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La habitación oculta en el Castillo de mi Memoria.

Felices los normales, esos seres extraños,
los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
los que no han sido calcinados por un amor devorante,
los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,
los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
los satisfechos, los gordos, los lindos,
los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,
los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
los flautistas acompañados por ratones,
los vendedores y sus compradores,
los caballeros ligeramente sobrehumanos,
los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
los delicados, los sensatos, los finos,
los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las piedras.

Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
que sus padres y más delincuentes que sus hijos
y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.

Felices los normales de Roberto Fernández Retamar.

Los ojos cerrados, una sonrisa que se dibuja a medias en mi rostro. La oscuridad de mis párpados, infinita, inabarcable. Un deseo, la sensación inquietante que palpita mi voz más allá del tiempo de mi espiritu, que se eleva en todas direcciones como una radiante imagen que apenas puedo vislumbrar. Mis sienes palpitan de pura necesidad mal satisfecha, de ese anhelo de creer y construir mi propio concepto de la verdad a través de una simple vivencia, de ese voraz deseo – sin nombre y sin rostro – que otorga sentido mi rostro en el espejo de mi mente. Y soy, la voz que danza en la tormenta de mis pensamientos, en medio del fuego y la lluvia, la desazón y el furor de las palabras que nacen y mueren entre mis dedos. Los dientes apretados, el corazón latiendome tan rápido que apenas puedo respirar. Y este deseo. Siempre este deseo, este afán, esta determinación, esta cruel y lírica voracidad de mi memoria.

La muerte y la vida en mis pensamientos.

Sacudo la cabeza, con cierto desaliento, una nítida sensación de simple temor. Durante tanto tiempo me obsesionó la idea perder mi nombre en la nada cenital de mi mente! Contemplo con esa radiante satisfacción del que ha muerto solo para levantarse de entre las cenizas, un ardiente susurro de mera y ávida obsesión. Tal vez estuve demasiado tiempo perdida en esa intensa e irrestricta pasión que me deja sin aliento, sin voz, más allá de mi personal herejia. Un fragmento de silencio. El tiempo que otorga sentido a la luz y la penumbra entre los cuales deambula la simple perspectiva del espiritu humano. En ocasiones he llegado a pensar que en lugar de ser considerados contrarios, los arquetipos de la Muerte y La Vida tienen que ser vistos como un conjunto, como la izquierda y la derecha de una sola idea. Una idea que se alza en espiral entre los temores y esperanzas para dotar de sentido a nuestra idea de la verdad. Los delicados estratos de esa comprensión aciaga del tiempo en la carne y en la intrínseca identidad de la memoria. Un corazón y un aliento. Si creemos que la fuerza de la Vida / Muerte / Vida no tiene ningún espacio más allá de la muerte, no es de extrañar que el miedo tome el lugar de la convicción. Nos aterra la simple posibilidad de soportar un final. No pueden soportar la idea de pasar de la galería a las habitaciones interiores de la mente, de ese castillo enorme y vasto donde habita la memoria y todos los rostros de nuestro más profundo afán. Cierro los ojos e imagino ese silencio en una idea: La Dama de la Muerte, golpeando el suelo con el pie, aguardando, una sombra entre las sombras de nuestra mente. El deseo, el temor.

La ausencia.

Sí, la muerte me ha obsesionado ultimamente.

Pero ahora, siento una profunda e imperecedera obsesión por la vida. Por la fuerza de la creación, por el poder devastador y primitivo de la memoria que habita en cada uno de mis deseos y voces. Mis pensamientos están impregnados de este nuevo deseo – ardiente, visceral, indómito – de mirarme a través de los fragmentos dispares de un sueño oblicuo en el cual me reconozco a medias. Ah, sí, cuanto dolor y cuanta plena satisfacción. Y este anhelo, abriendose en todas direcciones a partir del núcleo cenital de mi imaginación.

El deseo, si, siempre el deseo.

Los ojos llenos de lágrimas. Tiemblo, con la garganta agostada por la emoción que pocas veces libero de su prisión de puro silencio. ¿Y quién soy más allá de esta mujer esculpida a través de los fragmentos de mi propia insatisfacción?

No lo sé. Quizá nunca lo sabré. Y tal vez esa enigmática grieta de esa amplia construcción de mi tiempo personal – el caos, oblongo e irritado. El desasosiego de un único estallido en luz – sea la verdadera respuesta a mis incesantes cuestionamientos, a mis desesperada e insaciable necesidad de encontrar una voz en medio del caos de la mitología personal que creo cada día.

Soy la hidra sacramental que se crea a si misma en cada aspiración y decisión y a la vez no soy nadie más que mis ideas, que la Diosa Sin nombre, radiante y espléndida que habita en el bosque de mi Memoria.

Soy, la mujer que murió para nacer otra vez, redimida en fuego, en el Canto de la Luna olvidado. Soy mi propio nombre construido a partir del deseo irreprimible, angustioso, casi insoportable. Soy mi esperanza, el sentido más profundo de mi temor, el deseo más profundo de mi pensamiento, todos los argumentos que esgrimo para recrear mi mundo, soy la destrucción y la necesidad de creación que palpita en mi anhelo más intimo. Y solo soy yo, la mujer que intenta encontrar sentido a este dolor, que danza bajo la lluvia lenta de mi pura insatisfacción, un ritmo frenético que abrasa sin cesar todo elemento perpendicular de mi perspectiva de la verdad.

Paz para los locos. Un deseo irredimible, inadsequible al desaliento de pura y frágil satisfacción.

