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En la intimidad de la Imagen.

Siempre he pensado que las imagenes, en si misma, expresan el peso de la realidad. Sea a través de lineas, o el uso de las sombras, le dan un sentido personal – intimo digamos – a esa porción subjetiva de la realidad que se crea a partir de una concreción visual. Un sueño tan profundamente cercano al concepto, que otorga una forma y una recreación de lo que consideramos anécdota, pero que tal vez solo se trate de vivencias.

Una de las máximas exponentes de esta expresión visual interior, sujeta y ajena a cualquier interpretación más allá que la subjetiva, es Bárbara Klemm. Como periodista fotográfica Klenm recibió su formación en un taller de fotografía de Karlsruhe. En 1959 fue contratada por el “Frankfurter Allgemeine Zeitung”, al comienzo como estereotipadora y a partir de 1970 como fotógrafa de redacción, para las páginas culturales y políticas. Desde entonces, Bárbara Klemm documenta con su cámara situaciones cotidianas de la actualidad económica, política y cultural. Los títulos de sus traban se limitan generalmente a un lugar y una fecha, que es una forma de expresar su convicción de ser una observadora ciertamente implicada, pero que no se ubica por encima de los acontecimientos recurriendo a perspectivas desacostumbradas. Las fotos de Barbara Klemm muestran acontecimientos históricos y escenarios de episodios políticos que, pese a su sobriedad, documentan manifestaciones concretas y aun así, con una interpretación personal del momento. La fotógrafa viaja constantemente , a causa de sus trabajos privados y también para el suplemento de viajes del “Faz”. La colección de su obra incluye también la fotografía Leonid Breznev es recibido por Willu Brandt, de 1973. Los dos hombres políticos actúan como si no fueran observados, como si no hubiese una cámara fotográfica. La situación que nos presenta Bárbara Klemm seducen por aspecto sorprendente de las perspectivas y los momentos. Dejando de lado la espontaneidad de la instantánea, la elección de los encuadres da pruebas de un gran equilibrio desde el aspecto forman y su composición.

No obstante, mi fotografía favorita de Klemm es sin duda la que tomó a su padre, el pintor Fritz Klemm, en 1968. Cargada de una emoción sobria y grave, es sin embargo, una de las obras más personales de la fotógrafa: La figura se recorta contra la luz, delineada levemente por un brillo cenital abierto y brumoso. La ventana parece desaparecer contra el plano iluminado, mientras los muebles de la habitación se dibujan claramente al contra luz. Una sensación de soledad e introspección, una escena corriente que se convierte en extraordinaria a través de la mera textura de un tiempo interior. El hombre en pie, parece subyugado por ese mundo que se muestra a través de la ventana pero que no podemos ver, sino solo atisbar a través de su concentración: la cabeza un poco inclinada, los ojos encorvados, la tensión sutil de la espalda, los brazos cruzados en un ademán casi conmovedor por su intimidad. Y que esta fotografía tiene ese pequeño signo de la genialidad visual: La sensación de encontrarnos por instante dentro de un segundo robado, mirando el mundo – un universo diminuto de lineas y sombras, un rayo de luz fugitivo otorgándole sentido a toda la escena – a través de los ojos de alguien más, a quién no conocemos pero podemos comprender. La imagen se refracta así misma, parece repetirse a través de la insinuación: la puerta abierta a la derecha del hombre que mira por la ventana, muestra una habitación, tan austera y asceptica como la que llena el espacio visual. No obstante, la luz reverbera en ella de una manera distinta, más minuciosa, y podemos atisbar una gravedad impecable, el peso de la cotidianidad más allá de lo que simplemente podemos ver.

Sí, un sueño en medio de dos expresiones de la verdad, un palpitar exquisito y espléndido que se eleva a través de una evocación. Una fotografía que es un recuerdo y a la vez un tiempo enigmático que se alza más allá que la mera comprensión de la voz de la razón.

La voz secreta.

En un nuevo giro de su prolífica visión artística, Tim Burton estrenará durante la próxima temporada navideña el resultado de su fecunda y larga colaboración su actor fetiche, Jhonny Depp: Sweeney Todd: The Demon Barber of Fleet Street, un musical con tintes lóbregos que cuenta la historia de un prisionero injustamente encarcelado en la Inglaterra victoriana, que sale a la calle buscando venganza contra el Juez que lo mandó a prisión. El musical es original de Stephen Sondheim, que también escribió “West Side Story”.

Siendo como soy una amante de las historias complejas y con cierta tendencia a las oscuridad, las vicisitudes del extraño villano Sweeney Todd no podían menos que interesarme. Bien, lo admito, obsesionarme un poco. Y es que creo que todos tenemos una cierta apetencia por la morbosidad y la crueldad, esa curiosidad un poco inquietante con el lado más oscuro de la razón humana: Un infierno de llamas blancas y expúreas que tal vez tememos – o percibimos – habita en todos nosotros. Desde que era una adolescente, me he sentido profundamente fascina – una cierta lujuria intelectual digamos – hacía de los derroteros más temibles de la imaginación; el rincón lóbrego donde habita el miedo y el desconcierto, el laberíntico pasillo que esconde tal vez un rostro apenas dibujado entre las sombras: ese que no nos atrevemos a mostrar jamás y que muchas veces dudamos que exista. No obstante, ese ligero palpitar demencial, esa idea recóndita sobre nuestra propia oscuridad es probablemente uno de los secretos más antiguos – y temidos – de la historia intelectual del hombre.

Obviamente, los asesinos ocupan un lugar preponderante en esta insólita galería que se alza en medio de un silencio dioclesiano y voraz. Tal vez se deba a esa transgresión violenta de la cotidianidad o que simbolizan la definitiva conciencia que el ser humano es capaz de romper los limites de esa moralidad aparente y ambigua que la sociedad llama conciencia. No sabría decir el motivo, pero muchas veces, cuando leo sobre los crímenes y atrocidades cometidas por estos monstruos que la razón humana engendra en la violencia, me pregunto si esa inquietante atracción que despiertan en la psiquis general tendrá alguna relación con el hecho que todos, de alguna u otra manera, tememos a ese instinto, esa primitiva y brutal carencia de objetivos que destruye cualquier criterio asceptico sobre nuestra perspectiva espiritual y moral. Una equidescencia puramente animal, profundamente arraigada que probablemente subyace allí, más allá de la memoria y la capacidad de la razón.

De hecho, Sweenet Todd o mejor dicho, su leyenda, es el mejor ejemplo de esta afición secreta por el temor y la más crasa y brutal forma de vanidad: el asesinato.

Del sueño de la razón a la realidad:

Una de las primeras noticias inglesas de Sweeney Todd fue su aparición en una publicación llamada The People’s Periodical, en el número 7, fechado el 21 Noviembre de 1846. El cuento en el que aparece se titula “The String of Pearls: A Romance,” y probablemente fue escrito por Thomas Prest, quien creó otros villanos espantosos en diferentes relatos. Solía basar sus cuentos de terror en sucesos del mundo actual, a veces buscando inspiración en artículos sobre el crimen aparecidos en The Times.

Se afirma a veces que la leyenda de Sweeney Todd está basada en hechos reales, pero jamás se ha encontrado ninguna prueba fidedigna de esto. Según el cuento, Todd fue procesado por sus crímenes en el Old Bailey y fue ahorcado en Tyburn en enero de 1802 frente a una gran multitud. Sin embargo, no se encuentra ningún documento sobre el juicio ni en los archivos del Old Bailey ni en el Newgate Calendar. Tampoco existen reportajes de prensa contemporánea sobre el proceso o la ejecución. Ya en 1878, un contribuidor del Notes and Queries señaló esta ausencia de auténticas fuentes verídicas. Si bien Peter Haining expone la realidad histórica, no ofrece ningún dato específico o comprobable.

¿No es desconcertante que una historia sin ningún fundamento histórico que la sustente haya sobrevivido hasta nuestros días? ¿No es evidencia de esa necesidad oculta de mirarnos, con temor y apremio, en esa imagen deformada que simboliza la crueldad y la destrucción de los principios más intrínsecos de lo que consideramos culturalmente aceptable?

No sabría decirlo, pero ese pensamiento constamente me llena de desazón…y una oscura comprensión sobre nuestra naturaleza dual.

Para no arruinar la intriga, no incluiré detalles sobre la historia de Sweeney Todd que imagino Tim Burton incluyo en la trama de su más reciente obra cinematográfica. Sin embargo, para los impacientes que como yo apenas pueden esperar, incluyo el trailer oficial de la película:

Con información de www.wikipedia.org


Carta a Belerephonte.

Por extraño que parezca, en algunas regiones de Europa del Este, durante el día 30 de noviembre se celebra la fiesta de los vampiros, una conmemoración que busca rendir honores a la rica mitología que sobre el mito del vampiro posee la región. Durante esta insólita fiesta, algunos pueblos de la región de los Cárpatos ( una vasta extensión de montañas a lo largo de las fronteras de Austria, la República Checa, Eslovaquia, Polonia, Ucrania, Rumanía, Serbia y el norte de Hungría) representan con danzas y cantos las principales historias que tiene como origen el mito del Monstruo eterno, en donde se hace énfasis en su carácter maligno. La celebración incluye la poderosa y rica tradición oral de los pueblos más antiguos, durante la cual los aldeanos suelen llevan las vestimentas tradicionales de sus respectivas regiones. En Rumanía, la celebración posee una gran importancia, especialmente en las tres regiones principales del país: Transilvania, Moldavia y Maramures: Los aldeanos desfilan en el disfraz tradicional al Paso de Prislop en las Montañas de Cárpatos, entonces toman parte en los bailes tradicionales, cantando y festejando, llevando cruces de madera y collares de ajos. Al finalizar la celebración, se lleva a cabo una ceremonia litúrgica, donde el sacerdote bendice a la población para protegerla del acecho del antiguo y legendario enemigo.

En otras regiones, sobre todos las fronterizas con Eslovaquia, La Fiesta se transforma en una expresión de la cultura tradicional del país, que incluye una muestra de la artesanía tradicional (moldura de alfarería, el textil que borda, el tallado en madera y más) además, de una exposición al aire llevada a cabo por artistas populares preeminentes a esos interesado en artes tradicionales.

Como gran admiradora del mito del vampiro – específicamente, en su concreción más enigmática, relacionada con la raíz histórica del mito y sus diferentes expresiones a través de la mitología y la historia natural de diferentes regiones del mundo – deseo celebrar esta insólita fecha, incluyendo una narración que escribí hace algún tiempo. Una pasión mimética e inquietante. Un deseo raquídeo, moviéndose al limite de la conciencia.

Porque más allá de la oscuridad, la eterna fascinación por el misterio tiene nuestro rostro.

