítico. De este modo ocurrió con la diosa celta Danu, cuya adoración estaba extendida por casi toda Europa, o la diosa Freyja en tierras nórdicas.

El aspecto sexual de la diosa madre, fue separado de las otras dimensiones de la diosa, y canalizado a otros cultos que fueron haciéndose cada vez más reducidos y controlados, en virtud del desenfreno sexual a ellos asociado. Por ejemplo, Afrodita capitalizó en Grecia, como su contraparte Venus en Roma, el aspecto erótico de los ritos antiguos, dejando otras proyecciones de lo femenino a entidades como Hera, Artemisa o Gea.

Metafísica y monoteísmo:

El cambio radical y definitivo vino con el advenimiento de las religiones morales y monoteístas. Las culturas semíticas son herederas de un arcaico sistema de tabúes estrictamente ritualizados, de lo que da prueba actualmente la ortodoxia judía y el Islam, y la figura patriarcal acabó consolidándose como arquetipo de lo divino con más fuerza que los también estructurados pero politeístas credos indoeuropeos. La sexualidad, antaño parte fundamental de los ritos arcaicos de fertilidad, se transformó en una función utilitaria, relacionada con el descontrol que producen los instintos naturales, en consecuencia con la culpa, y más tarde con el pecado. La idealización metafísica del alma humana sobre el cuerpo, concepción que el cristianismo primitivo hizo suya desde el neoplatonismo, subrayó y dogmatizó el entendimiento de la carne como prisión despreciable, y de la genitalidad como una mancha, una mácula.

El desprecio al cuerpo comenzó a tomar vigor con el surgimiento de la filosofía y la metafísica. Con el auge del comercio y tras favorecerse el contacto entre culturas muy dispares entre sí, las viejas formas de pensar fueron sometidas a comparación y discusión. A la par con el nacimiento de la filosofía occidental, en muchas regiones del mundo conocido quedó patente la necesidad de dar mayor énfasis en los sistemas de creencias a los aspectos éticos y morales de la vida humana. Karl Jaspers identifica esta especie de shift del pensamiento con un período de la historia que denominó el “Tiempo-Eje”, ocurrido aproximadamente entre los siglos VII y V a.C. Así, mientras Jenófanes criticaba el antropomorfismo de los dioses en Grecia, y tanto Parménides como Heráclito daban comienzo a la discusión todavía vigente sobre el problema del Ser, en Palestina la religión hebrea cobraba su forma definitiva. Para entonces, cada vez más escasos rastros de la diosa madre quedaban en las religiones formales y populares. El género femenino es un recordatorio constante de la corporalidad a un punto que obstaculizaba el pensamiento de filósofos, religiosos y gobernantes; como un molesto cable a tierra que debía mantenerse en un segundo plano, tanto en la vida social como en la espiritual. Así fue.

El monoteísmo no sólo exigía exclusividad de culto, sino también un nuevo orden que debía comenzar con abolición del culto a la fertilidad. La mujer chamán o sacerdotisa, especie ya rara en tiempos del cristianismo, se redujo a la categoría de bruja en el sentido peyorativo del término, representante de aquello a lo que hay que temer, al misterio de lo maligno, a la noche y la oscuridad primordial. Sin embargo, erradicar a la diosa madre del inconsciente colectivo —en términos de Jung— era una empresa mucho más complicada que la simple y macabra persecución de paganos y herejes. El cristianismo tuvo que hacer algunas concesiones en aras de su difusión, de manera que se puede ver hoy en la veneración católica a la Virgen María, reminiscencias maquilladas de un culto abandonado. Entre otros apelativos, María como madre de Jesús ostenta títulos que sugieren su solapada condición divina, como el de Regina Cœli o el de Θεοτόκος. La Reina del Cielo puede entenderse como la diosa madre que rehusó desaparecer del imaginario colectivo, y se adecuó a los nuevos requerimientos de la religión imperial. Aun así, en el siglo XXI la mujer permanece impedida de ejercer el sacerdocio en la Iglesia Católica.

Lo sagrado en lo femenino: conclusiones.