Un año ha transcurrido desde creí que diría Adiós a mi rostro en el espejo. Un año después, me elevo más allá de toda memoria devastada por el temor, inventando un mundo cenital, en la diáspora de mi deseo, olvidada la vida plana del temor, el fatal temor de una perdida de pura desazón.

Sea pues, la felicidad irritada del simple deseo, fruto de la más profunda y unidimensional zozobra. Ah, este renacer en fuego, bendito, fragil, destructor, maravilloso, indestructible, voraz.

Asi sea, en el radiante tiempo de mi memoria, en mi búsqueda de una engañosa serenidad.

A ti, simbolo de mis deseos y pensamientos.
A ti, Deseo en mi ardiente necesidad de expresión.
A ti, La bestia mitológica que vive en el laberinto carmesí de mis pensamientos.

Tiempo y fuego, deseo y conciencia. El némesis de mi deseo, el simbolo de mi necesidad de expresión.

Sea el verbo creador un tiempo nuevo que se abre ante nosotros, amor mio.

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En busca del Tiempo Nuevo.

Mi abuela solía decir que la bondad moral es un misterio: tan conmovedor, incomprensible y ambivalente como todos los misterios. En cierto modo nos sana y nos engendra, y sin embargo, la mera idea moral que define un elemento como “bueno” y su necesaria contraparte negativa, nos somete eventualmente a una limitación intelectual que nos lleva muchos esfuerzos vencer. Indudablemente, los criterios conceptuales y primarios que nos llevan a juzgar el mundo en elementos paritarios y contrarios, ejercen una dualidad intrínseca que nos obliga a tomar partido hacia un extremo u otro: una visión primitiva y con toda probabilidad prejuiciada sobre la libertad de la opinión personal y aun más, la expresión creadora más espiritual.

Por supuesto, la idea más idealista sobre el mundo nos permite analizar cada perspectiva bajo un cariz diametral perfectamente discernible: tanto lo que nos parece “aceptable, correcto y decente” como lo que nos parece “execrable y fuera de orden” crean un equilibrio infinitesimal sobre el poder que ejercemos sobre nuestro verbo creador. En ocasiones, nos encontramos que esa enorme red de opiniones y recreaciones sobre el mundo cenital de nuestras ideas, tiene fronteras borrosas, irascibles, desdibujadas y que inevitablemente, nos reducen a un estigma moral fáctico que con frecuencia no podemos superar. Un invierno psíquico, en el sentido más profundo y lacerante, que trae el beso de la muerte espiritual a todo lo que toca. La frialdad significa el final de cualquier relación emocional, ese vinculo zigzagueante y palpitante que define y conforma nuestro Universo cenital más intimo.

Estoy convencida que nuestra capacidad para crear y elaborar un concepto de la verdad y la razón es por completo infinito: La renovación del fuego creador, un propósito claro y dioclesiano que se eleva sobre nuestras dudas, sobre cualquier temor e incertidumbre para delinear un mundo utópico que se construye a si mismo en todas direcciones a partir de nuestra convicción más profunda y unilateral. Pero esa profundo poder para componer y construir la fuente de una sabiduría profunda y concreta, proviene de una completa libertad conceptual, ese maravilloso conocimiento que subyace en nuestra mente y que nos lleva a convencernos de la ausencia de cualquier limite, de cualquier temor, de toda restricción intelectual que pueda restringir la voz de la idea, la visión de un mundo abstracto y espléndido, a la medida de nuestras aspiraciones más profundas. Una sensación de absoluto poder, de una esperanza recién nacida que palpita en algún lugar de nuestra memoria más antigua para indicarnos un lugar donde acudir para encontrar nuestro reflejo, el verdadero rostro que se esconde tras un mundo de conceptos, tras la necesidad en ocasiones insoportable de juzgar una y otra vez a través de parámetros poco menos que sin sentido. Como diría mi abuela, abrir las alas del pensamiento y echar a volar, hacia ese horizonte de fuego y ópalo que aguarda por nosotros más allá del tiempo cronológicamente exacto. Una pasión irresoluta, incontestable, una decisión cerval de construir nuestra propia ciudadela de palabras y principios. Nacer de nuevo, a través de nuestra voluntad.

La voz del tiempo y del futuro, en mí.

Asi sea.

El poder de la voz secreta.

Mi Tia Gertie es una fiel defensora de los principios de la desobediencia, la rebeldía y la transgresión. No hablo por supuesto de la arrogancia o la bravuconería, sino ese derecho inalienable que tenemos todas las mujeres de rechazar la imposición social por una decisión voluntaria. Una lucha de valores intelectuales sobre esa presunción cultural que resume al sexo femenino a un rincón en sombras de la memoria colectiva. Un temor aciago que restringe, disminuye y arrebata el poder la convicción y la voz más ecléctica de nuestra imaginación.

Indudablemente la idea de la sumisión de la mujer al modelo masculino subyace en el núcleo mismo de la concepción social de género. A palabras de mi tia Gertie, quién posee un carácter desenfadado y profundamente diametral, la voz de la mujer, durante la mayor parte de la historia ha sido reducida a una simplificación soterrada de su propia capacidad de expresión. Un complejo de amabilidad y servilismo desmesurada. Esa necesidad caótica de a pesar de sus sentimientos e incluso siendo vulnerada por la imposición social que debía soportar, la mujer reaccionaba con una dulzura rayana en la adulación. Una insatisfacción carente de valor o cualquier norte real y que es consecuencia de un inverosímil temor: ser privadas de sus derechos o ser consideradas “innecesarias”.

