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La voz de la Antigua Dama: Simbología del ciclo Lunar.

Quizá ningún otro objeto natural ha sido tan reverenciado, desde periodos tan antiguos, como la Luna. Por regla general su símbolo ha sido la medialuna creciente, ya que el círculo que representa la luna llena podía confundirse con los símbolos solares.

Por su aparente conexión con los ciclos femeninos de la “sangre lunar” (menstruación) que daba vida a cada humano que estuviera en la matriz, la luna se convirtió en el primer símbolo universal de la Diosa Madre. El nombre griego de Europa, madre eponímica de la Europa continental, significa “luna llena” y proviene del título de Hera o Io como la blanca Luna-vaca, y también de otras versiones de la diosa como Demeter y Astarté.

Albión, el antiguo nombre de Bretaña, significaba “luna blanca” y se refería la Diosa hasta que el moje Gildas le convirtió en un ficticio santo masculino llamado San Alban.

Al-Mah, la luna, fue una deidad principal de Persia cuyo nombre se convirtíó en el nombre hebreo Almah, “mujer núbil”: nombre que los cristianos han insistido en traducir como “virgen” cuando se aplica a la madre de Jesús. Otro derivativo fue el latín alma-mater, “alma-madre” viviente del mundo.

Los romanos reverenciaban la primordial Luna Madre como Luna o Mana (Manía), madre de los espíritus ancestrales arcaicos llamados manes, anualmente propiciados en el festival Manalia. La misma Diosa Mana regía en la arcaica Escandinavia, en Arabia, y el Asia central. “Mana” viene del sánscrito manas, “mente” un atributo de Ma, la madre primordial; estaba también relacionado con el latín mens, significando ambos “mente” y “luna” y también una cualidad misteriosa de poder espiritual: nu-men.

De acuerdo con Moses Maimonides, el culto lunar era la religión de Adán; y la Biblia contiene muchos trazos de reverencia pre-yahveísticas a la luna. Los reyes del Antiguo Testamento vestían “ornamentos como la luna y también lo hacían los animales que montaban” (Jueces 8:21). Los Profetas denunciaban a las mujeres hebreas por llevar amuletos lunares (Isaías 3:18). Agla, uno de los “nombres secretos de Dios” más usados en la magia hebrea, es usualmente traducido como “luz” pero significa específicamente “luz de luna”; es uno de los antiguos nombres de la diosa Luna.

Una tradición talmúdicas decía que el mismo Yahvé tuvo que hacerle una ofrenda a la luna por haberla ofendido. La diosa de la Luna no parecía demostrar mucho respeto por Yahvé ni por los suyos; según el Apocalipsis de Baruch: Cuando Adán y Eva cayeron en el pecado, todo lo demás se hundió con ellos “el cielo, el sol y las estrellas, incluso los más cercanos al trono de Dios; los ángeles y los poderes fueron movidos por la trasgresión de Adán,” todo excepto la Luna, que se reía.

San Agustín condenó a las mujeres por su “impúdicas y coquetas” danzas en honor a la luna nueva. Aún así, el tiempo lunar era tan importante para la tradición Savior que los cristianos insistieron en remarcar que la luna llena apareció durante la crucifixión de Jesús –aún con un eclipse solar, que sólo puede suceder durante la etapa oscura de la luna.

Las tradiciones lunares continuaron siendo asociadas con las mujeres durante la Edad Media. En el folklor y las baladas puede observarse que las mujeres eran animadas a rezar por favores especiales no a Dios sino a su propia deidad, la Luna Madre, para quien cocinaban panes de avena. También los oponentes de Jeremías continuaron cocinando pasteles para ofrendar a la Reina del Cielo (la luna) sin importar las fulminaciones del profeta acerca de ella (Jeremías 44:19); de la misma forma las mujeres de la Europa cristiana cocinaban pasteles a la luna, que los franceses llamaron croissants –crecientes– por su forma lunar.

Los modernos pasteles de cumpleaños descienden de la forma griega de honrar el cumpleaños mensual de Artemisa, diosa de la Luna, realizando deliciosos pasteles de luna llena. Las brujas continuaron invocando a la Diosa “dibujando la luna”. En algunas áreas, los cultivos no podían ser recolectados ni las bodas celebradas a menos que fuera en los tiempos apropiados de la Luna. Todo lo que tenía que ver con el manejo de animales domésticos parece estar relacionado con la Luna. Y por supuesto, ninguna bruja ni adivino realizaban operaciones mágicas sin tomar en cuenta la fase lunar.

En la Arabia pre-islámica la diosa Luna era tan importante que su emblema llegó a representar el país entero, y lo sigue haciendo, como muestra la luna creciente de las banderas islámicas. Como Manat, la vieja madre luna de la Meca, alguna vez reinó en la fe de todos sus hijos, quienes también la llamaban Al-Lat, la Diosa. Este nombre fue masculinizado como “Allah”, quien prohíbe a las mujeres entrar a las mezquitas que alguna vez fueron templos de las sacerdotisas de la luna.

En Asia central, su órbita celeste fue descrita como el espejo que refleja todo en el mundo. Todavía se dice que el reflejo de la luna en el agua es el principal remedio para calmar la histeria.”

Fuente:

Walter G., Barbara. “Moon”, The Woman’s Dictionary of Symbols and Sacred Objects. San Francisco: Harper San Francisco, 344-5.

La Luna Menguante: El misterio de la muerte y el renacimiento.

La mengua de la Luna, cuando llega a su momento de máximo desarrollo, produce un primer acercamiento a la intuición profunda de la muerte. Eso se proyecta a nuestras vidas. Tanto la mitología como el folklore han explicado la muerte como la consecuencia de un error trivial en la transmisión de un mensaje, lo cual lo convierte en erróneo. Otras veces se debe a una trampa, a una traición, a la malicia. Otras, se atribuyen a algún mal, el cual arruina todo. Pero casi nunca, la muerte es asumida en los mitos como parte de la vida o de la naturaleza de las cosas, salvo en culturas agrarias en que las representaciones de las diosas incluyen ambos aspectos. La desaparición y reaparición de la Luna, vistas como muerte y renacimiento, permitió al hombre reflexionar sobre estos procesos. Las imágenes naturales han servido a lo largo de la historia de la humanidad para ayudar a interiorizar aspectos vitales. Aquellos mismos, que desde una mente racional y fría correrían el riesgo de ser rechazados, a través de la imagen mítica permiten un acercamiento y al mismo tiempo un trabajo, tal vez inconsciente, en lo profundo de la psique, labrando el campo y preparando al hombre para la aceptación de esa parte del proceso vital.

Era tal la asimilación que las sociedades arcaicas y paganas hacían con respecto a la mengua y desaparición de la Luna y la decadencia y muerte del ser humano, que se llegó a llorar por la muerte del astro, en que la tragedia se convertía en el destino del hombre así como en el de la Luna misma. Cuando finalmente la Luna desaparecía esos tres días, generando oscuridad, ésta sólo era abatida por la luz de las estrellas, y el hombre comenzó a ver un delgado hilo de luz curvado que comenzaba a emerger nuevamente. Este renacimiento, automáticamente lo llevó a la idea del propio renacimiento. Nunca sabremos cuándo esto fue experimentado por primera vez, ni qué sintió exactamente ese ser humano, pero tiene que haber sido mucho antes de que las fases y los ciclos de la Luna se comenzaran a grabar en hueso, marfil y piedra, o sea, hace mucho más de 30.000 años. Entre los indios de California, todavía se cantaba en el siglo XIX mientras se danzaba en un círculo bajo la Luna Negra, el siguiente verso:

Como la Luna muere, y vuelve a la vida otra vez, así nosotros también, teniendo que morir, naceremos nuevamente.

Aquí tenemos algunos ejemplos del lazo entre la muerte y la luna:

Entre las tribus de Nueva Gales del Sur, la Luna le pidió a algunos hombres que llevaran sus serpientes por él (vean que acá la Luna tiene sexo masculino y serpientes), pero ellos temieron y la Luna dijo: Como ustedes no hicieron lo que yo pedí, han perdido para siempre la oportunidad de surgir nuevamente después de que mueran. Otro mito, entre los Arunta de Australia dice que la Luna vivía entre los hombres, pero murió y fue enterrada, y luego de tres días surgió nuevamente como un hombre joven. El pueblo escapó, y la Luna dijo: no escapen o morirán todos; yo moriré también pero surgiré nuevamente en el cielo. En muchos relatos es la Luna misma la que trata de dar la inmortalidad a los seres humanos –preservando el vínculo- pero ese acto fue impedido por algún mensajero tonto que transmitió mal el mensaje o por los receptores que no lo interpretaron.

La Luna ha sido intuida como un astro ambivalente, porque en su recorrido no sólo está la vida sino también la mengua, que se traduce luego en su desaparición de tres días. A esto, podemos también agregar ciertas relaciones que muchos pueblos han hecho asociando a ambas, o además el color de la Luna asimilado a un derramamiento de sangre ocurrido o por ocurrir.

Les diría que en la mayoría de los casos, se trata de un hecho que todavía no ocurrió. Y esto nos lleva también a la asociación del astro con la profecía y la intuición. Algunas pocas veces y por algunos instantes, la Luna puede ser vista como si tuviera un velo rojizo delante de ella, es un fenómeno atmosférico, que no pasó desapercibido a nuestros ancestros. Cuando veían esto, decían que si ella aparecía roja en el cielo, es porque habría derramamiento de sangre. Del mismo modo, y esto es muy común entre los germanos, se asocia el amanecer con el sol rojo a las mismas causas, es un anuncio de que hubo, esta vez en el pasado, derramamiento de sangre.

Si alguna vez se ha creído que la Luna creciente traía vida y la menguante, muerte, entonces los rituales apotropaicos que rodean al menguante se vuelven inteligibles, dado que intentaban proteger a la comunidad de las fuerzas del mal. Los judíos de los primeros tiempos decían que las fuerzas del mal se incrementaban en la Luna menguante y, de acuerdo a algunos místicos judíos, mirar la Luna estaba totalmente prohibido, aunque se podía mirar casualmente cuando se recitaba la bendición de la Luna Nueva o Negra (levanah significa “Luna” en hebreo). Todavía en el siglo XIX, en algunos lugares alrededor del mundo, se posponían bodas y viajes durante la Luna menguante, los bebés se ocultaban y se suspendía la siembra (con excepción de los vegetales de raíz cuya energía baja en la oscuridad). El miedo ha quedado, aunque en la mayoría de los casos se olvidaron los motivos que lo engendraron.

Abundan los mitos en los que la Luna concede la inmortalidad voluntariamente y luego la quita o los hombres la pierden, u otros en que se le pide concretamente que la conceda. Existen relatos a lo largo del mundo de una Luna que secuestra, ofendida con los hombres (como en NO de América), de una Luna cazadora en Grecia, Roma y el Cercano Oriente, todo esto puede ser visto como el astro originando la muerte. Si retrocedemos en el tiempo hasta una época en que el hombre arcaico sentía temor hacia ella y, que a causa de ese temor, no pudiera diferenciar los aspectos de la misma, entonces existiría una percepción de la Luna que brinda la vida y la muerte al mismo tiempo, según ella misma deseara. Y así era aceptado sin cuestionamientos, lo mismo ocurría con las manifestaciones de deidades femeninas, Diosas Madres ambivalentes. Pero a medida que el tiempo fue pasando y el hombre comenzó a diferenciar, vio que la vida corría según pares de opuestos: vida y muerte, luz y oscuridad, bien y mal. Entonces comenzó a percibir la “esencia” de la Luna dividida en dos. Esta dualidad de los dones de esta luminaria hacia los hombres se concentró en dos formas: la Luna creciente y la Luna menguante. La creciente, o cuando la Luna está de buen talante (según Plutarco), y la menguante cuando está en su opuesto. Incluso él dice: en la luna menguante la Luna trae enfermedad y muerte. (citado por Esther Harding en Woman’s mysteries).

Veamos ahora un aspecto interesante. Todos sabemos que muchas veces el lenguaje nos da las pistas que necesitamos para alcanzar un conocimiento de ciertos aspectos gracias a los contenidos semánticos que encierran las palabras. Actúa como un preservador que revela antiguos y originales significados. Las palabras en inglés “waxing” para “creciente” y “waning” para “menguante” tienen alcances que corresponde ver: Ambos términos provienen del Inglés Antiguo. El verbo “to wax” viene del inglés antiguo weaxan y del antiguo alto alemán wahsan, en ambos casos significa “crecer, incrementar” y se relaciona con el Latín auxi: “hago crecer”. El verbo “to wane” viene del inglés antiguo wanian y del antiguo alto alemán wan, el antiguo nórdico vanr, que significa “disminuir, aminorar, decrecer”, cuando la declinación en luz y tamaño implica también declinación en poder, alcanzando así el significado de “disminuido”, “carente” y “deficiente”.

