El arte de la Diosa. La Diosa en Europa (y II)

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El trabajo de la arqueóloga lituana Marija Gimbutas , en especial El lenguaje de la Diosa , trata de sistematizar la escritura simbólica plasmada en el arte de la Vieja Europa , desde el Paleolítico hasta bien entrado el Neolítico, es decir, durante la época pre-indoeuropea. Gimbutas afirma que durante este periodo una misma religión de la Diosa se extendió por diversas regiones de Europa y Eurasia, formando un sistema de pensamiento común que se plasmó en lo que ella llama “escritura pictórica”, compuesta por una serie de signos y símbolos interrelacionados entre sí, que decoraron vasijas, tumbas y representaciones femeninas y zoomorfas. Así, la Diosa, y los demás seres (sobre todo animales) que forman parte de su divinidad se expresaron mediante un lenguaje artístico-simbólico que la autora trató de decodificar tras largos años de investigaciones.

La religión de la Diosa fue a la vez monoteísta, pues siempre aludía al Arquetipo de la madre equiparada a la tierra, y politeísta, ya que ésta contaba con múltiples advocaciones y numerosas variantes regionales y cronológicas.

Su culto pervivió transmitido oralmente de madres a hijas durante la época indoeuropea, y sus reminiscencias llegaron incluso a la era cristiana. La religión de la Diosa Madre se extendió por Europa durante un periodo de tiempo más largo que los cultos indoeuropeos y que la religión cristiana desde su surgimiento hasta nuestros días, lo que a juicio de Gimbutas dejó una impronta indeleble en la psique occidental. Esta idea relaciona sus investigaciones con la teoría del Arquetipo de la Madre de Jung, quien sostiene que todas las ideas sobre la influencia de la madre en la psique infantil no corresponderían tanto a la madre particular sino más bien al Arquetipo Materno que el hijo/hija proyecta sobre su progenitora, sin lugar a dudas heredado de la tradición. Entendido de esta manera, desde la óptica de la psicología podría parecer posible que las primeras organizaciones sociales de la humanidad estuvieran basadas en la matrilinealidad, derivada de estructuras mentales biológicamente inherentes a la mente humana.

La cultura de la Diosa no era para Gimbutas un matriarcado , sino una gylanía , en la que mujeres y hombres gozaron de una igualdad genérica que no volvería a repetirse en la historia de la civilización, y cuya consecuencia fue un tipo de sociedad pacífica e igualitaria donde florecieron el arte y la arquitectura. El fin de la cultura de la Vieja Europa fue provocado por reiteradas oleadas de invasiones de un pueblo indoeuropeo que surgió durante el quinto milenio a.C. en la cuenca del Volga, al sur de Rusia. Gimbutas la acuña con el término de cultura Kurgan, y la define como patrilineal, patriarcal, nómada, ganadera y profundamente guerrera, siendo el caballo domesticado y su tradición armamentística dos de los aspectos más sobresalientes de su modus vivendi. Estas características se oponen frontalmente a la sociedad de la Diosa Madre, sedentaria y pacífica, que fue derrocada por estas tribus indoeuropeas entre el 4300 y el 2800 a.C., al mismo tiempo que impusieron su modelo androcéntrico y guerrero.

Representaciones femeninas en la América del descubrimiento:

El lenguaje en que se expresa el arte de la Vieja Europa presenta sorprendentes paralelismos con el de otras sociedades, que aunque distantes geográfica y cronológicamente entre sí, se estructuran en base a parámetros similares. Entre los más importantes cabría destacar un tipo de economía de base agrícola, una organización social compuesta por clanes que habitan aldeas más o menos autárquicas y quizá también la ausencia de un poder político de tipo centralista que institucionaliza el culto, controlándolo mediante una clase sacerdotal.

Obviamente no hay que olvidar que cada región, debido a sus particularidades geográficas, presenta ciertas características que le son únicas, y que están en consonancia con el hábitat, el clima y los recursos naturales que derivan de ellos.

En el centro de México, mucho antes de la aparición de las grandes civilizaciones (azteca y teotihuacana), floreció una cultura de tipo agrícola, estructurada en núcleos de población independientes entre sí. Estas aldeas, construidas mayormente mediante materiales perecederos, se organizaban en torno al núcleo doméstico, e incluso enterraban a sus muertos bajo los pisos de habitación. Tlatilco fue una población de la Cuenca de México, que durante el Preclásico Medio7 , se convirtió en uno de los centro más pujantes de la zona, agrupando a su alrededor aldeas satélites de menor importancia. La ocupación del sitio parece situarse entre el 1400 y el 800 a.C., aproximadamente, comenzando a fines del Preclásico Temprano y alcanzando su máximo apogeo durante el Preclásico Medio.