Al revisar la evolución de las creencias a través de los siglos, queda de manifiesto cómo se ha llegado a determinadas formas de pensamiento para hacerlas compatibles y concordantes con un orden social establecido. Hoy damos por sentado que toda doctrina puede ser cuestionada, así como el poder que de una u otra manera se sustenta en ella para legitimarse. Sin embargo en tiempos remotos, cuando las sociedades primitivas comenzaban a estructurarse de la manera jerárquica que ahora nos es tan familiar, el entramado de las comunidades debía tener su correlato en las explicaciones que se tenían de la realidad, y esta condición debió instaurarse al costo que fue necesario. En los últimos milenios, aunque innumerables dioses se han creado y otros tantos han pasado al olvido irreparable, da la impresión que la imagen de la diosa madre sigue presente. Sin ir más lejos, en el credo católico mismo, tan difundido en Occidente, la imagen de la Virgen María pareciera gatillar en el creyente una sensación de cercanía, tradicionalmente de mediación con lo divino, pero en lo vivencial ligada a un profundo sentimiento de protección que proviene de una madre arquetípica omnipresente en el inconsciente.

Desde una perspectiva laica, debe entenderse que lo sagrado no está necesariamente relacionado con lo religioso, es decir, no es monopolio de esta manera de ver el mundo. Por otra parte, lo religioso sí tiene un origen en la aparición de misterios durante el reconocimiento que el ser humano hace del mundo, y que es a su vez el origen de lo sacro. La vivencia de lo sagrado es producto del asombro del hombre ante el espectáculo que —para su entendimiento— es el universo que habita. Cuando en su cancionero apócrifo Antonio Machado afirmó que «la mujer es el anverso del ser. Sin mujer no hay engendro ni saber», en pocas palabras nos dijo que ella ha sido y es la fuerza generatriz de lo humano, la representación de la eterna búsqueda, característica propia de nuestra especie. Es comprensible que el género humano haya identificado en la mujer la generación constante y ubicua del cosmos: vio en lo femenino un símbolo y una realización de lo sagrado. Si asumimos que el pensamiento mítico responde a su propia lógica, la presencia de la mujer resulta natural, pues nos evoca el misterio de la vida aún hoy en día, cuando confiamos que la ciencia es llave de muchas puertas. La capacidad de maravillarnos, no obstante, más que racional es emocional.

La creación de la Edad de Oro de la Mujer.

La idea del “eterno femenino” resulta muy interesante, porque podemos utilizar para realizar una nueva evaluación de la posición de las mujeres en las sociedades contemporáneas. Muchas feministas occidentales han visto con buenos ojos el planteamiento de que quizá, existió una sociedad en torno a la religión de la Diosa. Según los movimientos modernos sobre la Diosa, dicha sociedad no se ocupó de la conquista o la dominación, sino que concentró sus energías en un sistema ginocéntrico (centrado en la mujer) de organización e hizo hincapié en las interacciones pacificas y en el desarrollo artístico.

Al parecer, estas afirmaciones quedan respaldadas por el hallazgo de la civilización de Hoyuk Zatal, descrita por James Mellaart – su descubridor – como una “supernova en la galaxia bastante oscuras de la culturas campesinas coetáneas”. Hoyuk Zatal, en la actual Turquía, alcanzó su apogeo entre 7000 y 5000 a.C. Contaba con una amplia variedad de artes y oficios, como escultura, pintura, tejidos y alfarería. Los edificios y santuarios – muchos de los cuales parecen dedicados a una Diosa suprema – se erigieron a diversos niveles y siguen un complejo patrón arquitectócnico. Carece de estructuras defensivas, como fortalezas en las colinas, y los cientos cincuenta pinturas halladas en la zona no representan escenas de violencia. Las mitologías regionales supervivientes refuerzan la suposición que llevaban un pacífico estilo de vida agrícola.

Los seguidores de la Religión de la Diosa consideran el Neolítico como la Edad de Oro: formado por matriarcados que se basaban en el culto a una única diosa universal, duró miles de años hasta que, a partir del cuarto milenio a.C, fue corroído por una sucesión de grandes ivnasiones de los llamados indioeuropeos. La diosa siguió siendo objeto de culto en muchas culturas, pero de forma menos intensa y unificada. Con la llegada del cristianismo, el culto a la Diosa, manteniéndose y transmitiéndose por via matriarcal a través de creencias unificadas como la Brujería o Antigua Religión, pese a la persecución ideológica sufrida durante la caza de brujas de la Reforma. Para los modernos adoradores de la Diosa, el desorden social actual es consecuencia del desequilibrio entre los valores duales que otorgan sentido al Universo. La edad de Oro se utiliza como paradigma necesario del futuro y como intento de evitar un cataclismo mediante la recreación de un mundo sin guerras y ecológicamente consciente.