También es interesante notar que “wane” utilizado en forma abreviada “wan” se usó y todavía persiste en algunas palabras, como un prefijo negativo, que indica algo erróneo, carente, malo, al igual que el moderno “dis” en inglés, como en disadvantage: desventajoso. La palabra wanhope significa dispair: desesperanza. Vemos que “wane”, como menguante, tenía un significado peyorativo que permitía que fuera utilizado como un prefijo negativo. En latín da “uanus” significando “vacío”, “sin substancia”, de allí surge la palabra “vano” y todos sus equivalentes indo-europeos. “Uanus” lleva a “vanish” en inglés que significa “desaparecer” y se relaciona con el latín “uacere” que es “vacante” y “uastus” que da “devastado”, y en inglés “waste” por “yermo”, “baldío”. También da “vanidad” como algo que no tiene substancia. Pueden ver aquí la importancia que tuvo este término, “menguante” referido a la luna y sus alcances.

Pero como todo lo simbólico, esto tiene también otra vertiente, y es positiva porque ese menguante de la Luna puesto en relación con el resto del cosmos, incluido el hombre, podía “curar”, podía llevarse la enfermedad junto con la luz que menguaba. Ciertas concepciones de tipo mágico entre los eslavos y los italianos sostenían que las personas que sufrían de varices, afecciones dermatológicas, verrugas, es decir, enfermedades que sean visibles, podían tocar la parte afectada en el momento en que la Luna estaba cambiando y podía llevarse la afección. Algunas posturas sostienen que esta antiquísima creencia es la que estaría en la base de la tradición tardía de un Salvador que carga sobre sí todos los pecados del mundo para redimirlo. Esto no apunta solamente al Cristianismo sino también a figuras como la del Bodhisattva en Budismo Mahayana, o del Gran Vehículo. Serían elaboraciones de creencias mitológicas arcaicas. Obviamente ni el Cristianismo ni el Budismo estarían de acuerdo con esto, pero es necesario comentar que sí existen esas posturas.

Hay un breve relato japonés que dice que un pescador encontró en la playa una túnica hecha de plumas blancas. Una muchacha resplandeciente salió del mar y le rogó que le diera la túnica porque sin su plumaje ella no podría volver a su hogar en el cielo. Cuando él le entregó su túnica alada, ella desplegó sus plumas blancas y voló hasta alcanzar la Luna llena. En Gran Bretaña hay también un antiguo relato que dice que la Luna, en su fase oscura, fue atrapada en el fondo de un pantano por las algas y que tuvo que permanecer allí hasta ser liberada por la gente de la aldea. La desaparición de este astro se atribuye muchas veces a que queda atrapada en la Tierra, o bajo las aguas de un lago o del mar, vean aquí la relación con las aguas. O también el caso que mencionamos del Japón, ella pierde sus ropas brillantes en la Tierra y tiene que reclamarlas para volver al Cielo.

La noción de pérdida y reencuentro, que aquí está manifestada en forma muy ingenua, da lugar a mitos más complejos, asociados a las religiones mistéricas, Perséfone se “pierde” en el Mundo Subterráneo, por decirlo de alguna manera, y es encontrada por Demeter. Del mismo modo que Seth mantiene a Osiris atrapado en un ataúd, Hades mantiene a Perséfone atrapada en el Hades, permitiéndole retornar con Hermes sólo luego de que Zeus, en respuesta a las amenazas de Demeter, interviene. Por su parte, Seth desmembra el cuerpo de Osiris en catorce partes, una por cada día de la Luna Menguante. Aquí Seth, juega el rol de la Luna Oscura desmembrando la Luna Llena o Brillante, pedazo a pedazo, noche a noche.
La mengua como desmembramiento y muerte

La metáfora más utilizada para la pérdida de luz de la Luna es la del desmembramiento. La interpretación más común es aquella que sostiene que es asesinada por el Sol porque no pueden coexistir ambos. Si se los ve en el cielo en sus respectivos ámbitos temporales, ambos son igualmente grandes y brillantes, en su propia naturaleza. Está la idea de que la Luna comienza a menguar inmediatamente después de que encara al Sol directamente cuando está en la fase plena o llena y que eso se debe a una herida que el Sol le inflige, llevándola a la muerte. Los Bushmen, cazadores ellos mismos, vieron siempre a la Luna menguante como cortada por un cuchillo de rayos del más grande de los cazadores, el Sol mismo. El Sol corta y sigue cortando a la Luna hasta que ésta desaparece casi completamente. Ellos dicen que es un hombre el que rescata lo que queda de la Luna y, le implora al Sol que deje esa pequeña parte para los niños, que les deje la columna de la Luna. Así, el Sol consiente, y la Luna desaparece para volver a crecer de sí misma gracias a ese resto de hueso que mantiene.

Entre los latvianos hay otro patrón de desmembramiento. Aquí, la Luna, Meness, es cortada en pedazos por su esposa Saule, el Sol, por haber sido infiel. Alternativamente la misma Luna es cortada en pedazos por Perkons, el dios del trueno y la tormenta (lituano Perkunas) que es uno de los tres esposos de Saule, el Sol, y la causa, fue haber seducido a una de sus hijas.

Uno de los ejemplos más conocidos de desmembramiento se asocia a una historia muy vieja, es la de Artemis y Acteón. Ella dispara sus flechas sobre él y sus perros le muerden el vientre y el cuello. No es una coincidencia que sus sacerdotisas utilicen una máscara de perros cazadores mientras que los hombres que asisten a su festival, utilizan cornamentas de ciervo sobre sus cabezas. Artemis usa una capa hecha con la piel de un ciervo, el animal en que usualmente se convierte, mientras que Acteón es transformado por ella en un ciervo, una versión masculina de ella misma, personificando al dios astado. Acteón asume el rol del dios amante y se convierte en consorte de la Luna Llena, siendo sacrificado como la Luna menguante, despedazado por los perros de la oscuridad. Así la diosa-Luna puede retornar renovada luego de su inmersión en las aguas eternas. Es la madre de Acteón la que busca los pedazos del cuerpo de su hijo, del mismo modo que Isis busca los de Osiris. Parecería que hay aquí un antiguo y esotérico ritual de matrimonio sagrado, escuchado muchas veces pero poco comprendido. Cerberos, visto como un perro de Hécate tenía primero 50 cabezas, la misma cantidad de perros que desmembraron a Acteón, aunque luego Cerberos se transforma en un perro de tres cabezas, al igual que su Señora, Hécate que no es otra cosa que el aspecto menguante de Artemis. Jane Harrison en Themis, dice que Hécate …fue una vez ella misma un perro de tres cabezas, llamada la “loba”. Robert Graves sugiere que Acteón fue en tiempos pre-helénicos un rey sagrado de un culto al ciervo, despedazado al cumplirse los 50 meses de su reinado.

Para Robert Pogue Harrison, Artemis es una de las más antiguas y enigmáticas deidades y su culto tenía su base en Éfeso. Se sabe hoy que sus sacerdotisas, durante las festividades castraban cantidad de toros y luego colgaban los testículos alrededor del cuello de la estatua de la diosa. Era un culto a la fertilidad. Luego procedían hacia su altar en un estado extático. Ella presidía los ritos de iniciación de las doncellas que eran vestidas con pieles de oso. Los cultos tradicionales y mitos indican que Artemis era también una diosa de los sacrificios. Cuando Agamenón mata un ciervo en uno de sus bosques sagrados, ella demanda el sacrificio de su hija Ifigenia. Este es un lado oscuro de Artemis, pero el lado que usualmente se muestra y que nos es de especial interés es el de Virgen Cazadora que vaga en los bosques, es una diosa de los lugares salvajes, Señora de los animales salvajes. Su virginidad hace referencia, entre otras cosas, a la virginidad de los bosques que estaban más allá de la polis y los campos cultivados, esto marcaría su estatus especial y separado de los dioses olímpicos.

Su contraparte romana, Diana Nemorensis, Diana de los bosques, no es la misma diosa a pesar de las asimilaciones que se han hecho, al menos no en su origen. Se suele asumir que los romanos adoptaron a Artemis y le dieron el nombre de Diana, pero esta última es en realidad una deidad aborigen, posiblemente escítica, cuyo culto parece remontarse a tiempos más arcaicos. Volviendo a Artemis, es necesario tener en cuenta que la explotación de los bosques era ya una tarea de los hombres del Neolítico, pero Artemis no tiene que ver con eso, ella pertenece a las regiones oscuras e inaccesibles donde vagan los animales salvajes disfrutando de su santuario, lejos de las intromisiones de los seres humanos, con excepción de aquellos cazadores intrépidos que se animaban a internarse en ellos. Artemis es tan remota como sus propios dominios. Se negaba a ser vista por hombres o mujeres, hasta sus propias sacerdotisas no debían posar sus ojos en ella. Su virginidad no alude a la asexualidad sino a la castidad primordial de sus retiros boscosos.

Jean-Pierre Vernant, en La Muerte en los Ojos, dice que Artemis está en el panteón griego por lo menos desde el siglo XII antes de nuestra era, y que su “foraneidad” no se refiere tanto a su origen que podría ser no griego, como a su distancia de los demás dioses, a la alteridad que representa. Es una diosa de los lugares liminares, de las fronteras entre lo civilizado y lo salvaje, el lugar en donde se hace contacto con lo Otro. También Endimión y Selene están inscritos en esta tradición. Ambos tuvieron 50 hijos y él muere luego de su encuentro con la Luna. Selene aparece con su brazo levantado para golpear, parece estar cazando ella misma a Endimión.
Los Misterios asociados a la Luna y al Desmembramiento

Abundan los mitos que dramatizan la muerte de la Luna utilizando metáforas de decapitación y desmembramiento. Y desde que la vida de la Luna era asimilada a los ciclos de la vida humana, del mismo modo, su muerte representaba la de los hombres, y en el mismo contexto, la muerte violenta, el asesinato, el desmembramiento. Pero el hecho de que la luz de la Luna volviera desde lo profundo de la oscuridad permitía al hombre intuir que aunque esa muerte se asimilara a un asesinato, también podía traer consigo una nueva vida. No es casual que la idea de que la Luna es una copa que contiene el elixir de la inmortalidad esté presente en muchas partes del mundo. Es la vida viviendo de sí misma, lo que muere vuelve a vivir, no es la muerte algo definitivo sino un proceso de transformación que permite el surgimiento de la vida renovada. Por eso los rituales iniciáticos simulan una muerte previa a un renacimiento con estatus ontológico diferente, más alto.

La vida y la muerte van juntas, la vida viene de la muerte y la muerte de la vida porque no debemos olvidar que la muerte trae vida en la forma de alimento, y que la vida puede ofrecerse a sí misma en la muerte, como vida para los demás. La vida se sacrifica a sí misma por la Vida. Es la idea del sacrificio voluntario lo que subyace también a esto, luego en las religiones mistéricas occidentales. Tenemos también el sacrificio voluntario de los dioses cuyas partes del cuerpo darán lugar a la creación de lo Viviente. Aquí el proceso se hace consciente, es una entrega consciente y no una vida arrancada. Recordemos la importancia de Bios y Zoe, en que Bios es la vida individual sujeta al tiempo y Zoe la vida que trasciende el tiempo, supra-individual, asociada a la especie y no al individuo. Zoe engloba todos los Bios, y aunque el desmembramiento sea considerado desde el punto de vista de Bios como una muerte, desde el otro lado, el de Zoe, es una transformación. En los misterios, los participantes debían tener esto muy claro, tomar conciencia de ello y pasar de una visión de Bios a una visión de Zoe, para poder experimentar la vida como un Todo completo, sin partes.

Aunque los mitos comienzan mostrando un estado que está fuera del tiempo y el espacio, y en el cual encontramos la imagen del Jardín del Edén, el Tiempo del Sueño de los australianos, la Edad de Oro de los griegos, ese illo tempore del que tanto hablaba Mircea Eliade, siempre era seguido por un estadio dramático en que la condición humana sufría un cambio, se introducía la muerte en la creación o en la manifestación, el hombre se volvía hijo del tiempo y sujeto a él, sería devorado por la muerte. Desde las diversas historias que los mitos narran, aunque parezcan formas ingenuas de abordar un tema tan profundo, puede verse manifestado el proceso del devenir y dan la oportunidad de alcanzar una intuición del misterio de la muerte. Ese Otro misterioso que nos espera y que la humanidad ha disfrazado a lo largo de toda su existencia por miedo a mirarlo a la cara. El mito nos permite desde esa supuesta ingenuidad, la toma de conciencia e incluso la aceptación. No todos los mitos son iguales, tienen diferentes niveles, pero nos permiten conocer aspectos de nosotros mismos. Por eso se expresan en símbolos, multifacéticos, por eso aparecen dioses y diosas, monstruos, gigantes, animales de todo tipo, plantas, en síntesis todo formó parte de un espectro inmenso en el que el hombre se proyectaba como parte de un drama vital.