No obstante, para la Tradición de Brujería que practica mi familia, el valor de la mujer no reside en esa supuesto e infundado anhelo femenino de complacer el esquema de valores que se le adjudica como miembro de una sociedad patriarcal, sino en el salvaje poder de creación que habita en nuestro espíritu, esa vocación subterránea y poderosa que aflora en la forma de la más pura libertad del pensamiento. Una sabiduría ancestral e innata que otorga sentido a cada una de nuestras creaciones personales, a la opinión y a nuestra necesidad de brindar sentido al mundo a través del verbo creador. Un poder personal, que se nutre de ese silencio palpitante y magnifico de la intuición, del tiempo más intimo, del poder incalculable de nuestra imaginación.

Sí, la desobediencia a cualquier idea moral impuesta, a cualquier valoración conceptual que carezca de valor para nuestra propia interpretación de la razón y la realidad. La furiosa transgresión a cualquier norma que pueda limitar o restringir la fuerza de nuestras convicciones. Una rebeldía inflamada de conocimiento y valor. El poder femenino que se eleva, brillante y aciago, por encima de cualquier convención social. Una danza de la memoria inquieta y violenta. El dolor profundo y enigmático del nacimiento de una idea. Una fértil comprensión de nuestro valor como idearios de un mundo privado, de una mitología propia, de una idea fecunda sobre nuestro propio valor como ciudadanos del mundo de la razón.

Un momento elemental de nuestra visión más creadora: el enigmático poder de la Madre de la Vida /muerte /vida. Ser fuerte no significa tener músculos, esa poder orgánico simple que la sociedad bendice como forma de expresión de fortaleza conceptual. La verdadera fortaleza radica en la propia numinosidad, esa comprensión profunda de nuestra propia naturaleza, esa agresiva y salvaje necesidad de elevarnos por encima de cualquier frontera y limite de la razón. Ser fuerte, por tanto, significa poder aprender, poder resistir lo que sabemos. Significa comprender nuestra propia capacidad para crear y vivir en consecuencia.

El poder intrínseco de la Diosa secreta que habita en nuestro espíritu.

El poder indómito y magnifico de nuestra más profunda intuición.

Sonrío, mientras una voz muy semejante a la de mi tia Gertie danza en mis pensamientos, recordándome la importancia de siempre construir un camino propio, de elevar un estandarte de pura osadía, por encima de cualquier temor e incertidumbre. La fuerza infinitesimal del espiritu más personal.

Así sea.

El ansia de la conciencia.

Pienso que en ocasiones, necesitamos desahogar nuestra furia de una manera estruendosa: Un grito silencioso y anárquico que parece brotar un núcleo casi desconocido de nuestra mente. Algo asi como arrojar una cerilla encendida a un charco de gasolina. Una gran explosión purpurea, poderosa, que por un momento abarca al mundo al completo, se extiende en todas las regiones de nuestro pensamiento, un destello infinitesimal de pura y espléndida locura. Una rutilante necesidad de comprendernos a través de la perdida de habitual y comedido dominio que la idea social insiste que debemos conservar en toda circunstancia. La absoluta transgresión, en suma.

Me hace reír esa idea. Me fascina y me abruma a partes iguales. Sí, liberar la cólera, dejar escapar toda esa energía rudimentaria y falaz que se acumula lentamente en algún lugar de nuestra memoria, abriendo espacios ambiguos en nuestra imaginación. La curandera que vive en mi espíritu, esa vieja misteriosa y sombra que se pasea en las penumbra de mi esencial necesidad de expresar el verno creador, dice que sí, que la cólera puede cambiar, pero hace falta algo perteneciente a otro mundo, algo que pertenezca unicamente al mundo instinto, esa realidad secreta y silenciosa en la que los animales todavía hablan y la danza del tiempo intimo vive, algo que pertenece unicamente a la capacidad de creación de la mente humana.

En el budimos se practica una acción de búsqueda llamada Nyuby, que significa ir a las montañas para comprendernos a nosotros mismos, olvidar nuestro nombre y nuestra identidad en un rapto de absoluta conciencia radiante: la cólera, más allá de todo sentido, palpitando, en nuesta mente, los ojos cerrados, la sensación ampulosa que todo lo que nos pertenece desaparece por un instante en un ígneo estallido de luz. La pasión, la pura reverberación de la conciencia, repitiendose una y otra vez para crear un ciclo en si misma. Soy quien soy, la que camina en la montaña de mis pensamientos, en el tiempo divino y personal que habita en mi mente.

Una cronología bendita, aciaga, desconocida, perpendicular, a solas en medio de esa razón quebradiza que intentamos crear a partir de un sentimiento de pura incertidumbre, el caos en medio de las sombras del espiritu, ese deseo amplio y secular con la forma de una idea que otorga forma al mundo, a la realidad, a nuestro rostro en el espejo. Si, tal vez solo se trata de esa intensa necesidad de libertad – abrir los brazos hacia un amanecer imaginario, lecho de fuego, un horizonte fébril – donde habita nuestra identidad más remota y personal.

C’la vie.

Gracias Principe Rojo, por la fotografía.

La rosa que danza en el silencio de un desierto olvidado: El Misterio de Georgia O’Keeffe.

El castillo de mi memoria, Georgia O´Keeffe ocupa un lugar privilegiado. Una idea fecunda y visceral que crea en si misma un significado enigmático, punzante, divinizado en un concepto trascendental. Sus manos, esas manos por todas partes. Desplegadas por encima de un racimo de uvas negras, jugando con un reluciente volante de coche cromado, acariciando un cráneo de buey o sencillamente moviéndose en el vacío, como en un gesto de destacar un punto importante en un discurso mudo. Durante mucho tiempo, el famoso retratos y los desnudos fotográficos realizados por su compañero, Alfred Stieglitz – cerca de 300 desde 1917 hasta 1937 – eran muchos más conocidos que las obras de Georgia O’Keeffe. En las fotografías de Stieglitz, las manos de O’Keeffe parecen dirigirse siempre hacia sus pinturas si se tratase de objetos exquisitos; mientras trabajaba en ellas, por ejemplo en su taller, Stieglitz nunca le hacía retratos.