Existe la esperanza de que el ideal de la Diosa una a las mujeres y las ayude a crear una sociedad menos materialista, en la que la humanidad vida pacíficamente. En todos los lugares donde los movimientos de la Diosa cobran mayor fuerza, los mitos autóctonos sirven para ilustrar el carácter ginocéntrico por el cual la mujer es dadora de vida y del alimento: consideran la sociedad y la tierra un todo unificado y el bienestar colectivo tiene tanta importancia que la voluntad individual.

En el caso de que la Edad de Oro hubiese existido, los críticos de las ideologías que ha originado insisten en que el matriarcado mantiene el predominio de un sexo sobre otro. Si bien el equilibrio sexual se invierte, no hay garantías de que la civilización centrada en la Diosa conduzca a una paz más duradera. Incluso en países como en la India, donde las tradiciones del culto a la Diosa han perdurado a lo largo de milenios, las mujeres casi nunca alcanzan la categoría que aparentemente estaría en consonancia con la defensa del “eterno femenino”.

Historia de una persecución.


Como un fenómeno histórico de carácter politico y represivo, la cacería de brujas se convirtió en un verdadero estilo de vida que se sustentó en la mal llamada “santa inquisición”, concepto bajo el cual se condenó y mató a miles de personas que tenían creencias que no se apegaban a la religión.

Ejemplos de esta persecución se vivieron en muchas partes de Europa y el mundo, así Navarra y el País Vasco fueron unas de las zonas más asoladas por la obsesión contra el arte de la brujeria.

Ya en 1466 los guipuzcanos obtienen de Enrique IV permiso para que los alcaldes persigan y juzguen a las brujas que asolan la provincia. Poco después nace en la sierra de Amboto un notable foco de aquelarres. En 1507 treinta brujas fueron quemadas por el tribunal inquisitorial de Logroño. Y en 1525 más de 400 personas son interrogadas en Pamplona, donde dos niñas confiesan haber participado en un aquelarre, y colaboran en el arresto y condena de un centenar de presuntas brujas.

Sin embargo, el inquisidor Alonso de Salazar y Fría, radicalmente disconforme con sus colegas, descubrió contradicciones en los testimonios, y no encontró evidencia sobre la realidad de los aquelarres, concluyendo que en toda la comarca no se había cometido ningún verdadero acto de brujería. La inquisición española respaldó en las Instrucciones de 1614, que recomendaban benevolencia y cautela en esta clase de procesos. Gracias a ellas la península quedó prácticamente libre de la locura en que la caza de brujas sumió al resto de Europa.

¿Culpables o diferentes?

A las brujas se las acusaba de arruinar las cosechas, de provocar enfermedades y muertes entre los animales y sus propios vecinos, de matar niños, de practicar el incesto y el aborto, de comer carne humana y beber sangre y de desenterrar cadáveres.

Pero es muy difícil saber qué hubo de cierto en tales acusaciones, ya que estas descripciones suelen proceder de sus perseguidores y, cuando figuran en las declaraciones de las propias brujas, fueron obtenidas mediante amenazas y torturas, que inducían a las acusadas a ajustarse a lo que sus torturadores querían escuchar.

Otras de sus visiones seguramente se deben al carácter alucinógeno de las sustancias que las brujas se aplicaban. No se entiende, que nadie en aquella época, fuese capaz de preguntarse cómo era posible que aquella pobre gente pudiese entregarse a las prácticas repugnantes y abominables que se les atribuían. Y todo ello para condenarse sin remedio por toda la eternidad, con el único propósito de obtener unos supuestos poderes sobrenaturales que, sin embargo, les dejaban indefensos ante sus jueces y torturadores.

Todo invita a pensar que hubo una campaña de desprestigio perfectamente orquestada en la que se jugó con los impulsos más inmediatos y viscerales del pueblo, dirigiéndolos contra estos contestatarios que se rebelaban contra el orden establecido.

¿Por qué más brujas que brujos?

