En el bosque de los Silencios.

Incomoda, doy vueltas de un lado a otro de mi cama. Una sensación evanescente, una tensión sutil y enervante me rodea. Finalmente, aparto las sabanas y camino en la oscuridad, con los ojos cerrados, escuchando el lento ulular de viento en mi ventana. Y por un momento, me imagino en medio de un bosque frondoso, enorme, inabarcable. Esta soledad, esta sensación de encontrarme aislada de toda idea comprensible. Un ostracismo de la memoria consciente.

Aprieto los puños y tengo deseos de reír en voz alta. Una extraña y frenética sensación de felicidad me recorre. No tiene sentido, mucho menos algún significado, pero esa energía, esa fuerza, me recorre violentamente, me sacude, me deja sin voz. ¿Quién soy? ¿Que deseo? La mujer que corre en el valle de los temores, que danza en medio del bosque del tiempo de mi voz creadora. Soy el verbo y el tiempo de mi propio rostro en el espejo.

Hace unos meses, asistí a un seminario en la ciudad donde vivo que versaba sobre la influencia del Eterno misterio femenino sobre la cultural occidental. Con cierta tristeza, comprobé que más allá de cualquier idea sacramental, el papel de la mujer carece de la relevancia, riqueza, fuerza y significado que desearía pudiera tener. Tal vez es una idea que pueda ser tomada como “feminista” o peor aun, “radical” en un mundo donde se debate constantemente el papel social y cultural de la mujer, pero aun así, estoy convencida que la visión del mundo desde el ángulo femenino – creadora, brillante, estética, ambivalente, poderosa – se encuentra firmemente arraigada en la idea de esa Diosa secreta que nace de nuestros deseos y de nuestra expresión finisecular más profunda. Aunque en realidad no nos encontremos consciente del concepto más primitivo sobre nosotros mismos, igualmente esa naturaleza instintiva, profunda y metafórica aflora en nuestro pensamiento con suma frecuencia: esa felicidad frenética y exquisita, sin nombre, que experimentamos cuando nos encontramos en contacto con la naturaleza, esa libertad palpitante y transgresora que nos impulsa a enfrentarnos a nuestros propios temores, a la simple incertidumbre de la duda existencial perenne. La ardiente, vital e insólita felicidad que sentimos en medio de las sombras de la cotidianidad cuando nos enfrentamos al dolor, el miedo y la confusión.

La rebeldía del espíritu del Aguila, podría decirte una bruja de la Tradición de mi familia. La fuerza de la convicción, de la razón y el valor, elevándose por encima de cualquier idea y desazón.

Hay una palabra que Jung utiliza muchas veces para expresar una cualidad esencial de las ideas culturales catalogadas como arquetipicas:la numinosidad. Una y otra vez habla de la fuerza numinosa de los arquetipos. Y cuando entendemos bien lo que significa esta palabra, el carácter sagrado o de deidad del numen, entendemos también el alcance que Jung concede a los arquetipos y al inconsciente. Reconoce, en efecto, en ellos una entidad real, que si bien deja para los físicos, se trasluce continuamente en sus escritos, en los que siempre planea lo que podríamos denominar una realidad metafísica de fondo. Reconoce al inconsciente, aparte de la fuerza numinosa de los arquetipos, la capacidad de intuir y hasta la posibilidad de prever el futuro y, si esto pareciera poco, incluso le reconoce la posibilidad de hacerse con todo el control de la psique y “poseer” al individuo, como explicación a los conocidos fenómenos de posesión espírita.

Jung busca e investiga a los arquetipos en las doctrinas de las tribus primitivas, en las doctrinas secretas esotéricas, en las religiones, en los mitos y leyendas, en los símbolos del Tarot, en las imágenes de la Alquimia y muy especialmente en los sueños, en los que se apoya para la psicoterapia. Encuentra el ánima en el centro de la psique masculina y el ánimus en la psique femenina, siendo sus aportaciones al respecto -ánima-ánimus- ya como un clásico dentro de la Psicología. Encuentra el arquetipo de la madre, los arquetipos de la transformación, y muchos más. Y reconoce que su número es ilimitado.

Compara la fuerza de los arquetipos con la de los instintos animales. Así en “El hombre y sus símbolos” dice: “Son una tendencia tan marcada como el impulso de las aves a construir nidos, o el de las hormigas a formar colonias organizadas”. Aunque no lo he encontrado claramente expuesto, entiendo que Jung ya ve un continuum instintos – arquetipos, uno en el terreno de las necesidades fisiológicas y básicas, y otro en un orden superior propiamente psicológico.

En brujería ese simbolo personal y cultural, que trasciende a la mera idea social suele llamarse decisión creadora, esa voluptuosa necesidad que nos impulsa a otorgarle una intima veneración a nuestros símbolos y mitología personal. Esa energía que crea y destruye, que muere y renace, amplia y anecdótica más allá de todo limite, elevándose en el bosque iniciático de nuestra memoria: esa región en penumbras donde habita nuestra naturaleza originaria y más pura.

Un reencuentro con nuestra propia revelación personal.

Me dejo caer en la oscuridad, los brazos abiertos, libre, raquídea, palpitante de deseos y preguntas. Me elevo, me dejo llevar por el lento ondular de mi necesidad perdida, carente de forma.

La Dama en sombras, la doncella furiosa, la Gran bruja misteriosa, la anciana voraz.

Todas en ella, en mí.

Así sea.

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