El desmembramiento es una metáfora que ha recorrido muchas tradiciones místicas, desde aquellas que celebraban los Misterios de un dios o diosa que moría y resucitaba. Casi siempre estos dioses descendían al mundo de la muerte por tres días, muriendo como lo hace la Luna, y surgiendo nuevamente en el tercer día como la Luna Nueva surge dando lugar al Creciente.

No hay ninguna duda de que el misterio aquí está focalizado en el renacimiento y la resurrección después de la muerte, pero se destaca que aquellos que participaban en el ritual, volvían transformados y libres de temor. El retorno del dios, o en el caso de los chamanes, la reconstrucción del cuerpo o re-membramiento metafórico permite al hombre la posibilidad de conectarse profundamente con la Fuente de la Vida. Se trata de tradiciones solares y principalmente lunares, por eso la Luna es su símbolo, porque se produce la equiparación de las fases y el ciclo completo con la noción de la vida en el tiempo o Bios y la vida atemporal o Zoe. Esto se da a pesar de que el ciclo completo sea invisible, lo vemos a través de las fases, pero sabemos que éstas forman parte de un todo mayor que las comprende. Así, el ciclo se puede equiparar metafóricamente a la Fuente de la Vida, que es eterna en su manifestación más plena, en tanto que las fases corresponden a las distintas etapas de la vida humana en el tiempo. Nos está diciendo que la vida trasciende el tiempo.

Simbolismos concurrentes y asociados a la Luna.

Tanto la serpiente como la Luna, una abandonando su piel vieja y la otra, mutando su luz y su sombra, son concebidas como seres que renacen continuamente a partir de sí mismos. Lo cual les da cierto señorío sobre la vida y la muerte. Ambas comparten los poderes de la renovación de la vida. La Luna desaparece durante su etapa Oscura, y la serpiente lo hace bajo la tierra para hibernar dejando su piel. Son vistas como epifanías de las fuerzas auto-generadoras y a la vez auto-devoradoras, como algo misterioso que está más allá de los poderes del tiempo. Veremos el tiempo y la luna, pero el primero como el devorador de la vida. Tanto una como la otra se asocian a lo acuático, la Luna por el rocío, la humedad, la lluvia, las mareas… la serpiente porque siempre está cerca de fuentes de agua o enroscada o colgando del Árbol de la Vida, custodiándolo. La serpiente simboliza al mismo tiempo el poder de las aguas. Por su relación con lo que nace y lo que muere, se asocian ambas como mediadoras entre los vivos y los muertos.

La serpiente es vista tanto en forma femenina como masculina en los mitos, al igual que la Luna. Tanto la una como la otra es considerada el “Señor de las Mujeres”, reverenciadas como las grandes fertilizadoras. La serpiente se asocia al conocimiento dado que surge desde las entrañas de la tierra y está unida a la sabiduría de la Tierra Madre y de la Luna como diosa. Comparte el poder de la transformación con esta última. Durante la Edad del Bronce y del Hierro, la Diosa Madre tuvo muchos nombres y siempre estuvo asociada a serpientes.

La serpiente se asemeja a un espiral cuando está en movimiento, un círculo que se abre en otro círculo y combina un retorno a un punto de origen con movimientos en otro nivel, al igual que la Luna.

Señor de los Muertos y primer Ancestro:

Cuando la Luna sale de su fase oscura hacia el término de la tercera noche, genera en un nivel simbólico profundo, la sensación de que la vida puede continuar, si no para el cuerpo, para el alma.

El hombre ha creado una suerte de correspondencias simbólicas que se volcaron en los mitos, por ejemplo el mito del primer muerto; la Luna como primer muerto. En cierto sentido, este astro (según la mitología), fue el primero en morir simbólicamente hablando, si lo pensamos desde la observancia del mundo natural, incluidos los astros. El primero en morir en la tierra es el Ancestro, del que muchas veces se guarda memoria. El paralelismo entre ese primer ancestro y la Luna hizo que a un nivel mitológico se lo concibiera morando en ella. Desde allí él podría, según la cultura de la que hablemos, continuar guiando y rigiendo a sus descendientes en la tierra. En India, se ha llevado esto a puntos muy altos de desarrollo, no sólo mitológico sino también metafísico. La Luna es “el hogar de nuestros ancestros” dice el Kaushitaki Upanishad, que es una de los cinco upanishads más antiguos.

Algunas veces, de la Luna se dice que ella misma es el ancestro de la tribu, esto da una pauta clara de la antigüedad del culto lunar. Osiris e Isis eran considerados como los ancestros de los reyes de Egipto a lo largo del Período Dinástico, y Osiris más tarde se transformó en el gran ancestro de Egipto, con quien los egipcios esperaban encontrarse en la hora de su muerte. En algunos mitos, como por ejemplo entre los Arunta de Oceanía, la Luna era originalmente la primera persona que habría vivido en la tierra y que, cuando murió, habría ido directamente al cielo transformándose en una luminaria. Desde un punto de vista mítico, un pueblo o tribu “equis” puede ser equiparada a la raza humana, se asume que son lo mismo dado que los mitos de cada pueblo los ubican en el “centro del mundo”, en ese “omphalos” por el que pasa el axis mundi en el que se articulan tanto el tiempo como el espacio, así como los diferentes mundos y órdenes de realidad. Esto hace que cada pueblo se considere el primero en nacer en la tierra y de ellos descenderían todos los demás. Los incas creían que ellos descendían de la unión del sol y la luna. Ambos, hermanos, unidos para fundar la línea real en Cuzco, que todos saben quiere decir “ombligo”, que según la cosmología Inca es el centro del mundo.

Los Bushmen de Africa llaman a la Luna el “Gran Jefe” y “Nuestro Abuelo”. Los Algonquinos la llamaban Diosa Abuela Aatensic. Era una costumbre alrededor del mundo, levantar al recién nacido para presentárselo a la Luna ya que ella era el Ancestro, se le estaba mostrando a un nuevo descendiente, y además se ponía en evidencia la herencia lunar. En la India, se la llama Candra, otras veces Soma, y era un ancestro de la raza lunar de los reyes, de los cuales Krishna, el octavo avatar del dios Vishnu, descendía. También los Burundi de Africa creían que sus reyes derivaban de ella como Ancestro y que a ella volverían cuando murieran. Hasta Gengis Khan (1167-1227) trazaba su ascendencia hasta un rey que había sido concebido por un rayo de Luna. En muchos lugares también cumple la función de juez de los muertos. El dios Yama, que originalmente fue el primer muerto en la antropogonía de la India, y a la vez el primero que abrió camino para los que vendrían detrás de él, era también juez de los muertos. En las varias divisiones que se hacen del panteón indio, hay una que los separa por pertenencia al astro solar o al lunar. Yama pertenece a la Luna, igual que Siva. En tanto ojo del cielo, la Luna es para los esquimales, la que asegura que los tabúes tribales sean respetados, aunque hay algunas variantes en que esta función la cumple un espíritu-lobo, aliado de la Luna.

En Grecia, Demeter era llamada “dadora de la ley” o thesmophoria, y en Atenas los muertos eran sus niños o Demetreoi. Recordemos que el Sueño, Hypnos, es en Grecia el hermano de la Muerte, Thanatos y que ambos son hijos de la diosa Noche. Los muertos se asemejan a los vivos cuando duermen, pero también, y tal vez, porque el dormir trae sueños, y los sueños corren el velo entre los mundos de los vivos y los muertos, entre el pasado, el presente y el futuro. Para el que duerme, muchas veces el muerto se hace visible del mismo modo en que la Luna hace luminosa la noche. Es el dios Hermes, como Psicopompo, el que puede guiar a las almas en el reino de la muerte. Hermes con su vara de serpientes entrelazadas lleva a las almas a través de la frontera entre la vida y la muerte, a la manera de aquél que fue alguna vez un dios lunar, él mismo. Ni Hypnos ni Thanatos pueden proveer de un ritual para entrar en ese ámbito. Fíjense que Hermes nace en una cueva el cuarto día del mes, el primer día de luna creciente después de los tres días oscuros, y lleva un cordero sobre sus hombros como aquél encargado de incrementar el ganado, la fecundidad de los rebaños. En Arcadia se lo honra junto a los manantiales y hay pilas de piedras que señalan el camino hacia el próximo manantial o arroyo. Sus epítetos lo vinculan a la noche: “nuxios”: “el de la noche”, “opopeter”: “aquél que ve en la noche”, o también “compañero de la noche negra” como lo llamaba Apolo. También se lo llama el “Matador de Argos” o “Argeiphontes”. Argos bien puede ser un antiquísimo remanente de un dios de la Luna menguante. Argos custodiaba a Io, que fue convertida en Luna-Vaca por Zeus a pedido de Hera. Pero a pedido de Zeus, Hermes pone a Argos a dormir con la música de su flauta y así lo mata liberando a Io. Si Argos fuera un remanente de un dios de la luna menguante, es posible que, haciendo otra lectura, Hermes en tanto dios de la Imaginación, liberara la intuición lunar que estaría representada por Io.

Otro nombre de Hermes es ”Propulaios” o “en el portal” se refiere a aquél que está en el portal del mundo subterráneo, en el umbral, mejor dicho, entre los mundos divino y humano, que es el lugar por excelencia de la transformación. Por eso su sombrero tiene dos colores, negro y blanco para indicar que mora en las alturas luminosas y en la oscuridad del mundo subterráneo. En cada Luna Nueva (oscura), Hermes junto con Hécate, que es otra guardiana de los portales y las encrucijadas, son honrados con ofrendas, pasteles, con la esperanza de que concedan un mes con buena fortuna.

La Luna, el tiempo y el destino:

Sabemos que las primeras notaciones del tiempo fueron lunares. La noción del tiempo en sí misma, podría haber surgido, según algunos criterios, en función de la observancia de las fases de la Luna y por el hecho de ver que había un patrón recurrente en esa secuencia. Tendríamos continuidad, secuencia y recurrencia. Sería como ver el tiempo, no en forma abstracta sino como un fenómeno concreto que se podía medir, algo “vivía” de noche en noche, de fase en fase, de Luna en Luna. Podríamos decir que estamos entonces ante un fenómeno que es cuantitativo, pero, el hecho de que cada fase ofrezca una imagen distinta y evoque sensaciones, sentimientos e ideas también distintas, lo hace un fenómeno cualitativo. Era como si el tiempo medido por la Luna tuviera su propia personalidad conforme la fase correspondiente. Fue la mejor manera, la más efectiva, de contabilizar las noches y por ende, los días. Por eso no puede extrañar que muchos pueblos cuenten el tiempo por noches.

Dicen que los seres humanos tenemos un deseo profundo de encontrar unidad en medio de la multiplicidad que nos rodea, en forma inconsciente algunos, consciente otros. La constancia en la recurrencia del ciclo daba la noción de algo perpetuo, la fase cambiante ofrecía la imagen cambiante del tiempo inserto en esa perpetuidad. Ya Platón, en el Timeo, decía que el tiempo era la imagen móvil de la eternidad. Pero la eternidad no es perpetuidad. Si tomamos la imagen de las fases lunares veremos que la suma y continuidad de las mismas ofrece noción de perpetuidad, algo que se repite interminablemente. En cambio, la intuición de la eternidad alude a algo que no puede ser imaginado, ni concebido por el hombre. Sí profundamente ansiado, es una realidad de otro orden a la que aspiramos desde el fondo de nuestro ser. Las danzas circulares, las imágenes de círculos cerrados, la serpiente que se muerde la cola, todos son paradigmas, o tal vez expresiones de “eternidad” en tanto algo que no tiene fin, pero no por ello la representan fehacientemente, dado que esa noción está más allá del cambio.

Aunque desde el enfoque teórico, esto sea así, en los mitos la Luna proyecta tanto la imagen del tiempo como la de la eternidad, porque el hombre no se cuestiona o se cuestionaba la diferencia entre perpetuidad y eternidad. Tomaba ese patrón sin cambios del cambio permanente como un proceso eterno, y la eternidad era para él, el incansable y recurrente ciclo de las caras de la Luna. El tiempo era sus fases vistas en forma individual. Los Sioux la llamaban “La Anciana que Nunca Muere”, los Iroqueses, “la Eterna”. En inscripciones latinas se le da el epíteto de “eterna”, y en Rusia se la llama “la Inmortal”. En India, Soma, dios de la Luna, lleva el mismo nombre que la bebida de la inmortalidad. En Polinesia creen que la Luna se renueva perpetuamente en las aguas de Tane, la fuente eterna. Entre los hotentotes y los bushmen creen que la Luna puede dar inmortalidad a los hombres. Aunque no sea lo mismo, el renovarse, el ser perpetuo y el ser eterno, para nuestros ancestros la diferencia del concepto no tenía importancia. Lo que realmente la tenía era el sentimiento y la creencia que surgía a partir de la Luna.

