La ambiguedad de la memoria: de la amistad entre las mujeres.

Como fiel amante de la cultura pop, suelo encontrar símbolos incluso en las estructuras más veniales del lenguaje más común. Una metáfora consciente y profundamente personal del mundo que construyo en mi mente, a través de palabras e imagenes. Tal vez por ello, aunque nunca fui una fanática asidua de la serie “Sex and the city” – de hecho soy una esporádica televidente- con frecuencia recuerdo una escena en particular de uno de sus capítulos para recrear, lo que a mi juicio, es una metáfora de la amistad entre las mujeres, esa sutil circunstancia que muchas veces termina destruyéndose bajo el peso de una complejidad conceptual a veces por completo incompresible.

La secuencia a la que me refiero es bastante simple: el personaje de Carrie, se encierra dentro de una caseta de teléfonos. Sollozando, con el rostro manchado de maquillaje, disca un número telefónico con dedos temblorosos. Apoya la frente contra el cristal, aprieta los labios impaciente, aguardando. Finalmente, recibe respuesta. Sonríe entre lágrimas. Una expresión de alivio relaja su expresión.

– ¿Puedes venir? – pregunta en voz muy baja. Enciende un cigarrillo. Aspira una bocanada de humo. Aguarda. Cierra los ojos, en un gesto de indudable agradecimiento – sí, nos vemos allí.

Carrie camina por las calles de una Nueva York dioclesiana, de planos altos y esbeltos que nos recuerda esa soledad moderna, limpia y ascética. Va descalza y sostiene los zapatos en la mano. El vestido roto. Acaba de sufrir una de sus numerosas decepciones amorosas, pero en particular, en esta ocasión, no se siente capaz de levantar el rostro y aceptar por las buenas esa decepción diminuta, carente de valor, tan abstracta que pudiera desaparecer en los rayos débiles del sol matinal, pero no lo hace. Indefectiblemente, el espectador se pregunta a quién ha telefoneado Carrie, en quién confía lo suficiente como para esperar su consuelo o permitirse la debilidad de anhelar esa frágil sensación de comprensión que al parecer está convencida recibirá. Sigue caminando, a trompicones, sin dejar de llorar y fumar, hasta que llega a un diminuto café en una esquina poco concurrida. El lugar se encuentra vacío. Carrie se detiene, mira a su alrededor, preocupada y desconcertada. ¿Estará allí? Sí, lo está. El plano de la cámara se abre y vemos a Miranda, con su cabello rojo reipeinado y su severo traje de abogada observando a Carrie, silenciosa, sin hacer algún ademán de bienvenida o incluso de reconocimiento. Pero eso no parece tener importancia. Carrie se acerca a la mesa y se deja caer en la silla vacía. Inclina la cabeza y vuelve a llorar, esta vez con el rostro oculto entre los brazos, los hombros temblandole bajo el cabello despeinado. Miranda la observa, extiende la mano y la apoya en su brazo. Y simplemente aguarda, con los ojos secos, con una comprensión aciaga y casi instintiva. Un dejo irrevocable de complicidad. La luz del día se hace más brillante. El café comienza a llenarse de comensales, que ignoran a la mujer que llora y a la que solamente observa en silencio. Una intimidad inconcreta, elemental y llena de una rotunda profundidad.

Solo un silencio esencial, quizá.

Por supuesto no diré que el argumento de un típico producto pop, pueda resumir la complejidad y el extraño equilibrio que supone la amistad para el sexo femenino, pero aun así, cada vez que rememoro la escena me pregunto si la verdadera amistad no tendrá su origen en esa complicidad apenas sugerida, esa delicadeza en el silencio, ese dualidad apenas entrevista que se debate en medio de un lenguaje mucho más violento y crudo. En mi caso, podría decir que si lo es.

Conozco a Flora desde que tenía diez años. Fue la primera persona que me dirigió la palabra en el internado donde me eduqué – ¿por qué llevas el cabello así? me preguntó, señalando mi cabello habitualmente despeinado – y más tarde, se convirtió en mi cómplice, durante los largos años en que ambas nos encontramos bajo disciplina férrea de las religiosas. Podría decir que compartimos esa visión un poco cínica, de pequeños adultos, que nos otorgó una recién descubierta necesidad de comprender el mundo a través del arte y después, de rechazar toda circunstancia en beneficio de una rebeldía sin el menor asidero o valor. No obstante, al crecer, la inevitable distancia de las primeras experiencias como adultos, terminaron hendiendo una grieta cada vez más amplia entre nosotros. Las llamadas se hicieron exporádicas, las cartas cada vez más cortas y escuetas. Finalmente, Flora desapareció, perdida entre otros tantos rostros que flotan libremente en el jardin de mi memoria.

