La conciencia divinizada.

Cuando una cultura alcance su punto culminante sobrevendrá, más tarde o más temprano, la época de dispersión. La descomposición aparentemente sin sentido y sin esperanza en un conjunto múltiple, carente de trabazón y que podría despertar la repugnancia, y la desesperación, contiene, sin embargo, en su fondo oscuro, el germen de una nueva luz.

Carl Jung.

Habitualmente, leo a Jung en momentos especialmente confusos de mi vida. Tal vez se deba a que durante algún tiempo me obsesioné con la idea que el psicologo podía comprender con más claridad las viscitudes y concresiones subconcientes que cualquier otro filósofo de la razón de su época o en décadas posteriores. Al pertenecer a una minoría religiosa muchas veces tuve la impresión que mis creencias y principios morales debían de confinarse hacia las sombras de la psique, exiliados más allá de esa frontera entre el conocimiento y lo simplemente visceral, de una manera crasa que me lleva esfuerzos dificil asimilar. No obstante, me resultó imposible contener mi necesidad de expresión, ese veleidoso anhelo de recrear mis pensamientos y puntos de vistas a través de simbolos profundamente intimos, impregnados de esa perspectiva caótica y pura en la que me eduqué. Por tanto, al comenzar a leer a Jung ( tendría unos 12 años o algo más) me sorprendió que el ensayista corroborara no solo mi idea que la divinidad – o la búsqueda del concepto divino – forma parte de una visión inconmensurable y personal en la mente social de hombre, sino que además, reconociera la naturaleza insólita de la mente humana como instrumento de sabiduría. Experimenté una epifanía conceptual, cuando atisbe, a través de las enrevesadas teoría de Jung, la capacidad del mundo para crear sus propia memoria, para elevar y construir ideas dioclesianas sobre su necesidad de comprender la conciencia divina más personal. Comprendí que la costumbre inveterada de los practicantes de mi Religión – erigir sus propias metáforas personales como formas de pensamiento trascendental – era de hecho una forma de comprender el Universo cenital que creamos a través de una concreción cuántica de nuestro pensamiento. Esa expresión radiante, voluptuosa y espléndida que se extiende en todas direcciones a través de nuestra necesidad de otorgar nombres a nuestros Dioses, de imaginar un abstracción donde podamos expresar la idea más simple que habita en nuestra mente: el deseo de abarcar lo inabarcable, danzar en las sombras de la memoria, destruir los muros de nuestros pensamientos para otorgar sentido a los rudimentos del tiempo más personal.

Una sensación utópica, carente de sentido y más allá de toda interpretación. Un deseo destructor y voraz, que somos incapaces de contener o dominar, pero que aun así invocamos cada vez que levantamos los ojos hacía la bóveda púrpura de nuestra, esperando encontrar en él una huella del tiempo más ancestral, la voz de ese Dios indiferente que habita en nuestra mente y forma parte de nuestra perspectiva de la verdad.

C’la vie.

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