Llovía. No una gran tormenta, sino una llovizna plateada y fragante de primavera. Cerré los ojos, adormecida. El carruaje se movía lentamente, mecido por el viento y las irregularidades del camino. Escuché el chapoteo del fango, resbalando en altos salpicones contra los ventanucos. Pero sabía que apenas podría distinguirlos, aunque apretara mi rostro contra los cristales. La oscuridad era total. Apenas, el chispazo de los rayos perdidos creaban una imagen onírica, reflejándose entre las gotas enredadas por el viento, mostrando las hojas que caían. Imposible vitalidad en medio de aquel camino alejado de la luz y el calor.

El violento sonido del trueno me hizo abrir los ojos, sobresaltada.

La montaña se alzaba ante mí, un cúmulo de gigantescas proporciones que en medio de las sombras parecía no tener principio ni fin. La mansión se alzaba en medio de todo, solitaria y majestuosa como una gran dama en decadencia. Me pregunté qué se sentiría vivir allí, mirar a través de las ventanas y no ver más que el paisaje alargado de los campos vacíos de cualquier presencia humana, de las copas de los árboles, tan juntas que creaban la ilusión de una única e impenetrable alfombra vegetal. ¿Podría el artista que era su dueño, encontrar verdadera inspiración en medio de la agreste tersura de la naturaleza salvaje que le rodeaba? Mi padre me había asegurado que sí. Aquel hombre había creado las más bellas pinturas de su generación encerrado allí, en aquella mansión perdida del contacto humano. Aunque pensándolo bien , había una cierta violencia en sus cuadros que era muy semejante a esta tormenta suave de gotas pálidas, a este viento cálido amplio que rozaba con sus dedos las grandes cumbres desiertas. Recordé las mujeres de rostro severo, sentadas en la oscuridad, representadas con tanto detalle, que parecían que cualquier momento comenzarían a hablar. Y los pálidos caballeros que permanecían de pie en medio de un resplandor dorado que les atribuía una cualidad de ángeles encarnados a quienes les costaba mucho fingir cierta humanidad. Sí, había algo de esta soledad, de este aislamiento supremo en sus pinturas maravillosas.

Apreté entre mis manos el cofre que mi tío me había encargado. “Debes entregárselo en sus manos al maestro y solo a él”, me había advertido mirándome a los ojos, severo, como siempre “ y por ninguna razón debes abrirlo”- añadió – su contenido solo pertenece al maestro”.

No me costó hacer la promesa y luego cumplirla. El pequeño cofre de metal estaba lo suficientemente bien construido como para disuadirme de cualquier intento de atisbar en su interior. Una diminuta caja de metal, de hierro, para más señas, cerrada con tres candados de oro. No había ningún otro adorno, a no ser un pequeño sello de armas que no reconocí. En la única ocasión, había sacudido el pequeño objeto, preguntándome qué podía contener. Pero no obtuve nada en claro del sonido seco que surgió de su interior. No me atrevía a nada más, recordando el rostro de mi tío al hacerme la advertencia. En ese momento, con sus ojos azules llenos de frialdad, se me había parecido mucho a mi difunto padre.

– Señorita, estamos casi al llegar – grito el cochero, tratándose de hacerse escuchar por encima del estrépito de las ruedas del carruaje – Enhorabuena, llegaremos antes de la hora de las brujas.

Sonreí, para mis adentros, burlándome un poco de la superstición de aquellas gentes sencillas. Para mí, la noche era el momento más silencioso y privado del día, donde no había que fingir complacencia, aparentar comodidad, o simplemente, dirigir miradas hacia rostros que no tenían más significados que una anodina vacuidad. Era en la noche, cuando los adultos recuperábamos el abandono de la infancia, la frescura de esos años donde cualquier sentimiento podía apasionarnos y llevarnos al puro éxtasis con suprema facilidad.

Tal vez pensaba esas cosas porque todavía era una niña, me dije mientras el carruaje disminuía la velocidad, avanzando por un camino particular, mucho más plano y transitable que la ruta que antes habíamos recorrido. Con diez y seis años todavía era una niña, aunque en mi cuerpo no había nada que recordara la inocencia. Era el cuerpo de una joven que comenzaba a vivir, que estaba llena de deseos por seguir el rumbo que seguramente estaba dispuesto para ella. Incluso a mi, aquel pensamiento me pareció romántico e insustancial, pero a la vez lleno de un significado casi lírico. Tenía la determinación intensa de quienes nada temen y todo esperan. ¡Y qué gran aventura comenzaba hoy! Aunque mi tío había escandalizado a nuestros conocidos al enviarme en solitario a aquel viaje, pero así lo había pedido el Maestro, nuestro benefactor, nuestro secreto mecenas. Gracias a él, la familia no había caído en desgracia luego de la muerte de mi padre. Mis hermanos estudiaban en París, mis ancianos abuelos se encontraban bien cuidados en una hermosa villa en el campo. Mi tío amasaba una gran fortuna gracias a su intervención. ¿Como negarse entonces a aquel único pedido?

“Envíame lo que me debes en manos de la hija de mi perdido Alexander”

Finalmente, el carruaje se detuvo con una pequeña sacudida. La mansión, enorme y silenciosa, se alzaba como una alucinación, en medio de aquel bosque siniestro, acechante, que parecía observarnos atentamente. Ayudada por el chofer, bajé del carruaje y me acerqué a la pesada puerta de madera, tallada en un complejo e intrincado motivo que era incapaz de seguir en la oscuridad. Todo a mi alrededor se encontraba desierto. ¿Alguien me esperaba esta noche? ¿Incluso había alguna persona o sirviente en aquella casa? El perfecto silencio solo era roto por el sonido del viento que bajaba de la montaña, por la canción dulce de los aleros al traquetear ante la lluvia lenta e invisible. Pero no había señal alguna de que hubiese algún ser humano en los alrededores.

El cochero y yo intercambiamos una mirada inquieta.

Entonces, como surgido de mis pensamientos, escuché con claridad el sonido de cerrojos al ser corridos y la enorme puerta de madera se abrió con un chirrido. Todo fue tan sorpresivo, que continué de pie sin moverme, con la pequeña caja entre las manos, mientras el desconocido salía del interior de la casa con paso lento. La luz cálida del interior de la casa le rodeaba, y pude distinguir a un joven alto, de cabello oscuro y ojos grandes y meditabundos. Llevaba ropas impecables, que me parecieron fuera de lugar en medio de aquel paisaje agreste y duro. Cuando se acercó a mí, realicé una pequeña venia apresurada y torpe, tratando de resarcir mi rudeza anterior.

– Buenas noches, busco a vuestro padre, el maestro Balthus Barret– dije asumiendo de inmediato que aquél chico de mejillas delgadas y labios blandos, de un aspecto tan núbil como el mío, era el hijo del Maestro – he venido para entregar en sus manos una encomienda enviada desde Londres para él.

El joven se detuvo a unos pasos de distancia, simplemente observándome. Era alto, y el cabello negro le caía en lozanos rizos alrededor de la mejillas y casi hasta los hombros. La piel, blanca e inmaculada, le daba un aspecto severo, a pesar del brillo de sus ojos negros y atentos. La boca, amplia y blanda, la boca de un niño, se abrió en una sonrisa amable.

– me buscas entonces a mí – dijo. Era la voz de un adulto – Soy el que buscas, Balthus Barret, el pintor.

No supe qué decir. Estupefacta, le observé, en un gesto grosero que no pude contener. Aquél joven no aparentaba tener más de 20 años, con su cuerpo joven y esbelto y el rostro lozano y afilado, sin ningún doblez. Él pareció comprender mi desconcierto, y adelantándose, extendió su mano hacía mí.

– No os preocupéis, mi hermosa…vuestro tío ha cumplido bien su encomienda – miró al cochero, sin dejar de sonreír con cierta frialdad – id en paz, amigo mío. Le haré llegar vuestra paga mañana mismo.

Me volví solo un poco para ver cómo el cochero se subía de nuevo al carruaje con movimientos rápidos y casi bruscos. ¿Estaba asustado? Solo entonces noté que yo sí lo estaba y cuando el carruaje se perdió en la oscuridad, el miedo se hizo más fuerte, al volver la cabeza para mirar al maestro Balthus, imposible en su juventud, de pie a mi lado.

– Venid conmigo, hermosa – susurró señalando la puerta abierta – venid conmigo por propia voluntad y dejad un poco de vuestra alegría en esta casa al marcharse. ¿No es así que dice ese libro tan estúpido que se ha publicado hace poco?

– Discúlpeme usted, pero no sé cual es el libro al que se refiere – admití entrando finalmente a la enorme casona. Una visión fugaz de techos altos, paredes cubiertas de tapices, muebles de madera tallada, con el mismo diseño intrincado de la puerta. Había muchas lámparas de gas y velas encendidas, y el ambiente se encontraba caldeado. Él sonrió, mirándome atentamente. La fuerte luz de las velas se le reflejaba en su rostro imberbe, dándole un aspecto casi femenino. Sin embargo, su expresión era dura, hábil y serena.

– Solo supersticiones, mi querida – dijo – venid, entregadme vuestro encargo y luego podrá descansar. Mañana mismo partirá hacia vuestro hogar.

Asentí, extendiendo las manos para entregarle el cofre. Él lo sopesó con cuidado y pareció complacido. En su rostro palpitó una expresión sumamente extraña, casi astuta, pero desapareció demasiado rápido como para que pudiera comprenderla. Tal vez, solo se trataba de efecto de la luz.

No había sirvientes en el lugar. Lo supe mientras él me conducía a través de un enorme y lujoso salón rodeado de espejos donde nuestros reflejos se abrían hacia el infinito. Muchos de sus cuadros, colgados de las paredes. Supuse que eran suyos porque eran muy semejantes a los que había visto en Londres, aunque estos eran más preciosistas, llenos de detalles tan elaborados que daban la sensación singular de encontrarnos rodeados de extraños que nos miraban desde ventanas practicadas directamente desde las paredes. Asombrada, intimidada, le seguí hacia el pequeño estudio repleto de libros a donde me condujo. No dejaba de preguntarme quien cuidaba de aquella mansión gigantesca, de grandes salones, pasillos que se abrían hacia un sin número de habitaciones. Quise preguntarle donde dormiría, si me permitiría cambiarme la ropa húmeda que llevaba. Mis baúles habían llegado el día anterior, según me informó. Pero no me atreví. Tenía deseos de llorar de puro desconcierto. Parecía encontrarme dentro de algún sueño, poco compresible, abierto a cualquier interpretación.

El estudio del maestro era una habitación muy espaciosa, lleno de muebles italianos y franceses, evidentemente antiguos. Todo el lugar tenía un aire antiguo, pasado de moda, pero en perfecta armonía, como si las lámparas de gas que alumbraban las paredes fueran parte del mismo espacio y llenas de la misma belleza, del clavicordio medieval que se encontraba en uno de los rincones. Me senté en la butaca que él me indicó y él frente a su escritorio.

