El divino resplandor de un tiempo nuevo.

A pesar que muchas veces mi abuela me pidió comprender la forma simbólica que podía representar la menstruación, durante buena parte de mi adolescencia, pensé que mis períodos eran una molestia, un error biológico que incrementaba mi habitual sensación de desarraigo y me causaba un montón de síntomas desagradables incluyendo cansancio y dolor debilitante. La menstruación interfería con mi vida sexual, mis actividades habituales y mi nivel de energía. Causaba cambios erráticos de temperamento, irritabilidad y un mal humor destructivo e imparable. En otras palabras, consideraba la expresión bioógica de mi sexualidad y fertilidad como un saboteador ruin y solapado que siempre llegaba en el momento más inoportuno.

A pesar de esta prédica de aflicción, no estaba totalmente en su contra. Cuando mi período llegaba, había siempre una parte de mí que se sentía complacida. No podría ser de otra manera, siendo parte de una tradición histórica y cultural que celebraba la fuerza de la mujer y su magnifico ciclo natural como una metáfora del circulo de fuego Universal que otorga sentido a la divinidad. También significaba por supuesto que estaba saludable y fértil y que todo estaba funcionando apropiadamente. Sangrar me producía cierto orgullo que sentí intensamente durante mi primer período, pero al crecer y digamos que volverme un poco más cínica, aquel sentimiento placentero desapareció gradualmente.

Una vez leí el relato de una mujer judía que contaba que cuando tuvo su primer período su madre la abofeteó. Asombrada, ella reclamó: “¿Por qué hiciste eso?” a lo que su madre respondió: “No lo sé, mi madre hizo lo mismo, es la tradición. Uhmmm…Recibir una bofetada cuando una se vuelve mujer, indudablemente ése es un punto interesante acerca de cómo es vista la naturaleza femenina por este mundo netamente masculino. Tal vez se trate de un intento por eliminar el sentimiento de orgullo que llega con la primera sangre.

Un poco alarmada por la evidencia de un estigma social en torno a la menstruacción, me dediqué a investigar sobre el tema. Y encontré que una asombrosa cantidad de mujeres Venezolanas y latinoamericanas consideraban la menstruacción como algo sucio, vergonzoso, que había que esconder y disimular. La gran parte de las mujeres con quienes conversé con respecto al tema, parecian ofendidas y escandalizadas por el hecho que yo hablara sobre el particular con naturalidad y otras se mostraban fascinadas porque en mi Religión, la menstruación es simbolo de la divinidad. Una amiga que pertenecía a la religión cristiana, le pareció fascinante la ceremonia y la importancia que la brujería adjudicaba al período de la mujer y se sintió identificada con nuestro punto de vida. Me explico que experimentaba una emoción verdaderamente asombrosa, la certeza que un hecho mágico estaba ocurriendo en su cuerpo, y sin embargo todos a sualrededor lo trataban como algo trivial. Tenía una sensación de logro, con tintes de excitación, curiosidad y pena. De perdida quizá.

También descubrí que muchas mujeres no quieren profundizar en el tema de la menstruación, asustadas de lo que pudieran descubrir. Les parece mejor suprimir sus sentimientos con tranquilizantes, rociarse con desodorantes vaginales para disfrazar el olor de la sangre, anestesiar su dolor con químicos, y absorber su sangre con tampones de modo que no tengan que verla. Es más fácil ser una mujer exitosa en un mundo de hombres si apenas reconoces que menstrúas.

Ese pensamiento me entristeció. Recuerdo que tenía entonces unos veinte años y comenzaba a comprender mi cuerpo de una manera profunda e intima, alejándome gradualmente del sobresalto de las hormonas y el desconcierto de los primeros cambios de la adolescencia. Y también por supuesto, comencé a comprender porque la Brujería celebraba la menstruación femenina como un paso hermoso y contundente dentro de la vida de una mujer, porque se reverenciaba el ciclo biológico que nos era natural: era la representación de la vida y la muerte, el poder primigenio de crear a partir del caos.

El nacimiento de un misterio:

En otras culturas, en vez de ser ignorada, la menstruación ha sido considerada (y en algunos casos aún lo es) como un tiempo especial y sagrado para las mujeres. La abundancia de símbolos relativos a la mujer encontrados en excavaciones en lugares antiguos de Europa y el Cercano Oriente sugiere de manera enfática que dichas culturas eran matrifocales y reverenciaban a la Diosa y a los procesos del cuerpo femenino.

