Un eco dioclesiano.

Creo que uno de los recuerdos más viejos que conservo de mi infancia es el de los primeros garabatos que tracé en un cuaderno de hojas blancas que una de mis tias me obsequió por mi cumpleaños número cinco. Recuerdo la sensación ufana y eufórica que me recorrió cuando comencé a escribir con gran deleite todas las palabras que había aprendido a leer hasta entonces. Era una sensación insólita para mí, una especie de súbita comprensión sobre el poder que parecía nacer de mis dedos, que habitaba en mi mente, en la oscuridad de mis ojos cerrados: una a una las palabras aparecían en las hojas, delineando mi pequeño Universo con formas definidas: Árbol, montaña, casa, luz, olor, sonrisa, felicidad, miedo, asombro. Alguna de las palabras solo me resultaban hermosas por el mero hecho de palpitar con vida propia sobre el papel, pero otras tenían en mi imaginación un poder mágico rutilante e implacable: una ternura profundamente sentida que parecía nacer ese silencio ígneo que delineaba la propia conciencia de mi voluntad para crear.

Comencé a escribir a toda hora, mientras los mayores cenaban. Y en mi habitación, unos años después, redacté un rudimentario periódico casero que repartía entre mis familiares, con la esperanza que ellos pudieran experimentar en mis palabras esa felicidad exática que me proporcionaba la simple existencia de la frase, ese mundo ufano y remoto que simbolizaba cada letra y cada ensoñación contenida en el verbo creador. Describía mis pequeñas excursiones por la ciudad, una caracas extraña y enorme que me parecía por entonces el centro del Universo, con su calles atestadas de tráfico y sus enormes edificios descuidados alzandose desde cualquier lugar como una extraña flora de argamasa y cemento. Recorría con los ojos de mi imaginación las esquinas que nunca había visto pero que había escuchado nombrar, la montaña espléndida y señorial que dominaba el paisaje como una reina de ojos tristes. Muchas veces estuve convencida que la Caracas que imaginaba era la real, intocable al deterioro y ajena al temor y la violencia. Un lirio delicado y frágil que parecía flotar en una región utópica inalcazable para la razón cotidiana.

Elevarme más allá del tiempo uniforme, un deseo irresoluto de encontrar significado en una necesidad voraz e incontenible que me consumía a toda hora. La inocencia de la convicción. La dulzura de la confianza irrestricta en el don de la creación. Sí, un expresión anecdótica que creció y se extendió en todas direcciones, pespunteado en los hilos de un pasión secreta, disimil e incontenible del verbo creador.

A veces todavía sonrío, al recordar a esa niña que miraba con ojos redondos ese mundo que solo ella podía ver. Todavía lo soy de alguna forma, aunque ese anhelo voraz de traducir el mundo en palabras se ha transformado en una pasión nívea y exquisita de encontrar significado en la voz de mi memoria. La palabra siendo mi rostro. La palabra siendo el mundo que se construye a mi alrededor. Un placer magnifico y casi doloroso al encontrar sentido al cosmos cuántico de mi memoria a través del brillo cenital del verbo creador.

C´la vie.

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2 comentarios »

  1. Monica Alvarez Said:

    En la niñez se crean muchos paraísos.La mente infantil está en un estadio en el que el límite de la fantasía y la realidad lo permite.Los niños pueden otorgar vida a aquello que no lo tiene,crear poderes sobrenaturales a los personajes que su mente crea,en fin,hacer posible lo imposible con su fantasía.Yo gocé mucho educando párvulos por lo cual los conozco bastante.
    Un saludo para tí desde Chile

  2. Deirge Said:

    Gracias por tus palabras, preciosa.

    Sinceramente siempre recuerdo mi infancia como la época más fresca y liberadora de mi vida: una sensación de ausencia de limites y una profunda capacidad de confiar. Adoro rememorar esa sensación, aunque ya no la experimente con tanta frecuencia.

    Un beso para tí.


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