Estaba concentrado en la caja, abriendo con sumo cuidado cada una de las cerraduras con dos llavecillas que sacó de uno de los cajones del escritorio. De nuevo, la luz creaba un efecto maravilloso en su piel. Era como si no hubiese ninguna imperfección en él, ninguna arruga, ninguna cosa que declamara su verdadera edad. Pero no podía ser tan joven como aparentaba. Mi tío y mi padre le habían conocido en su juventud, y eran ellos quienes habían llevado sus cuadros a Londres. De eso hacía más de veinte años, aun yo no nacía. ¿Cuál era la explicación, entonces?. Su cabello, húmedo y sedoso le caía sobre la frente cuando finalmente abrió la tapa del cofrecillo y sacó de él un pedazo de papel, que ante mi sorpresa apenas ojeó. Intrigada, me pregunté que decía. Sí era tan poco importante como la actitud del maestro daba a entender, ¿Por qué me habían llevado con la única intención de entregarla en sus manos? Cada vez comprendía menos.

Miré disimuladamente a mi alrededor. Cuadros de damas y caballeros, incluso de niños, pero esos eran los menos frecuentes. Algunos parecían dormir, otros se veían llenos de una vitalidad casi traslúcida. Un arte impecable sin lugar a dudas, más bello que ninguno que yo hubiese visto. En una de las esquinas había un lienzo en blanco y una mesa llena de pinceles y paletas. ¿Era allí donde trabajaba el maestro?

Cuando volví la mirada, advertí que él me miraba fijamente. Sus enormes ojos negros me escrutaban con gran atención. Pero no había de ellos un sentimiento reconocible. No había apasionamiento o curiosidad. Solamente me miraba. Aunque sabía que se trataba de un gesto grosero, sostuve su mirada, tratando de comprenderle. Ojos muy brillantes, negros como el ónix. Por efecto de la luz, no podía distinguir sus pupilas. Profundas ventanas del alma. Casi podía ver un reflejo lejano de mi misma en ellos, ampliándose, fundiéndose con la luz y el espectáculo de la luz de las velas resbalando por la madera de las muebles. A mi espalda, los cuadros refulgían como piedras preciosas, todos aquellos rostros perfectos, bellamente plasmados, parecían observarnos a ambos, un público silente y acechante. Suspiré, fascinada por los extraños pensamientos que llenaban mi mente. Sí, mi rostro era muy semejante a los suyos, todos jóvenes, todos con la fuerza de la primera edad de la vida, la sonrisa congelada en el tiempo que dejó de transcurrir para ellos hace tanto. Escuché una música lejana, y casi vi a todos aquellos hombres y mujeres bailando a mi alrededor ataviados como en sus épocas de nacimiento, hermosos ropajes de terciopelos acariciándose unos a otros. Sentí que me envolvía en un ensueño invencible, me caía sobre los almohadones de la butaca. Tal vez se trataba del cansancio del viaje, de toda la absurda situación de la casa solitaria y el joven maestro que me miraba sin decir nada, porque sus ojos hablaban por él.

En ocasiones, cuando era muy pequeña, tenía sueños parecidos a este momento. Perdida en mis sueños, carente de voluntad para cambiar o modificar la esencia de un instante. Todo era irreal en esos sueños, ninguna lógica. Como ahora. Incapaz de darle un sentido al largo viaje de mis pensamientos en medio de la nada de una hora aciaga, aquí, recostada en sillón de una casa extraña donde no reconozco nada humano, donde todo tiene la pulida belleza de lo insólito. Y este hombre joven que no lo es, este Maestro que un niño. ¿Tiene significado todas estas cosas? Tan alejadas de la vida real, de las simples cosas como el olor del viento y el fuego. Me imaginé por instante en Londres, de nuevo en mi hogar, mirando por la ventana, a solas, a la espera de un instante que tuviera cierta brillantez. ¿Tanto había cambiado todo? ¿Que había sucedido en cuestión de horas? Estoy aquí, a solas. Perdida en los sueños de otro, quizás siendo el sueño de otro, cayendo pesadamente, resbalándome hacía la inconsistencia de lo que creí cierto, perdiéndome en mi misma.

Y él allí, con los brazos abiertos, esperando para sostenerme.

Sí, él.

Suspiré, entreabrí los ojos. El maestro estaba junto a mí. Sus largas pestañas creaban sombras sobre sus mejillas redondas. Un niño, casi tan joven como yo. Pero sus ojos eran ancianos. Sus labios los de un hombre cuando sonreían. Las mujeres de los cuadros me miraban, volvían sus cabezas y rostros perfectos para observarnos a ambos.

– Ahora serás parte de ellos – musitó. Su cabeza oculta entre mis cabellos. Un ligero dolor. Un minúsculo pinchazo y luego el cielo, creciendo, abriéndose, tragándome. ¿Dónde estás? El maestro, un joven humano, corriendo por las calles de una ciudad muerta hace mucho tiempo atrás. Un hombre alto le toma entre sus brazos. Juntos, abrazados en la noche. Un beso íntimo, fatal. La sonrisa del muchacho. La sonrisa congelada en el tiempo. Como en sus cuadros. El talento eterno.

Suspiré, sintiendo su cuerpo apretado contra el mío. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido? Uno tras otro, la belleza acude a él para ser inmortalizada. “Solo la más bella entre las mujeres de tu casa” ¿Es su voz acaso la que habla? Envíamela para que sea mi discípula. Envíame a la niña que se convertirá en Diosa. Eso ha de decir la carta para que yo la reconozca. Vende tu alma a mí y las riquezas de este mundo que desconozco serán tuyas. Una por cada generación. La belleza de la rosa conservada entre mis manos, en mi sangre.

Apenas puedo abrir los ojos. Yazgo desvalida en la butaca. Él pinta sobre el lienzo en blanco, con una rapidez inhumana. Una niña, una mujer muy joven, de cabello rubio aparece entre la bruma de la nada, una mujer de ojos rasgados y verdes, la sonrisa apenas dibujada en los labios rosados, de miel. ¿Sabes lo que sucede? Muero un poco, sí, muero rápidamente para que nazca la diosa en la tela, la mujer que vivirá en las paredes, mirando a las nuevas doncellas que vendrán a por su destino. Ella cada vez es más nítida y yo cada vez me siento más débil, muero un poco, aquí, la solitaria, la flor marchita, la niña que muere pariendo a la Diosa.

– Ah, pero no morirás…

¿Es su voz? Caminamos juntos por pasillos amplios y blancos. Sus cuadros cuelgan de las paredes. Pero ya no son diosas y dioses difuntos los que llenan sus pinturas. Son seres blancos como él, pintores eternos escondidos entre las sombras. La misma piel blanca y sin mácula, los ojos feroces, el cabello brillante y lozano.

– Para siempre, aquí, en la galería del misterio.

Aquí, su cuadro, el joven de facciones bellas y diabólicos ojos negros y junto a él, el mío. Pero ya no es la Diosa joven que colgará de la pared de la casa muerta, sino una copia de mi misma, ojos feroces y verdes, el cabello castaño rojizo una cascada cayendo sobre mis hombros. La sonrisa dulce y misteriosa. La muerte y la vida en mí.

Abro los ojos. Él esta a mi lado. Me toma de la mano. Su piel y la mía, idéntica. Sus ojos se reconocen en los míos. La Diosa de la pared, tan parecida a mí, me mira fijamente. Pero es solo una niña en medio de tantos rostros perdidos.

La mortalidad de la mujer que fui.

La Diosa que nació de su sangre, es ahora real.

El recuerdo de aquella noche suele atormentarme ahora, tantos años después. Llueve ahora de nuevo. La luna, brillante y despótica, crear formas perversamente delicadas en medio de la noche gris. La imagen de la niña que fui me atormenta, pero no lo suficiente como para extrañarla, como para desear de nuevo la sed de pan y agua. La luz del sol es una promesa, lejana, sin significado. La belleza humana, un lienzo que blanco que todas las noches lleno con mis pensamientos desordenados, con la confusión enorme de traen las noches que mueren lentas, mientras yo permanezco, vivo, regreso la vida cada día al despuntar la oscuridad en el horizonte del pensamiento.

El carruaje atraviesa el bosque rápidamente. Él esta a mi lado. Observo su perfil, brillante helado, el niño eterno y terrible, el demonio anciano atrapado en una vaga concepción humana. Los campos vacíos, majestuosos, nuestros se abren a nuestros alrededor. Y recuerdo de nuevo esa noche, la noche que parió todas mis noches, en medio del silencio suspendida en la nada, brillando en la debacle de la moral.

Una única noche, rota la razón. Muerta la niña, viva la Diosa. Un cuadro vital convertido en mármol. La belleza simple aparece y desaparece en mi profunda y casi humana crueldad.
La hora de las brujas en la eternidad. Juntos, atravesamos la superstición y nos sumergimos en la leyenda. Eternos, silenciosos, aliados en la belleza y en el pecado. Muertos para el hombre, vivos para el futuro. Sonrío, mirándole.

El mundo es nuestro.

El hambre y la sed eterna también.


Agatha Patz. Noviembre, 2007.

En el Umbral del Espejo.

En ocasiones, he pensado que me obsesiona un poco la idea de la dualidad del voz espiritual y la creación anecdótica de la memoria. Imagino el tiempo más intimo como una sucesión de reflejos iridiscentes, carentes de formas, que se elevan en intrincados corredores que la mayoría de las veces, nos son por completo incompresibles. Casi puedo ver, ese rápido descenso a las sombras de la memoria más oscura, en medio de un juego de espejos interminable, un infinito devenir que termina por descomponer la realidad – y la idea que tenemos de ella – en innumerables fragmentos que podrían parecer totalmente oblicuos, pero que en realidad forman nuestro rostro más personal. He intentado expresar esa idea en varios relatos, pero hay uno en especial por el que siento una profunda predilección.

Una sensación perpendicular, casi inconcreta, abriéndose en todas direcciones, a partir de mí.

Ella otra vez. El cabello rubio y fragante resbalándosele por los hombros delgados. El rostro afilado bañado por la luz del sol. La sonrisa amplia, de simple satisfacción, por el hoy, por la mañana hermosa que disfrutaba, quizás por el aroma del aire limpio que se colaba por la ventana abierta. La observé embelesado, como ayer, como la semana pasada, como siempre, como todos los días. Una mujer en la flor de la vida, comenzando el día frente a su propio reflejo. Que delicia.

Me hacía reír aquel hábito mío. Todos los días, casi exactamente a la misma hora, ella parecía esperarme, sentada frente a aquel enorme espejo enmarcado en gruesa madera, una reliquia sin duda. Era evidentemente un objeto muy hermoso y antiguo, con los grandes grabados de flores y animales llenándolo y la pulida superficie reflejando la habitación de la chica hasta el último detalle. La cama grande de colchas coloridas, las paredes pintadas de una alegre tonalidad amarilla, la decoración juvenil que parecía reflejar perfectamente el gusto de su dueña. Era capaz de reconocer cada esquina y cada detalle de aquella habitación y claro está, de su dueña, la hermosa jovencita que cada mañana se sentaba frente a aquel espejo enorme, que probablemente había pertenecido a su madre o a su abuela, a disfrutar del enorme presente, de la vitalidad de su juventud de mejillas sonrosadas y sonrisa confiada.

