El fuego sagrado del Dios sol: La cosmovisión Azteca y Maya. (y II)

(viene desde)

Distintas representaciones de la Diosa Ixchel:

Venerada también como patrona de la medicina, era consideraba su advocación de importante ayuda en las curaciones y tratamientos que aplicaban a los enfermos; según Thompson, las representaciones que tiene esta deidad, son tablas de enfermedades donde los nombres de animales que lleva en la espalda, corresponden a nombres de enfermedades. Landa relata que cuando se juntaban los médicos y los hechiceros, con sus mujeres y sacerdotes echaban primero al demonio, después sacaban los envoltorios de sus medicinas y sendos idolillos de ésta diosa para estar bajo su protección; a esa fiesta le llamaban Ihcil Ixchel. También se le invocaba para conceder la preñez en las mujeres, llevaba el nombre de Ix U Sihual, señora luna del parto. Las mujeres para sus partos, dice Landa, acudían a las hechiceras para que les pusiera el ídolillo de la diosa debajo del lecho donde iban a dar a luz, ya que se le consideraba como la diosa de hacer criaturas (Diego de Landa 1959:58).

Tlazoltéotl, Códice Borbónico:

Báez Jorge remite que Ruz Lhullier (1981:188-190) afirma que Ixchel puede considerarse una divinidad asociada a la mujer, a su vida fisiológica y a sus principales actividades y que por el temperamento licencioso que se le atribuía, estaba asociada a la procreación en sus diferentes fases: coito, embarazo y parto.

Ixchel era un personaje importante del panteón maya, aunque aparentemente en su aspecto destructivo se ve como poco amiga del hombre tomando la personificación del agua como elemento de destrucción, de las inundaciones y torrentes de lluvia. Se le representa generalmente rodeada por símbolos de muerte y destrucción, con una serpiente retorciéndose sobre su cabeza y huesos cruzados bordados en su falda (Morley, S. 1947: 218). Thompson señala en su Historia y religión de los mayas, que en Quintana Roo se cree que la luna influye bastante en la aparición de enfermedades y trastornos (Villa, 1945:136), por lo que también se le llegó a considerar como patrona de las enfermedades. En el códice Dresde se le ve representada inundando el mundo junto con Itzamná, lo que demuestra éste lado destructivo. Por lo que es una deidad multivalente y compleja, lejana y cercana según sea el caso.

Tlazoltéotl, diosa azteca, si bien no constituye la par de Ixchel como deidad en otra cultura, sí comparte con ella varios atributos y es considerada también una diosa que pertenece a la etapa madurativa de la mujer. Es la patrona de las parteras y de las recién paridas, de la medicina y de aquellos que echaban la suerte con granos de maíz. Está vinculada a la luna y a la noche, diosa terrestre y nocturna, suele mostrarse en vasijas de barro como la diosa de la luna dando a luz. Tlazolteotl fue primero “Gran Madre Tierra” y Diosa de la fertilidad, de los amores ilícitos, del adulterio y lujuria.

Se la representa cubierta con la piel humana de una víctima sacrificada a su culto, una banda de algodón sin hilar sobre la cabeza, decorada con husos que la convierten en la deidad de las hilanderas. (Adela Fernández 1992: 125). También se le representa dando a luz. (Yoloh González, diccionario de Mitología y Religión de Mesoamérica: 176-177).

Tiene un atributo muy interesante, que es el de ser la “diosa devoradora de inmundicias”, en el diccionario de Mitología y Religión de Mesoamérica, se le denomina como diosa de la suciedad. En el diccionario Porrúa, se le considera la diosa de la basura, su nombre representa un doble sentido haciendo también referencia a su carácter de diosa de la fecundidad, que el abono (la basura) aumenta los campos, con una faz puramente deleitosa y sexual.

Como comedora de inmundicias tiene la función de limpiar los pecados de los hombres, ejerciendo poder para perdonarlos, Sahagún relata en su Historia General de las cosas de la Nueva España, que después de que el penitente determinaba confesarse, iba a buscar a los sátrapas (adivinos que tenían los libros de las adivinanzas, de las venturas de los que nacen, de las hechiceras), delante de quien se confesaba y decía que quería llegar a Dios todopoderoso, invocando a esta deidad. Estaba la creencia de que al final de la vida de un hombre ella viene a él y al confesarle sus pecados, limpia su alma comiéndole las inmundicias. De aquí surge el rito de la confesión que se practica ante los sacerdotes de Tlazoltéotl.

Bajo su protección los ritos de confesión que se llevan a cabo son los de el Neyomelahualiztli, “arte de enderezar los corazones”, ceremonia que habla de una confesión pública o privada acompañado de un sacerdote frente a esta deidad. El sacerdocio de esta diosa tenía una particular importancia, ya que al ser la patrona de los partos y nacimientos, correspondía a sus representantes decir el horóscopo de la criatura basados en las combinaciones del calendario ritual, el tonalpahualli.

Se le asocian también varios nombres, como Tlazoltéotl o Ixcuina, como Xipe representada cubierta con la piel de una víctima; Sahagún dice que tiene tres nombres: Tlacultéotl, diosa de la carnalidad; Ixcuina y Tlaelquani, comedora de inmundicias. Adela Fernández menciona el nombre de Tlazolcuani como comedora de basura o cosas viejas y sucias, esto es, los desperdicios; y no en el sentido de que se los coma, sino porque al confesarse ante ella, los limpia acabando con los apetitos carnales y los pecados que se han cometido para dejarlos de esta manera limpios y perdonados.

Su característica fundamental es la venda de algodón sin hilar que lleva en el tocado decorado con los husos, por lo que también se le considera representante de las hilanderas. A veces lleva en las manos una escoba en el mes que se barre, “Ochpaniztli”, en el que se celebran las principales fiestas en su honor.