Hace un par de meses y debido a un evento por completo fortuito – telefonée a una galeria de arte interesandome por el precio de un triptico de madera y fue precisamente Flora quién me respondió – volví a reencontrarme con mi vieja amiga. Fue una experiencia inexacta e incomoda: por algún rato, ninguna supo que decir y nos limitamos a intercambia una serie de pequeños fragmentos de información que supusimos sería suficiente para satisfacer la curiosidad mutua. Por último, ambas guardamos un inquieto y desconcertado silencio.

– Oye, vamos a almorzar juntas – saltó de pronto. Un dejo de la niña exaltada e impulsiva niña que recordaba – si apenas podemos dirigirnos la palabra por teléfono, sería estupendo sentarnos a ver que tanto podemos soportarnos hasta que comencemos a gritar.

Acepté, por supuesto, a pesar de mi nerviosismo, de la ligera confusión que me lleno la idea de intentar conjugar el recuerdo de Flora, la niña mujer extravagante y audaz que había conocido, con esta mujer de hablar pausado y risa estruendosa, madre de dos niñas con quién me encontraría. Pero no me importo. O tal vez, no lo suficiente como para intentar ignorar esa vaga sensación de familiaridad que me había llenado la sencilla posibilidad de una conversación con quién había sido probablemente la testigo más cercana de mis vericuetos infantiles.

Para mi sorpresa, Flora continuaba siendo Flora. La sonrisa luminosa, la inteligencia burlona y contestaria. La niña con el rostro de una mujer adulta, de cabello corto y rubio, el cuerpo amplio y robusto. La niña que rió al escucharme tartamudear, la niña que se solidarizó con las pequeñas vicisitudes que compartí con ella con una total naturalidad, como si continuáramos una conversación interrumpida hacia poco tiempo. Y fue Flora de nuevo, no el recuerdo, no la simple idea de esa amistad que alguna vez habíamos compartido, sino la mujer que de nuevo, comenzó a formar parte de mi vida, que tal vez ocupó el lugar el momento y el lugar que siempre había esperado por ella. Ese lenguaje intimo y cómplice que otorga significado y forma a una profunda sensación de compresión, esa ternura aciaga que muy probablemente forme parte de una idea consecuente, amplia y claro esta, profundamente femenina.

Y es que estoy convencida que la amistad, es una forma de comunicación tan antigua como esa veleidosa capacidad de comunicación, esa necesidad informe y brumosa de recrear nuestros pensamientos como una forma válida de creencias personales. Una irrestricta fe en el rudimento de la razón, esa esperanza aciaga de sabernos comprendidos y muy probablemente, queridos en medio de un tiempo cenital dual.

Todavía me hace reír la sensación de sincera camaradería que compartimos, por completo espontánea, absolutamente sincera. Un misterio diminuto, valioso y lleno de esa insólita ternura de lo puramente inocente, de lo que podemos explicar, de esa caótica idea de tiempo y de la forma que muchas veces carece por completo de un lugar en el tiempo común. Sin duda, esa inteligencia soterrada y profundamente asimilada que yace más allá de toda razón y voluntad.

La campanilla de mi celular me sobresalta. Tomo el aparato. Unas pocas palabras en la pantalla.

“Te estoy esperando hace quince minutos, peluca viviente”

A la niña que fui, se le escapa una carcajada. La mujer que soy tiene la sensación de comprender por un instante un sencillo rudimento de pura melancolía. Una sensación de sencillo alborozo me recorre. La veleidosa cadencia de una simple ingenuidad.

C’la vie.

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2 comentarios »

  1. Flora Said:

    Hey, Flaquita ajajaja que sorpresa que me dediques una entrada en el Señor Ouroboros. Pues vaya, que yo también te quiero y te adoro, y también me siento agradecida de tener de nuevo la oportunidad de juntar cabezas y comparar cicatrices!

    Un gran abrazo, Miss Wig!

    ( No me MATEEEEEEES )

  2. Deirge Said:

    Miss W$&%% pero como te atreves!!

    (Deirge enarbola el hacha por sobre la cabeza)

    Un besote, preciosa ajajaja


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