Hay algo importante: para la mente racional, la Luna ofrece una imagen visible del fluir incesante del tiempo, en cambio, para la mente mítica la Luna hace el tiempo y “es” tiempo. Es el origen último del tiempo. En las lenguas Indoeuropeas los términos utilizados para medir el tiempo provienen del nombre de la Luna, no al revés. “Mes” (month en inglés) vienen de Moon. La raíz IE es “me”, que significa “Moon”, Luna y que da en el sánscrito “mas” o “masas” que significan Luna y mes. “Mati” significa “medida”; “ma” significa “tiempo” y “ma” o “matar” significa “madre”. Así, en las lenguas indoeuropeas surge la raíz para Luna y medida. En griego, Luna es “Mene”; “men” es mes; “metron” es mensura, medida, etc.

En latín decimos Luna que podría ser una contracción de “leuksna”, del griego “leukos”: blanco, brillante; Leukos también da “lux”, luz. Pero dejemos un poco este aspecto para referirnos a otro que está en relación más profunda con el tema de nuestro curso: la Luna como destino y las imágenes mitológicas que se asociaron a ella.

Veamos algo, si dijimos que para la mente mítica la Luna “es” el tiempo, entonces no es muy difícil imaginar la ilación que siguió: si la Luna es la causa del tiempo en la vida, era también la causa de su cesación. Recordemos las fases: creciente, llena y menguante, representando los distintos estadios de la vida humana, la totalidad de los días de la vida del hombre. Luego imaginaron que emitía hebras de tiempo de su esfera luminosa, del mismo modo que una tejedora pasa las hebras por su rueca y las enrosca en el huso. Así, la Luna, como la tejedora del tiempo de la vida, se transformará en aquella que teje el destino individual y universal. Pero veamos algo más, ¿qué es lo que nosotros vemos de la Luna? Sólo tres fases: creciente, llena y menguante, y cada una se asocia con una etapa de la vida. En Grecia encontramos cada fase asociada a diversas diosas: Artemis, Kore/Perséfone con la luna creciente; Demeter, Hera, Atenea y Afrodita con la luna llena; Hécate/Demeter con la luna menguante. Pero detrás de estas diosas, que tenían funciones bastante delimitadas, se vislumbraban otras figuras más asociadas con la noción de tiempo y destino, las Moiras. Nacen de la noche como el primer destello de luz que surge al amanecer, aluden al instante del nacimiento y la muerte, y el transcurso entre un momento y otro, serían la suma de los instantes de la vida humana. Nacen juntas, en el mismo momento, de ahí que nacimiento y muerte se encuentren en ese instante y, que el nacimiento traiga consigo a la muerte como un destino del que no se puede escapar. En medio, corren las vidas en el mundo natural y les es ofrecida una parte de ese tiempo. Moira significa: parte, porción. En primer lugar se refiere a las Moiras mismas como imágenes de las tres fases/partes de la Luna, y también por ser y marcar, cada una, una parte de la vida de los hombres: infancia, adultez, ancianidad. Esa ancianidad que acerca al hombre al final. El origen lunar de las Moiras fue celebrado por los Órficos que le dedicaron un himno, y hablaron de ellas como hijas de la noche oscura “vestidas del blanco rayo de luna”.

Se estableció diferencia de nombre y función entre ellas: Cloto teje la hebra de la vida y está presente en el momento del nacimiento. Lakesis teje la trama del destino, la tela y también la duración de los días del hombre. Atropos, lo “inevitable”, corta la hebra de la vida con su cizalla. Su nombre significa literalmente “aquella que no puede desviarse (cambiarse), o torcerse”. Ella marca el destino final del que nadie puede escapar.

Eliade dice que

“Los ritmos de la luna tejen juntos armonías, simetrías, analogías y participaciones que componen un tejido sin fin, una red de hebras invisibles que atan juntos a la humanidad, la lluvia, la vegetación, fertilidad, salud, animales, muerte, regeneración, vida después de la muerte, y más. Por esa razón, la luna es vista en tantas tradiciones personificada por una divinidad, o actuando a través de un animal lunar, tejiendo un velo cósmico, o los destinos de los hombres. (trad. de Patterns in Comparative Religion, “The Moon and its mystique”).

El hecho de que la Luna parezca hilar y deshilar en ese cambio de fases, da la idea de que detrás de ese astro que es uno, hay también tres. En su libro “Las Madres”, Briffault ve detrás de la Diosa Madre de Arabia, Manat, una deidad lunar, vista bajo la forma de tres vírgenes sagradas que Muhammad admite en la primera versión del Corán: Al-Ilat, Al-Uzza y Mawat (consideradas como hijas de Allah). El profeta alaba su función mediadora pero luego se retracta viendo que la mediación de estas figuras, por más que en jerarquía estuvieran muy por debajo de Allah, socavaba de alguna manera la supremacía única de Dios.

Existe la creencia, aún en culturas muy antiguas, que detrás del inmenso poder de los dioses, hay una fuerza que ni ellos pueden desafiar: el destino, y ese destino está asociado a la figura de la Luna, ya sea directa o indirectamente. La Luna Negra, encarnada bajo la forma de ciertas deidades es considerada como un ser que imparte la ley, especialmente cuando al no verla en el cielo se asume que está iluminando el mundo subterráneo y presidiendo sobre la vida que surge después de la muerte.

Son muchas las diosas tejedoras, en Grecia abundan y ya las nombramos, no olvidemos a las ninfas que tienen un rol clave en el destino de Odiseo. Penélope misma, teje para decirle a sus pretendientes que esperará antes de elegir a alguien en matrimonio hasta que termine de hilar la mortaja para Laertes, el padre de Odiseo, como una preparación para su muerte. Simbólicamente, Penélope, la “velada”, teje y desteje su telar de tiempo para posponer el final de la obra. Simbólicamente también, la elección de uno de los candidatos implicaría cortar la última hebra que la une a Odiseo, como esposa.

Pero Odiseo vuelve, gracias a Calipso y a Circe, diosas que tejen su destino. Circe teje encantamientos a medida que canta, y eso me recuerda a las mujeres nórdicas, aquellas que entretejían encantamientos en las hebras de las ropas que tejían en los telares, como una manera de proteger a sus esposos e hijos del destino que las Nornas hubieren elegido para ellos.

Si nos alejamos un poco del mundo clásico, encontramos a las Nornas en el mundo escandinavo: Urd, Verdandi y Skuld, o en otros términos “lo que fue, lo que está siendo y lo que debe ser”; también “origen, devenir y deuda”. Skuld significa “deuda” y lleva a pensar en la muerte que es deuda en tanto hay nacimiento.

Al igual que las Moiras, las Nornas son más antiguas que los dioses y viven en el Manantial del Destino o “Fuente del Destino” que está bajo las raíces de Yggdrasil, el fresno sagrado o Arbol del Mundo. La fuente salpica con sus gotas mágicas las ramas del Fresno, rescatándolo de la decadencia del tiempo, a pesar de saber todos que, al final, Yggdrasil caerá entre llamas.

En la Edda Menor o en Prosa, escrita por Snorri Sturluson y compilada de fuentes más antiguas dice:

“También se dice que las Nornas que habitan junto a la fuente de Urd, toman cada día agua de la fuente y lodo del que hay alrededor de la fuente y lo echan sobre el fresno para que su ramaje no se seque ni se pudra, y es tan santa aquel agua, que todas las cosas que se meten en la fuente se vuelven tan blancas como la telilla que hay por dentro de la cáscara del huevo. Esto se ha dicho:

Yo sé que se riega un fresno sagrado El alto Yggdrasil, con blanco limo; Es eso el rocío que baja al valle, Junto al pozo de Urd siempre verde se yergue. (acá se refiere a la visión de la Adivina) El rocío que cae de allá sobre la tierra es lo que los hombres llaman mielada, y es con lo que se alimentan las abejas…

Hay una conexión muy sutil entre la Luna, el rocío, la miel y la ambrosía, sería algo así: presencia de agua mágica que cae de las ramas más bajas del Árbol del Mundo, es blanca (el color de los rayos de luna); se transforma en la miel de las abejas, y tiene el poder de dar la resurrección. Nada en el texto menciona la Luna, pero sí en éste, en que las Nornas se hacen presentes en el nacimiento de un niño que está destinado a ser rey, y devanan las hebras con que tejerán su destino bajo la Luna:

Entonces fue Helgi, el del gran corazón Nacido de Borghild en Bralund. La noche había caído cuando las Nornas llegaron, Aquellas que designan los días del príncipe: Su destino, ellas predijeron, fue famoso entre los hombres, Para ser considerado el mejor de los reyes valientes. Allí en las amplias mansiones de Bralund Ellas devanaron las hebras de su especial destino: Extendieron cuerdas de oro, Ajustándolas bajo el salón de la Luna.

Es en la batalla en donde las Nornas toman la forma de Dísir o Valkyrias, quienes tejen el círculo de la victoria y la derrota en la trama de la guerra, extendiéndolo sobre el campo de batalla como un lienzo invisible. Las valkyrias van tejiendo el devenir de la lucha a medida que va ocurriendo, atando a los combatientes a su rueca. Valkyrias quiere decir: “la que elige a los muertos”, si se analiza la composición de su nombre, vemos que kjora que da kyrias, significa “elección” y Val significa “muerte”.

En India, en el Mahabharata, se cuenta que dos mujeres devanan y tejen las noches y los días en el telar del año, usando hebras de color blanco y negro. Hay una clara ambivalencia encontrada en muchos cuentos en relación con las Fatas lunares que terminan las vidas que ellas mismas comienzan. Esto es evocado en la imagen del ciclo de tejido de la hermosa tela de la araña, que la usa para atrapar a sus presas y devorarlas, del mismo modo que el tiempo devora a sus hijos. Heinrich Zimmer, en su libro El Rey y el Cadáver, específicamente al comienzo de los tres episodios del romance de la Diosa, dice con respecto a Maya, la ilusión cósmica que teje el velo de la realidad que vemos y esconde su verdadera esencia:

…Empero los tres (se refiere a Brahma, Vishnu y Siva), ya que no son más que aspectos o manifestaciones de un solo Insondable, son, en último término, un producto de Maya, sustancialmente uno pero en forma y funciones, trino, en virtud del ardid especular que disuelve el Todo en lo Múltiple. Maya es la madre. Maya es el hechizo mediante el cual la vida se seduce eternamente a sí misma. Maya es el útero, el pecho nutricio y el sepulcro. (Op. Cit., p. 172)

Maya es la Gran Madre del Mundo, la Suprema Tejedora, y recibe muchos nombres, en la India también se la llama Kali. Pero Maya significa “ilusión” en la época de las Upanishads, textos metafísicos que encierran los miles de caminos para llegar al Absoluto. En tiempos más antiguos, como los védicos, su significado era “poder mágico”, “capacidad de cambiar formas”. No está muy lejos este significado del concepto de “ilusión”, sólo que éste adquiere connotaciones metafísicas, y de orden netamente espiritual en época upanishádica. La raíz de Maya es “ma” que significa: “medir, formar, crear, construir, desplegar”. Es la raíz de Luna en inglés, Moon, provienen de la misma raíz indoeuropea Me- . Maya es tanto el poder que crea una ilusión como el falso despliegue en sí mismo, según menciona Campbell en La Imagen Mítica, retomando a otros autores.


La serpiente: Simbolo de Sabiduría y el poder del espiritu Trascendental.

La serpiente ha sido vista en la mitología como una hierofanía, una manifestación de la diosa, de la regeneración, de la vida que surge después de la muerte, como el epítome del Conocimiento, como la dadora también del Conocimiento del Bien y del Mal. No olvidemos que también representa nuestro psiquismo más arcaico, oscuro y misterioso. Surge de la oscuridad de su cueva; generadora de temores y muchas veces de muerte, puede representar también la vida. Es imprevisible y secreta. Tan enigmática que muchos dioses han tomado su forma para representar las primeras etapas de la creación. Es la serpiente cósmica, ligada a las aguas y a la noche. Es Ofión que fecunda a Eurínome. Representa la vida latente, la renovación, la sabiduría. Todo un complejo simbólico. Dice René Guenón que los caldeos tienen una sola palabra para vida y serpiente, su simbolismo está ligado a la idea misma de la vida. En árabe, serpiente se dice el-Hayyah y vida el-hayat. Pero también añade que El-Hay, es uno de los principales nombres de Allah, no “el viviente” como suele decirse, sino “el vivificante”, el que da la vida o el que es el principio mismo de la vida.