Un sueño de la razón fragmentada: Pétalos y pequeñas recreaciones vegetales transformándose en una idea más enigmática, palpitante y por momentos, simplemente voluptuoso. Una necesidad utópica, antigua, primitiva, que parece crear un lenguaje complejo y persona a través de las estilizadas lineas, los delicados matices de colores que parecen confundirse entre sí para dotar de una singular sensación de vida a cada imagen. Una idea perpendicular e insuperable de pura belleza.

O’Keeffe tuvo una relación con Stieglitz a la vez simbiótica y turbulenta desde 1918 hasta 1946, año en que él murió ( se habían casado en 1924 ). Stieglitz admiraba profundamente su obra y, al ver por primera vez sus dibujos al carbón y sus acuarelas en 1916, en la Gallery 291 de Nueva York que él mismo dirigía, exclamó: “por fin: una mujer sobre papel”. En sus fotografías, Stiegliz establecía una relación dual entre el cuerpo de la artista y su obra: en primer lugar, representando sus manos entre los lienzos, lo que sugería una mujer con criterio, rodeada de cosas bellas, receptiva al placer estético; y en segundo lugar, naturalizado su cuerpo, su torso, a menudo identificándolo con las flores abiertas de sus pinturas, como si el arte fuera el primer fruto de la existencia física de la mujer, antes que el resultado consciente y autónomo de una subjetividad artística.

Precisamente, el gran logro de O’Keeffe fue explorar nuevos territorios de la imaginación, que hasta entonces el arte femenino solo había rozado como concepto creativo: el erotismo como una expresión ecléctica y profundamente sentida de un lenguaje visual único, la necesidad de recrear el enigma femenino como una yuxtaposición de mensajes simbólicos de ambiguo significado. La flor se eleva como una nota de ternura, en medio del derrotero exiguo y evidente del trazo firme, del uso de una paleta de colores solida y amplia y no obstante, a la vez se trata de un exquisita representación de la sexualidad femenina, fértil y poderosa, brotando de la naturaleza, del brillo exquisito de un tiempo yermo y primitivo. La flor, con sus pétalos entreabiertos, sus pistilos bien visibles, enarbolando una metáfora cualitativa sobre la expresión del erotismo en la mujer. Tal vez por ese motivo, O’Keeffe trabajó como profesora de arte; una forma creacionista tan antigua como el hecho verbal: recrear el conocimiento a través de una estructura de valores profundamente personales. En 1915 había estudiado en la Columbia University con Arthur Wesley Dow, un defensor de la teoría sinestética del arte. Durante ese período, se sentía entusiasmada con la música ragtime y por la pintura de Picasso, y en una ocasión llega a definir su propia obra pictórica como “música” y afirmó que “como no sé cantar, pinto” ( si bien tocaba el violín) O’Keeffe experimentó con el dibujo al carbón, con un amplios trazos en línea recta, ondas, diagonales y vórtices rítmicos por todo el papel. Stieglitz montó una exposición de sus dibujos sin consultárselo antes y luego la “remunero” con fotografias de las obras exhibidas. Este acto marcó el inicio de los profundos lazos artísticos y existenciales entre el fotógrafo y la pintora. En 1916, O’Keeffe volvió a la pintura y a la acuarela, el medio que, según Kandinsky, representaba el punto de partida de la reflexión espiritual en arte. En su obra Blue Lines X ( Lineas azules X, 1916 ), las líneas proyectadas como inscripciones en el espacio vacío pictórico recuerdan esta fuente.

…Al desierto.

En mayo de 1929, O’Keeffe realizó un viaje con un amigo a Taos, en el desierto de Nuevo México. Los inabarcables paisajes con su atmósfera clara y su luz intensa se convirtieron en la principal fuente de inspiración de la artista durante las siguientes décadas. El espacio ilimitado de la zona norte de Nuevo México la llevó a llamar a este punto de fuga de su búsqueda artística “The Faraway” ( la lejanía). Recogió huesos de animales esparcidos por el desierto y también las cruces de madera instalados por los penitentes, una secta católica, aparecieron en sus composiciones. Durante los años venideros, hasta la muerte de Stieglitz en 1946, O’Keeffe alternó estancias en Manhattan y en el desierto. Más adelante, se instaló permanentemente en el sudoeste de Estados Unidos, en una hacienda en Abiquiu, cerca de Ghost Ranch, donde trabajó durante las tres décadas siguientes. Y no dejó de pintar hasta 1972, cuando ya había disminuido su vista y probablemente danzara en los entrecijos de su memoria de la mano de su propia necesidad de crear.

C’la vie

Juego de Reflejos: más allá de un tiempo cenital.

En el tiempo de la luz
Llamo al rayo de la tormenta
Al Canto de la llama y el mar
a la danza de la luz y de las sombras
Al verbo infinito que se eleva rutilante más allá de la memoria
Escucha mi voz y mi ruego
Hija de la Diosa Soy
Heredera del tiempo y el enigma de la Madre Luna
Secreto del bosque infinito y de la voracidad del corazón.

Invoco al secreto de las estrellas
que duerme en mi espíritu y en mi mente
para que acudan a mí
en este círculo de fuego ancestral
Bendito sea el miedo y la fuerza
el poder y la sabiduría que brota de la sabiduría eterna
Bendice nuestro rostro
bendice el resplandor de nuestra pasión
Sea divino y humano
magnifico y secreto
el amor.

