Archive for febrero, 2009

La habitación oculta en el Castillo de mi Memoria.

Felices los normales, esos seres extraños,
los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,
una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
los que no han sido calcinados por un amor devorante,
los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,
los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
los satisfechos, los gordos, los lindos,
los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,
los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
los flautistas acompañados por ratones,
los vendedores y sus compradores,
los caballeros ligeramente sobrehumanos,
los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
los delicados, los sensatos, los finos,
los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las piedras.

Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
que sus padres y más delincuentes que sus hijos
y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.

Felices los normales de Roberto Fernández Retamar.

Los ojos cerrados, una sonrisa que se dibuja a medias en mi rostro. La oscuridad de mis párpados, infinita, inabarcable. Un deseo, la sensación inquietante que palpita mi voz más allá del tiempo de mi espiritu, que se eleva en todas direcciones como una radiante imagen que apenas puedo vislumbrar. Mis sienes palpitan de pura necesidad mal satisfecha, de ese anhelo de creer y construir mi propio concepto de la verdad a través de una simple vivencia, de ese voraz deseo – sin nombre y sin rostro – que otorga sentido mi rostro en el espejo de mi mente. Y soy, la voz que danza en la tormenta de mis pensamientos, en medio del fuego y la lluvia, la desazón y el furor de las palabras que nacen y mueren entre mis dedos. Los dientes apretados, el corazón latiendome tan rápido que apenas puedo respirar. Y este deseo. Siempre este deseo, este afán, esta determinación, esta cruel y lírica voracidad de mi memoria.

La muerte y la vida en mis pensamientos.

Sacudo la cabeza, con cierto desaliento, una nítida sensación de simple temor. Durante tanto tiempo me obsesionó la idea perder mi nombre en la nada cenital de mi mente! Contemplo con esa radiante satisfacción del que ha muerto solo para levantarse de entre las cenizas, un ardiente susurro de mera y ávida obsesión. Tal vez estuve demasiado tiempo perdida en esa intensa e irrestricta pasión que me deja sin aliento, sin voz, más allá de mi personal herejia. Un fragmento de silencio. El tiempo que otorga sentido a la luz y la penumbra entre los cuales deambula la simple perspectiva del espiritu humano. En ocasiones he llegado a pensar que en lugar de ser considerados contrarios, los arquetipos de la Muerte y La Vida tienen que ser vistos como un conjunto, como la izquierda y la derecha de una sola idea. Una idea que se alza en espiral entre los temores y esperanzas para dotar de sentido a nuestra idea de la verdad. Los delicados estratos de esa comprensión aciaga del tiempo en la carne y en la intrínseca identidad de la memoria. Un corazón y un aliento. Si creemos que la fuerza de la Vida / Muerte / Vida no tiene ningún espacio más allá de la muerte, no es de extrañar que el miedo tome el lugar de la convicción. Nos aterra la simple posibilidad de soportar un final. No pueden soportar la idea de pasar de la galería a las habitaciones interiores de la mente, de ese castillo enorme y vasto donde habita la memoria y todos los rostros de nuestro más profundo afán. Cierro los ojos e imagino ese silencio en una idea: La Dama de la Muerte, golpeando el suelo con el pie, aguardando, una sombra entre las sombras de nuestra mente. El deseo, el temor.

La ausencia.

Sí, la muerte me ha obsesionado ultimamente.

Pero ahora, siento una profunda e imperecedera obsesión por la vida. Por la fuerza de la creación, por el poder devastador y primitivo de la memoria que habita en cada uno de mis deseos y voces. Mis pensamientos están impregnados de este nuevo deseo – ardiente, visceral, indómito – de mirarme a través de los fragmentos dispares de un sueño oblicuo en el cual me reconozco a medias. Ah, sí, cuanto dolor y cuanta plena satisfacción. Y este anhelo, abriendose en todas direcciones a partir del núcleo cenital de mi imaginación.

El deseo, si, siempre el deseo.

Los ojos llenos de lágrimas. Tiemblo, con la garganta agostada por la emoción que pocas veces libero de su prisión de puro silencio. ¿Y quién soy más allá de esta mujer esculpida a través de los fragmentos de mi propia insatisfacción?

No lo sé. Quizá nunca lo sabré. Y tal vez esa enigmática grieta de esa amplia construcción de mi tiempo personal – el caos, oblongo e irritado. El desasosiego de un único estallido en luz – sea la verdadera respuesta a mis incesantes cuestionamientos, a mis desesperada e insaciable necesidad de encontrar una voz en medio del caos de la mitología personal que creo cada día.

Soy la hidra sacramental que se crea a si misma en cada aspiración y decisión y a la vez no soy nadie más que mis ideas, que la Diosa Sin nombre, radiante y espléndida que habita en el bosque de mi Memoria.

Soy, la mujer que murió para nacer otra vez, redimida en fuego, en el Canto de la Luna olvidado. Soy mi propio nombre construido a partir del deseo irreprimible, angustioso, casi insoportable. Soy mi esperanza, el sentido más profundo de mi temor, el deseo más profundo de mi pensamiento, todos los argumentos que esgrimo para recrear mi mundo, soy la destrucción y la necesidad de creación que palpita en mi anhelo más intimo. Y solo soy yo, la mujer que intenta encontrar sentido a este dolor, que danza bajo la lluvia lenta de mi pura insatisfacción, un ritmo frenético que abrasa sin cesar todo elemento perpendicular de mi perspectiva de la verdad.

Paz para los locos. Un deseo irredimible, inadsequible al desaliento de pura y frágil satisfacción.

Un año ha transcurrido desde creí que diría Adiós a mi rostro en el espejo. Un año después, me elevo más allá de toda memoria devastada por el temor, inventando un mundo cenital, en la diáspora de mi deseo, olvidada la vida plana del temor, el fatal temor de una perdida de pura desazón.

Sea pues, la felicidad irritada del simple deseo, fruto de la más profunda y unidimensional zozobra. Ah, este renacer en fuego, bendito, fragil, destructor, maravilloso, indestructible, voraz.

Asi sea, en el radiante tiempo de mi memoria, en mi búsqueda de una engañosa serenidad.

A ti, simbolo de mis deseos y pensamientos.
A ti, Deseo en mi ardiente necesidad de expresión.
A ti, La bestia mitológica que vive en el laberinto carmesí de mis pensamientos.

Tiempo y fuego, deseo y conciencia. El némesis de mi deseo, el simbolo de mi necesidad de expresión.

Sea el verbo creador un tiempo nuevo que se abre ante nosotros, amor mio.

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