Los cronistas de la caza de brujas lo dejan claro. Por cada hombre 500 mujeres practican la brujería, asegura Bodin. Por cada brujo, 10 mil brujas, aumenta De Lancre. Los textos de la época muestran una gran prominencia del sexo femenino.

¿A qué se debe? Esta claro que la Iglesia, como otras religiones patriarcales, vio en ella el origen de todos los males, inclinándola aún más hacia la brujería, como protesta contra la represión de que era objeto.

Los inquisidores:

Según los historiadores tras las cacerías de brujas los clérigos e inquisidores que “luchaban contra el demonio” se transformaron en seres sexualmente frustrados que encontraron un chivo expiatorio en la mujer.

Una respuesta está en una religión lunar, eminentemente femenina, centrada en la diosa madre, cuyo comparsa es un dios cornudo; divinidad de la magia y del conocimiento no racional, progresivamente suplantada por el dios solar de la luz y la racionalidad.

También griegos, romanos y anglosajones temían a las hechiceras; mujer y magia han sido siempre sinónimos.

Lo cierto es que en su furia por exterminar las nuevas corrientes del pensamiento, la inquisición uso a las brujas como víctimas.

Cacería de brujas:

El sadismo, la curiosidad morbosa y las peores cualidades humanas exacerbaron el espíritu de los cazadores de brujas, convirtiéndolos en verdugos despiadados, capaces de las más terribles atrocidades.

El principal catalizador de tan horrible proceso histórico es el Malleus Maleficarum, verdadero manual del cazador, que resumía cuantos chismes sobre la brujería circulaban en la época e intentaba justificar el uso de todos los métodos en las investigaciones.

Esta obra siniestra, causa de incontables crímenes y sufrimientos, pronto se convirtió en un auténtico bestseller y desató una epidemia de libros brujeriles, que se editaban por cientos de miles.

Los jueces se consideraban a sí mismos instrumentos de la providencia; creían que su función les protegía de maleficios, formulaban a los sospechosos preguntas tan escabrosas como insanas y aceptaban cualquier testimonio, incluido el de niños, idiotas, histéricos y delirantes.

Algunos aceptaron dinero o chantajearon a los acusados; no faltaban a los delatores de brujos profesionales y quienes por este procedimiento se quedaron con las fortunas de sus súbditos o familiares, mientras conducía a aquellos a la hoguera.

La caza de brujas, en la que participaron intensamente los católicos y protestantes, constituye uno de los más negros episodios de la historia de la humanidad.

Los contemporáneos de la época describían a las brujas como mujeres repulsivas, capaces de realizar hechizos y preparar ungüentos y brebajes con virtudes mágicas, aunque entre las procesadas no faltan miles de bellas jóvenes cuya virginidad pudieron comprobar los verdugos.

El poder de las hierbas, pócimas y drogas:

Se suponía que las brujas eran expertas en toda clase de hierbas. Con ellas y los más singulares elementos preparaban en su caldero ungüentos mágicos, pócimas curativas, eficaces venenos y filtros amorosos que guardaban en jarras y botellas.

Se les atribuía ser depositarias de antiguos conocimientos transmitidos de madres a hijas, de iniciadora a iniciada.

Obviamente, el vuelo nocturno y otras de sus visiones eran producidas por ciertas plantas alucinógenas que, mezcladas con grasa, penetraban por los poros de su piel, tras frotarlas enérgicamente.

Nynauld distingue en 1615 tres variedades de ungüentos: “el que produce la ilusión momentánea de una transformación animal; el que permite creer a las brujas que van al sabbat, pero se localiza únicamente en la imaginación; el que permite un verdadero viaje al sabbat, mientras dios lo permita”.

¿Usaban alucinógenos?

La respuesta es sí. De hecho algunas pócimas pudieran en efecto facilitar una experiencia extracorporal que permitiera a la bruja desplazarse psíquicamente al punto de reunión. Esto puede deducirse de las descripciones pormenorizadas que algunas acusadas hicieron de lugares que nunca habían visto físicamente, y es refrendado por prácticas semejantes de los brujos tribales, capaces de describir certeramente lo que sucede en lugares remotos sin salir de su cabaña.

Inquisidores y eruditos de la época han descrito la composición de estas unturas y el modo que tenían de administrárselas. Gracias a ellos, los investigadores modernos han identificado diversos elementos alucinógenos, y varios narcóticos de extracción vegetal.

