El viaje al mundo de los muertos.

Es probable que los sistemas de creencias existentes – incluida la analogía entre el cuerpo reproductor de la mujer y el de la tierra – se ampliaran para incluir los nuevos conocimientos sobre los cultivos y las estaciones desde el momento en que los primeros humanos se establecieron en comunidades sedentarias y pasaron de un estilo de vida cazador y recolector a otro predominantemente agrícola. El ciclo anual de la siembra y la cosecha se deificó en rituales y y mitos de la diosa y su acción recíproca con el mundo de los muertos que era, simultáneamente, lugar de entierro y de la nueva vida.

El mito de Core y Démeter es la narración más conocida del viaje de una Dioas a los infiernos y hasta es posible que se originase en el Neolítico, pues existen pruebas de dos diosas ( anónimas ) unidas, probablemente manifestaciones de la misma fuente vital que recorre todos los seres vivos. Los nombres de este dúo preolímpico, Deméter (“madre del Trigo”) y Core ( “doncella”), aluden a dos facetas de la misma esencia: la madurez y la juventud.

Según el poema homérico sobre Deméter, la Diosa más joven ( a la que llama Perséfone) fue raptada por Hades, señor del mundo de los muertos. Deméter lamentó la pérdida de su hija, la buscó por todas partes y por fin llegó a Eleusis, donde ofrendó al rey Triptólemo el donde la agricultura. A medida que la búsqueda proseguía, la tierra se secó y marchitó a causa de los afligidos lamentos de Deméter, hasta que apenas quedaron alimentos para los humanos o como ofrendas a los dioses. Zeus, rey de las divinidades olímpicas, se inquietó y accedió a que Perséfone pasara las dos terceras parte del año en la tierra, si bien el otro tercio estaba obligada a permanecer en el infierno con Hades, su marido. El retorno de Perséfone al mundo de los vivos – celebrado en las festividades de Deméter – simbolizaba la llegada de la primavera y su descenso a los infiernos marcaba el comienzo del invierno.

Dondequiera que existe, los elementos principales de este mito son los mismos y el ciclo estacional comienza cuando una diosa madre – como la escandinava Freyja, la sumeria Inanna o la griega Afrodita – pierden a su vástago. Existen muchas variaciones regionales e históricas. La egipcia Isis pierde a su marido, Osiris, pero se convierte simbólicamente en su madre cuando recupera su cuerpo desmembrado y lo dota de vida. Aunque no baja a los infiernos, sus recorridos por pantanos y yermos representa el mismo carácter mítico. La mayoría de las Diosas – Freyja y Afrodita incluidas – no sólo pierden una hija, sino un hijo ( Baldur, que podría ser Balder y Adonis, respectivamente) que acaba en el mundo de los difuntos a causa de una muerte
violenta. Tiene lugar un período de duelo que se caracteriza por la devastación de la tierra, hasta que la Diosa negocia el retorno del hijo durante cierta época del año.

La Diosa Inanna no bajó al mundo de los muertos para rescatar a su hijo, sino para experimentar su propia muerte y regeneración: hasta cierto, si las consideramos como dos aspectos del mismo ser, podemos decir otro tanto de Core y Deméter. El poema conocido como El descenso de Inanna a los infiernos demuestra que fue voluntariamente e incluso con impaciencia. Al dirigirse al reino de su oscura hermana Ereskigal, Inanna tuvo que atravesar sietes portales y en cada uno se quitó una preda. Así, durante el recorrido abandonó paulatinamente sus atributos y poderes. Cuando llegó a los infiernos, Ereskigal le dirigió la mirada a la muerte y colgó su cadáver de un gancho. Inanna sólo podía abandonar el mundo de los muertos si dejaba un sustituto en su lugar, por lo que envió a Dumuzi, su hijo y marido. Al igual que Afrodita, ofreció voluntariamente su cónyuge para que se trasladara a los infiernos como parte de la tradición del hijo y el amante que garantiza la fertilidad de la tierra. El descenso de Inanna también simboliza las fases de la luna: su cadáver pende tres días del gancho de Ereskigal, período durante el cual la luna no es visible.

En estos mitos agrícolas el hijo representa la semilla enterrada, hasta que reaparece con la forma de planta que comienza a brotar. Las platas maduran hasta ser cosechadas y el ciclo entero vuelve a representarse. De esta manera, el principio agrícola básico se convierte en alegoría de la vida humana y el deseo de participar en el drama celestial de las estaciones desencadena rituales que simbolizan el proceso de fertilización. Los llamados misterios de Eleusis, consagrados a Deméter a comienzos de la primavera y el otoño, incluían rituales secretos destinados a los iniciados, durante los cuales la persona moría con relación a su vida pasada y su alma retornaba a sus orígenes antes de renacer. Era la representación simbólica del descenso y el regreso de la divinidad. El misterio propiamente dicho consistía en la revelación de que, en lugar de acabar, la vida se transforma sin cesar; la naturaleza, la humanidad y la diosa encarnan dicho proceso. El trigo era el símbolo de la vida eterna. Sófocles, dramaturgo del siglo V a. C, declaró lo siguiente: “Triplemente benditos son los mortales que han visto esos ritos y, por consiguiente, entrando en el Hares; la vida sólo existe para ellos y para los demás todo es desdicha.”

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