El arte de la Diosa

Cuando en 1861 se publicó el trabajo de Jakob Bachofen, Das Mutterrech (El Matriarcado), se abrió en los círculos intelectuales de Europa el debate sobre la existencia de una cultura matriarcal en épocas prehistóricas, cuya herencia podía rastrearse hasta nuestros días. Bachofen reconoció en los códigos de Derecho Romano reminiscencias de un orden hereditario de tipo matrilineal que precedió a la sociedades patriarcales, y con la ayuda de las investigaciones de Lewis H. Morgan 1 en América, pudo demostrarse que este fenómeno fue común a territorios dispares.

El estudioso suizo fue el primero en racionalizar un hecho que podía constatarse en el análisis de distintas culturas tribales y también en la tradición oral de algunos de los pueblos más antiguos del continente europeo, como el vasco o el irlandés, en cuyas mitologías, la figura de la Diosa Madre es omnipresente.

La existencia pretérita de una sociedad de carácter matriarcal fue asimilada en la Europa decimonónica como una cualidad más inherente al “salvajismo” y al “primitivismo” de grupos humanos que aún no habían alcanzado estadios civilizatorios, entendidos éstos como occidentales, de raza blanca, patriarcales y falogocéntricos.

Sin embargo, ni siquiera occidente podría seguir obviando el fuerte sustrato materno heredado de la prehistoria, presente en sus cuentos, en su mitología, en algunas de sus lenguas más antiguas, y también en el arte y en los vestigios arqueológicos desde la vertiente atlántica hasta Anatolia. Tendrían que llegar las reivindicaciones feministas de finales del siglo XX para entender que la antigua cultura de la Diosa-Madre fue derrocada y destruida, y las mujeres relegadas al ámbito de la inferioridad y del sometimiento al varón, que se convirtió en protagonista único de la historia de la humanidad.

El arte, como plasmación ideológica de los diferentes aspectos de una cultura inscrita en unas coordenadas espacio-temporales determinadas, es sin lugar a dudas un medio para tratar de llegar a comprender el pensamiento de un pueblo, y en muchas ocasiones, lamentablemente, el único vestigio original que ha llegado hasta nuestros días junto con el resto de implementos arqueológicos.

El arte de los pueblos del pasado es el vehículo que utilizaron para expresar sus creencias y dejar constancia de ellas, y en él generalmente predominan las representaciones antropomorfas de mujeres, más o menos esquematizadas, que resaltan los rasgos que se identifican con la feminidad, que en este tipo de sociedades está estrechamente ligada a la fertilidad. La representación artística se articula dentro de una serie de conceptos que son comprensibles para toda la comunidad, que forman parte de su vida cotidiana, de sus creencias, de su ideología. Para los habitantes de estos pueblos los “objetos” que hoy consideramos arte, transmitían un mensaje claro y comprensible, no codificado como se nos presenta hoy día.

Todas las sociedades de tipo agrícola que poblaron la tierra en distintos lugares y en distintos momentos, profesaron una serie de creencias estrechamente ligadas a la fertilidad de la tierra y a lo femenino. El concepto de Madre Tierra, como dadora de vida y muerte, otorgadora de habilidades y perpetuadora de la especie es una idea universal, inherente a la raza humana como tal, que observa y convive con los ciclos de la naturaleza e inconscientemente los asocia a la fertilidad de la mujer, venerándola por ello. Las figurillas que representan mujeres aparecen profusamente en los registros arqueológicos de la Europa neolítica, de las primeras civilizaciones asiáticas y de los pueblos primitivos africanos, sólo por citar algunos de ellos. Todas estas piezas, naturalmente, están realizadas en estilos muy distintos entre sí, pero siempre parecen compartir una premisa: el dar importancia dentro de la representación a los rasgos que subrayan la feminidad en detrimento de otros considerados de menor importancia a la hora de transmitir esta idea. Incluso a veces los signos y los objetos que acompañan a las estatuillas femeninas de los distintos pueblos agrícolas presentan semejanzas verdaderamente impresionantes, teniendo en cuenta que el contacto entre ellos suele ser un hecho imposible. Existe todo un lenguaje inherente a este tipo de sociedades, como signos en forma de espiral, de “V”, el “zig-zag” y otra serie de motivos geométricos que aparecen indistintamente en América, Asia, África o Europa.

Megalito: Se encuentra en el interior de un templo de Tarxien, Malta, y data del 3000 a.C. Su decoración en espirales dobles es exactamente la misma que en este Sello para imprimir pintura procedente de Tlatilco, México, año 1000 a.C. aproximadamente. Este sello formaba parte de la ofrenda mortuoria de una joven mujer, que fue enterrada con un número importante de figurillas femeninas. La espiral se relaciona con la fertilidad, la feminidad, las corrientes acuáticas y la serpiente, ya que simboliza el crecimiento y el cambio constante inherentes a la naturaleza. Se trata de un motivo muy recurrente en el arte de los pueblos agrícolas.

(continuará)

Fuentes:
Morgan, L.H: The League of the Ho-dé-no-sau-nee, or Iroquois.
Gimbutas, Marija: The Language of the Goddess. Harper San Francisco y Thames and Hudson, London, 1985.

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