Archive for marzo, 2008

Renacimiento en el Fuego bendito.

Cuando en ocasiones, mis amigos me preguntan como pueden “aprender” la brujería, que libros o rituales podrían ayudarle a comprender el origen y el sentido de la Antigua Religión, me lleva esfuerzos responderles. De hecho, ssa visión un tanto mecanicista, carente de la belleza lírica que para mí es el ábside de mis creencias, siempre logra desconcertarme un poco. Un poco de tristeza venial, tal vez.

¿Es posible enseñar un poder tan intimo y profundo como lo es la más intima aspiración espiritual?

Un anhelo infinito, ancestral, carente de tiempo y confín.

Hace unos días, mi caballero rojo me hizo un comentario que ejemplifica esta inaudita concepción sobre la idea espiritual: Alguien se había referido a mí con la poco ortodoxa frase de “profesional de la brujería” o algo semejante. Aunque estoy acostumbrada a nuestras pequeñas batallas dialécticas – que se repiten con cierta regularidad cada vez que estamos juntos – en esta ocasión no pude evitar sentirme aturdida, un poco escandalizada.

– Pero…¿que quiere decir eso? – pregunté. Se encogió de hombros, con una expresión un tanto burlona.

– No lo sé, me pareció un eufemismo ridículo, en realidad. Pero deseaba ver que pensabas sobre eso – comentó. Suspiré, tomando un sorbo de café. La luz de la tarde, oblonga y dorada parecía teñir al mundo de una tonalidad opalina, magnifica. Un viento con olor a hierba fresca, a tierra húmeda, colmaba el pequeño café donde nos encontrábamos. Sacudí la cabeza, riendo en voz baja.

– Supongo que debe parecerte muy sincrético utilizar un termino así para definir la manera como practicas tu religión – aventuró, provocandome un poco. Esta vez no pude evitar soltar una carcajada.

– No, no. En realidad me parece incomprensible que alguien pueda pensar eso de mí – le tomé de la mano, apretando levemente sus dedos. Me contempló, atento – ¿es que no lo ves? No sé nada en absoluto sobre brujería. Quiero decir, el conocimiento más valioso que obtuve sobre el Antiguo arte no me lo proporcionó un libro, una doctrina coherente, una idea dogmática. El conocimiento sobre la brujería que considero más importante, reside en lo que siento, más que en lo que pueda saber. El Arte de la Madre de Plata es una creación profundamente personal, intima. Esa es mi herencia y mi mayor forma de trascendencia.

Su expresión se tornó un poco perpleja e incluso me dedicó un gesto socarrón. No puedo reprochárselo. Aun en los momentos más privados, inspiradores, furiosamente luminosos, mi comprensión de la brujería poco o nada tiene que ver con rituales, con pensamientos organizados, con algo tan trivial como una idea cognoscitiva, estructurada a través de una impresión formal de la fe. La Antigua Religión – una abstracción intelectual carente de verdadera concreción – que me legó mi abuela, que he recibido a través del esfuerzo y convicción de las mujeres de mi familia, posee una raíz mucha más profunda, enorme y trascendental. Es una expresión del yo puramente creadora, un baile de luz y sombras en medio de una tormenta espiritual sin parangón. La voracidad de un tiempo eternizado en mis convicciones, en el poder de un sentimiento cruel, poderoso, incontrolable. Un conocimiento inaudito, primigenio, que tiene un intimo vinculo con cada palabra, sensación y emoción en mi interior. Un bosque de silencios y enigmas, amplio y sereno. Un renacimiento en el fuego de una sabiduría primigenia, la soberbia y maravillosa capacidad de la razón para olvidar por instante todas sus premisas y sus deseos. La energía raquídea y palpitante que otorga forma a la abstracción más profunda, al tiempo sin sentido, totalmente intimo, que habita en mi furiosa pasión por la vida, en este fuego de mil Dioses ciegos que avanza en mi mente y en mi conciencia, devastando y reconstruyendo cada momento, cada idea, cada voz en mi memoria. Amplia, tan amplia esta idea espléndida, la infinita necesidad de construir el núcleo cenital de nuestros pensamientos a través de la fe y la fuerza creadora absoluta.

