El nacimiento del enigma.

En ocasiones, al escucharme pensar sobre la permanencia de la memoria divina femenina en la sociedad actual, muchos de mis amigos me han preguntado como demuestro la existencia de la Diosa, con los mismos argumentos teológicos con que se ataca al cristianismo. Pero en el caso de la Diosa primigenia, de la Diosa perpetua, del instinto creador que habita en todos nosotros, la prueba reside en nuestra psique. Porque de alguna manera, ese pensamiento primitivo y dioclesiano, que otorga una suprema importancia al instinto personal y a la creación anecdótica más personal reside en cada uno de nosotros, en la condición de hijos de un pensamiento arquetipo que se manifiesta en innumerables maneras a través de nuestra vida diaria, de nuestra concepción más privada del mundo. Todos y cada uno de nosotros somos la prueba no solo de la existencia de la Diosa como fenómeno cultura y cognoscitivo sino también como una forma de pensamiento elevada y espléndida capaz de reflejar nuestras aspiraciones más abstractas y puras. Nuestra existencia es paralela a la suya.

La brujería es una experiencia personal sobre un concepto estructurado de fe, es la manifestación anecdótica de nuestras convicciones y principios, representados a través de una serie de fundamentos ritualisticos y de creencias que valoran la suma importancia de la individualidad, del poder de la creación, del cuestionamiento, la curiosidad, la trangresión, la polémica y la diatriba. Para quienes practicamos la Antigua Religión, la obediciencia, la sumisión, la pasividad, son formas de temor, de aceptar por las buenas conceptos que tal vez no comprendemos y mucho menos forman parte de nuestro pensamiento más personal. La brujeria es un valor finisecular, intrinseco y relacionado con esa experiencia vital que llamamos la Diosa. La Divinidad creadora, el poder de la naturaleza en pleno, abriendose camino, fértil y espontáneo a través de nuestra memoria y nuestro pensamiento más racional. Se manifiesta a través de nuestros miles de millones de encuentros intrapsíquicos con ese aspecto más espiritual y etereo de nuestra mente, a través de nuestros sueños nocturnos y nuestros pensamientos diurnos, a través de nuestros angelos y nuestras inspiraciones, que se crean asi mismo una y otra vez, emergiendo lentamente desde nuestra más antigua capacidad para imaginar y crear el mundo a través de las ideas, los pensamientos y los sentimientos.

La Diosa vive en cada uno de nuestros anhelos, de ese deseo variopinto y profundamente significativo que muchas veces creemos perdido para siempre, pero que recuperamos en la integridad de nuestro valor moral más personal, en nuestra capacidad para elevarnos sobre los meros limites sociales que muchas veces nos impone una razón intelectual que nos restringe de una manera cognoscitiva. Es un arte tal vez, este reconocer la divinidad en nosotros a través del poder de nuestros principios más privado, del origen más intrínsecos de nuestra identidad. Y sin embargo, que placer inquietante y voluptuoso supone encontrar una voz y una forma para ese aspecto más secreto y misterioso de nosotros mismos, para la continuidad de nuestra memoria biológica, para el resplandor iniciático de nuestra ideas y pensamientos más equidistantes del núcleo mismo de la razón.

Sí, la Diosa en nosotros, el poder de la creación primigenio en mis dedos.

Sea así, en el tiempo de las estrellas y más allá del Universo cuántico de mi propia convicción.

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