Se trataba de casi un ritual. Me levantaba casi al amanecer y tomaba una ducha, y mientras me afeitaba, veía cómo se encendía la luz de la habitación de la chica. La casa entera parecía entonces despertar. Solía pensar, casi como eco de una misma idea que había tenido muchas veces, que probablemente aquella habitación era casi tan grande como mi pequeño apartamento de soltero, con su baño minúsculo y su cocina empotrada a la pared como por encanto. La casa de mis vecinos era una mansión solariega de dos plantas airosas, sólida y encantadora, con un porche propio y un jardín enorme, aunque descuidado, todo hay que decirlo. Muchas veces, cuando pasaba frente a ella, disfrutaba de su sombra, de esa sensación de encontrarme en otro tiempo donde aquellas casas eran comunes y no una rareza perfecta, entallada en el principio de un siglo tecnológico y frío.

Luego, al cabo de un rato, ella emergía de entre las sombras menudas y casi rotas por la luz del sol y se sentaba frente al espejo. Milagrosa, una diosa núbil y perfecta, sentada cómodamente para observar su belleza, la diáfana dulzura que definía cada rasgo de su cuerpo, de su rostro regordete. Se cepillaba el cabello con evidente deleite, los ojos entornados, la sonrisa palpitando un momento en los labios rosados. Me la imaginaba como no podía verla, acomodada en el sillón de orejas decorado con un infantil estampado florido, los pies hundidos en la alfombra. ¿Estaba descalza? ¿Llevaba algo más que su batín de noche? ¿Escuchaba música mientras el cepillo pasaba una y otra vez a través de la gloriosa melena rubia? Esos detalles debía dejárselos a mi imaginación. Ella solo me ofrecía eso, su imagen irrevocable, la intimidad de aquel momento que era como pecado venial, intenso pero poco importante. Pero para mí era suculento. Durante esos minutos, sentía que estaba allí, junto a ella, disfrutando del olor de su perfume, del aroma que debía impregnar sus mechones rubios, la piel rosada de sus hombros que apenas se atisbaba entre la bata. ¡Ah, mi pequeña coqueta!…tan fútil, tan deliciosa por el mero hecho de ser superficial.

Luego, venía el instante inevitable en que el hechizo se rompía. Yo me daba la vuelta para vestirme o simplemente para hacer un poco de orden en mi diminuto imperio, y al volverme, ya no estaba ella. El milagro había pasado, rápido y sin explicación, como todos los milagros. El vacío en el espejo, la habitación silenciosa. La sombra de las ramas de los árboles deslizándose afanosamente por el suelo. El día comenzaba y la fragmentada fantasía me recordaba la realidad.
Hermoso instante. Fragante y pequeña dulzura.

De nuevo, a solas. Extraño silencio. De camino a la universidad, procuro detener un poco mis pasos para atisbar en el sucio jardín. ¿Estará ella allí?. Me la imagino junto al roble, bañada por la luz verde de aquella vegetación morbosa. O tal vez, recorriendo con sus pies que me son desconocidos el caminillo de piedra hacia el elegante solar donde dos sillas blancas aparecen siempre vacías. ¿Se sentará ella en alguna, disfrutando de la luz del sol con la misma sensualidad con que cepilla su cabello? Seguro que sí, pienso con una sonrisa mientras me alejo. La juvenil muñeca riendo entre la ecléctica fuerza de aquella casa dormida. La vitalidad misma de sus paredes señoriales, reviviendo para ella.

Casi junto a la esquina, cuando la casa casi se ha convertido en una sombra inmensa entre el follaje aparece el hombre, el anciano. Vestido con pulcritud, sale de la casa, cierra la reja decorativa, cruza la calle. ¿Su padre, tal vez? Tiene la edad al menos. Mejillas pálidas, labios apretados. La severidad le viste casi tan bien como su traje bien cortado de lana gris. Pobre de mi pequeña, seguramente atrapada por las órdenes de aquél hombre. Continúo alejándome y me hace reír la líneas absurdas de mi propia imaginación.

A veces, durante el día, pienso en ella. Me encuentro recordando su imagen cuando un profesor es incapaz de mantener mi atención, cuando el bochorno del día es tan insoportable que me obliga a abrir una ventaba hacia mi interior para refrescarme. En ese lugar secreto de mis meditaciones más infantiles, esta ella, caminando junto a mí, el rubio y hermoso cabello brillando bajo el sol de la tarde ( ¿tendrá el mismo resplandor que en la mañana?) Espuma durada que acaricia su rostro tierno y regordete. En mi lugar secreto, le hablo de mis viejos temores y añoranzas, su mano en la mía. Y ella me escucha con la paciencia de las imágenes imposibles, de los ideales tontos que mueren abruptamente al despertar de un ensueño débil. Despierto pesaroso, malhumorado, con la sensación que ella realmente ha estado allí, que ella me ha acariciado la mejilla. Mi hermosa niña vanidosa.

En mi mente, ella me regala una sonrisa cómplice. ¿Acaso puede comprenderme?

Me parece un poco enfermizo, ¿no?, razono ya de regreso, mientras recorro de nuevo la avenida hacia la mísera residencia de estudiantes junto a la mansión solariega. Crear toda una pequeña historia a partir de un momento robado. Tal vez ella no sabe que la observo, y si lo supiera, quizás se asustaría, temiera por mis ojos que la vigilan, que beben de cada gesto suyo mientras ella cree estar sola, segura. Un estremecimiento de culpabilidad me recorre. Mi pobre niña. Sin saber la respuesta a mis preguntas, siento una leve culpabilidad, la sensación de invadir por un momento un ensueño privado, un pensamiento íntimo de una persona para quién soy un total extraño. ¿Alguna vez habrá reparado en la vieja casa junto a la suya? Seguramente escuchará de vez en cuando el barullo de los inquilinos, del joven de la motocicleta o la chica que repite la misma canción en el estéreo una y otra vez. ¿Y el hombre joven y desgarbado que permanece junto a la ventana durante largo rato disfrutando simplemente de su dulce vanidad? ¿Le regalará el espejo alguna imagen mía como me regala la suya?

Estoy de pie, frente a la casa a oscuras.

Una única luz encendida en una de las habitaciones del segundo piso.

El espejo está allí, junto a ella.

Un escalofrío me recorre. Sobresaltado, sigo mi camino. Aturdido, me pregunto el motivo de aquel súbito temor. Tal vez se debió a la última luz de la tarde, verde y gris, que por un instante creó una forma extraña junto a la ventana entreabierta. O al súbito aullido del viento que cruza la calle, formando un olvidado gemido.

Apresuro mis pasos. Un gemido de alivio casi se me escapa de los labios cuando el bullicio de la calle me envuelve de nuevo. La luz eléctrica de las bombillas frente a la residencia me enceguece por un instante. Y cuando vuelvo para mirar una vez más la casa, me parece más sombría que nunca, más abandonada de historia, con sus paredes blancas e inhóspitas, la verja que la rodea apretadamente, separándola con violencia de la vida que transcurre a su alrededor.

Mi pobre niña, pienso de nuevo. La luz de la habitación superior se apaga.

La casa, por completo a oscuras, e invadida por el silencio de una noche prematura, duerme ya.

Esta mañana me ha costado despertar. Me siento tan dolorido que apenas si puedo levantarme de la cama. Me parece que las sienes me van a estallar y la garganta se encuentra tensa por una presión casi sofocante. Incluso la leve luz del sol me hiere los ojos sensibles y cuando hundo la cabeza de nuevo en la almohada, siento que una vibración volátil y cruel me sacude. Atontado, permanezco acostado unos minutos más. Caigo en un sueño inquieto y tan frágil que enseguida despierto de nuevo, más descompuesto que antes, si eso es posible. Finalmente, logro levantarme. Tiemblo un poco, desconcertado por aquel malestar imprevisto. Con paso lento, me acerco al baño y me echo un poco de agua fría a la cara.

De una manera casual, miro hacia su ventana. Ella no está allí, claro. Ya es muy tarde. Otro pequeño cataclismo en mi mundo común. Tomo el cepillo de dientes, unto el dentífrico sobre las cerdas. El dolor de cabeza es ahora un hilo agudo que se desliza alrededor de mis sienes apretándose lentamente.

Cada vez más débil, me apoyo contra la pared. Un resfrío. Un inoportuno y violento resfrío. Nunca me acostumbraré a los caprichos de mi cuerpo, a esa aparente voluntad propia con la que parece dirigir su pequeño mundo interior. Sonrío ante mi petulancia y trato de recobrar la cordura. Más agua para mi rostro. Necesito claridad. Por lo pronto, ya se me ha hecho tarde para ir a la primera clase de la universidad. Tal vez si descanso un poco, pueda presentarme a la segunda, pienso con un suspiro.

Entonces ocurre el milagro.

Ella entra en su habitación.

La miro, fascinado, reconfortado, tal vez simplemente emocionado. Ya no lleva el batín de costumbre, sino un vestido de lana pasado de moda, que se le entalla a la perfección bajo en la cintura y bajo los pequeños senos. Perlas en el cuello fino y largo. El cabello recogido detrás de las orejas. Pero sus ojos, son sus ojos los que más me sorprenden. Vacíos de toda expresión, calmos, llenos de una fría determinación. Apenas puedo reconocer a mi niña juguetona en aquella mujer descolorida y severa. Dudo incluso por instante que se trate de ella, pero la esperanza tarda muy poco en desaparecer. El rostro diáfano y regordete es el mismo, el cabello de oro. Solo la expresión ha cambiado. Es algo en su interior lo que se ha transformado en algo visceral y oscuro.

Abrumado, la observo llevar a cabo una serie de movimientos que al principio, no tienen sentido ni lógica. Toma una silla, la lleva hacia el centro de la habitación. Aparta todos los otros muebles, menos el espejo, que continúa mostrándome la escena como una pantalla lóbrega y astuta. Luego, se quita los finos zapatos de tacón con un simple y seductor movimiento. Pies blancos que atisbo un instante. Estupefacto, asombrado, continúo observando, sin dar crédito a la idea que comienza a formarse en mi mente, a la imagen nítida que vaticina lo que sucederá a continuación y que golpea mi razón violentamente. Un grito sofocado se me escapa de los labios cuando ella toma la sábana entre sus dedos afilados y firmes y la anuda con fuerza en la horquilla de la lámpara del techo que el espejo no me muestra.

-¡No, espera no lo hagas! – grité. Las palomas del techo echan a volar, sobresaltadas por mi voz aguda por el pánico. Un hombre que camina por la calle se detiene, mirando hacia mí reprobadoramente. Pero nadie mira hacia el pequeño drama que se desarrolla justo al otro lado de la calle. Ella se ha subido a la silla y ahora se ajusta el nudo en el cuello fino. Su rostro es el de una muñeca rota, con la expresión fija en el tiempo, sin matices, sin nada más que un leve dejo de decisión que brilla entre sus ojos con la misma fuerza que antes la sensualidad.