El mito y la realidad:

El concepto de brujeria, como arte mágico, siempre ha sido proclive a confundirse con muchos términos análogos como Ocultismo, esoterismo y otras prácticas abiertas a interpretación cultural. Sin embargo, la brujeria, como arte y como creencia, es una forma de expresión del yo tan válida, concreta y estructura como otras creencias religiosas basadas en la relación espiritual del hombre con la divinidad. La creación como fenómeno definitorio de una creencia, hace que está se encuentre profundamente arraigado en el subconciente social de nuestra definición de humanismo y cultura.

Porque no debemos olvidar, que hace mucho tiempo, Dios era mujer.

El gato y la bruja.

Para la imaginería popular, la figura del gato y la bruja se encuentran irremediablemente unidas. De alguna forma, la identidad cultural que se le ha atribuido a las practicantes de la Antigua Religión, tiene como elemento fundamental una extraña simbiosis de elementos reconocibles que la identifican como tal. El gato, es por supuesto, una de las características más visibles que definen esta ambigua definición de “bruja”.

Los origenes de esta creencia son diversos. En la tradición Celta se relata que las brujas consideraban como sus mejores amigos a los gatos erizos, en especial los de color negro. La Bruja utilizaba a su gato, como su sirviente mensajero o secretario y también se decía que era alguna persona transformada por un conjuro, doblegando su voluntad.

Durante la Edad Media nace la falsa creencia de considerar al gato negro como de mal agüero, por pensar que cumplían mandatos de las brujas y esto dio lugar a que los fanáticos sacrificaran a miles de estas bellas e inocentes criaturas. En otros continentes como el Africano los brujos de las tribus zulúes preferían a los gatos de color cobrizo en lugar de los negros.

Según cuenta la leyenda, en el Arca Noé, los ratones se reproducían de una manera alarmante, haciendo peligrar las provisiones por lo que Noé preocupado solicitó ayuda del Señor, quien le indicó que debía acariciar tres veces la cabeza del león. Noé hizo lo que Dios le dijo y el león estornudó surgiendo de sus fosas nasales una pareja de gatos que restablecieron de inmediato el equilibrio en la embarcación.

La historia Natural del gato:

El gato es un felino cuya historia y origen se remontan al antiguo Egipto. Los egipcios inoculaban a los gatos algunas gotas de su sangre para protegerlos de las enfermedades y los malos espíritus. Estaba prohibido matar a un gato, y la pena por hacerlo era de muerte, era tanto el respeto que existía por este noble animal que cuando el gato moría los egipcios se afeitaban las cejas en señal de duelo.

Los gatos eran animales salvajes que comenzaron su proceso de domesticación hacia el año 3000 a. C., debido a la abundancia de ratones que pululaban en los silos de grano que existían en Egipto. El gran valor del gato como cazador de ratones hizo que los egipcios intentasen y lograsen su convivencia doméstica, pese a lo cual el gato no perdió su status divino. La religión del antiguo Egipto incluyó el gato entre sus símbolos sagrados, estaba considerado como la reencarnación de los dioses en el trance de comunicarse con los hombres y manifestarles su voluntad.

La misma belleza del animal hizo que la diosa Bastet, símbolo de belleza y fecundidad, fuese representada con cabeza de gato.

Fue tal la adaptación del gato a la vida cotidiana de los egipcios, que su muerte era motivo de duelo familiar; Herodoto, en Los nueve libros de la Historia, manifiesta que los moradores de la casa se rapaban las cejas en señal de duelo. Tras su muerte, su cuerpo se embalsamaba y momificaba en locales sagrados, y en el lugar de su enterramiento se colocaba junto a ellos ratones embalsamados. En 1890 fueron halladas en la ciudad de Bubastis amplias necrópolis con más de 300.000 momias de gatos.

Los griegos, conocedores del valor del gato como cazador de ratones, intentaron comprar una pareja para hacerlos criar en Grecia; dada la naturaleza sagrada del gato los egipcios se negaron a esta transacción. Pero los griegos, a pesar de este argumento o quizá debido a él, robaron una pareja que llevada a Grecia extendió la raza al resto de Europa.

Para los antiguos griegos, el origen del gato se remontaba a Artemisa, diosa de la caza, que había dado vida al gato para poner en ridículo a su hermano Apolo, que previamente había creado al león para asustarla.