Las prácticas rituales estaban ligadas al sangrado mensual de las mujeres y la sangre menstrual era altamente valorada como poseedora de poderes mágicos. La palabra ritual viene de “rtu”, que significa menstruo en sánscrito. En la época anterior al sacrificio de seres vivos, la sangre menstrual se ofrecía en ceremonias. La sangre menstrual era sagrada para los Celtas, los antiguos Egipcios, los Maorí, los primeros Taoístas, los Tantristas y los Gnósticos.

Los Nativos Americanos comprendían muy bien los diferentes sentimientos que las mujeres experimentan cuando menstrúan y para ellos estos sentimientos formaban parte de algo muy importante en los ciclos del cuerpo femenino. Las mujeres se retiraban a un recinto especial a pasar su sangrado. Se le consideraba ser el tiempo en que una mujer se encontraba en el nivel más alto de su poder espiritual, durante lo cual la actividad más apropiada era descansar y acumular sabiduría.

La tribu Yurok del norte de California poseía una cultura espiritual muy desarrollada basada en el ritmo del ciclo menstrual para las prácticas rituales no sólo de las mujeres sino también de los hombres. Las mujeres acostumbraban retirarse “en masa” durante la luna nueva por un período de diez días. Durante ese tiempo los hombres se concentraban en el “desarrollo interno”, en ceremonias y meditación. Mientras los adultos estaban ocupados acumulando poder espiritual, los niños eran cuidados por los ancianos de la tribu. Todo el trabajo que los adultos tenían que hacer se concentraba en los otros días del mes.

Cuando los hombres blancos entraron en escena, “el mundo se paró de cabeza”. Las actitudes hacia la menstruación cambiaron y las muchachas fueron adoctrinadas por sacerdotes en vez de las ancianas de la tribu. En vez de enseñárseles que una vez al mes sus cuerpos se volvían sacros, se les enseñó que se volvían inmundos. En vez de retirarse a un recinto a meditar, orar y celebrar, se les enseñó que estaban enfermas.

El despertar de la conciencia femenina:

Pensar en la menstruación como una fuente de poder para las mujeres va por completo contra la idea cultural más extendida en Occidente con respecto al tema. Con el correr de los años y como dije antes, al alcanzar una temprana adultez he comprendido que mucho de los preceptos de la cultura occidental Patriarcal insisten y de hecho, intentan restringir y limitar a la mujer a un esquema de valores carente de sentido y valor moral. Para muchas mujeres, la raíz de su infelicidad yace en la dolorosa relación con los procesos de ser mujer, a la manera como la sociedad lo impone. Desde muy pequeñas, las mujeres son entrenadas para esconder a cualquier costo el hecho de que menstrúan. Las manchas de sangre en la ropa constituyen una horrible vergüenza. Nadie dice nunca: “No quiero ir a trabajar o a la fiesta porque estoy menstruando”, a menos de que se sienta enferma por ello y en ese caso por lo general dirá que tiene dolor de cabeza o un problema digestivo.

Cuando el útero y la menstruación son vistos únicamente como una incómoda necesidad biológica, la autoestima de las mujeres es correspondientemente baja. Nosotros somos nuestros cuerpos, y no podemos realmente amarnos en lo profundo de nuestros corazones si no amamos nuestros cuerpos sinceramente. Y no amas tu cuerpo si te sorprendes diciendo “¡Oh, no! ¡Me bajó la regla!”

En el siglo XIX, la menstruación era vista por los médicos como un signo más de la inferioridad y debilidad de las mujeres. Sin embargo, por lo general hay al menos un chispazo de verdad en cualquier ideología, y los médicos de la era Victoriana no estaban completamente equivocados cuando señalaban la importancia de la menstruación con respecto a la salud general de las mujeres, de la relación entre útero y psique, o de la cordura de descansar durante los períodos. Hemos tendido a rechazar todo esto porque nos recuerda el tiempo en que las vidas de las mujeres estaban más controladas por los hombres, y porque revive los viejos argumentos que mantuvieron a las mujeres atadas a la casa y sin injerencia en el mundo exterior. También hemos rechazado con bastante razón la idea de que los procesos naturales de ser mujer constituyen una enfermedad. Pero decir que algo no es una enfermedad e ignorarlo por completo no necesariamente son la misma cosa. Al ignorar la menstruación como reacción a las ideas de la era Victoriana, quizás hemos perdido contacto con un persistente hilo de conciencia de su valor en la vida de las mujeres.