Sin dejar de gritar, salgo de mi habitación, recorriendo el pasillo a trompicones, empujando a un par de chicas que conversaban alegremente en el hueco de la escalera. Ambas me miran espantadas, enfadadas. Cruzo el salón señalando la casa, tratando de hacerles atender al nutrido grupo de inquilinos que esa hora se reúnen para tomar el desayuno que ella a está a punto de romper la belleza, de crear en la fatalidad un absurdo que no tiene más explicación que la locura. Nadie me escucha, nadie parece comprenderme. Me encuentro aislado, perdido, en mis manos un secreto, un momento que solo yo puedo comprender.

Me aferro a la reja, gritando inútilmente. Lo inevitable se abate sobre mí. ¡Ella ya debe haberlo hecho! Un paso hacia el vacío. Sí, seguramente, ahora cuelga del techo, una enorme muñeca trágica, hermosa y solitaria, tratando ahora de soltarse de su propia decisión, los dedos agarrotados alrededor del nudo de la garganta, tratando de ganar un poco de aire. ¡Tal vez dispongo de unos instantes! Sacudo la reja y esta se abre con inesperada facilidad. Antes de razonar, de decidir, me encuentro corriendo por el jardín que tantas veces he repasado en mi imaginación. Atravieso el porche y entro en aquel lugar donde el tiempo parece haberse detenido, pero no perdonado los minutos perdidos. Una pequeña capa de polvo cubre los muebles, las paredes desnudas de pintura, los cuadros torcidos y cubiertos de suciedad. ¡Imposible que alguien viva allí! ¡Imposible que aquella criatura hermosa pudiese prosperar en aquel lugar infecto! Subo las escaleras, desperdicios caen sobre mí.

El pasillo del segundo piso brilla por efecto del sol, únicamente del sol. Allí no hay nada que delate que alguien más ha vivido allí al menos en veinte años. Atropelladamente, lo recorro. Al fin estoy allí, frente a la puerta de la habitación, de su habitación. He dejado de gritar. Respirando trabajosamente, por un momento permanezco paralizado frente a la hoja de madera. La compresión es fría y helada cuando el picaporte oxidado cede bajo mis dedos.

La habitación está vacía. Sucia, desordenada. Paredes grises, donde la pintura se ha descascarado hace mucho tiempo. Los muebles no son más que trozos de madera arrinconados como esculturas de imposible fealdad. Solo el espejo es tal como lo he visto durante los últimos meses, airoso, hermoso, sólido. Y en él, puedo ver las piernas esbeltas de la chica, oscilando en el vacío, en un mundo de silencio que se escapa de mi comprensión de mi razón. Horrorizado, temblando, pero sin poder evitarlo, me acerco a él, observando la imagen. Algo se rompe en mi interior y escucho mi grito antes de saber que es mío, un alarido cavernoso que rompe por completo con cualquier pensamiento conciente, con cualquier idea que no sea la del terror.

Continué gritando hasta que vinieron por mí los vecinos, alarmados y desconcertados. No dejé de gritar mientras los agentes uniformados tiraban de mí, golpeándome, tratando de sacarme a rastras de aquella habitación. Yo seguía mirando el espejo, ella allí, colgando, muerta, atrapada para siempre. Y luego el hombre severo, entrando en la habitación, llorando, aferrándose a ella, gritando como yo lo hacía ahora, abandonado por toda esperanza. Ambos gritábamos cuando por fin lograron sacarme de la habitación. Solo entonces, callé, abrumado por el dolor, por el horror, por la intensidad de la compresión que me abrasaba, me rodeaba. No hay explicación alguna, no había conocimiento alguno que pudiese envolver y brindar cierta lírica a un instante de puro terror.

A veces, en las noches silenciosas del hospital, me pregunto si él continuará gritando, atrapado en el espejo, reflejándose en el silencio, sin ojos que puedan mirarlo y comprender su derrota. O si ella continuará eternamente representando la última escena de su vida para un público silente que no sabe de belleza más que la promesa y de horror, más que un anuncio.

Aquí, en la soledad de mi reclusión y mi locura, pienso en el espejo, en medio de la habitación en sombras, reflejando en el vacío la imagen de la oscuridad.

Agatha Patz, 2006.

La forma y la fuerza del arte.

Hace poco miraba una reproducción del Cuadro: La joven con el arete de Perlas, de Veermer, cuyo original se encuentra en el museo Mauritshuis, en la Haya. No tengo dudas, por supuesto, que el arte es capaz de tomar un instante cualquiera y sacralizarlo, darle un sentido casi divino. No obstante, creo que dentro de esa misma capacidad, existen un espacio para la mera belleza, el sentimiento, trasformado en lineas y colores.

A primera vista, no se trata más que el retrato de una joven, con la cabeza ligeramente vuelta hacia la izquierda, mirando al espectador con grandes ojos asombrados. La boca entreabierta – ¿expectante, ansiosa, deseosa? -, el cutis traslucido, tocado a penas por el sol. El fino cuello ligeramente inclinado, la cabeza envuelta con una toca azul y amarillo. Un arete de perlas colgando de su oreja, difuminando y captando la luz. El suave cuello del vestido sobresaliendo un poco, delineando el rostro en medio de la oscuridad que le rodea. Y luego el silencio. No hay nada. Sobre la expresión de la joven, la exquisita luz bañando apenas el conjunto y la leve sensación de inquietud – ¿curiosidad, extrañeza? – que produce la escena al completo. La mirada silenciosa, el hombro ligeramente inclinado. El frio azul de las púpilas teñidas de tristeza. La sensación incesante que la idea se abre en si misma para rodear al cuadro y al espectador.

Se ha hablado mucho sobre la identidad de esta joven silenciosa, flotando en el mundo del pintor. He leído comentarios de renombrados criticos artisticos como Hagen que insisten en suponer que el arete – ese extraño, inesperado punto focal – es una señal de castidad. A diferencia de otros cuadros del autor, la pieza carece de la depurada técnica de espacios y formas que otorgó renombre a la obra de Veermer. La luz oscila levemente, desde la mejilla de la joven, el leve brillo de la perla, sus ojos expresivos, chispeando por toda la superficie, al igual que el empleo de esas brillantes tonalidades entre las que destacan el azul y el amarillo. No obstante, el valor del cuadro radica en la interrogante, en la sensación expúrea que el rostro de la mujer, el reflejo del sol – brillante, evanescente – que resalta sus mejillas y su ansiedad – esa sensación casi desesperada en su expresión – es el verdadero enigma del cuadro, es la real esencia de la obra por completo. Podría cerrar los ojos y paladear lentamente, la magnifica sensación de atisbar por un instante el pensamiento de un hombre que vivió hace siglos atrás, respirar el dorado resplandor de la mañana de la última pincelada, el brazo erguido, el latir de su corazón – la emoción, casi completa su visión – , los dedos agarrotados en el pincel de madera. Una sonrisa leve. La modelo aguarda, intentando no dejarse llevar aquel secreto a dos voces, por el fuego de una hoguera maldita que parece devorar todo lo que no sea la belleza del cuadro, la idea de la pieza. El último resplandor, en la perla, el rabillo del ojo. Los labios húmedos. El suspiro eternizado. La belleza extendiendose en todas direcciones a partir de la forma vital. Un suspiro de pura divinidad. El tiempo sin forma, más allá del cuadro, de la obra completada.

El brillo de la perla.

– He terminado – musita para sí el pintor. O tal vez simplemente guardo silencio, asombrado, entristecido. Inquieto. Las manos temblandole un poco. La joven se vuelve hacia la oscuridad – de nuevo, anónima, la luz se aparta de ella. De nuevo es solo una mujer, mientras la belleza se encuentra atrapada en el lienzo para siempre – Suspira. Se muerde los labios. Aprieta las manos.

Abandona la era de los milagros. Tal vez le esperen tristezas y sonrisas, hijos, un futuro. Pero solo su imagen tendrá la trascendencia, navegará en Oceános del tiempo para llegar a otros pensamientos, para cautivar la imaginación de todo aquel que lo miré, ese pequeño núcleo tembloroso de pura ternura. Pero el pintor habrá sonreído, sin duda alguna. Soñará con ese rostro, repetido mil veces, en la luz, en el color, en la forma que nace lentamente, que brota de la noche en ciernes de sus pensamientos. Mira de nuevo a la joven, que ahora suya y que luego pertenecerá a la historia, a su historia, a la pequeña leyenda de la belleza. Una torva vanidad inquisitiva nace de sus convicción. Se vuelve un instante. También la luz le abandona. No obstante, un leve reflejo de su propia historia reposa en los colores, en la sensación que plasmó y que ahora puede contemplar con los ojos entrecerrados.

Vivirá, piensa quizá, cuando yo solo sea un recuerdo.

Sonrio, sin poder apartar los ojos de la reproducción de la pintura. La cuelgo en la pared de mi habitación y me dejo caer sobre las almohadas, observando el rostro de la joven en la oscuridad, exacto a la convicción del tiempo infinito que lo creo. La luz mengua, ondula un poco. Finalmente, apenas puedo distinguir los rasgos de la joven. Pero la luz de la perla continua brillando, incluso en la noche cerrada, en medio de mi vigilia silenciosa. Parpadeo, cansada, un poco sonnolienta – un pequeño milagro – y mientras me deslizo hacia mis sueños, hacia ese reino silencioso rodeado de pensamientos exactos, el brillo de la perla me acomopaña. El pequeño enigma de la belleza.

El tiempo arrebatado a la Divinidad.

Un suspiro. Un leve palpitar de deseo y comprensión.

La historia natural de la Violencia.

Indudablemente El 11 de septiembre de 2001 el terror sacudió el corazón de Occidente. La fecha ha pasado a la historia como un hito dentro de lo que consideramos la forma de sociedad más estructurada: la destrucción parcial de los valores que promulgamos por un único y feroz acto de violencia. Las Torres Gemelas de Nueva York reducidas a escombros y el Pentágono seriamente dañado fueron las imágenes del peor ataque sufrido por los Estados Unidos en sus más de doscientos años de historia. Y sin embargo, esta cruda grieta – que abrió un antes y un después en una nuestra concepción sobre el temor y la sociedad – no es más sino la consuenciencia de una escalada de temor y agresión que tuvo con este hecho, su más alto pináculo. Una oleada de atentados perpetrados con cuatro aviones de pasajeros secuestrados por terroristas suicidas y lanzados después contra los edificios más característicos del poderío económico y militar norteamericano, de la visión occidental sobre el mundo y el hecho humanistico. El 11 de septiembre destruyó la falsa seguridad en que había vivido Norteamerica, la imagen quebradiza de encontrarse a salvo de los males y terrores de un mundo ideológico en decandencia.