Canto a la Dama de las Estrellas y su divino Consorte.
Dedicación de la Ceremonia de Esponsales.

Siempre he estado convencida que las relaciones humanas, cualquiera de ellas, son un delicado equilibrio entre la negociación, una álgida ternura y una necesidad irrevocable de comunicación. Por supuesto, ese anhelo irrestricto y casi insoportable de expresar los elementos más íntimos de nuestro lenguaje personal, puede volverse aun más significativo a través del delicado filigrana de un sentimiento, de una vocación silenciosa y acuciante de encontrar sentido para una emoción profundamente personal. Tal vez por ese motivo, mi relación con mi caballero rojo siempre será una combinación caótica de un silencio cómplice y esa sutil danza de la memoria que llamamos, tal vez muy equivocadamente, comunicación.

Sentados, uno frente al otro. ¿La discusión? la misma de siempre. O probablemente se trate de otra por completo distinta, pero pespunteada por una idéntica capacidad para recrear con la palabra esa sutil contradicción que nos une y a la vez, nos otorga a ambos la bendición de una irrestricta individualidad. Sonrío, con una sensación de profunda fascinación, esa idea rebosante de pura incertidumbre que parece flotar sobre cada gesto y palabra que nos dedicamos el uno al otro.

– No creo que la simple idea del amor pueda ser concebida bajo un aspecto completo de la realidad – insiste de nuevo, creo que por enésima ocasión. Me dedica uno de sus habituales gestos exuberantes. La sonrisa intima. Los ojos brillantes de pura y casi inocente satisfacción – se trata simplemente de deseo, o un vinculo intelectual inexpugnable. Una cierta necesidad de comunicación carente de sentido, en realidad. Intentar conjugar ambas cosas tiene un sentido tanto palmario ¿no lo crees así?

Ríe en voz alta, alborozado por su propia capacidad para destruir la evidencia a través de un cinismo secular. Y por supuesto, no puedo evitar reír junto a él, por la mera sensación que me produce intentar comprenderlo, sin lograrlo, por esa curiosidad ecléctica que llena cada instante, una pequeña lucha de valores, matizada por la simple contradicción. La dualidad, una simple paradoja carente de sentido. El temor y el valor, la necesidad y la indiferencia. Un juego de espejos, que transcurre lentamente, donde me veo reflejada por un instante. No obstante, en ocasiones solo veo tu rostro, tu mirada, esa criptica sensación de mirarme a través de ti, de comprenderme en medio de este silencio secular del mero egoísmo cenital. La mujer a quién conoces y esa otra criatura, vivida y salvaje que habita en mi memoria. ¿Y quién eres tu, más allá de tu voz ronca y pausada, de tus socarrona visión de la vida, de tu fortaleza y tu brillante capacidad para crear? ¿Quienes somos, sino dos extraños, perdidos en la penumbra, intentando tocarnos a la distancia, luchando por otorgarle un sentido a este silencio, por crear y olvidar? Ah, sí, esta doble naturaleza, esta confusión enorme y voraz, que nos destruye y nos envuelve, que nos ha brindado un sentido, en medio del caos frenético y exuberante de la mera necesidad – esta lujuria de la mente, esta necesidad crasa y expúrea – tu y yo, en soledad. En medio de un tiempo aciago, perdidos, en medio de los derroteros de este deseo, de estas formas incólumes de la pura pasión. El poder del nombre, de la definición. ¿Quién eres, quién somos? ¿Quienes deseamos ser? No lo sé, nunca lo he sabido. Suspiro, cierro los ojos, apoyo mi cabeza contra la tuya, me dejo llevar por la alegría y la tristeza, por la simple esperanza. Que calidez la de este silencio, que exquisita quietud en medio de la incertidumbre.

– No me estas escuchando – murmura de pronto. Lo miro, sobresaltada. Él me observa con la cabeza un poco ladeada, sorprendido y divertido ante mi silencio como siempre. Me inclino para besarle, aturdida por la simple posibilidad de esta comunión entre la luz y la voracidad, el deseo y la demencia. ¿Existe un tiempo para una mera redención en la palabra, en la idea más ignea sobre un sentimiento sin nombre y cuya única cualidad perceptible parece ser la absoluta carencia de lógica? Un suspiro de pura y deliciosa emoción, un temor aciago y terrible, devorador. Una danza secreta entre en la oscuridad de la razón.

– Por supuesto que sí – murmuro. Tu boca en la mía. Solo silencio en medio de la tormenta acuciante que azota mi mente – ¿una emoción abstracta y voluptuosa? No lo sé. Tal vez solo se trate de inocencia. De pura y simple necesidad de creer.

Vuelve a reír. Tenía que hacerlo por supuesto. Y yo también lo hago. ¿Por qué no? Un sueño fragmentado, abriéndose en todas direcciones, palpitante y desgarrador, elevándose más allá de mi memoria, en un tiempo mudo, vibrante e inolvidable, irrevocable en su intimo valor.

Una mínima variación de luz.

C’la vie.