Otra leyenda explica porque los gatos tienen su cola doblada, los gatos siameses tenían la misión de proteger las ánforas llenas de oro en los templos dedicados a las divinidades. Estos animalitos cumplían tan bien su tarea que de mirar la vasija sus ojos se volvieron estrábicos, y como sujetaban firmemente las asas con su cola esta tomó la forma que le conocemos.

Por otra parte los Celtas creían que los ojos de los gatos representaban las puertas que conducían hacia el reino de las hadas.

Entre los galos, se castigaba la muerte de un gato con el equivalente de una oveja y su cordero, o a la cantidad de trigo necesaria para cubrir completamente el cadáver del gato suspendido por la cola, con el hocico tocando el suelo.

El estigma Felino:

Los gatos llevaron una existencia más que placentera hasta que la Iglesia, hacia mediados del siglo XIII, comenzó una terrible persecución contra ellos, considerándolos como símbolo del diablo y cuerpo metamórfico de las brujas.

El gato aparecía ligado al paganismo de la Edad Media a través del culto de la diosa Greya, diosa del amor y de la curación según la mitología nórdica. Esta diosa guardaba en su jardín las manzanas con las que se alimentaban los dioses del walhalla y en su iconografía aparecen dos gatos tirando del carro de la diosa y, como dice Julio Caro Baroja, una tergiversación de origen mítico es la de “confundir al animal que acompaña a un numen o divinidad con la divinidad misma”. Por ello, el gato se convirtió en la base de las “purificaciones” de la Iglesia.

El aniquilamiento de los gatos fue de tal magnitud que cuando la peste negra azotó Europa en el siglo XIV, causando más de veinticinco millones de muertos, apenas sí quedaban ejemplares para luchar contra las ratas, principales propagadores de la enfermedad. Y sin ninguna duda, la plaga fue tan devastadora debido al desenfrenado exterminio de los gatos. La Iglesia alentó de tal forma la persecución de los gatos que llegó a convertirse en espectáculo la quema de estos pobres animalitos en las hogueras de la noche de San Juan.

En el siglo XIV, el Papa Clemente decidió acabar con la Orden de los Caballeros Templarios, acusándoles de homosexualidad y de adorar al demonio en forma de gato.

En el año 1400, la especie estuvo a punto de extinguirse en Europa. Su existencia se reivindica a partir del siglo XVII debido a su habilidad para la caza de ratas, causantes de tan temibles y desoladoras plagas. A partir del siglo XVIII el gato vuelve a conquistar parte de su antiguo prestigio, y no sólo se utiliza como cazador de roedores e insectos, sino que su belleza lo hace protagonista de cuadros, muy especialmente de los de la escuela inglesa, y de motivos escultóricos.

Para controlar a las ratas a bordo de los barcos, los armadores del siglo XVIII decidieron embarcar gatos. Allá donde naufragaban los barcos, los gatos solían escapar con vida. Esto explica cómo estos felinos han llegado a lugares tan dispares como la isla de Marion, en la zona subantártica, o a las Galápagos.

La historia de la brujería relata un sin número de anécdotas sobre la transformación de las brujas y brujos en animales. Todas son de índole similar. En una de estas historias la protagonista, cansada de que un gato se bebiese la leche recién ordeñada todas las noches, esperó al animal y consiguió en su persecución herirle en una pata. Al sentirse herido el animal gritó como un ser humano. Al día siguiente una pobre vieja, considerada como bruja, amaneció herida en una pierna lo que acrecentó más aún esta creencia.

El Gato negro:

La dualidad del gato como símbolo de la divinidad y de la representación demoníaca, dio lugar a que en las supersticiones relacionadas con él se le considere representante de la mala o la buena suerte, según la circunstancia o lugar en que naciesen.

Se dice que un gato negro es realmente un vaticinio nefasto, si se cruza en el camino de una persona de derecha a izquierda. También que pierde este carácter de maldad si tiene un lunar blanco en alguna parte del cuerpo.

Existen pueblos en que el encuentro de un gato negro camino de la iglesia el día de la boda da buena suerte, mientras que en otros es símbolo de desgracias conyugales.

Se cree que el gato negro trae buena suerte en los juegos de azar, sobre todo si se toca alguno antes de que empiece el juego.