No obstante, no escribo esta entrada para acusar a algunos en detrimentos de los otros. Tampoco para expresar mis convicciones politicas o la ausencia de ellas. Lo hago porque el 11 de septiembre abrió una brecha entre lo que consideramos justicia y el paliativo irracional de una brutalidad anecdótica que tambaleó las bases de la sociedad establecida. Un hecho que condujo al nacimiento una nueva época donde el miedo y la conciencia de la propia vulnerabilidad tiene un poderoso sentido emocional. Incluso para quienes somos fuimos observadores del hecho, la eterna diáspora de las ideas disimiles, el temor se extendió como un olor maligno y sofocante. El hecho de encontrarnos bajo el peso de una terminante concresión de violencia como arma de una guerra histórica y de convicciones seudo morales que se ha extendido durante casi dos siglos por el mundo entero. Invitablemente, el 11 de septiembre, removió los escombros del odio racial, del prejucio ideológico, la intolerancia, la segregación del tiempo conceptual. ¿Como podemos defender nuestras fragiles convicciones hacia la crudeza de la Violencia, expresada con la muerte de 5000 victimas anónimas por la amenaza simple y directa del rencor histórico? Un silencio inquietante se extiende en todas direcciones a partir de la idea de un tiempo nuevo, donde el terror y la creación finisecular carece de sentido y convicción.

No es probable que la ofensiva terrorista, de tamaño y características hasta ese momento desconocidos, sea imputable sólo a un grupo reducido de fanáticos, no obstante de la necesidad de norteamerica de inculpar de manera directa a Osama Bin Laden. Lo que vivimos durante esa fecha terrible, una agresión tan salvaje e inhumana, precisa de la existencia de un caldo de cultivo previo, en el que el odio constituye el motor principal de las decisiones. Escalofriante, la sencillez como fue perpetrado el atentado y demoledoras sus consecuencias.

Recuerdo que esa mañana desperté con la noticia que un Avión se había estrellado contra una de las torres gemelas. Impesable, que pudiera tratarse de algo más cruento. Aun no era claro el motivo o que había sucedido en realidad y la hipótesis del atentado terrorista no tenía aun ningun tipo de asidero. Sin embargo, la noticia de un segundo avión y el atentado al pentágono, tomó a todos por sorpresa. Una metáfora aterradora: las Torres del Imperio económico derrumbandose en medio del desconcierto y el temor. Recuerdo haber mirado las imagenes por horas, entre temblores, aterrorizada por la idea de cuales podrían ser las consecuencias de un ataque semejante, mientras las cadenas de televisión del mundo, los ojos de esta comunidad global, retrataban como todo detalle la escena del desastre. El mundo occidental, herido por una idea evidente de puro horror. Una forma de expresión ciega y efectiva, donde la convicción de la desaparición de la seguridad es la más directa agresión. Recuerdo haber tenido pesadillas, una ligera sensación de sobresalto que me acompañó durante semanas enteras. El principal arma del terrorismo es, por supuesto, la ligera idea que en ningun lugar se está seguro. La muerte de la inocencia y el candor cultural.

La ofensiva terrorista del 11 de septiembre constituye la puesta en escena, de manera abyecta y brutal, de algunas de las peores características que definen el nuevo milenio. El siglo XX se inauguró con la última guerra romántica de la historia, en la que los hombres defendían su patria a punta de bayoneta y en el cuerpo a cuerpo de las trincheras de Europa. El siglo XXI, apenas recién nacido, abre su dietario de enemistad y muerte bajo el signo contradictorio de un vocablo tan manoseado y poco sutil como el de la globalización. Las pasiones estériles, bienintencionadas o no, que el debate sobre ésta ha suscitado pueden servir para poner de relieve o llamar la atención acerca de algunos de los problemas acuciantes de nuestro mundo, pero la falta de un diálogo racional entre los líderes de los países desarrollados, y el egoísmo ciego de muchos de ellos, no excusa el entusiasmo gratuito de quienes alaban mancillando el nombre de la justicia, a un puñado de tiranos de los países pobres, hábiles manipuladores de los sentimientos de millones de personas abandonadas a su suerte. Hace tiempo que un pensador tan honesto como Edgar Morin pusiera el dedo en la llaga al señalar que, en realidad, la globalización alcanza ya a todos los habitantes del planeta, aunque a unos como víctimas y a otros como verdugos.

Occidente no puede seguir, por eso, negándose a reconocer que las enormes distancias en el desarrollo de los pueblos, con sus secuelas de sufrimiento y desesperación para quienes sobreviven en el subdesarrollo, son no sólo un pretexto, sino también un motivo que facilita hasta el extremo la tarea insidiosa y criminal de los propagandistas del odio. Pero eso no significa perder de vista que los países democráticos, con los Estados Unidos a la cabeza, pese a todas sus desviaciones, a los abusos e injusticias que cometen, representan también una concepción única y valiosa de la convivencia, basada en las libertades individuales, en el respeto a los derechos de las personas y en el mantenimiento de instituciones políticas representativas. Precisamente por eso es doblemente lamentable que sus dirigentes se muestren tan incapaces para enfrentar cuestiones como las planteadas por los flujos migratorios, las hambrunas de las naciones pobres, o el desprecio a la vida y a los derechos de sus ciudadanos, perpetrados por regímenes opresores instalados en esas sociedades.

Un día como hoy, el mundo occidental despertó para comprender que la Violencia tiene un lugar evidente dentro de su mundo brillante e indiferente. Con la muerte de 5000 ciudadanos en manos de una ideologia atroz, demostró que todos somos proclives a sufrir las consecuencias del terror y el desenfreno de la violencia. Nadie está a salvo, nadie puede esconder o ignorar la concreta evidencia que el temor es parte de nuestra nueva actitud social. Somos el fruto de una decimonónica indiferencia y una coyuntura social magra, capaz de robarnos el rostro y la razón conceptual. Sobre todo, hace falta recuperar los valores morales de la democracia – con todas sus imperfecciones . en el tratamiento global de los problemas globales, y renunciar a la demagogia y a la divulgación de la ignorancia. Es preciso un esfuerzo coordinado y persistente de los gobiernos, y que los ciudadanos de los países con mayores posibilidades no contemplen los programas de solidaridad como una manía de los tiempos, sino como el único antídoto posible contra el odio. Para que nunca más veamos a nadie, niños o mayores, celebrar el asesinato de ningún inocente. El caldo del cultivo del arma más efectiva que ningun terrorista concibió jamás: La violencia como forma expresión de una verdad absoluta.

Un tiempo infinito: La celebración del yo.

Un día como hoy, hace diez años, me consagré definitivamente al camino de la Diosa. Fue un día que dejó una profunda huella en mi visión del tiempo, la herencia histórica y personal, la fe y mi capacidad para crear a través de un profundo núcleo de poder en mi espiritu. Para celebrarlo, quiero compartir, un pequeño fragmento que mi abuela me obsequió para conmemorar la ocasión – y que en su momento, mi bisabuela le había regalado -, y que es, de alguna manera, una voz a través del tiempo en mi memoria.

Mi querida Celia, siempre en mí.

“Una mujer se encuentra en el centro de una habitación normal. Los muebles han sido retirados hacia la pared, para permitir el movimiento libre en su cuarto. Un pequeño altar en forma de triángulo está dispuesto en medio del espacio despejado: Es de madera, una de las tres patas apunta al norte. El triángulo es el simbolo de la presencia de los tres estatros del ser en la magia que se realizará a continuación. La creación del poder de la Diosa en sus tres aspectos: Doncella, Dama fértil y anciana. Una tela del color de la preferencia de la mujer cubre la mesa, simbolizando su energía y su unión con el cosmos.

Sobre el altar reposan las herramientas mágicas que simbolizan las fuerzas elementales para la brujeria: Una es vasija o una copa con agua, que simboliza el fluir del tiempo y el pensamiento de la Diosa. Una vela del color especifico que la bruja requiera para el objetivo del ritual, representará el poder purificador del fuego. Una barra o vara de incienso, el canto del viento, impregnado del aroma de la voz del hombre. Un cuenco con tierra fértil, el vientre de la Madre eterna y primigenia. La Daga ceremonial, el espiritu y el temple de la Bruja.

La mujer está vestida de la manera en que le es más cómoda. Heredera de una larga línea matriarcal de conocimiento, lleva la ropa como representación de su pensamiento y su convicción, su perspectiva sobre la vida. Puede llevar una tunida blanca, falda y blusa, jeans o camiseta y siempre será una forma de expresar su núcleo creativo más personal, la fuerza del conocimiento del poder intimo que le llena y moldea sus pensamientos. Tal vez lleva el cabello largo y abundante, más abajo de sus pechos, como simbolo que su aprendizaje se ha completado. O lo lleva corto y libre, huella que apenas comienza. En su cuello, una fina cadena de plata sostiene un pentáculo: quizá es una joya elaborada y antigua o muy sencilla, pero igualmente representativa. Con los ojos cerrados, sonrie satisfecha, mientras mantiene sus manos abiertas sobre el altar, invocando el poder Universal para que le acompañe en la estructura mágica que está dispuesta a realizar.

La joven bruja siente el poder de su esencia recorriendole, dandole sentido a las palabras que medita en silencio antes de pronunciarlas, con la convicción de siglos enteros de conocimiento legados a ellas. La sabiduría que ningún libro puede enseñar o mostrar. El poder maravilloso de la convicción personal y la necesidad de aprender y comprender el mundo más allá de lo tangible. Los pies de la mujer están descalsos y siente que el calor de la Madre Tierra le rodea, le envuelve, le proporciona un lugar y un momento bajo el aspecto más poderoso y divino de si misma. Siente que el poder primigenio la envuelve, da sentido a cada uno de los simbolos que la acompañan, que otorgan un profundo simbolismo y sentido a la belleza del tiempo en sus manos y su voz. La joven bruja abre los ojos, llena de una profunda convicción y determinación.

La mujer es una hija de la Luna, iniciada en los antiguas tradiciones de muchos sistemas y conocimientos mágicos que confluyen en si misma, se estructuran con fuerza hasta crear un concepto dual en su mente. Ella puede practicar la magia porque ha descubierto que el poder se encuentra en su interior, en el fuego irrevocable de su espiritu, en el principio benevolente de su necesidad de comprensión. Está consagrada al servicio de los Dioses de la naturaleza y el único Dios es visto por ella como el aspecto femenino de la Luna, siendo quién guarda y trasmite misterios, rinde culto y a la vez es adorada por los Dioses. Efectivamente, es considerada por Dios y los hombres como la personificación de la diosa en el polano material. Lleva en sus pensamientos los rituales y formas energéticas que han sido heredadas a ella luego de años de aprendizaje y esfuerzo, una capacidad ilimitada de creación y transformación que ha aprendido a través de una intima dedicación. Conoce el nombre de la Diosa Secreta, porque ella misma se lo ha revelado en el ritual donde su fe ha sido puesta a prueba y dado sentido al conocimiento más abstracto que conserva de si misma. De este modo, ella es Selene, Isis, Diana, Artemis, Isthar y, en sus más oscuros aspectos ( que de hecho los tiene ) es Binah o Hécate con todos sus poderes saturnianos de muerte y destrucción. El pentaculo que descansa en su pecho es simbolo del transcurrir de las edades, de la utopía de un tiempo nuevo en cada revelación esotérica. Es la fuerza, la convicción y el nuevo rostro de una vieja Tradición que ahora le pertenece a ella, como antes le perteneció a sus ancestras.