Una criptica Memoria: En el velo de la memoria de Marcel Proust

¡Y así, lo que me figuraba que no suponía nada para mí, representaba ni más ni menos que toda mi vida! Cómo nos ignoramos. Urgía poner fin a mi sufrimiento; cariñoso conmigo como mi madre con mi abuela moribunda, con esa buena voluntad que se pone en no dejar sufrir al ser querido, me decía a mí mismo: «Ten un segundo de paciencia, hallaremos remedio, tranquilízate, no te dejaremos sufrir así. Todo esto no tiene ninguna importancia porque la haré volver enseguida. Examinaré los medios, pero de un modo u otro ella estará aquí esta noche. Conque inútil preocuparse». «Todo esto no tiene ninguna importancia», no me limité a decírmelo, procuré dar esa impresión a Françoise no dejando que nada se trasluciese. Era tal la costumbre que tenía de que estuviese conmigo Albertine y, de repente, veía un nuevo rostro de la Costumbre. Se me había antojado hasta el momento un poder aniquilador que suprime la originalidad y hasta la con¬ciencia de las percepciones; la veía ahora como una terrible divinidad, tan asociada a nosotros, tan incrustado su insignificante rostro en nuestra alma, que, de desprenderse, de apartarse de nosotros, esa deidad que apenas distinguíamos nos inflige sufrimientos más tremendos que ninguna, pasando a ser entonces tan cruel como la muerte.

Marcel Proust,
Albertina Desaparecida.

Marcel siempre fue un niño débil. Delgado, de grandes ojos meditabundos, la piel cetrina de un tiempo que la voz de su sangre olvidó. Agotado, un poco confuso, deambulaba perdido en el bosque de su memoria, abandonado por los ancianos padres de sus pensamientos, un poco temeroso quizá de la danza cansina y estatuaria de las palabras que vociferan en el silencio de párpados cerrados. La respiración entrecortada, el dolor seco de la garganta agostada por el agotamiento, se deja caer en el valle en penumbras que se extiende más allá de esa cotidianidad torva que se ve obligado a vivir. A solas, sí, en medio de ese sonido de un viento imaginario, recorriendo la Tierra que crea a medida que la visión de su propia necesidad de creación escapa de todo dominio, se desborda en todas direcciones, se hace ecléctica y voraz. Un horizonte carmesí, opalo gris y sangre, que palpita por un segundo, majestuoso en el templo ignorado de su nombre y su voz. Se estremece un poco el joven Marcel, sacudido por la emoción, impregnado de esa condena palpitante y muda del don de contar su propia historia. En el ostracismo de su busqueda personal, evocador de la belleza, el niño que se convertirá en Marcel, el hombre, el contestario, el que esgrimirá la voz y la devoción como una llama crepuscular, yace tendido a ciegas y desnudo, en un lugar que solo es real por un instante, que solo existirá en un presente dioclesiano destinado a marchitarse en un fugaz respiro de pura genialidad.

Y Sueña el niño que será Marcel, con una frontera mítica, de estepas purpúreas, sedientas y malditas, con derroteros asperos y estériles que conducen a un tiempo finisecular y desconocido. El centro mismo de un deseo demasiado profundo para poder contenerse y tan sutil, que se desliza en silencio más allá de la conciencia. Las manos apretadas sobre el pecho, los ojos cerrados, el olor del fuego tan cercano, consumiendo el mundo que su imaginación ha conjugado. Y escucha Marcel, el niño que será, el temblor definitivo de la muerte efímera, mientras el temor se eleva exuberante y terrible, en vientos sin nombre, golpeando con fuerza las paredes del tiempo muerto, de la evocación plúmbea. Y aun, resiste Marcel, la tentación de abrir los ojos y contemplar la sombra de la pura tristeza, la conflagración definitiva, la divinidad magnifica y muda que abrasa y devora todo a su paso. Escucha su bramido, su llamado arrebolado y aguarda, fascinado y temeroso por un segundo de paz.

El niño abre los ojos. Las paredes de su habitación le parecen más descarnadas y crudas de lo que realidad son, con esa fría realidad implacable contra la que le lleva esfuerzos luchar. Su madre tose en la otra habitación, el mundo simple más allá de la idea despierta al otro lado de la ventana. Pero el niño que será Marcel aguarda, con la respiración contenida, tal vez esperando que el tiempo recobre el sentido o quizá, que un cielo pueda considerarse suyo más allá de la razón.

La danza secreta.

Estoy convencida que muchas veces, el miedo no es otra cosa sino nuestra capacidad para estructurar nuestra incertidumbre natural hacia la complejidad del mundo que nos rodea. Aunque un concepto tan abstracto varia de cultura a cultura y arroja distintos matices, el impulso natural de “temer” ( o mejor dicho, rechazar cualquier diferencia concreta sobre lo que consideramos viable y normal) forma parte de nuestra naturaleza más primigenia. Como la Hedda Gabler de la Obra inmortal de Henrik Ibsen, podemos disimular nuestra necesidad de dominio sobre el mundo de las ideas que nos rodea, pero siempre terminamos sucumbiendo a ese anhelo de encontrar un equilibrio entre lo que comprendemos y lo que simplemente forma parte de esa región en sombras que se extiende al otro lado de la razón. Una necesidad informe y dual de crear un concepto que podamos modelar bajo nuestro pensamiento más fugaz, sin renunciar del todo a nuestra curiosidad natural.

Tal vez por ese motivo, mi capacidad psiquica, siempre será motivo de pura confusión no solo para mí misma, sino para quienes me rodean. Una perspectiva inquietante y por completo singular, que muchas veces me obliga a transitar un derrotero propio, una idea confusa y vehemente sobre mi propia idea sobre el Universo cuántico que me pertenece. Mi abuela solía decir que muchas veces quienes tenemos una forma de expresion conciente distinta a la usual, vivimos en una región en sombras, en una especie de ostracismo la mayoría de las veces voluntario, aunque otras, simplemente instintivo. Tal vez sea cierto o no, pero siempre me he esmerado por intentar incluir dentro de mi visión más personal, esa grieta en la razón más general, esa idea perenne y profundamente intima que me define y que muchas veces le otorga voz y textura a mis pensamientos. Una danza eterna y silente, una voz desconocida pero a la vez, por completo instintiva, que fluye naturalmente a través de cada una de mis opiniones y emociones. Un verbo secreto y maravilloso que se eleva, rotundo y voraz más allá de mi imaginación.

