En Lectura: Danza en el sueño de la razón rota.

¡Qué deleite! ¡Qué zambullida. Porque eso era lo que siempre había sentido cuando, con un leve chirrido de goznes, que todavía ahora seguía oyendo, había abierto de golpe las puertaventanas y se había zambullido en el aire libre de Bourton. Qué fresco, qué tranquilo, más que ahora desde luego, estaba el aire en las primeras horas de la mañana; como el aleteo de una ola, el beso de una ola, frío y cortante y sin embargo (para los dieciocho años que tenía entonces), solemne, sintiendo, como sentía allí de pie en la ventana abierta, que algo
terrible estaba a punto de suceder; mientras miraba las flores, los árboles, el humo escapando entre su fronda, y a los grajos volando arriba y abajo; de pie y mirando hasta que Peter Walsh dijo: «¿Mirando a las musarañas?» -¿eso dijo?-. «Prefiero a los hombres antes que las musarañas

» -¿eso dijo? Debió decirlo en el desayuno cuando ella había salido a la terraza. Peter Walsh. Volvería de la India un día de éstos, en junio o julio, había olvidado cuándo, pues sus cartas eran terriblemente pesadas; eran sus dichos lo que una recordaba; sus ojos, su cortaplumas, su sonrisa, su mal genio y, una vez que miles de cosas se habían disipado completamente -¡qué cosa tan extraña!- unos cuantos dichos como éste, sobre las musarañas.

Virginia Woolf
Miss Dalloway.

Inclinada sobre el escritorio, Virginia escribe, con la vela junto a la muñeca, el chisporreteo de la llama que danza entre las sombras. Los labios apretados en un gesto dolorido, cansado, exultante. El cuerpo rigido, la espalda tensa mientras las palabras brotan de sus manos a borbotones, remotas, incomprensibles, inacanzables, un torrente violento que no puede dominar. Tal vez no lo intenta ya. Tal vez Virginia a comprendido que su danza entre las piedras de fuego de su propia pasión nunca se detendrá del todo, a pesar del temor, del agotamiento, de ese sufrimiento benigno que la atenaza a toda hora, que la recorre como un leve estremecimiento secreto e inabarcable. Su semblante pálido, los ojos tienen el brillo de quien ha visto la sombra de algo irremediable. Como si se hubiera vuelto a ver en los pasillos de su casa llorando detrás de una puerta. Ha visto la pequeña huella de sus pisadas en un norte enrarecido, silente, palpitante. Palabras que crean un mundo más allá de cualquier pensamiento real, un Universo que se sostiene a si mismo, elevándose lentamente, surcando las aguas inquietas de un verbo irrestricto que nunca conseguirá comprender en realidad.

Y escribe Virginia, ajena al mundo, los dedos tensos y retorcidos mientras cada elemento de siu imaginación se materializa en la euforia fugaz, en la sensación irremediable de perder la razón en medio de la grieta infinitesimal de este placer aciago de crear, la perdida de la voz del tiempo mientras se debate entre la necesidad de sumergirse aun más profundamente en las sombras o admitir, el miedo, recrear la voz del ruiseñor maldito que canta en su mente en rostros y voces que solo son reales entre sus dedos, en sus labios que recitan en un murmullo inquietante esa expiación vana, amplia, vetusta, desgarradora. Y escribirá Virginia, incluso cuando el pánico no sea más que un abstracción de su propio pensamiento, cuando yazga, como una Ofelia perdida para la razón, sobre lirios marchitos, flotando lentamente hacia esa paz con la que siempre soñó pero nunca pudo aceptar.

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2 comentarios »

  1. Sator Said:

    Salve querida Deirge. Parece que tuve una recaída en la adicción de leerte, y como siempre tus textos son maravillosos.

  2. Deirge Said:

    Sator,

    Un gran placer siempre encontrarte en medio de mi pequeña y desordenada bitácora.

    Un gran beso.


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