La bruja ahora se mueve: limpia ritualmente la habitación, esparciendo inicialmente agua salada. Luego se mueve con cuidado de izquierda a derecha, siente como la energía le rodea y le da sentido a cada uno de los pases mágicos que se manifiestan a través de ella.

La bruja suspira, toma una lenta bocanada de aire, abre los brazos y echa la cabeza hacia atrás. Una carcajada de pura felicidad brota de sus labios, percibiendo el poder en su cuerpo, la completa convicción que el equilibrio entre la dualidad universal, le rodea y le envuelve, otorgandole el poder de la convicción, de la decisión de crear a través de si misma un poder tan antiguo como la propia magia que practica: la fe. El tiempo enredandose en sus cabellos, el sentido universal casi revelandose para ella en un instante infimo, potencialmente aleccionador, pero sin más forma que la que su mente desee darle. Se alza sobre las puntas de sus pies, siente que la vida tiene una concresión durante ese instante. Su memoria y su mente se elevan más allá de si misma. Se funde en el infinito, toma una forma creacionista pura más allá de todo limite.

Por un instante, es la divinidad, es el tiempo cruel y definitivo.

Es el tiempo de la Diosa, es la voz de la sabiduría.

La hija de la Luna bendita por el tiempo, el verbo hecho carne y la creación, dandole un sentido espléndido a su femeneidad.

La bruja abre los ojos. Toma la daga entre las manos, enciende la vela, arde el incienso. Los espirales de exquisito aroma le envuelven. Comienza el ritual.

En el tiempo de todos los tiempos, ahora.

Asi sea.

( tomado del Libro de las Sombras de Celia, 15 de Agosto de 1.936)

En el circulo de fuego.

Un día como hoy, hace un año, comencé a escribir lo que comenzó siendo un proyecto personal, una disgregación simple e intima sobre mi misma. El fenix nació como una forma de recrear mi evolución personal a través de las palabras, de mi manera de apreciar la silueta de las frases y la voz de mi conciencia. Intentaba comprender una étapa de mi vida especialmente dura, o quizá, dejarme llevar por este pequeño monologo para encontrar una respuesta a la incertidumbre y angustia que me atenazaba. Ha transcurrido un ciclo completo ( el ouroboros crea un circulo de fuego y el tiempo pierde su significado ) y me encuentro aqui, abrumada por la sensación de sorpresa y maravilla que me hace sentir que comienzo un nuevo norte, que el reflejo de mi propia necesidad de creación se expresa con toda su fuerza en este pequeño espacio, dandole sentido, forma y peso a lo que considero mi manera de ver el mundo.

Mi voz en el viento.

Durante trescientos años, una chica con mis capacidades hubiese muerto quemada, o tal vez, apedreada por una turna enloquecida y temerosa, que luego desmembraría su cuerpo y lo arrojaría a los bosques, para que los animales salvajes los devorasen. Actualmente, mis amigos y parientes me consideran un espiritu brillante, liberal, en ocasiones irritante. Mi rostro bajo el tiempo es el de una mujer joven en busqueda de su identidad y la paz.

Sin embargo, tengo el mismo nombre que hubiese tenido en el pasado. Soy una bruja. Y escribiendo este pequeño anecdotario, he intentado plasmar lo mejor que he podido, que significa para mi la profunda herencia cultural que ese nombre conyeva para mi. No encontré otra manera más idónea que a través de mi experiencias personales para hablar sobre esta senda privada, sobre este camino que nunca termina que recorrerse y que me conduce directamente al núcleo de todas mis ideas y convicciones.

En ocasiones, despierto con una extraña sensación de inevitabilidad. Un poco harta tal vez de seguir sintiendo el Quijote de la mancha de mis ideales, luchando en medio de un juego de espejo para darle un sentido y un lugar a mis creencias. Suspiro, hundo la cabeza levemente en la almohada. El sonido del sol es extraño. Un zumbido dinámico, efervescente, que se cuela lentamente por los resquicios de la oscuridad de las noches. Desdibujada, la luz recién nacida se abre paso entre las cosas que han perdido sus formas y las trae a la vida, las crea con dedos hábiles, hasta darles un aspecto muy semejante al que tuvieron el día anterior.

Un simple deseo. Me cuestiono, el inevitable dilema. ¿quién soy realmente?. No podría decirlo. En ocasiones, solo soy yo, la mujer de veinti y tantos años cumplidos, debatiéndome en las pequeñas contradicciones del mundo, confundida, inquieta, lleno de anhelos. No obstante, también soy la mujer que lleva una antigua Tradición entre las manos, que confia y construye su vida sobre principios profundamente personales e intimos. En mí, vive una fuerza que la mayoría de las veces no comprendo, que me convierte en una criatura a la que temo y a la vez, necesito desesperadamente. Soy una creación anecdótica de mi propio pensamiento, más allá del deseo instintivo de encontrar mi lugar en el mundo, en mi tiempo y mi creación personal.

¿Es posible soportar tal paradoja?. No lo sé. Deseo creer que sí. Muchos miembros de mi familia, mucho antes que yo lo han logrado. Pero…en ocasiones siento que es insoportable la sensación de aislamiento, la inevitable tristeza, desconcierto, y finalmente ebria en una furiosa sensación de simplemente encontrarme en medio de una beatífica soledad sin más rostro que el mio. Me abruma la sensación de mirar a mi alrededor y sentir que debo luchar cada día por mis creencias, por mi convicción, por el mero hecho de satisfacer mi compleja necesidad de creación. Soy quién soy, pero en mi país, en mi voz, en este presente que aprecio y degusto cada día, la evidencia critica y punzante de mi propia inconformidad puede resultar dolorosa.

Me tiendo de espaldas en mi cama, saboreando las primeras luces del amanecer. El tiempo ha hecho su trabajo. Solo son en apariencia idénticas a lo que eran, pero el tiempo con su pincel las ha modelado distintas. Una pequeña brizna de polvo opacando el color, las líneas haciéndose más desdibujadas, perdiendo un fragmento de tiempo cada vez. Pienso que quizás el mundo se compone de este tiempo que devora y sus resultados. Cadenillas fuertemente soldadas entre sí, que se extienden infinitas a través de todos los lugares, de todos los rostros y hechos. Sí, el sabor del aire es temporal. Existe en tiempo en la medida en que lo podemos saborear.

Sonrio. Tal vez, con el correr del tiempo consiga alguna paz, una lejana sensación de control que me brinde un precario equilibrio mental y moral. Sin embargo, ahora mi personal medida de locura, me es suficiente. Soy la bruja y la mujer, la ciudadana del mundo, la forma atemporal de mis deseos y convicciones. La vida y el tiempo se crean asi mismos cada día en que decido que vale la pena enfrentarme a mis temores, al rostro de una verdad que se me impone absoluta. Esta determinación, esta euforia enajenada y sin forma, se convierte en un sentimiento más preciado e importante que cualquier otro.

Tal vez, es inevitable. ¿Alguna vez alguien ha sido capaz de romper el compromiso sutil y secreto que guarda con la irresistible necesidad de rebeldía?

Un año completo en la compresión de mi nombre, en el recorrido inevitable hacia las vetas minerales más profundas de mi espiritu.

Asi sea.

Dedico esta entrada a todos aquellos quienes han hecho posible, con su apoyo, cariño, criticas e ideas este sueño, que comenzó siendo la sombra de un pensamiento para convertirse en un lugar idóneo por mis palabras. Para todos ellos, mi más profundo cariño y respeto.

En el circulo de fuego.

Un día como hoy, hace un año, comencé a escribir lo que comenzó siendo un proyecto personal, una disgregación simple e intima sobre mi misma. El fenix nació como una forma de recrear mi evolución personal a través de las palabras, de mi manera de apreciar la silueta de las frases y la voz de mi conciencia. Intentaba comprender una étapa de mi vida especialmente dura, o quizá, dejarme llevar por este pequeño monologo para encontrar una respuesta a la incertidumbre y angustia que me atenazaba. Ha transcurrido un ciclo completo ( el ouroboros crea un circulo de fuego y el tiempo pierde su significado ) y me encuentro aqui, abrumada por la sensación de sorpresa y maravilla que me hace sentir que comienzo un nuevo norte, que el reflejo de mi propia necesidad de creación se expresa con toda su fuerza en este pequeño espacio, dandole sentido, forma y peso a lo que considero mi manera de ver el mundo.

Mi voz en el viento.

Durante trescientos años, una chica con mis capacidades hubiese muerto quemada, o tal vez, apedreada por una turna enloquecida y temerosa, que luego desmembraría su cuerpo y lo arrojaría a los bosques, para que los animales salvajes los devorasen. Actualmente, mis amigos y parientes me consideran un espiritu brillante, liberal, en ocasiones irritante. Mi rostro bajo el tiempo es el de una mujer joven en busqueda de su identidad y la paz.

Sin embargo, tengo el mismo nombre que hubiese tenido en el pasado. Soy una bruja. Y escribiendo este pequeño anecdotario, he intentado plasmar lo mejor que he podido, que significa para mi la profunda herencia cultural que ese nombre conyeva para mi. No encontré otra manera más idónea que a través de mi experiencias personales para hablar sobre esta senda privada, sobre este camino que nunca termina que recorrerse y que me conduce directamente al núcleo de todas mis ideas y convicciones.

En ocasiones, despierto con una extraña sensación de inevitabilidad. Un poco harta tal vez de seguir sintiendo el Quijote de la mancha de mis ideales, luchando en medio de un juego de espejo para darle un sentido y un lugar a mis creencias. Suspiro, hundo la cabeza levemente en la almohada. El sonido del sol es extraño. Un zumbido dinámico, efervescente, que se cuela lentamente por los resquicios de la oscuridad de las noches. Desdibujada, la luz recién nacida se abre paso entre las cosas que han perdido sus formas y las trae a la vida, las crea con dedos hábiles, hasta darles un aspecto muy semejante al que tuvieron el día anterior.

Un simple deseo. Me cuestiono, el inevitable dilema. ¿quién soy realmente?. No podría decirlo. En ocasiones, solo soy yo, la mujer de veinti y tantos años cumplidos, debatiéndome en las pequeñas contradicciones del mundo, confundida, inquieta, lleno de anhelos. No obstante, también soy la mujer que lleva una antigua Tradición entre las manos, que confia y construye su vida sobre principios profundamente personales e intimos. En mí, vive una fuerza que la mayoría de las veces no comprendo, que me convierte en una criatura a la que temo y a la vez, necesito desesperadamente. Soy una creación anecdótica de mi propio pensamiento, más allá del deseo instintivo de encontrar mi lugar en el mundo, en mi tiempo y mi creación personal.