Vida, tal vez. O la necesidad de comprender ese aliento secreto y divino a través de mi propia individualidad.

La ambiguedad de la memoria: de la amistad entre las mujeres.

Como fiel amante de la cultura pop, suelo encontrar símbolos incluso en las estructuras más veniales del lenguaje más común. Una metáfora consciente y profundamente personal del mundo que construyo en mi mente, a través de palabras e imagenes. Tal vez por ello, aunque nunca fui una fanática asidua de la serie “Sex and the city” – de hecho soy una esporádica televidente- con frecuencia recuerdo una escena en particular de uno de sus capítulos para recrear, lo que a mi juicio, es una metáfora de la amistad entre las mujeres, esa sutil circunstancia que muchas veces termina destruyéndose bajo el peso de una complejidad conceptual a veces por completo incompresible.

La secuencia a la que me refiero es bastante simple: el personaje de Carrie, se encierra dentro de una caseta de teléfonos. Sollozando, con el rostro manchado de maquillaje, disca un número telefónico con dedos temblorosos. Apoya la frente contra el cristal, aprieta los labios impaciente, aguardando. Finalmente, recibe respuesta. Sonríe entre lágrimas. Una expresión de alivio relaja su expresión.

– ¿Puedes venir? – pregunta en voz muy baja. Enciende un cigarrillo. Aspira una bocanada de humo. Aguarda. Cierra los ojos, en un gesto de indudable agradecimiento – sí, nos vemos allí.

Carrie camina por las calles de una Nueva York dioclesiana, de planos altos y esbeltos que nos recuerda esa soledad moderna, limpia y ascética. Va descalza y sostiene los zapatos en la mano. El vestido roto. Acaba de sufrir una de sus numerosas decepciones amorosas, pero en particular, en esta ocasión, no se siente capaz de levantar el rostro y aceptar por las buenas esa decepción diminuta, carente de valor, tan abstracta que pudiera desaparecer en los rayos débiles del sol matinal, pero no lo hace. Indefectiblemente, el espectador se pregunta a quién ha telefoneado Carrie, en quién confía lo suficiente como para esperar su consuelo o permitirse la debilidad de anhelar esa frágil sensación de comprensión que al parecer está convencida recibirá. Sigue caminando, a trompicones, sin dejar de llorar y fumar, hasta que llega a un diminuto café en una esquina poco concurrida. El lugar se encuentra vacío. Carrie se detiene, mira a su alrededor, preocupada y desconcertada. ¿Estará allí? Sí, lo está. El plano de la cámara se abre y vemos a Miranda, con su cabello rojo reipeinado y su severo traje de abogada observando a Carrie, silenciosa, sin hacer algún ademán de bienvenida o incluso de reconocimiento. Pero eso no parece tener importancia. Carrie se acerca a la mesa y se deja caer en la silla vacía. Inclina la cabeza y vuelve a llorar, esta vez con el rostro oculto entre los brazos, los hombros temblandole bajo el cabello despeinado. Miranda la observa, extiende la mano y la apoya en su brazo. Y simplemente aguarda, con los ojos secos, con una comprensión aciaga y casi instintiva. Un dejo irrevocable de complicidad. La luz del día se hace más brillante. El café comienza a llenarse de comensales, que ignoran a la mujer que llora y a la que solamente observa en silencio. Una intimidad inconcreta, elemental y llena de una rotunda profundidad.

Solo un silencio esencial, quizá.

Por supuesto no diré que el argumento de un típico producto pop, pueda resumir la complejidad y el extraño equilibrio que supone la amistad para el sexo femenino, pero aun así, cada vez que rememoro la escena me pregunto si la verdadera amistad no tendrá su origen en esa complicidad apenas sugerida, esa delicadeza en el silencio, ese dualidad apenas entrevista que se debate en medio de un lenguaje mucho más violento y crudo. En mi caso, podría decir que si lo es.

Conozco a Flora desde que tenía diez años. Fue la primera persona que me dirigió la palabra en el internado donde me eduqué – ¿por qué llevas el cabello así? me preguntó, señalando mi cabello habitualmente despeinado – y más tarde, se convirtió en mi cómplice, durante los largos años en que ambas nos encontramos bajo disciplina férrea de las religiosas. Podría decir que compartimos esa visión un poco cínica, de pequeños adultos, que nos otorgó una recién descubierta necesidad de comprender el mundo a través del arte y después, de rechazar toda circunstancia en beneficio de una rebeldía sin el menor asidero o valor. No obstante, al crecer, la inevitable distancia de las primeras experiencias como adultos, terminaron hendiendo una grieta cada vez más amplia entre nosotros. Las llamadas se hicieron exporádicas, las cartas cada vez más cortas y escuetas. Finalmente, Flora desapareció, perdida entre otros tantos rostros que flotan libremente en el jardin de mi memoria.

Hace un par de meses y debido a un evento por completo fortuito – telefonée a una galeria de arte interesandome por el precio de un triptico de madera y fue precisamente Flora quién me respondió – volví a reencontrarme con mi vieja amiga. Fue una experiencia inexacta e incomoda: por algún rato, ninguna supo que decir y nos limitamos a intercambia una serie de pequeños fragmentos de información que supusimos sería suficiente para satisfacer la curiosidad mutua. Por último, ambas guardamos un inquieto y desconcertado silencio.