Ella encarna la fuerza de la naturaleza en toda su variación y esplendor. Posiblemente haya sido un dios de los comienzos antes de que las religiones la destituyeran del lugar que detentaba por derecho. Es lo que anima y lo que mantiene. India nos habla de Ananta, la serpiente cósmica que está enroscada en la base del eje cósmico. Significa “sin fin” y simboliza el desarrollo y la reabsorción cíclica del universo. Se encuentra en la base del mundo, en el nadir, y por lo tanto es su sostén. Forma parte además, de los “animales de poder” y puede expresar, según la cultura, la manifestación del dios de las tinieblas. Está presente también en el imaginario del chamanismo.

Si bien el ouroboros, la serpiente que se muerde la cola, simboliza la autoalimentación y autofecundación, dando idea de unidad-totalidad, de círculo cerrado y por lo tanto hermético, también alude a la reabsorción cíclica y la ciclicidad de los procesos psíquicos. Indica la transmutación de la vida en muerte y muerte en vida, basta mirar su boca mordiendo la cola, inyectando veneno en su propio cuerpo. Por otro lado, alude al tiempo y al movimiento, es símbolo de un antiguo dios natural y aparece en culturas caribeñas, indias, africanas y otras. Es principio y fin, generadora de vida y muerte.

Para los dogon africanos, es ancestro mítico, es Nommo, dios del agua y héroe civilizador, les enseña a los hombres la herrería y los cereales. En Benín (Dahomey), tenemos a Dan, gran divinidad de Benín y de la Costa de los Esclavos, es la serpiente fetiche arco iris. De ahí que los esclavos llevados a Haití, la hayan convertido en Damballah-Weddo, divinidad que preside las fuentes y los ríos, representa el relámpago, al dios de la fuerza y de la fecundidad. Dan es hoy el ouroboros del disco de Benín.

En la Enéada de Heliópolis es la serpiente Atum, dios creador más antiguo del mundo mediterráneo, que escupe la creación entera luego de haber salido ella misma de las aguas primordiales. Hay mucho más, pero como simbolismo con esto nos alcanza para entender la asociación que puede tener con la luna y la muerte. Mencioné muchas características que pueden asociarse al imaginario de la muerte que recorrió los siglos.
Simbolismo de la luna

Sabemos que es un símbolo de los ritmos biológicos. La observancia de sus ciclos de crecimiento, decrecimiento y desaparición, nos da la idea del devenir, nacimiento, transformación y también muerte. Esa luna que mengua y que se dirige indefectiblemente a la fase oscura, es asimilada en todas las mitologías a un estado de desaparición momentánea asociada a la muerte, en los casos en que se relaciona con algún tipo de ritual iniciático. Da pié a pensar en el renacimiento, su muerte nunca es definitiva, ella siempre vuelve, hay una periodicidad sin fin que la convierte a lo largo de la historia de la humanidad en el astro que marca los ritmos de la vida. Está vinculada al agua, la lluvia, la vegetación, la fertilidad, el sueño y lo inconsciente.

Representa la medida del tiempo, desde épocas inmemoriales el hombre marcó los meses lunares en marfil, en piedra, los pintó en las cavernas, en las rocas. A esto sumamos los aspectos que la unen a lo femenino, los embarazos, los animales, la caza, el destino del hombre después de la muerte y las ceremonias de iniciación. Ya el hombre arcaico percibió el patrón de variación de la luna, así estableció diversas relaciones entre el astro y los demás aspectos de su vida.

En mitología, la luna representa al primer muerto y al reino de los muertos. Similarmente a la manera en que ella desaparece y luego vuelve a aparecer, se cree que los muertos acceden a otro tipo de existencia. Hay una relación establecida desde antiguo entre ciertas divinidades lunares que tienen a su vez un rol en el plano ctónico y el funerario: Perséfone por ejemplo. También se nos habla de la morada inmortal en la luna después de la muerte terrenal, aunque, dependiendo de los pueblos de los que hablemos, hay cierta selectividad en cuanto a quiénes morarán en ella: suelen ser reyes y héroes, o personajes muy sabios. En el caso de la mitología de la India, es llamada el “Lugar de los Padres o Ancestros”, y allí se dirigen todos aquellos que están destinados a renacer nuevamente en este mundo, atados al samsara o ciclo de nacimientos y muertes, siguiendo la ley del karma. El Dios Siva, es un dios de transformación, y por eso aparece con una media luna en su cabeza.

Pero también la luna evoca lo tenebroso, y alude además el conocimiento conceptual. Al relacionarla con Jano, divinidad de las puertas y los accesos, de los puntos cardinales y los comienzos, este astro se transforma en puerta del cielo y del infierno, se la asociará con Hécate, divinidad de las encrucijadas y antigua diosa madre que quedó reducida a sus aspectos oscuros, seguida de perros negros. Hécate es temida como Señora de las enfermedades y su asociación con la muerte. Diana, tiene asociación con el sol, por eso es el aspecto positivo de la luna, el cosmos que se hace visible por el punto cardinal en que el sol sale.

Entre los fineses, estonios y yakutos, la fecha correspondiente a la luna nueva o luna negra era la elegida para los matrimonios. Es símbolo de fecundidad ya que a continuación viene la luna creciente.

Para los pueblos semíticos del sur y muchos pueblos indoeuropeos, la luna es masculina y el sol femenino. Para los pueblos del desierto, nómades y caravaneros, la noche trae el reposo y frescor que no tienen durante el día, la noche es contenedora y dulce. Se la considera el guía de las noches. En el Islam tenemos un calendario lunar para las festividades religiosas y otro solar para la agricultura. Las letras del alfabeto se diferencian en solares y lunares. El Corán emplea un simbolismo lunar en que las fases de la luna y la medialuna evocan la muerte y la resurrección. Aquí tenemos una hermosa frase de Jalal-od Din Rumi (muerto en 1273), dice:

“El Profeta refleja a Dios como la luna refleja la luz del sol. Así el místico que vive del fulgor de Dios se asemeja a la luna, por la cual se guían de noche los peregrinos.

Los celtas irlandeses juraban por la luna. Cada pueblo ha visto diferentes cosas en las manchas de la luna, animales, rostros, una niña llevando dos baldes de agua, los turcos tártaros del Altai creen ver un caníbal que fue sacado de la tierra por los dioses para proteger a la humanidad. Otros ven distintos animales según la fase de la que hablemos y han elaborado toda una mitología específica en relación con cada fase, esto último ocurre entre pueblos de Asia Central como los buriatos, los gold, los ghiliacos.

Al mismo tiempo, existe una relación estrecha entre nuestra luminaria y la imaginación, el sueño, la receptividad, lo que es inestable. Hasta se dice que el Buddha meditó 28 días bajo la higuera, o sea, un mes lunar, antes de alcanzar el nirvana. Es cierto que la medida del mes lunar ha actuado en diferentes concepciones pero a un nivel subconsciente, por ejemplo los hindúes dicen que hay 28 estados angélicos y 28 moradas lunares. Los hebreos relacionan el mes lunar con las manos del Adam Kadmón u hombre universal. La mano derecha es la que bendice y está en relación con la luna creciente, en tanto que la izquierda es la que puede lanzar maleficios y se asocia a los 14 días de luna menguante.

Las divinidades asociadas a ella son muchas y abarcan todas las mitologías: Mencionamos a Diana, Hécate, también Ishtar, Ashtarté, Isis, Artemis, Durga, Morrígan, Selene, Morgana, Lilith.

Otra asociación viene en relación con la personalidad, se refiere a nuestras pulsiones más viscerales e instintivas, es lo primitivo que duerme en nosotros, al mismo tiempo que las ensoñaciones y los fantasmas atávicos de nuestro pasado remoto que han envuelto por milenios nuestro desarrollo psíquico.

El despertar de la Dama Blanca.

En el 2008 se cumplen sesenta años de la primera publicación del libro más difundido de Robert Graves (1895-1985), como fue su ensayo titulado La Diosa Blanca. Profundamente influenciado por el libro La Rama Dorada del antropólogo escocés Sir James Frazer (1854-1941), Graves expuso que la relación entre el poeta y su fuente de inspiración, y originalmente su musa, es una reminiscencia del culto a una supuesta diosa madre, siendo la poesía una invocación a aquella. Esta diosa madre primitiva y arquetípica habría estado presente en el imaginario del ser humano no tanto como una religión primitiva como sí una representación del misterio de la fecundidad, base de las sociedades matriarcales. Se ha tildado a La Diosa Blanca de tratarse no más que de una tesis especulativa y carente de base científica, por lo que esta teoría ha sido más o menos dejada de lado por las ciencias sociales modernas. Sin embargo, los argumentos del poeta inglés merecen constante revisión en virtud de su contundencia.

Auge y decadencia de la Diosa Madre:

Si bien es difícil comprobar la existencia o no de un culto a la feminidad en el paleolítico, hay gran cantidad de evidencias arqueológicas de su existencia en el neolítico (c. 7.000 al 4.000 a.C.), período que aporta algunas luces al respecto de su posible origen. Con el paso de las sociedades cazadoras-recolectoras al surgimiento de la agricultura y domesticación de animales, la fertilidad cobró importancia y presencia concreta en el desarrollo del pensamiento simbólico humano. Prueba de esto la dan los incontables restos de estatuas y objetos rituales relacionados, con clara supremacía de figuras femeninas que datan de este lapso y que han sido halladas a lo largo y ancho de todo el mundo.

Las huellas de la diosa madre primordial se mantuvieron en las culturas de la antigüedad, aunque fueron perdiendo terreno producto de la ascensión de la figura del varón como motor del progreso urbano. Podemos presumir que el perfeccionamiento de los medios de producción, el desarrollo de los asentamientos que dieron origen a las primeras ciudades y el comercio como labores eminentemente masculinas desplazaron a la mujer; el hombre le habría quitado a su compañera el liderazgo de la labor agrícola y la relegó al cuidado de la prole. Los cultos religiosos viraron hacia panteones con dioses masculinos a la cabeza, si bien la mayoría de las civilizaciones clásicas contaban con diosas arcaicas cuyos atributos fueron a la postre arrebatados por otras divinidades más acordes al orden que se estaba estableciendo. Así ocurrió con el culto a Mut en el Egipto del tercer milenio a.C., diosa relacionada con las aguas, madre creadora del mundo; con el tiempo su representación fue asimilada a la de la diosa Hathor, y ésta luego a la de Isis, como integrante de un panteón ya más complejo de dioses. Semejante situación ocurrió también en Mesopotamia con las diosas Tiamat e Ishtar. El culto a la fertilidad implicaba con frecuencia ritos donde el sexo era el elemento capital.

El Rapto de Europa:

El triunfo del orden masculino y ganadero sobre el femenino y agrícola puede adivinarse en la estructura de los pueblos indoeuropeos de la edad del bronce, los que una vez salvado este hito trascendental conformaron un modelo de sociedad patriarcal, originalmente seminómada y fuertemente jerarquizada. Georges Dumézil estudió en profundidad la cultura y los mitos indoeuropeos, estableciendo que se trataba de pueblos con una marcada división de clase, habiendo un estrato clerical influyente, una casta guerrera con códigos y ritos iniciáticos propios, y una clase de base agrícola y doméstica. Una lectura diferente de ciertos mitos griegos parece avalar esta hipótesis, y es así como se ha querido ver el rapto de Europa por un Zeus con forma de toro, o la posesión bestial que este mismo animal hizo de la princesa Pasifae, como una representación de la victoria de la vida ganadera sobre la cultura matriarcal cretense.

La extensión de grupos indoeuropeos en Europa habría además significado un cambio drástico en el sistema de creencias, con la consiguiente imposición de cultos politeístas y centrados predominantemente en el aspecto masculino de la naturaleza, lo que tiene su correlato en el hecho de que lo varones jerarcas eran los actores principales de este nuevo tipo de sociedad. Por ejemplo, Potnia Theron y Cibeles (“Señora de las bestias”) eran las respectivas diosas minoica y frigia de un culto de raíces prehistóricas, extendido en gran parte del mediterráneo oriental, y cuyos aspectos fueron reemplazados en gran parte por la más reciente diosa Artemisa, que en su calidad de virgen no incluía el carácter sexual del culto femenino. Otro tanto ocurrió con la decadencia del culto a Deméter (“Diosa madre”), el que probablemente databa del neolítico. Deméter era la diosa de la agricultura, simbolizaba la vida y la muerte, y era piedra angular de los misterios eleusinos que precedieron la mitología olímpica. En el hinduismo, la dimensión femenina de la divinidad sobrevivió en la tradición védica con el nombre de Devi o Shakti en sus múltiples formas. Otras culturas indoeuropeas politeístas absorbieron muchos de los cultos a lo femenino enraizados en Europa desde el neolítico. De este modo ocurrió con la diosa celta Danu, cuya adoración estaba extendida por casi toda Europa, o la diosa Freyja en tierras nórdicas.