También se cree que tener un gato negro en casa es símbolo de buena fortuna.

Otra superstición mantiene que encontrarse un gato (no importa el color, sino la dirección) viniendo de cara por el camino trae buena suerte, mientras que verlo de espaldas trae mala suerte. Asimismo, es de buen augurio que un gato nos adelante en el camino.

Cuando un pescador sale de pesca, considera de buen augurio que un gato le preceda, pero muy malo si se le cruza en su camino.

La gente del mar suele estar muy atenta al comportamiento del gato a bordo. Es tradición popular que si el gato corre, juega o salta pronostica tormentas y galernas; si se arroja el gato por la borda o es ahogado en el mar sobrevendrán calamidades al navío y su tripulación.

El Gato y la Adivinación:

Se piensa que la conducta de los gatos manifiesta:

Si está boca arriba en el suelo, anuncia lluvia.

Si está sentado de espaldas al fuego predice frío y mal tiempo.

Si se lava las orejas avisa que habrá una visita masculina si se lava la derecha y femenina si se trata de la izquierda.

El gato y la salud:

Como remedio contra las enfermedades existían diversas pócimas en las que intervenía algún elemento del gato. Por ejemplo, para curar la tos ferina se hacía un brebaje con nueve pelos de la cola de un gato negro desmenuzados y remojados en agua que se daba a beber al paciente.

Se decía que pasar la cola de un gato negro por los párpados curaba los orzuelos.

El gato y otras supersticiones:

En España se dice que una persona afortunada tiene siete vidas como los gatos.

Según la creencia popular el matar un gato o sus crías trae mala suerte, de aquí que algunos prefieran pagar a otros para que los maten en caso de ser muy necesaria su desaparición.

Soñar con un gato es de mal agüero.

En algunas regiones del sur de Estados Unidos todavía se piensa que, si se permite a un gato acercarse a un cadáver humano, una horrible desgracia caerá sobre la familia del difunto.

En Sicilia, un gato negro representa el mal de ojo.

En Kentucky existe la creencia de que la visita de un gato negro a una casa es señal de buena suerte, excepto si decide quedarse, en cuyo caso significaría infortunio.

En la Gran Bretaña del siglo XIX, el que un gato negro se paseara por delante de unos novios a punto de casarse representaba felicidad y fecundidad para los contrayentes.

En el pasado, los marineros consideraban que traía buena suerte tener un gato negro a bordo, aunque no se podía pronunciar la palabra “gato”, pues hacerlo acarrearía grandes desgracias.

Las mujeres de los marineros solían tener un gato negro en casa para asegurarse de que sus maridos volverían sanos y salvos.

Pero más allá de todas las creencias y extrañas leyendas relacionadas con el gato como figura simbólica, puedo decir con certeza que cuando un felino te adopta como su amigo, será sin duda tu mejor y más fiel compañero, dándote muestras constantes de su inmenso cariño. En mi caso (OHH, sí, claro que tengo gatos ajajajajajajaja ¿como huir del estereotipo?) son mis más cercanos confidentes, mis complices preferidos, la luz de la primera en mi corazón. Por supuesto, que sé muy bien que mi pequeños traviesos están convencido que soy una mascota amable que les da de comer y los llena de mimos. En ocasiones los imagino, conversando entre ellos, y riendose de mi atolondrada torpeza humana.

Pero, en fin…

C´la vie.

Este post lo dedico a todos mis brujos favoritos gato fanáticos, y claro está a Leonardo, Uaine, Marcelo, Sasha, Zoe, Napoleón, Cornelio y todos los felinos que hacen mucho mejores nuestras vidas.

La brujas en la imaginación popular.

Una de las leyendas que con más frecuencia se suele escuchar sobre las brujas es su capacidad de “volar” – con o sin escoba, dependiendo de la fuente – En realidad, la imagen de la bruja remontando la noche en veloz vuelo, tiene su origen en antiguos rituales de fertilidad, realizados como parte de las celebraciones de luna llena. Durante los tres días del período lunar, las brujas que aun eran doncellas, recorrian los campos llevando una vara de sauce o fresno en la mano, para asi atraer la fuerza de la Diosa sobre los campos recién plantados; de ahí procede la típica imagen de las brujas de Halloween volando en sus escobas. Asimismo, mientras se marcaba a los animales con el fuego ritual, eran golpeados con escobas para favorecer la reproducción del ganado. Su simbolismo sexual también las convierte en un instrumento natural para sellar los ritos matrimoniales. La imagen de los miembros de una pareja pagana “saltando sobre una escoba” tras intercambiar sus votos conyugales es muy conocido incluso en las culturas más convencionales.