Un tiempo nuevo entre mis dedos, una expresión carente de toda sofisticación. La ira, la alegría, la felicidad, la tristeza. La llama que se eleva en el infinito de mi anhelo y conciencia. Los brazos abiertos para recibir la bendición de la Madre secreta. La montaña vibra en un resplandor imposible, púrpura y añil. La voz del viento me envuelve, canta para mí, susurra la vieja canción de la esperanza y el deseo. Soy, en todas las voces, en la Tierra que me sostiene, en el fuego que purifica, el canto del intimo portento de la convicción. Cierro los ojos, recibo la energía invisible y muda, tan antigua como el temor y el amor. Una ráfaga de ternura sin otro nombre y sentido que la maravillosa intensidad de la vida, de este despertar.

Bailo descalza, riendo en mi la llanura ancestral de mi mente, riendo en voz alta, mi cuerpo entero vibrando de placer y plena convicción. La hija de la montaña y el fuego. La Anciana y la doncella, el fértil necesidad de creación. Sí, ellas, todas en mí, el recuerdo de todas las palabras, la Antigua y humilde Tradición. La mujer inclinada sobre el fuego, los brazos abiertos, recibiendo su calor. La Dama que suspira, el rostro vuelto hacía el poniente, la certeza muda y finisecular. El hombre que sonríe, al abrazar a sus hijos, la mujer que cuida de sus plantas con esa sabiduría que carece de sentido y otro origen que su propio corazón. La fe, solo fe. El conocimiento que brota y nace de la fuente más Antigua, que se levanta, preciso y dioclesiano, tan fuerte como la convicción y tan personal como la memoria. La niña que fui y ahora, la mujer joven adulta riendo y llorando a la vez, bailando a ciegas, cada vez más deprisa, en esta noche cálida y tranquila del tiempo personal. No hay hogueras ya, pero la fuerza de este intimo secreto me envuelve, tan mio, tan profundo que carece de nombre y de forma. Sí, la bruja, todos los rostros en mí, danzando, porque a pesar del ostracismo conceptual, soy parte de mi propio cosmos, del Universo cuántico que construyo con cada palabra e imagen que me pertenece, satélites paradójicos de mi deseo y mi esperanza. Soy una hija del margen, deambulo por el camino menos recorrido, pero lo hago con el convencimiento que necesito hacerlo, demostrarme una y otra vez que soy capaz de atravesar mis propios círculos de fuego

Parpadeo, sobresaltada. La realidad me rodea como un palpitar veleidoso y exquisito, vibrante. Mi caballero rojo me observa con una amplia sonrisa de satisfacción. Una ráfaga de calor me sube a las mejillas, los ojos se me llenan de lágrimas.

– No sé como alguien podría aprender esta sensación, esa magnifica certeza – murmuro. Su boca en la mía, el beso exquisito, voraz, casi tierno – ¿Profesional? ¿Conocimiento? La verdadera brujería es un vinculo con el tiempo, con el poder más antiguo de todos: tu propia capacidad para crear.

Asiente, comprendiendo o intentando hacerlo. Pero sé que para él, incrédulo, el iconoclasta de furioso temperamento, la mera idea de esta intensidad remota y formidable es por completo impensable. No obstante, en este silencio que se extiende entre ambos, este leve y sin embargo intimo entendimiento, yace el vinculo más significativo, una metáfora diminuta de nuestro Universo cuántico entre dos ideas en donde podemos encontrar, incluso solo por un momento, una paz anecdótica y pura. Ah, sí, mi obsesiva búsqueda de significado, por la pasión, la espiritualidad y la naturaleza profunda. Una llamarada de puro fuego divino, inflamando cada uno de mis pensamientos, abriéndose paso en todas direcciones de mi pensamiento hasta crear un paisaje devastado pero fértil, a punto de renacer en medio de la oscuridad que antecede a la luz. Sí, viva, desesperadamente hambrienta de consecuencia, de temor y de polémica. La creación temible, la oscuridad de la razón, un tiempo que renace en mi voz y mis palabras.

La fe de la más Antigua de todas las creencias, en mí.

La intensidad de la transgresión intelectual, la voluptuosidad de nunca aceptar nada, de siempre enfrentarme a mi misma. La herejía de la locura, la simple bondad de la creación espiritual.

C’la vie.