El aspecto sexual de la diosa madre, fue separado de las otras dimensiones de la diosa, y canalizado a otros cultos que fueron haciéndose cada vez más reducidos y controlados, en virtud del desenfreno sexual a ellos asociado. Por ejemplo, Afrodita capitalizó en Grecia, como su contraparte Venus en Roma, el aspecto erótico de los ritos antiguos, dejando otras proyecciones de lo femenino a entidades como Hera, Artemisa o Gea.

Metafísica y monoteísmo:

El cambio radical y definitivo vino con el advenimiento de las religiones morales y monoteístas. Las culturas semíticas son herederas de un arcaico sistema de tabúes estrictamente ritualizados, de lo que da prueba actualmente la ortodoxia judía y el Islam, y la figura patriarcal acabó consolidándose como arquetipo de lo divino con más fuerza que los también estructurados pero politeístas credos indoeuropeos. La sexualidad, antaño parte fundamental de los ritos arcaicos de fertilidad, se transformó en una función utilitaria, relacionada con el descontrol que producen los instintos naturales, en consecuencia con la culpa, y más tarde con el pecado. La idealización metafísica del alma humana sobre el cuerpo, concepción que el cristianismo primitivo hizo suya desde el neoplatonismo, subrayó y dogmatizó el entendimiento de la carne como prisión despreciable, y de la genitalidad como una mancha, una mácula.

El desprecio al cuerpo comenzó a tomar vigor con el surgimiento de la filosofía y la metafísica. Con el auge del comercio y tras favorecerse el contacto entre culturas muy dispares entre sí, las viejas formas de pensar fueron sometidas a comparación y discusión. A la par con el nacimiento de la filosofía occidental, en muchas regiones del mundo conocido quedó patente la necesidad de dar mayor énfasis en los sistemas de creencias a los aspectos éticos y morales de la vida humana. Karl Jaspers identifica esta especie de shift del pensamiento con un período de la historia que denominó el “Tiempo-Eje”, ocurrido aproximadamente entre los siglos VII y V a.C. Así, mientras Jenófanes criticaba el antropomorfismo de los dioses en Grecia, y tanto Parménides como Heráclito daban comienzo a la discusión todavía vigente sobre el problema del Ser, en Palestina la religión hebrea cobraba su forma definitiva. Para entonces, cada vez más escasos rastros de la diosa madre quedaban en las religiones formales y populares. El género femenino es un recordatorio constante de la corporalidad a un punto que obstaculizaba el pensamiento de filósofos, religiosos y gobernantes; como un molesto cable a tierra que debía mantenerse en un segundo plano, tanto en la vida social como en la espiritual. Así fue.

El monoteísmo no sólo exigía exclusividad de culto, sino también un nuevo orden que debía comenzar con abolición del culto a la fertilidad. La mujer chamán o sacerdotisa, especie ya rara en tiempos del cristianismo, se redujo a la categoría de bruja en el sentido peyorativo del término, representante de aquello a lo que hay que temer, al misterio de lo maligno, a la noche y la oscuridad primordial. Sin embargo, erradicar a la diosa madre del inconsciente colectivo —en términos de Jung— era una empresa mucho más complicada que la simple y macabra persecución de paganos y herejes. El cristianismo tuvo que hacer algunas concesiones en aras de su difusión, de manera que se puede ver hoy en la veneración católica a la Virgen María, reminiscencias maquilladas de un culto abandonado. Entre otros apelativos, María como madre de Jesús ostenta títulos que sugieren su solapada condición divina, como el de Regina Cœli o el de Θεοτόκος. La Reina del Cielo puede entenderse como la diosa madre que rehusó desaparecer del imaginario colectivo, y se adecuó a los nuevos requerimientos de la religión imperial. Aun así, en el siglo XXI la mujer permanece impedida de ejercer el sacerdocio en la Iglesia Católica.

Lo sagrado en lo femenino: conclusiones.

Al revisar la evolución de las creencias a través de los siglos, queda de manifiesto cómo se ha llegado a determinadas formas de pensamiento para hacerlas compatibles y concordantes con un orden social establecido. Hoy damos por sentado que toda doctrina puede ser cuestionada, así como el poder que de una u otra manera se sustenta en ella para legitimarse. Sin embargo en tiempos remotos, cuando las sociedades primitivas comenzaban a estructurarse de la manera jerárquica que ahora nos es tan familiar, el entramado de las comunidades debía tener su correlato en las explicaciones que se tenían de la realidad, y esta condición debió instaurarse al costo que fue necesario. En los últimos milenios, aunque innumerables dioses se han creado y otros tantos han pasado al olvido irreparable, da la impresión que la imagen de la diosa madre sigue presente. Sin ir más lejos, en el credo católico mismo, tan difundido en Occidente, la imagen de la Virgen María pareciera gatillar en el creyente una sensación de cercanía, tradicionalmente de mediación con lo divino, pero en lo vivencial ligada a un profundo sentimiento de protección que proviene de una madre arquetípica omnipresente en el inconsciente.

Desde una perspectiva laica, debe entenderse que lo sagrado no está necesariamente relacionado con lo religioso, es decir, no es monopolio de esta manera de ver el mundo. Por otra parte, lo religioso sí tiene un origen en la aparición de misterios durante el reconocimiento que el ser humano hace del mundo, y que es a su vez el origen de lo sacro. La vivencia de lo sagrado es producto del asombro del hombre ante el espectáculo que —para su entendimiento— es el universo que habita. Cuando en su cancionero apócrifo Antonio Machado afirmó que «la mujer es el anverso del ser. Sin mujer no hay engendro ni saber», en pocas palabras nos dijo que ella ha sido y es la fuerza generatriz de lo humano, la representación de la eterna búsqueda, característica propia de nuestra especie. Es comprensible que el género humano haya identificado en la mujer la generación constante y ubicua del cosmos: vio en lo femenino un símbolo y una realización de lo sagrado. Si asumimos que el pensamiento mítico responde a su propia lógica, la presencia de la mujer resulta natural, pues nos evoca el misterio de la vida aún hoy en día, cuando confiamos que la ciencia es llave de muchas puertas. La capacidad de maravillarnos, no obstante, más que racional es emocional.

Hera y Zeus

El hiero gamos – o matrimonio sagrado – de Zeus y Hera se estableció formalmente en la edad del Bronce y en fecha posterior se celebro en muchas zonas de Grecia. Aunque el mito Helénico posterior considera a Hera inferior a su marido ( pues alcanza la gloria al “yacer en los brazos de Zeus”), es probable que antaño fuera una Diosa suprema por derecho propio. Desde esta perspectiva, en las celebraciones arcaicas del matrimonio se habría considerado que era ella la que honraba a a Zeus al elegirlo como consorte. Herodoto – historiador Griego del siglo V. a.C – opinaba que Hera era mucho más antigua que los dioses olímpicos, que le arrebataron a los pelasgianos autóctonos del norte de Grecia.

En Cnosos recordaban el matrimonio sagrado con rituales que representaban las bodas del cielo y la tierra, con lo cual el mundo se tornaba hermoso y fértil. Aproximadamente cada medio siglo muchas ciudades beocias celebraban festividades nupciales afines, en las que una vaca y un toro eran ritualmente quemados como ofrenda a las efigies de Hera y Zeus, realizada en madera.

La teología homérica define esta unión como el prototipo de la ceremonia nupcial entre humanos y describe líricamente la densa nube dorada que cubrió a los amantes mientras consumaban el matrimonio sobre la tierra que entregaban sus dones. Así, Homero contribuyó a la desaparición de la antigua autonomía de Hera en tanto diosa triple: la época clásica la redefinió, simplemente, como Hera, la esposa. Incluso en los antiguos templos arcadios de Estínfalo, las tres fases de la naturaleza de Hera solo se interpretaron en función de su relación con Zeus: era venerada como niña antes de la boda, como mujer plena y completa gracias al matrimonio y como viuda cuando estaban separados.

El papel de Hera quedó reducido al sacramento del matrimonio y atribuyeron a su doctrina de la fidelidad la actitud enérgica intolerante que mostraba ante los enredos sexuales de su marido. Esa función también podría interpretarse como expresión de los conflictos entre la arcaica religión matriarcal y la nueva concepción patriarcal.

La Diosa y el Hijo.

En todo Oriente Próximo y Europa, siempre que se venera una Diosa Madre también existe el culto a un dios que, simultáneamente, es su hijo y amante. Ha existido, al menos desde el siglo VI a.C en la civilización de Hoyuk Zatal y en fecha posterior en Siria, Irán, Egipto y Europa Occidental. La Diosa Madre es la raíz constante y su hijo es el fruto sacrificado, consumido y renacido. El mito complementa el descenso a los infiernos de Core y Démeter y guarda paralelismos con el de Afrodita y Adonis y el Isthat y Tammuz.

Una de las tradiciones mejore documentadas del hijo y el amante es la del culto a Cibeles y Atis – el dios que muere -, que tal vez se originó en Anatalia en el Neolítico o llegó desde Tracia ( la actual Bulgaria ). En el siglo V a.C, este culto se popularizó en Atenas y finalmente formó parte de la religión romana.

Existen muchos relatos contradictorios sobre Cibeles y Atis. Es probable que la narración más arcaica del nacimiento de Atis describa a una Cibeles hermafrodita que cortó sus genitales masculinos, que al caer produjeron un almendro. Los frutos dieron origen a Atis. En ocasiones su muerte se atribuye a un accidente de caza: al igual que Adonis – un amante de Afrodita – fue liquidado por un jabalí. En otras versiones, se enamora de una mortal, razón por la cual Cibeles lo enloquece de modo que Atis se castra así mismo y muere desangrado.

La festividad de Cibeles comenzaba el veinticuatro de marzo con la celebración de su sagrado casamiento con Atis: la boda simbólica de la Tierra ( la Diosa ) con la lluvia ( la sangre del Dios sacrificado ), esponsales destinados a producir un hijo, el trigo. Sacrificaban ritualmente un toro que representaba al dios que moría y ofrecían sus testículos a la madre Tierra. Muchos dioses mortales, incluidos los mesopotámicos Dumuzi y Tammuz y el persa Mitra, comparten la simbología del Toro. Los Dioses mortales y los toros eran símbolos solares: creían que al igual que el astro, por la noche morían rojos y sangrantes y al día siguiente renacían. A medida que maduraba hasta la época de la cosecha, comparaben el color dorado del trigo con la luz solar y, con el propósito de poner de relieve las imágenes sacrificatorias de la recolección, cortaban los genitales del toro con una hoz proporcionada por la Diosa. A la mañana siguiente el sumo sacerdote anunciaba que había llegado el momento de celebrar el regreso del dios.

No todos los sacrificios del hijo y del amante incluían un derramamiento de sangre. Cada primavera sólo se sacrificaba la efigie de Adonis o se lo mataba con la forma de “jardines de Adonis”: tiestos con plantas que dejaban secar y arrojaban al mar.

La voz de la Diosa Secreta: Lo sagrado femenino (y III)

( Viene Desde )

Según Norma Goodrich , Medusa era también una Diosa Serpiente de las amazonas libias, desde donde pasaría su culto a la vecina Creta. Su simbolismo aludía al aspecto destructor de la Triple Diosa, que en el Norte de Africa se la conocía como Atenea, y en Creta como Atenea Potnia, la Soberana. Es decir, que Atenea y Medusa son la misma Diosa, cuyas dos versiones muestran la escisión binaria entre la casta Atenea y la perversa Medusa.

En el mito posterior, Medusa era la más bella de las tres Gorgonas. Su cabellera ondulante se entrelazaba con las serpientes que denotaban su función de sacerdotisa, además de llevar inscrito en su frente el signo del uraeus o cabeza de cobra egipcio a modo de tercer ojo del conocimiento. Dicen que Poseidón se enamoró de ella y tuvieron un encuentro carnal en el templo de Atenea, por lo que su hermana solar, envidiosa e irritada, la transformó en el monstruo que conocemos de lengua sinuosa, anchos orificios nasales, colmillos de jabalí, cabeza cubierta de sierpes y ojos fosfóreos, cuyo poder consistía en petrificar a los hombres que osaban mirarla. Pero su venganza definitiva fue la de incitar al héroe Perseo a que le diera muerte por una simple apuesta, para lo que la Diosa lo armó con una lanza, un escudo y una espada con poderes mágicos. Siguiendo las indicaciones de Atenea, Perseo logró cortar la cabeza de Medusa, trofeo con el que retornó victorioso a la isla de Sérifos, imagen que inmortalizó Benvenuto Cellini en la Piazza della Signoria de Florencia. Pero esa imagen de la cabeza cortada e inerte de Medusa pasó a formar parte de los trofeos de Atenea. Pilar Pedraza, experta en el estudio de aquellas “monstruas” de la mitología, confirma la sospecha : “La petrificadora cabeza de Medusa, arma terrible en manos de Perseo, es trofeo en el pecho de Atenea y, al propio tiempo, imagen especular de la diosa misma, su contraimagen, su rostro oculto, su sexo (…) Esto -dice la diosa- lo he arrancado de lo más profundo de mi ser. No os atreváis a mirarlo”.

