El brillo del circulo de Fuego.

Mi abuela solía insistir que cada idea, pensamiento, sentimiento, incluso nuestras dudas e incertidumbres, necesitan un lugar y un tiempo especifico en nuestro espíritu. Un aliento que les permita obtener las formas y fisuras, las sombras y las contextura que le otorguen un momento consistente en nuestro Universo personal. Tal vez por ese motivo, en las iniciaciones, la permanencia durante un período significativo de tiempo en condiciones difíciles forma parte de un desmembramiento que aísla a la persona de la comodidad y la complacencia. Como en los ritos de paso de cualquier experiencia o creencia mágica, el período termina y el espíritu renovado inicia un tránsito hacia una percepción vital más creativa, renovada y más sabia.

Históricamente hablando, sobre todo en la psicología de las sociedades patriarcales, la enfermedad, el exilio y el sufrimiento se entienden a menudo como un gran desmembramiento iniciático que a veces reviste de un gran significado. Pero en el caso de las formas étnicas e intelectuales donde la feminidad posee una importancia significativa, hay otros arquetipos adicionales de iniciación que surgen de la psicología y las condiciones físicas, así como también de las recreaciones más amplias de su propia capacidad para otorgar sentido a símbolos conceptuales privados y que forman parte de su mitología personal. En brujería, llamamos a estos tránsitos de conciencia “amor nutritivo” que es una manera de abarcar una idea conjuntiva, creacionista y dinámica sobre la pasión, sobre el poder magnifico y arrollador de una decisión personal. Porque ¿que otra cosa es una iniciación, un ritual que despoja a la mente y la voluntad de cualquier incertidumbre y duda y te empuja a nueva dimensión de tu conciencia unilateral sino una visión tima sobre el mundo? Una elaboración consecuente y estructurada de nuestra concepción de la idea primigenia sobre lo que llamamos mundo, el valor de las concreciones mentales, la realidad, las formas más aparentes del deseo y la razón. Para la Tradición de la Brujería que practica mi familia, el comienzo del viaje iniciático hacia el bosque de nuestra propia mente, comienza en el mismo momento en que la bruja comprende que cada decisión, cada reverberación de su voluntad de crear y delinear el mundo a su medida, tiene como inmediato efecto una expresión de su yo más desconocido, el secreto en sombras del anhelo por liberarse de cualquier atadura intelectual. Hay una idea que suplica vivir, pero que solo recibe respuesta cuando nos atrevemos a dejarnos caer en la oscuridad de nuestros temores para encontrar la luz de la esperanza…y no me refiero a algo tan simple como una idea romántica y creciente de mi voz y mi nombre, una individualidad crasa, sino en nuestra necesidad de imponer el valor del tiempo personal por encima de la incertidumbre, el desconcierta y esa leve desesperación que sufrimos en medio de cada pequeño cataclismo personal que nos obliga a encontrar un nuevo camino, un norte desconocido hacia donde dirigirnos.

Los griegos llamaban a ese fenómenos rutilante y devastador, Sofía, el espíritu de la sabiduría, que toma la luz del abismo y se recrea así mismo, elevándose en medio de un cielo nervudo y palpitante de pura expectativa. Un deseo irrevocable sin duda, de otorgar sentido y belleza a nuestro Universo secreta, esa divinidad sin nombre que habita en nuestro espíritu, más allá de toda moralidad y valor cultural.

Suspiro, mirando como los primeros resplandores del amanecer comienza a palpitar en un cielo púrpura y plata. Una sensación de renovada fe, de profunda emoción me envuelve, tal vez la simplicidad de la razón sin sentido o ese despertar primigenio de mi nombre más austero. Recuerdo que mi tia Agatha me insistía de pequeña que utiliza toda mi energía para seguir todos los caminos del mundo de los sueños hasta encontrar a la princesa que dormía en un palacio de Cristal y que creaba la fábula de mis pensamientos a través de su lento devenir por el mundo de los sueños. La amante secreta de Morfeo, la eterna durmiente que crea a través de un tiempo cenital, el verbo creador y en la nacimiento del fénix de fuego en mi espíritu. Ah, si, esta especie de ansia de transmutación, de recrear cada sentimiento en medio de la luz nívea de mi voz más poderosa y personal.

C’e la vie.


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