– Oye, vamos a almorzar juntas – saltó de pronto. Un dejo de la niña exaltada e impulsiva niña que recordaba – si apenas podemos dirigirnos la palabra por teléfono, sería estupendo sentarnos a ver que tanto podemos soportarnos hasta que comencemos a gritar.

Acepté, por supuesto, a pesar de mi nerviosismo, de la ligera confusión que me lleno la idea de intentar conjugar el recuerdo de Flora, la niña mujer extravagante y audaz que había conocido, con esta mujer de hablar pausado y risa estruendosa, madre de dos niñas con quién me encontraría. Pero no me importo. O tal vez, no lo suficiente como para intentar ignorar esa vaga sensación de familiaridad que me había llenado la sencilla posibilidad de una conversación con quién había sido probablemente la testigo más cercana de mis vericuetos infantiles.

Para mi sorpresa, Flora continuaba siendo Flora. La sonrisa luminosa, la inteligencia burlona y contestaria. La niña con el rostro de una mujer adulta, de cabello corto y rubio, el cuerpo amplio y robusto. La niña que rió al escucharme tartamudear, la niña que se solidarizó con las pequeñas vicisitudes que compartí con ella con una total naturalidad, como si continuáramos una conversación interrumpida hacia poco tiempo. Y fue Flora de nuevo, no el recuerdo, no la simple idea de esa amistad que alguna vez habíamos compartido, sino la mujer que de nuevo, comenzó a formar parte de mi vida, que tal vez ocupó el lugar el momento y el lugar que siempre había esperado por ella. Ese lenguaje intimo y cómplice que otorga significado y forma a una profunda sensación de compresión, esa ternura aciaga que muy probablemente forme parte de una idea consecuente, amplia y claro esta, profundamente femenina.

Y es que estoy convencida que la amistad, es una forma de comunicación tan antigua como esa veleidosa capacidad de comunicación, esa necesidad informe y brumosa de recrear nuestros pensamientos como una forma válida de creencias personales. Una irrestricta fe en el rudimento de la razón, esa esperanza aciaga de sabernos comprendidos y muy probablemente, queridos en medio de un tiempo cenital dual.

Todavía me hace reír la sensación de sincera camaradería que compartimos, por completo espontánea, absolutamente sincera. Un misterio diminuto, valioso y lleno de esa insólita ternura de lo puramente inocente, de lo que podemos explicar, de esa caótica idea de tiempo y de la forma que muchas veces carece por completo de un lugar en el tiempo común. Sin duda, esa inteligencia soterrada y profundamente asimilada que yace más allá de toda razón y voluntad.

La campanilla de mi celular me sobresalta. Tomo el aparato. Unas pocas palabras en la pantalla.

“Te estoy esperando hace quince minutos, peluca viviente”

A la niña que fui, se le escapa una carcajada. La mujer que soy tiene la sensación de comprender por un instante un sencillo rudimento de pura melancolía. Una sensación de sencillo alborozo me recorre. La veleidosa cadencia de una simple ingenuidad.

C’la vie.

La danza de la memoria rota.

La poesía es conocimiento, salvación, poder, abandono. Operación capaz de cambiar al mundo, la actividad poética es revolucionaria por naturaleza; ejercicio espiritual, es un método de liberación interior. La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. Aísla; une. Invitación al viaje; regreso ala tierra natal. Inspiración, respiración, ejercicio muscular. Plegaria al vacío, diálogo con la ausencia: el tedio,la angustia y la desesperación la alimentan. Oración, letanía, epifanía, presencia. Exorcismo, conjuro, magia.

Octavio Paz, el Arco y la Lira.

El arco y la Lira de Octavio Paz, es probablemente uno de los libros más apasionados, hermosos y sinceros que se han escrito sobre poesia. Por supuesto, no desdeño en absoluto las elaboradas y preciosistas disquiciones de Graves, Borges o cualquier otro autor que haya dedicado parte de su verbo creador a otorgar sentido a la danza de las palabras como forma de expresión de un elemento meramente subjetivo del espíritu humano. No obstante, para Octavio paz, la inclemente busqueda de ese fuego redentor que yace en las palabras se eleva como un estandarte aciago, una espléndida y monumental necesidad de recorrer los derroteros de nuestra propia sabiduría intriseca. Cada sentimiento, cada temor, cada esperanza, cada momento de incertidumbre, una extraordinaria capacidad para construir un mundo entretejido en una armonía implacable y voraz.

Pero, más allá de las meras consideraciones teóricas que Octavio Paz pueda ofrecernos para comprender la poesía como un fenómeno meramente linguistico, es evidente que el autor experimenta la pasión furiosa e irredimible que la poesia despierta, una vocación irreductible y profunda por encontrar una nueva forma al tiempo y al mundo, recrear en un instante, el deseo, la fecundidad de la memoria. En ocasiones, después de leer el libro ( el cual es uno de mis favoritos de siempre ) tengo la sensación que la palabra se construye asi misma en mi mente, en un génesis violento y visceral. Un estallido rutilante donde cada uno de los elementos de mi pensamientos parece impregnarse de un nuevo cariz, de una esencia que se alimenta de si misma, más allá de toda reflexión, de la simple comprensión de una idea razonada que pueda definir mi propia idea sobre la belleza.

La paz de la memoria, que yace en medio de una busqueda crepuscular y profundamente personal sobre el don de la palabra. Un vuelo a ciegas, inveterado, mimético, elemental, en la raíz misma de nuestra necesidad de encontrar un instante de silencio en medio del laberinto de nuestras memorias más preciadas.

Un fino hilo de fuego, en un horizonte de fuego falaz.

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