Para Freud la cabeza cortada de Medusa simboliza la castración, lo que hace que los hombres “se queden de piedra ” al contemplarla. Tal vez el poder oscuro de las mujeres provoque en los varones ese miedo inconsciente a la castración y, por tanto, una violenta reacción contra las mujeres poderosas. Porque, sin duda, es la “sombra” la que nos otorga la fuerza más irreductible.

El ejemplo arquetípico de Atenea y Medusa se multiplica en multitud de casos en la mitología de las Diosas. Uno de los más representativos es el de Innana y Ereshkigal, de la cultura sumeria . Innana, una vez proclamada Reina de la Tierra, necesita un consorte a instancias de su familia divina, que le impone al pastor Dumuzi, aunque ella prefiere uno de linaje agrícola. Finalmente lo acepta y acaba enamorándose de él. Son felices hasta que el pastor se cansa de ella y decide separarse. Es entonces cuando ella decide realizar un viaje al mundo subterráneo para asistir a los funerales del esposo de su hermana Ereshkigal, Reina a su vez de los Infiernos. A lo largo del viaje se le va despojando de todos sus bienes hasta aparecer desnuda ante su terrible hermana, que acaba dándole muerte, en la que permanecerá hasta que encuentre un sustituto en aquel reino de los muertos. Entonces ella elige a su antiguo esposo, Dumuzi, y puede entonces resucitar y volver al mundo de los vivos, habiendo aprendido la lección de que Vida y Muerte son una misma realidad ; de que Innana y Ereshkigal son las dos caras de la misma Diosa.

La ficticia división entre la mujer y su sombra es algo muy habitual en nuestras sociedades actuales. El varón, muy frecuentemente, necesita para gozar de lo femenino tanto de la esposa como de la prostituta, que es su sombra. No entiendo por qué al hablar de estas últimas se refieren al oficio más antiguo del mundo, cuando en realidad se trata de la esquizofrenia masculina más arcaica, eso sí.

Igual sucede en lo relativo a lo contaminante, a cierta suciedad despreciable, cuando para anunciar compresas dicen aquello de “Te sentirás limpia, te sentirás bien”. ¿Cómo pueden unir ambos términos ? La sangre menstrual no tiene por qué hacerte sentir mal ni supone suciedad alguna. Y, por el contrario, recién duchada te puedes sentir fatal.

La inmanencia-trascendente de lo sagrado femenino:

Tengo que ir recogiendo los dados lanzados sobre la mesa y concluir, si es que en este tema se puede concluir algo aproximado, pero… en fin.

* Las palabras hierós y sanctus se refieren a lo sagrado trascendente, pero una trascendencia hacia arriba, hacia las divinidades uránicas, que unida a una lógica binaria deriva en el monoteísmo. Se trata de una trascendencia deshumanizada, es decir, limpia, incontaminada, absoluta. Es la alienación en el ideal que nos conduce en su extremo a los fundamentalismos.

Por el contrario, hagios y sacer, apuntan a una sacralidad inmanente que podría englobarse en la sacralidad de la Vida y la sacralidad de la Tierra con toda la imperfección que implica el devenir en marcha, lo relativo, lo humano, lo contaminado.

Tienen sentido, pues, las diferentes palabras, porque se refieren a distintas concepciones de lo sagrado. Las primeras denotan lo sagrado masculino ; y las segundas corresponden a una sacralidad propia de lo femenino.

* El objeto sagrado más representativo de la sacralidad trascendente masculina es el Falo como sublimación del pene, como fuerza y plenitud, como espada que divide lo significante y lo insignificante, que divide y excluye por tratarse de una metonimia, de una realidad parcial que aspira a ser totalizadora.

El Grial como metáfora de la búsqueda, es decir, del viaje hacia la sabiduría y la realización, no desciende de los cielos entre ángeles y trompetas ni lo porta un sacerdote, sino un grupo de mujeres que indican que ese cáliz sublime no es otra cosa que el caldero en el que se cuecen los elementos primordiales de la Vida, de la que surge todo. La Mujer como materia, como matriz primordial, es el origen y final de esa búsqueda, porque en nuestra dimensión humana se unen materia y energía en un juego de densidades de diversa vibración : eso es todo. Es el Todo, como de modo clarividente intuyó Goethe.

* Vivir lo sagrado femenino nos exige asumir la “sombra”, porque la sombra no es el “thanatos” de Freud, ni lo “maldito” que condena la lógica binaria. La sombra es nuestra fuerza más viva, la energía propia del arquetipo de “la mujer salvaje”. Como vemos en el mito de Psiché y Eros, el alma es una joven bellísima, aunque a veces abandonada, sucia, enferma, pero unida para siempre a Eros, elegida por el Amor a pesar de todos los obstáculos y pruebas por las que tiene que pasar. El thanatos no es más que un invento de la lógica binaria, incapaz de encontrar el sentido si no es escindiendo la realidad en supuestos contrarios.

* Y, por último, quiero decir que la inmanencia no implica la negación de la trascendencia, pero se trata de una trascendencia evolutiva, no hacia arriba en una sublimación enajenante hacia lo alto. La trasendencia que emana de la inmanencia es una trascendencia hacia adelante.

Tal vez nuestro gran error haya sido despejar lo sagrado a corner, hacia los cielos impolutos de lo divino. Lo terreno, en cambio, ha sido desacralizado y hemos buscado el sentido a través de socializaciones sexuadas. Los varones vienen con un programa a cumplir : “Sé tú mismo”. Un programa que se lleva a cabo fundando la personalidad en el “ego” del triunfo personal. Si esas expectativas no se alcanzan, el hombre se percibe como un ser frustrado, castrado en cierto modo. Las mujeres, por otro lado, cargamos con otro programa : “Sé para los demás”, que engorda un “super ego” que nos cae como una losa. De no cumplir el programa, nos pasamos la vida luchando contra la culpa, siempre la culpa. Ni unos ni otros somos libres. Unos, inflados como globos fatuos ; las otras, aplastadas por la carga de ser buenas hijas, buenas esposas, buenas madres, buenas ciudadanas aún a costa de nuestra felicidad.

Tal vez la mejor conclusión que puedo darle a estas entregas es con un nuevo enigma, el mismo que Goethe nos propone en la estrofa con la que termina su Fausto:

“Todo lo transitorio
es solamente un símbolo ;
lo inalcanzable
aquí se encuentra realizado ;
lo Eterno-Femenino
nos atrae adelante”


La voz de la Diosa Secreta: Lo sagrado femenino (II)

( viene desde )

Mi interpretación sobre la figura del héroe abarca una idea primordial: estoy convencida que encarna el arquetipo masculino por excelencia en nuestra civilización patriarcal, ha errado el camino. La lógica binaria del Patriarcado es la que escindió los arquetipos de las Diosas en dos. Una de esas partes, la condenada a la oscuridad o maldita, la transforma en figuras monstruosas que los héroes se dedican a combatir. Los despojos del arquetipo original los rehace en imágenes que se adecuan a las funciones impuestas a las mujeres en una sociedad dominada por los hombres : la madre, la esposa, la puta y la virgen esencialmente.

Por el contrario, Goethe tiene la visión de que el hombre se puede salvar, “saliendo de graves confusiones”, como él mismo escribirá en una carta a su amigo Eckermann, cuando su búsqueda se vuelva hacia aquellas Diosas perdidas : “Quien se atrevió a llegar hasta las Madres no tiene nada ya que superar”, leemos en el “Fausto”. Al igual que Parsifal, que queda prendado de la reina que porta el Grial, porque el Grial siempre es portado por las mujeres. Ahora bien, ¿saben o sabemos las mujeres que somos nosotras las portadoras del Grial ? ¿Qué significado encierra esta metáfora ?

Las Diosas y su sombra

Arrojo todos estas cuestiones sobre el tapete para luego intentar recogerlas, una vez que haya extraído otras piezas del rompecabezas que nos permitan una composición más global. Una de estas piezas es el concepto de “sombra”, que Jung considera como el “otro aspecto” o “el hermano oscuro” de la individualidad humana, y que nuestra civilización nos ha enseñado a rechazar : a las mujeres, por desprecio de nuestra propia naturaleza ; a los varones, por sublimación de la suya en la figura del héroe. Sin embargo, la “sombra” no es realmente nuestro lado oscuro, sino el más primitivo, el más instintivo e infantil, en el que radicarían los impulsos más fuertes hacia la Vida y no al contrario. Es, si queréis, nuestro lado más divertido, aventurero y arriesgado.

La arqueóloga norteamericana Marija Gimbutas logró rastrear las huellas de los primitivos pueblos de Europa antes y después del cataclismo que supusieron las diversas oleadas de las invasiones “kurgas”, un término genérico para designar a las tribus guerreras y cazadoras que fueron invadiendo el continente desde las desoladas estepas al norte de los mares Caspio y Negro. Eran, ellos sí, los arios puros. Pues bien, Gimbutas demuestra que antes de aquellas invasiones indoeuropeas, los pueblos del continente no utilizaban armas, vivían en ciudades abiertas y se dedicaban esencialmente a la agricultura, la artesanía y el comercio. Sus cultos religiosos estaban dirigidos a la Gran Diosa o Madre Tierra y la paz solidaria que presidía aquella civilización ha hecho que Riane Eisler5 las haya calificado de “sociedades solidarias” frente a las “sociedades de dominación” que se impusieron tras las invasiones.

Si bien en un primer momento los invasores imponen el poder por la espada en una locura furiosa de destrucción y reparto inmediato del botín, la mera observación de los tipos de héroe, que la mitología nos ha transmitido, nos indica la trayectoria de los pueblos “kurgos” para imponerse como civilización. Los inicios de la barbarie están representados por Heracles, que personifica la fuerza bruta. Se trata de un héroe enfrentado con su fuerza física a todos los monstruos que para los invasores significan las antiguas divinidades femeninas : titanes erinnias, gorgonas, esfinges, arpías, etc., que se perpetuarán hasta la Edad Media en la figura del dragón, vencido por el héroe cristiano San Jorge.

Sin embargo, la fuerza bruta no es suficiente para cambiar una cosmovisión, y es entonces cuando surge otro arquetipo de héroe más sutil y astuto : Teseo. Sin duda que se trata de introducir otros valores culturales a partir de la nueva religión y de las nuevas leyes : otro tipo de brutalidad, pero legitimizada. Teseo ya no es el bruto de Heracles, sino el seductor por excelencia, de este modo el Patriarcado logra lo más difícil: erotizar la violencia. Es Teseo quien rapta a Antíope, nada menos que una reina amazónica, que se enamora perdidamente de él hasta morir luchando a su lado contra sus antiguas compañeras. Más tarde también seduce a Ariadna de Creta, quien le confía el secreto del laberinto y con él la clave de la destrucción del último bastión de la civilización matrística.

Finalmente, se consigue la domesticación de las mujeres con la sublimación de la entrega, el sacrificio y la sumisión total a través del matrimonio y la constitución de la familia patriarcal. El héroe que representa esta última etapa es Cadmo, que termina casándose con Harmonía, funda la ciudad de Tebas en Egipto y crea un nuevo alfabeto. Viven felices y tienen cuatro hijos. Cadmo es, pues, el último héroe. Ya no hay monstruos que matar, porque el último monstruo, la Mujer, ha sido vencido.

Así pues, en el devenir, más o menos turbulento, de un nuevo orden se llega a una conformación social de sometimiento al poder y a un determinado tipo de razón, en el supuesto de que ambos revelan dimensiones trascendentes respecto al antiguo orden cósmico naturalista e inmanente, que queda abolido. La experiencia espiritual en el Patriarcado se aleja de la inmanencia humanizada de la época matriarcalista y cambia las divinidades de la Tierra por los dioses uránicos que residen en los cielos. Las Grandes Madres de la vieja Europa son asimiladas al nuevo orden, y sus arquetipos primigenios son escindidos según la lógica binaria del 1/0. La personalidad sublimada y sometida de las Diosas pasa a formar parte del Olimpo de los nuevos dioses ; la “sombra” es relegada al cortejo de monstruos infernales contra los que el Patriarcado sigue combatiendo en su atormentado inconsciente.

Ya Platón, incapaz de asumir la voluptuosidad primitiva de Afrodita, escinde a ésta en dos arquetipos antagónicos : Afrotita Pandemo, la hija de la diosa Dione, que encarna así el matronazgo del amor popular y vulgar ; y Afrodita Urania, la nacida del semen de Urano, diosa del amor puro e intelectual.