En sus enterramientos, excavados bajo el suelo de las viviendas, se encontraron gran cantidad de figurillas femeninas depositadas como ofrendas mortuorias. Estas piezas, realizadas mediante el modelado manual del barro y pintadas con exquisito cuidado, constituyen la mayor manifestación artística de las culturas aldeanas del centro de México. En las tumbas, lo habitantes de Tlatilco, colocaron también cerámica ritual y utilitaria, sellos para imprimir diseños geométricos sobre el cuerpo, y orfebrería en hueso y jade. Los diseños geométricos decoran todos los implementos de la cultura material de la aldea, repitiéndose en las figurillas, las vasijas y los sellos. Se trata de un lenguaje sígnico codificado, en el que la “V”, la “M”, el “zig-zag”, la greca y el espiral se repiten sin cesar, aludiendo a corrientes acuáticas, y a ideas de fecundación y multiplicación.

Las estatuillas exageran sus rasgos femeninos, como las anchas caderas, la estrechez de la cintura o los senos, y esquematizan otros considerados de menor importancia de acuerdo al mensaje que desea transmitirse, como los brazos o las piernas, que se convierten en muñones . Las representaciones masculinas son muy escasas, y la mayoría de figurillas femeninas fueron enterradas con mujeres jóvenes, lo que lleva a pensar que estuvieron inscritas a un ritual de tipo femenino, en el que las mujeres habrían sido las protagonistas. Las piezas de un mismo entierro presentan sorprendentes similitudes estilísticas. Es probable que cada unidad doméstica manufacturase sus propias piezas, y quizá fueron también las mujeres las encargadas de su realización, en un oficio transmitido de madres a hijas e íntimamente ligado al entorno doméstico. Lamentablemente, hoy por hoy no puede probarse esta hipótesis, pero de ser así, estaríamos ante unas de las primeras artistas de la historia de la humanidad.

Figurilla de Tlatilco: Datada aproximadamente en el 900 a.C., esta pieza es muy representativa del estilo de la aldea. Fue modelada en barro y el cabello y los rasgos faciales se lograron mediante incisiones. La pintura facial y corporal en rojo forma diseños geométricos de triángulos y líneas que aparecen también representados en la cerámica del sitio. Destaca la amplitud de caderas y los muslos bulbosos, en contraste con la angosta cintura. El sexo se sugiere mediante una incisión vertical.

Tlatilco fue una aldea de tipo agrícola rodeada por un sinfín de recursos naturales como bosques, ríos y lagos que proporcionaron toda clase de materias primas a sus habitantes. Debemos considerar entonces que las gentes que habitaron el sitio estaban enormemente familiarizadas con la naturaleza y sus ciclos vitales, y seguramente la veneraron por otorgarles el sustento diario. Las sociedades que basan su economía en la agricultura, tienden siempre a equiparar la tierra que da los frutos con la capacidad femenina de dar vida y perpetuar la especie. Todos los rasgos de feminidad, los senos, las caderas, los vientres prominentes, el líquido menstrual, se asocian automáticamente a una serie de poderes fertilizatorios que las mujeres comparten con la tierra. El corpus de figurillas de Tlatilco es mayormente una exaltación de esta feminidad fértil y dadora de vida, que comparte sus ciclos con los ciclos de la naturaleza. La veneración a la tierra como madre, habría derivado en una veneración a la mujer y a lo femenino por equiparación, y en las épocas más remotas parece ser que este elemento tuvo aún mayor fuerza.

El hecho de que aparezcan enterradas junto a mujeres jóvenes, tal vez indique que las piezas se usaron como ídolos propiciatorios de fertilidad durante los rituales de paso de la niñez a la madurez sexual de las mujeres.

A pesar de las profundas diferencias estilísticas entre las figurillas de Tlatilco y las de otras culturas agrícolas distantes en el tiempo y en el espacio, podemos percatarnos de que en todas ellas subyace una idea común: la madre tierra primigenia dadora de vida y de sustento.

Fuentes:
Morgan, L.H: The League of the Ho-dé-no-sau-nee, or Iroquois.
Gimbutas, Marija: The Language of the Goddess. Harper San Francisco y Thames and Hudson, London, 1985.

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