Los cambios que han tenido lugar en la vida de las mujeres durante los últimos treinta años podrían parecer una revolución, pero en muchos casos han sido más bien una asimilación. Las mujeres que buscan poder en un mundo masculino han tenido la tendencia de hacerlo convirtiéndose en pseudo-hombres. Y quizás inadvertidamente el feminismo ha desempeñado un papel en la supresión de la menstruación. Uno de los miedos más grandes que he encontrado en mujeres exitosas y ambiciosas cuando hablo de las ideas antiguas del poder de la menstruación, es que esto afecte de algún modo su mito de ser “tan buenas como los hombres y a veces mejores”.

Una visión lamentable y dolorosa sobre el rostro femenino a través de la historia.

Danzando en el círculo de Fuego:

Uno de los aspectos de la menstruación que ahora amo y aprecio es la predecible imposibilidad de predecirla. Una nunca sabe cuándo vendrá exactamente y algunas veces te toma completamente por sorpresa. Y no sólo no toma en cuenta los horarios sino que además es un lío. Tratamos tanto de ordenar y hacer sanitaria la vida moderna que corremos el riesgo de que no quede vida en nosotros. Las menstruaciones nos salvan de ese destino -son un aspecto salvaje y primitivo, crudo e instintivo, sangriento y eterno de lo femenino- y ninguna cantidad de “civilización” cambiará eso. Mi período es un acontecimiento mensual en mi vida que tengo en común con todas las mujeres que han vivido. Las mujeres que vivían en cuevas hace 20,000 años, las sacerdotisas en las pirámides del antiguo Egipto, las videntes de los templos de Sumeria: todas ellas sangraban con la Luna. La primera mujer que produjo el fuego pudo haber estado menstruando en esa ocasión. Eso es algo en qué pensar.

Si la menstruación es un tiempo altamente creativo para las mujeres en el aspecto psíquico y espiritual, quién sabe cuántos regalos habrá recibido la humanidad de las mujeres durante sus períodos. El valor que asignamos a la menstruación tiene correlación directa con el valor que nos asignamos como mujeres. Y esto afecta a los hombres también. Pensamos que los sexos están separados, y de algún modo así es. Pero por otro lado todos somos parte de la misma gran sopa humana, y el modo en que las mujeres se ven a sí mismas y son vistas afecta también a los hombres.

Inevitablemente, siempre he llegado a la conclusión que nuestra cultura patriarcal es incapaz de otorgarle un sentido y un lugar dentro de su visión de las cosas a esta intima celebración femenina del tiempo anecdótico y la esencia magnifica de nuestra capacidad creativa más poderosa: el poder de engendrar vida. Imagina un mundo en el que hombres y mujeres trabajen juntos para desarrollar el sentido de paz interna que se produce al sentarse quieto un par de días al mes; un mundo en el que los hombres apoyen a las mujeres para que pasen algunos días en calma y silencio; un mundo en el que la sangre menstrual sea otra vez un fluido mágico con el poder de nutrir la vida nueva; un mundo en el que la menstruación sea entendida como la intima celebración de la identidad de las mujeres -un espacio natural dentro de un ciclo lunar para el retiro, la introversión y el trabajo interno; un mundo del cual las mujeres emerjan como la misma luna nueva, renovadas y mudadas de la vieja piel.

La fuerza de creación de la mujer se eleva sobre el prejuicio cognoscitivo como una forma de expresión dual de nuestra mente primitiva, nuestra intuición más profunda, nuestra herencia cultural intrínseca. Si ignoro mi sangre me distancio de este conocimiento. Temo a mi sangre y me desagrada -pues si desconozco que también es alimento, que también es un regalo que yo porto, entonces la veo como mera pérdida. Un desperdicio de sangre, un desperdicio de tiempo, un bebé que no fue concebido. Ya sea que desee un embarazo o no, mi sangre es siempre un regalo. Y es un regalo en el sentido literal, así como un regalo psíquico para mí misma. Es un regalo de mi cuerpo a la tierra: la madre que me ha alimentado y nutrido cada día de mi vida.

Con información de:
Lara Owen, Owen Her Blood Is Gold: Celebrating the Power of Menstruation. Harper San Francisco, 1993.

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2 comentarios »

  1. Ruzak Said:

    Upa, hace poco tuve una charla con una amiga del tema, justo en vacaciones y playa, andab con su tema de la menstruación. Le voy a decir que lea estas lineas.

    Un Beso.

    Nico.

  2. Deirge Said:

    Gracias por pasar por aquí y leerme.

    Un beso.


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