La “sombra”, pues, pasará a ser un elemento denso y pesado en la nueva civilización, sobre todo para las mujeres, una sombra más negra y espesa cuanto más se rechaza. Desde niñas se nos reprime nuestro lado salvaje : no corras, no grites, no des portazos, no te pelees, no digas palabrotas. Y ese gran NO castra nuestra libertad más espontánea y primitiva, nuestra simple alegría de ser y de vivir. La cara oscura, que podría ser la más luminosa, se repliega, y se convierte entonces en trofeo disecado de nuestro ser de mujeres comme il faut.

Nada más ilustrativo de esta realidad que la primitiva Diosa de las Serpientes, desgarrada y escindida en Atenea y Medusa. En Atenea Parthenos, la virgen, y en la decapitada Medusa, su sombra.

Nos cuenta el mito patriarcal que Zeus deseaba a la titánide Metis, de modo que la persiguió, la violó y la dejó encinta. Un oráculo anunció que Metis daría a luz una niña, pero que si seguidamente gestaba un varón, éste lo destronaría como él había hecho con su padre Cronos, y éste a su vez con Urano. Así pues, Zeus se tragó a Metis embarazada. Cuando llegó el momento del parto, Zeus sufría de enormes dolores de cabeza hasta que Hefesto le abrió el cráneo con su martillo y de ella surgió Atenea, plenamente armada y dando un portentoso grito. Ignorando incluso la maternidad de Metis, en la Orestiada de Esquilo se le obliga a decir a la Diosa una de las mayores imposturas que han ido conformando nuestro acervo simbólico : “Porque no existe madre que me engendrara y en todo admiro lo que es varonil -salvo en casarme- de todo corazón : Soy por completo de mi padre”. Lo demás lo sabemos : protectora de la ciudad de Atenas, diosa de la sabiduría, como su madre Metis, y también guerrera. Pero en realidad, el origen de Atenea es cretense y es Ella la conocida Diosa de las Serpientes. Los aqueos llevarían su nombre y sus símbolos al Atica, pero desvirtuando también su identidad. Cuenta el mito encubridor que Hefesto intentó violar a la Diosa, pero Ella se apartó a tiempo, de modo que el semen del dios cayó al suelo, fecundando así a la Madre Tierra, que no quiso hacerse cargo del hijo engendrado de aquella manera, por lo que fue cuidado por Atenea, que lo llamó Erictonio, niño serpiente. Se dice que él fue uno de los primeros reyes de Atenas, que desde entonces solían llevar serpientes como amuleto entre sus señas de identidad. Y si os fijáis bien, veréis que Atenea también es representada con esas serpientes, de modo menos evidente con el que aparecen el escudo, la égida y la lanza, aunque en el friso del Partenón que representa la “Gigantomaquia” se ven muy claramente.

( continuará)


La voz de la Diosa Secreta: Lo sagrado femenino.

Me siento en la obligación de antes de comenzar desarrollar mi visión sobre la divinidad y fuerza femenina, hacer una declaración de intenciones. Y es la siguiente : No voy a hablar de Teresa de Avila, ni de Sor Juana Inés de la Cruz, ni de Hildegarda de Bingen, ni de Margarita Porretas, ni de la monja Egeria…ni, ni, ni. Es tan simple como que no puedo hablar de la mujer y lo sagrado en el contexto del monoteísmo si no es dando una complicada vuelta que me sitúe en la mística, que es el atajo para trascender a lo divino burlando la religión. Pero tampoco esto me interesa ahora.

No hago esta distinción por puro capricho, sino porque lo que deseo exponer no se trata de “la mujer y lo divino” ni de “la mujer y la religión”, no. Se trata de “La Mujer y lo Sagrado”. Y aquí comienzan mis problemas, porque tanto en griego como en latín existen dos palabras para designar a lo “sagrado”. En griego están hierós y hagios, pero mientras la primera significa sagrado en lo que tiene de referencia a lo divino como fuerza y luz, la segunda, hagios, implica también la acepción de maldito. En latín sucede algo parecido, pues si bien sanctus corresponde al concepto de sagrado y santo, así como al de respetable y virtuoso, la palabra sacer , de la que provienen sacro, sacerdote o sacrificio, también conlleva el significado de maldito, execrable o consagrado a los dioses infernales.

Entre lo santo y lo maldito, la mujer siempre ha sido relegada a esta última instancia. Incluso ha sido identificada con el Mal en sí, tal como afirmaban los inquisidores Kramer y Sprenger, autores de “El martillo de las brujas” : “Toda maldad es nada comparada con la maldad de las mujeres”. Ya desde los orígenes Eva y Pandora representan la causa de todos los males que luego nos han sobrevenido a los humanos. La mujer es un ser impuro por su sangre menstrual, que tenía la capacidad virtual de contaminar a toda la comunidad, por lo que era incluso apartada de ella. Pero también era impura por el hecho de gestar y alumbrar a una criatura. Ejemplo de ello lo tenemos en la purificación preceptiva de María después del nacimiento de Jesús, teniendo que ofrecer en el Templo el sacrificio de un par de tórtolas o pichones para lavarse de la incomprensible mancha de haber parido. Sin embargo, la sangre del sacrificio ofrecido a Dios purifica a los hombres y es grata a Yahvéh, pues el mismo rey David reconoce el interés de su dios por los sacrificios rituales, ya que para reconciliarse con El le brinda la satisfacción de “oler una ofrenda”. Y en la consagración del templo de Jerusalén por Salomón se sacrificaron veintidós mil bueyes y ciento veinte mil carneros : una múltiple hecatombe, ya que esta palabra significa “cien bueyes” o el sacrificio de esos cien bueyes.

El Falo y el Grial:

Con frecuencia, y sobre todo a raíz del resurgimiento de la idea y concepto del Grial como simbolo de lo femenino, suelo encontrar postulados donde se insiste en presentar al Grial – o en todo caso, la leyenda que lo rodea – como una forma de heroísmo soterrado, un camino del héroe más o menos simplificado, donde el Grial representa una idea concisa sobre valor viril y la presunción de su idea más amplia, la creación anodina de un valor moral. No obstante, si nos atenemos a los símbolos más evidentes, encontraremos un significado mucho más profundo, concreto, vinculado probablemente a las primeras acepciones sobre el falo como la representación de la dualidad divina en su aspecto masculino.

Lo sagrado se refiere también a determinados objetos o lugares que forman parte del culto y que poseen una especial virtualidad de transformación. Dos de estos objetos son el Falo y el Grial, que merecen una comparación.

El Falo, símbolo masculino de la fecundidad, era especialmente venerado en los cultos dionisíacos. Tal vez ese falo haya pasado a ser la famosa escoba de las brujas, que además de estar untada con sustancias alucinógenas, servía para las copulaciones en aquellos ritos de fecundidad que eran los rituales rurales asociados por entonces con la brujería y que darían lugar a la leyenda del pene frío y rígido del diablo. El Falo, como objeto de veneración, supone una metonimia de lo masculino en la que se toma la parte por el todo y cuya presencia o ausencia instaura un tipo de lógica, según Julia Kristeva en su correspondencia con Cetherine Clément sobre “Lo femenino y lo sagrado”. Supone, pues, la condición mínima del sentido en la dualidad sí/no, uno/cero, ser/no ser : “Podría decirse que el órgano macho encarna potencialidades lógicas que hacen de él… nuestro ordenador corporal : la condensación de ese binarismo 0/1 que está en la base de todos los sistemas de sentido” . Sin embargo, el Falo no es el pene, ya que aquél sólo tiene sentido en la presencia erecta que significa el 1. Cuando no está en erección es un 0, no tiene valor : es como una oreja. Por lo tanto, el ser o no ser masculino se debate en torno a ese Falo objeto de veneración, pero también de alienación, ya que como dice Lacan, el alienado vive fuera de él mismo, prisionero del significante, prisionero de la imagen de su yo o de la imagen del ideal. Vive de la mirada del otro hacia él. Pues bien, esa identificación con un significante que se considera supremo y que otorga el ser desde una metonimia en la lógica de lo binario, hace posible el posterior monoteísmo en el que Dios es Uno y Unico y tiene la plenitud del ser : “Yo soy el que soy”, dice Yahvéh a Moisés. En este sentido es esta vez la interlocutora de Kristeva, Catherine Clément, la que aventura lo siguiente : “No hay duda que existe una relación entre el hombre y Dios. Pero ¿y entre el hombre y lo sagrado ? ¿Y si por casualidad la adoración del dios único cerrara el paso de lo masculino a lo sagrado ?” .

El Grial, por el contrario, que posee múltiples significantes, pero un sólo significado, es la metáfora de la plenitud, de la realización. En todas las leyendas es el hombre puro, un héroe religioso, quien busca el Grial pasando por aventuras y desventuras sin cuento. En la versión de “Parsifal” de Wolfram von Eschenbach el héroe llega al castillo de Montsalvatch y penetra en la estancia luminosa en la que le esperan cuatrocientos caballeros junto al rey enfermo. Arturo le hace sentarse a su lado y en ese momento se abren las puertas y aparece un grupo de bellas vírgenes que desfilan de dos en dos. La última de ellas, Respanse de Joie, portaba una copa resplandeciente. “Delante de ellas avanzaba la reina, con el semblante brillante. Todos imaginaron que anochecería. Uno vio que la doncella estaba vestida con muselina de Arabia. Sobre un cojín de seda verde llevaba la Perla del Paraíso. La reina sin mancha, orgullosa, pura y serena, depositó ante el huésped el Grial. Y Parsifal, así cuenta la leyenda, no dejó por un instante de contemplar a quien portaba el Santo Grial”.

Recurriendo de nuevo a Lacan, que analiza el inconsciente de acuerdo con el modelo del lenguaje, vemos que tanto la metáfora como la metonimia suponen una ruptura del significante con el significado, que emerge en lo consciente bajo una máscara. La metáfora funciona por condensación, la metonimia, por desplazamiento. La metáfora se elabora en una relación de sustitución de significantes que ostentan entre sí un vínculo de similitud según el simbolismo universal. La metonimia, sin embargo, es una figura retórica en la que los significados tienen entre sí relaciones de contigüidad en un contexto, expresada por tanto fragmentariamente. La metonimia supone siempre un absurdo aparente por una especie de resistencia a la significación. La metáfora es más diáfana ; la metonimia se esconde, se fragmenta en sucesivos significantes.

Repito : el Falo, como objeto sagrado, constituye una metonimia ; el Grial es una metáfora. El Falo se refiere a un significante fragmentario con el que se identifica lo masculino. El Grial supone un significante completo que nos remite a un significado claro representado por una copa, un cáliz, pero teniendo en cuenta que el cáliz es la sublimación cristiana del caldero céltico, que significa abundancia y transformación iniciática, por tanto vinculado intrínsecamente con el atanor de los alquimistas. El caldero señala claramente al útero materno y, según Jung, todo el simbolismo del renacimiento y de la regeneración nos remiten a la Madre.

En su versión personificada, el Falo se identifica con antiguos y oscuros diosecillos, los cabiros y los dáctilos, a los que se asimila posteriormente la figura del héroe. El héroe, primitivo adorador de Hera, se transforma en un matador de monstruos, que constituyen la versión maldita de las Diosas, la “madre terrible”. Cuando Edipo se enfrenta a la Esfinge, que es uno más de los monstruos del repertorio, y descifra el sentido del enigma “No sabía que el ingenio del hombre nunca será suficiente para el enigma de la Esfinge (…) porque su enigma era Ella misma, esto es, la imagen de la madre terrible”3 , afirma Jung. Este error de cálculo es el que conduce a Edipo hasta su posterior desgracia, por más que en un primer momento sea aclamado como héroe y proclamado rey de Tebas.

También el símbolo fálico aparece en el “Fausto” de Goethe en forma de llave, pero ¿qué puerta abre esa llave ? Al despedirse Mefistófeles de él le entrega esa llave, o clave, que tiene un sentido muy determinado.

Fausto: ¡Qué insignificancia !
Mefistófeles: Acéptala y no quieras despreciarla. FAUSTO.-¡Crece en mi mano !
Mefistófeles: ¿Notas ya cuánto tienes al tenerla ? La llave indicará el camino justo ; baja tras ellas : irás hasta las Madres.
Fausto:(estremecido) ¡Las Madres ! ¡Lo oigo siempre como un golpe ! ¿Qué palabra es que no la puedo oír ?”4 Y, finalmente, cuando Fausto abre con esa llave la puerta de los infiernos que le conducirá a las Madres, lo primero que se encuentra es el trípode con el caldero.

( continuará)


Fuentes:
JUNG, C.G. : “Símbolos de transformación”. Paidós. Barcelona, 1982 pag. 195

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