El rostro del divino misterio.

En ocasiones, he pensado que la capacidad creativa es la prístina vida instintiva, esa idea de nosotros mismo más allá de cualquier sofisticación e idea social. Funciona tan suavemente como un eje que se desliza sobre un engrasado cojinete, donde todos los ruidos suenan bien, la luz es agradable y los olores nos tranquilizan en lugar de alarmarnos. En otras palabras, la creación es ese equilibrio entre el valor dioclesiano que llamamos identidad cultural primigenia y nuestra propia identidad. Un núcleo de valores subsecuentes que se construyen así mismos como pequeñas formas equidistantes sobre un mismo concepto: nuestra visión del mundo.

Constantemente la psiquis humana se cuestiona y trasgrede su forma más esencial, la idea más ecléctica sobre el andamiaje que sostiene sus conceptos. Tal vez por ese motivo, en la antigüedad, solía decirse que la Diosa era una combinación de sentido común y sentido instintivo, esa rutilante idea sobre la divinidad que tiene mucha relación con nuestra concepción sobre el misterio y la fuerza dioclesiana de una revelación intima. Para muchas estructuras morales y religiosas ancestrales, la Diosa era la expresión mimética de su propia idea sobre el mundo, la naturaleza, el Universo y por supuesto, el mayor misterio de todos, el espíritu humano.

Al evocar a una diosa, decían las sumerias, se entra en contacto con su energía universal, armonizando la energía de las que rezan y bailan con la de la Diosa. En todas las culturas que adoraban a la Diosa, el ritmo era sagrado. Hoy en día en la India y Bali, al adorar a las diosas se canta, baila y narra la historia de la divinidad, los tambores tienen la finalidad de conectarnos con el latido del corazón cósmico de la Diosa.

Lo cierto es que las Diosas siguen siendo la expresión del sagrado femenino. Hablar de las diosas es referirse a lo que las antiguas culturas aceptaban y que esta ha perdido: la dualidad de los poderes místicos de lo masculino y lo femenino como iguales, generadores del equilibrio universal. Hay quien argumenta que la religión católica contempla lo sagrado femenino con las múltiples vírgenes y santas, habrá que diferenciar claramente que estas mujeres sagradas están circunscritas a una sumisión del valor masculino supremo: la virginidad impuesta, la prohibición de la autonomía y la libertad femenina.

Las santas, por su parte, son mujeres consagradas a la Iglesia, a Dios, a servir a los curas y obispos como sus superiores, sin libertad de una completud femenina para vivir, se santifican al sacrificarse totalmente, en cuerpo y alma en nombre de un Dios. Las diosas en cambio son poderosas, llenas de libertad, sexualidad, fertilidad, armonía, alegría.

Las diosas tienen cualidades múltiples, ajenas a la concepción occidental de lo que “es femenino”, así son guerreras como Durga, la reina guerrera. Son luz y sombra, pero sobre todo capaces de compartir sus dones divinos con mujeres y hombres por igual.

Para una criatura la madre lo es todo: protección, amor, alimento, intimidad. El universo creado entre la madre y su hija o hijo, rara vez es alcanzado por el padre, no importa cuán bueno y devoto este sea, no llevó en su cuerpo al ser que ahora está en sus brazos, por eso para todo ser humano que conoce a su madre al nacer, ella es el universo, es la primera imagen de divinidad. Casi todas las imágenes femeninas que datan de los años 3000 y 5000 antes de la era cristiana, muestran que nuestros ancestros reverenciaban el poder creador de las mujeres y consideraban a La Gran Madre como el origen de la vida y su nutrimento.

La cultura Navajo tiene entre sus diosas de mayor poder a la Mujer Araña, la que tejió el universo cantando y diciendo a otras mujeres que participaran con ella en la telaraña de la creación. En la mitología griega, Eurinoma tomó las dos colas de serpiente y haló sólo caos, entonces creó el cielo luminoso y el mar, luego el viento del norte, más tarde se convirtió en paloma y de ella surgió un huevo que se transformó en lugares del mundo, toda su creación nace con cánticos

Las y los aztecas llamaron Coatlicue a la Madre de todos los dioses y diosas, y adoraron como la dama de la falda de serpientes, señora de todo lo que está vivo y lo que está muerto.

Suspiro, deambulando en la oscuridad de mi habitación favorita. Un anhelo rutilante, infinitesimal de comprensión me envuelve, esta decisión definitiva de encontrar el sentido a mis ideas más profundas y más intimas a través de mi identidad cultural. ¿Es posible tal cosa? ¿Puedo confiar que el rostro secreto de esa Dama misteriosa que habita en mi espíritu otorgue un valor concluyente a mi expresión más personal? Me detengo, miro por la ventana un instante. La luna llena brilla sobre la ciudad, resplandeciente, remota, inexplicable, antigua, un simbolo eterno de la belleza del enigma del corazón humano. Una emoción reluciente, recién nacida me recorre.

El significado, el tiempo nuevo. La creación anecdótica entre mis dedos.

Asi sea.

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1 comentario »

  1. Dana Said:

    Esa misma sensación tengo yo. La sensación de que todo lo que significa la Diosa, también me da mi propio significado. Le da validez y espiritualidad a todo lo que conozco y reboza mis pensamientos en alegría y satisfacción.


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