La virgen como ideal Clásico.

Las Diosas de Grecia y Roma antiguas personificadas como vírgenes no siempre exigieron una castidad similar a sus fieles. Aunque el aspecto de virgen guerrera de Atenea era venerado en el Partenón Ateniense, el cercano Erecteion era el templo consagrado a una faceta más cálida y doméstica de la misma diosa. La estatua de gea, la diosa Madre, se alzaba muy cerca del altar de Atenea. Se rumoreaba que, en algunas regiones griegas, las sacerdotisas de Atenea practicaban celebraciones orgásticas cubiertas por máscaras de gorgonas. Artemisa también presidía las actividades orgiásticas. En un sentido amplio, las sacerdotisas de la diosa imitaban su naturaleza de prostituta sagrada más que su aspecto virginal.

Valga como notable excepción la Diosa romana Vesta, equivalente a la Griega Hestia. Ambas eran la encarnación del fuego y, por tanto, informes, por lo que no las representaron con iconos antropomórficos. Quizá esta particularidad explica parcialmente las razones por las que Vesta es menos conocida que otras diosas con las que comparte la condición de una de las doce grandes divinidades romanas.

La adoración de Vesta fue el más importante de los cultos del fuego del hogar activamente practicados por el patriciado romano. Los méritos sociales y mágicos del fuego de Vesta merecieron que el Senado la elogiase con el panegírico de “la senatorial”. Le dedicaban los primeros sacrificios de la estación y era la primera divinidad que invocaban en los rezos y en los juramentos de fidelidad. Sus sacerdotisas eran las vírgenes vestales. Su tarea consistía en mantener el fuego sagrado hasta que lo apagaban ceremonialmente el primer día de marzo. Las vestales representaban a las hijas de la nobleza y las consideraban la “esencia de Roma”. En tiempo de guerra la suma Vestal cumplía la función de embajadora.

El gran Pontífice – sumo sacerdote y único servidor masculino de Vesta – escogía a las vírgenes entre veinte candidatas que tenían de cinco a diez años. De dos a seis niñas eran nombradas durante un período de alrededor de cinco años, si bien los archivos históricos demuestran que algunas llegaron a prestar servicios durante treinta años. A lo largo de ese plazo conservaban la virginidad. Aunque una vez cumplidos su deberes religiosos eran libres de casarse, las vestales casi nunca contrajeron matrimonio, fuera por un compromiso permanente con el templo o porque se consideraban señal de mal aguero. El castigo que sufría una vestal en activo que faltaba a su juramento y se acostaba con un hombre consistía en encerrarla sin alimentos ni agua hasta que moría. Una vez al año, el quince de junio, el templo – situado en el Foro romano – era barrido y lo recogido se arrojaban al Tíber. Era el último día de la festividad de Vesta y suponía la purificación simbólica de la Diosa.

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1 comentario »

  1. Enrra Said:

    Me gusta mucho tu blog. Sería bueno que conversáramos algún día.

    Suerte!


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