En su aspecto negativo se representa como la que trae las enfermedades, puede sostener en una mano mazorcas de maíz como símbolo de la vida y en la otra mano, un traqueteo, que era un instrumento ritual para la danza de la fertilidad, aunque también es un símbolo del látigo de la enfermedad. Cuando algún adulterio no es confesado por los que lo han realizado, éstos son castigados con la muerte y reciben el nombre de Tlazolteomicqui, “muerto por Tlazoltéotl”; los hombres recibirán el nombre de Tlazolteotlapaliuhqui y las mujeres Tlazolteotlcihuatl, que dan el significado de torpes, livianos, transgresores castigados por la diosa que devora cosas sucias. (Adela Fernández 1992: 126).

El ser femenino en un reencuentro con lo masculino:

”La resistencia frente a las palabras
masculino y femenino se debe en parte
a nuestra incapacidad para aceptar que todas las personas
tenemos energía masculina y femenina
y que ambas energías son divinas”.

Marion Woodman y Elinor Dickson.

El aspecto que es propio de las mujeres, lo que les pertenece, el conjunto de caracteres y rasgos originales que las denominan como un ser femenino deben de conocerse para llegar a un entendimiento propio y de los demás. Existen algunos autores que reconocen esta importancia, analistas junguianos que sugieren retomar el origen del ser humano desde el conocimiento de las diosas y los dioses, del manejo de los arquetipos desde las culturas que nos sustentan; así como la necesidad de abarcar los elementos establecidos por Jung como son el ánima y el animus.

Las diosas nos proveen de una necesaria participación con la esencia original y profunda del ser de cada uno, Shinoda Bolen afirma que cuando dejamos de adorar a la diosa y de respetar el ciclo de las estaciones y de la vida, perdemos nuestra relación con la tierra; lo que puede llevarnos a estados depresivos, por lo que se vuelve urgente restablecer la relación con la madre naturaleza, con el arquetipo de madre en su aspecto femenino. (Shinoda Bolen 1998)

El no reconocer a las diosas, el tenerlas dormidas puede hacer que al invocarlas se tenga un violento despertar, ya que cuando una mujer comienza a sentir y experimentarse, y se despabila su verdadera feminidad, suele desencadenarse la furia de la diosa abandonada, por lo que necesita reconocer que sus antepasadas corrieron quizá peor suerte que ella y no pasaron por etapas de iniciación en la feminidad, por lo que dejaron a sus hijos una herencia de cólera femenina inconsciente. (Marion Woodman 1990: 124). No hay que olvidar que en épocas pasadas, muchas culturas eran sociedades matriarcales y cuando fue surgiendo el sistema patriarcal y la dominación masculina, la mujer no supo canalizar sus poderes naturales y en la mayoría de los casos los convirtió en fuerzas autodestructivas. (Dunn, Manuela 1998: 47).

Jean Shinoda Bolen, desarrolla una teoría a través de la perspectiva Junguiana, en la que reconoce que las mujeres activan a determinadas diosas en su vida psíquica, habla de patrones internos que toman la forma de diosas arquetípicas de la mitología griega. Menciona que cuando una mujer siente que existe una dimensión mítica en lo que emprende, este conocimiento entra en contacto con ella para afectarla e inspirarla, por lo que los mitos evocan sentimientos e imaginación y tocan temas que forman parte de la herencia colectiva de la humanidad. (Shinoda Bolen 2000: 25). Esta autora va más allá al preguntarse si la parte animus se podría reconocer o equiparar también con un arquetipo femenino, qué necesidad tendrá una mujer cuyo arquetipo dominante sea el de la diosa griega Hestia, si el de desarrollar su animus o el de tener a Artemisa y Atenea como arquetipos activos. Los sentimientos subjetivos y personajes que aparecen en los sueños pueden llegar a determinar si este contenido está asociado a un animus masculino o a un patrón femenino de diosa, según sea la forma de responder de cada mujer. Reconoce que los arquetipos femeninos activos en Artemisa y Atenea, pueden proporcionarle a la mujer, acceso a las capacidades de expresión y firmeza, al igual que puede hacerlo el animus o la parte masculina de su personalidad. Habla de que un animus bien desarrollado, es como un varón interno al que se puede requerir, pero puede ser también que ésta lo sienta ajeno a sí misma. Entonces, una mujer puede descubrir que la competencia en el mundo le llega a través de las cualidades de Atenea o Artemisa, o del desarrollo de su parte masculina. (Shinoda Bolen 2000: 70-71/177/188).

Es importante prestar atención a una de las explicaciones de las etapas o estadios que conforman la representación del anima; la primera es la de la mujer Lilith ó hechicera, la cual se muestra en su aspecto introvertido-sensitivo y está provista de sabiduría intuitiva; la segunda es la que representa la diosa Atenea, mujer que hace uso del intelecto y la sabiduría; la tercera etapa está representada por Artemisa, la Diana cazadora, mujer independiente; y en la cuarta etapa se encuentra Hera, representando a la mujer gobernante, la que comparte con el hombre la paridad. Por lo que también puede pensarse que cuando una mujer hace uso de alguna de estas diosas, está potenciando específicamente parte de su anima.

Fuentes:

CASO, ALFONSO “El Pueblo del Sol”, Fondo de Cultura Económica, México, 1953. 2ª Edición 1971
JUNG, CARL G. “Psicología y Religión” Ed. Paidós, España, 1988
JUNG, CARL G. “El Hombre y sus símbolos” Ed. Caralt, Barcelona 1976, 6ª. Edición 1997
JUNG, CARL G. “Respuesta a Job”, Fondo de Cultura Económica, México 1998

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