¿Es posible soportar tal paradoja?. No lo sé. Deseo creer que sí. Muchos miembros de mi familia, mucho antes que yo lo han logrado. Pero…en ocasiones siento que es insoportable la sensación de aislamiento, la inevitable tristeza, desconcierto, y finalmente ebria en una furiosa sensación de simplemente encontrarme en medio de una beatífica soledad sin más rostro que el mio. Me abruma la sensación de mirar a mi alrededor y sentir que debo luchar cada día por mis creencias, por mi convicción, por el mero hecho de satisfacer mi compleja necesidad de creación. Soy quién soy, pero en mi país, en mi voz, en este presente que aprecio y degusto cada día, la evidencia critica y punzante de mi propia inconformidad puede resultar dolorosa.

Me tiendo de espaldas en mi cama, saboreando las primeras luces del amanecer. El tiempo ha hecho su trabajo. Solo son en apariencia idénticas a lo que eran, pero el tiempo con su pincel las ha modelado distintas. Una pequeña brizna de polvo opacando el color, las líneas haciéndose más desdibujadas, perdiendo un fragmento de tiempo cada vez. Pienso que quizás el mundo se compone de este tiempo que devora y sus resultados. Cadenillas fuertemente soldadas entre sí, que se extienden infinitas a través de todos los lugares, de todos los rostros y hechos. Sí, el sabor del aire es temporal. Existe en tiempo en la medida en que lo podemos saborear.

Sonrio. Tal vez, con el correr del tiempo consiga alguna paz, una lejana sensación de control que me brinde un precario equilibrio mental y moral. Sin embargo, ahora mi personal medida de locura, me es suficiente. Soy la bruja y la mujer, la ciudadana del mundo, la forma atemporal de mis deseos y convicciones. La vida y el tiempo se crean asi mismos cada día en que decido que vale la pena enfrentarme a mis temores, al rostro de una verdad que se me impone absoluta. Esta determinación, esta euforia enajenada y sin forma, se convierte en un sentimiento más preciado e importante que cualquier otro.

Tal vez, es inevitable. ¿Alguna vez alguien ha sido capaz de romper el compromiso sutil y secreto que guarda con la irresistible necesidad de rebeldía?

Un año completo en la compresión de mi nombre, en el recorrido inevitable hacia las vetas minerales más profundas de mi espiritu.

Asi sea.

Dedico esta entrada a todos aquellos quienes han hecho posible, con su apoyo, cariño, criticas e ideas este sueño, que comenzó siendo la sombra de un pensamiento para convertirse en un lugar idóneo por mis palabras. Para todos ellos, mi más profundo cariño y respeto.

La divina danza del misterio.

Durante los casi once meses de vida delFenix, he recibido un sinfin de preguntas con respecto a la Diosa, su figura, connotación -metafórica y real – y sobre todo su preminencia sobre mis creencias. Con la finalidad de responder de la mejor manera posible a todas las dudas que se me han planteado, redacté este pequeño grupo de preguntas y respuestas, donde espero responder al menos la mayor parte de ellas.

¿Quién es la Diosa?

La palabra “Diosa” se refiere a un Ser Divino Femenino. Alrededor del mundo, y durante miles de años, la mayoría de nuestros ancestros veneraron a una Divina y muy Poderosa Madre-Diosa. Ella fue honrada como la Madre de Toda Vida. Arqueólogos modernos han descubiertos numerosas estatuas y artefactos que verifican la veneración de antiguas deidades femeninas.

¿De dónde proviene la idea de una Diosa?

Los primitivos humanos dependían de la Tierra para todas sus cosas: comida, protección… Era la proveedora de todo lo necesario para la vida… y también la vida misma. Ellos habían notado que toda la vida era creada a partir de los cuerpos de las hembras (tanto mujeres como animales), de modo que encontraron natural la idea de que existiera una Todopoderosa Creadora Femenina también.

Se han encontrado numerosas imágenes de diosas en pinturas rupestres y figurinas talladas y pequeñas esculturas que datan de 35.000 años antes de Cristo o tal vez anteriores. Algunas de esas imágenes fueron llamadas “Venus” y tal vez la más famosa de todas sea la Venus de Willendorf. La mayoría de estas figuras femeninas de diosas muestran seres redondos, abundantes y serenos. Las amplias y generosas formas simbolizaban prosperidad, libertad y seguridad.

¿Es la Diosa solo para Mujeres?

No, la Diosa fue celebrada y reverenciada por todo los miembros de las tempranas sociedades. Hombres, mujeres y niños estaban todos bajo la protección de la omnipresente Madre-Diosa. Ella era a la vez Nutriente y Terrible. Hoy, la cultura de la Diosa está reemergiendo también en hombres, mujeres y niños, que celebran y respetan las energías femeninas.

¿Existen personas que todavía creen en una Diosa?

Sí, muchas culturas alrededor del mundo han proseguido su veneración hacia las diosas. En la India, existe un panteón de numerosas Diosas y Dioses. Hoy, en Japón, la Gran Diosa Solar Amaterasu es honrada como la Madre Divina del Pueblo Japonés. La Diosa de la Compasión, Kuan Yin, conserva muchísimos devotos en China. Los esquimales rinden honor a la Madre-Oceáno Sedna. En Brasil, Yemayá, la Madre Diosa del Mar es reverenciada con multitudinarias procesiones el primero de enero de cada año. En Afica, los Orishás son venerados como Dioses y Diosas. En la tradición judía moderna se sostiene la presencia de la Shekhinah y millones de católicos de todo el mundo adoran a la Virgen María como la Madre de Dios.

¿Cuántas clases de Diosas existen?

Históricamente, existen miles de diferentes Diosas y Dioses. Cada región ha forjado su propia versión acerca de la Divinidad. La idea de una Diosa-Madre es universal. Hay incluso una común tendencia en culturas muy lejanas tanto geográfica como culturalmente hacia la tradición de una Triple Diosa, que es el origen del que deviene el concepto de “Trinidad”. La Triple Diosa está referida a las fases en la vida de una mujer como “Doncella-Madre-Vieja Sabia” que corresponden también a las fases de la Luna. La Doncella es la portadora de la juventud y todas las posibilidades; la Madre representa Creatividad y Nutrición y la Vieja simboliza la Sabiduría y Transición.

Todos los aspectos de la Triple diosa representan diferentes tipos de curación y crecimiento. Existen también antiguas Diosas andróginas que representan a la vez las energías femenina y masculina, como en el caso de Gaia, cuyo cuerpo es la Tierra.

¿Para qué me sirve conocer más acerca de las Diosas? ¿por qué crees tu en la Diosa?

Para las mujeres, comprender la eterna tradición de la religión de la Diosa fortalece su conexión con su propia esencia espiritual, sin importar a qué religión pertenece.

Encontrar a la Diosa en el interior ayuda a las mujeres a apreciar su propio poder, habilidades, herencia y belleza. Honrar a la Diosa puede enseñarnos a celebrar todos los momentos de la vida.
Una conciencia más plena de que la Diosa vive en nosotras fortalece los conocimientos internos acerca de la vida, el amor, la naturaleza, la nutrición y la creatividad. Las mujeres que están profundamente conectadas con su esencia de Diosa está mejor capacitada para concretar los cambios que desea imprimir en su vida, en su familia, en sus comunidades y en el mundo.

Para los hombres, una conexión con la Diosa les permite aceptar y conocer su deseo y necesidad de nutrición, protección y la aceptación de una amorosa femenina presencia. Recuperar las energías de la Diosa en el interior de sí mismos ayuda a los hombres a ser padres, amantes y compañeros más equilibrados al tiempo que los libera de las presiones culturales que le exigen “tener siempre todo bajo control”.

En mi caso, la creencia en la Diosa forma parte de mi herencia cultural, de mi perspectiva sobre la vida y mi forma de manifestar mi aspiración a lo Divino. Es tan natural en mi expresión moral e intelectual como es para un cristiano la creencia en Dios o en los Santos. De hecho, es parte angular de mi estructura y mi capacidad de creación.

¿Qué hace que la Diosa sea hoy importante?

Hoy en día, nuestro mundo se ha vuelto más pequeño y nuestras acciones tienen el poder de afectar a más y más gente (es fácil comprobar esto a través de Internet). Nuestro ambiente es castigado desde hace muchos años por personas que no tienen cuidado ni amor por nuestro planeta que, al igual que ayer, es la principal fuente de toda Vida.

La reverencia hacia los principios femeninos y la conciencia de la Diosa nos ayuda a ponernos en contacto con la belleza y magia de la naturaleza y todas sus creaturas.

Reconociendo a la Diosa en la Naturaleza (Gaia), como nuestra amorosa Madre Tierra, ayuda a expandir nuestro respeto hacia el medio ambiente y nuestra búsqueda del equilibrio entre las energías masculina y femenina, para que en lugar de competir, trabajen juntas, complementariamente, para el bien individual y de toda la humanidad.

¿Son las Diosas “reales”?

Depende de lo que signifique la palabra “real”, para cada persona. En mi caso es real todo aquello que es posible de ser pensado, imaginado o sentido. Puede no tener una entidad “material y concreta”, como en el caso de nuestros sueños y nuestros sentimientos. Pero a nadie se le ocurriría negar que estos existen.

Para quienes practican las religiones de la Diosa ella es “La Divina Creadora de Toda Vida”, “La Reina del Cielo” y el centro de su fe religiosa. Para otros, ella es una metáfora de la “Madre Naturaleza” y representa el sagrado equilibrio de la tierra. Para alguna gente ella es “Nuestra Señora”, la que acompaña al “Señor”. Existe gente que simplemente encuentra a la Diosa a través del Arte y descubre que ella es la Belleza por la cual tantos artistas se desvelan. Y muchas mujeres de todo el mundo están redescubriendo a la Diosa en un momento en que necesitan dedicar más tiempo e importancia a sí mismas, imprimiendo un giro trascendental en sus vidas.
Como si esto fuera poco… los museos están llenos de Diosas!

¿Puedo yo creer en la Diosa sin dejar al mismo tiempo de creer en Dios?

Por supuesto que sí, mucha gente lo hace. Fe y espiritualidad son cuestiones muy personales. Cada uno debe llamar a sus propias esencias espirituales para que lo ayuden en su elección y guíen en su camino.

Si no fueras un buscador o buscadora espiritual, muy probablemente no hubieras leído todo esto. Existen muchos caminos de expresar la propia espiritualidad.

Muchos judíos y cristianos han aprendido a balancear su reverencia por Dios y Diosa. Desde el momento en que somos humanos participan en nosotros energías femeninas y masculinas, es natural que podamos balancear entonces nuestras vidas espirituales por una vía similar.

El símbolo del Yin y el Yang es una hermosa manera de recordar el perfecto balance que debe existir entre ambas energías para caminar juntas en un camino positivo.

En una visión muy general del tema, esto es la esencia de mi visión de la vida.
Un secreto de mil voces.
Un reflejo de la fuerza y la belleza de un Antiguo Misterio.
No debemos Olvidar que hace mucho tiempo, Dios era mujer.

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