Este ritual era conocido como ” la vara de la conciencia” porque en sus elementos combinaba los aspectos creativos masculino y femenino. El palo de la escoba simbolizaba el falo, mientras que las cerdas representan el monte de Venus, que guarda en su interior la abertura de los órganos reproductores femeninos.

Este ritual se mantuvo incluso en diversas celebraciones rurales alrededor de Europa hasta muy entrado el siglo XIX, siendo entonces condenado por la iglesia y tachado de “sacrilego”. No obstante, la imagen de la bruja y la escoba quedó irremediablemente unida en la imagineria popular.

Tradicionalmente, las escobas se han colocado debajo de las camas con fines mágicos para pedir tanto protección como fertilidad, y han permanecido cerca de los hogares y las puertas como medida de amparo y salvaguardia. Asimismo, dos escobas cruzadas impiden a los espíritus y personas no deseados penetrar en el área que protegen.

Las escobas también se han utilizado para alejar las energías negativas o terrenales de una zona sagrada, así como para, una vez creado el círculo protector, atraer las energías positivas hacia el interior de la casa. En la Irlanda del siglo XVII, una mujer llamada Alice Kyteler fué condenada por bruja porque un vecino la vió de noche barriendo la puerta de su casa mientras entonaba un hechizo para atraer la prosperidad a su hogar.

Si quiere utilizar una escoba para sus rituales mágicos, consiga una que sea de su agrado y úsela sólo para ese cometido. No escoja la de barrer la casa; una escoba ritual no debe usarse en ese mundanal sentido, ya que correría el riesgo de perder todos los poderes mágicos que haya acomulado en ella. Si alguna vez la utiliza para barrer el suelo de su cocina, debe ser como parte de sus actividades mágicas.

Otro posible origen del mito sobre la supuesta habilidad para volar de los practicantes de la brujeria, podía tener su origen en un ungento que suele usarse durante diversos rituales, sobre todo durante las consagraciones de las brujas a sus deidades particulares. Durante la edad media se creía que los brujos volaban en escobas pero en realidad lo que hacían era usar el ungento volador, el cual debido a las sustancias alucinógenas que lo componían, creaba la ilusión que estaban volando.

Antiguamente, la mezcla del aceite para la trasición de conciencia – como es llamado este ungento por la tradición de brujeria que practica mi familia – tenía ingredientes que incluían proporciones más o menos peligrosas de diversas sustancias aluciógenas como lo es el acónito, la belladona, cicuta, perejil y otras. Estos ingredientes se reducian a polvo y se mezclaban con una pequeña porción de manteca de cerdo. La sustancia resultante era aplicada sobre la piel de la postulante para ocasionar un efecto de euforia y frenesí durante determinados momentos del ritual de consagración.

No obstante, en la actualidad, la composición del aceite es mucho más simple, y podríamos decir con justicia, menos peligroso que su antecesor. Los ingredientes para realizarlo son los siguientes:

Aceite de canela.
Aceite de azahar.
Benjuí.
Aceite de Jengibre.
Clavos de olor reducidos a Polvo.

Preparación:

En realidad, es muy sencilla. Mezcla cuidadosamente el aceite de canela y azahar, con el benjuí hasta obtener una sustancia de color uniforme ( usualmente ambarino ) e indiferenciable. Dejalo descansar por dos días y luego, realiza un pequeño tamiz con un trozo de muselina. Al liquido resultandote, añade el aceite de jengibre y el polvo de clavo de olor. Introduce la esencia resultante en un recipiente que puedas cerrar convenientemente. Una vez que lo hayas hecho, mantenlo en un lugar seco y oscuro por unos cuatro o cinco días.

Modo de uso:

Frotalo por todo tu cuerpo y luego, realiza una meditación, concentrando tu energía en la llama de una vela ( preferiblemente blanca ) y sintiendo como el aceite te permite trascender de tu estado de conciencia habitual a uno más amplio, poderoso y creativo.