El eterno misterio de las tierras del silencio.

Hay una vieja tradición en Brujería, que asegura que la Gran Diosa secreta es la patrona de todos los pintores, escritores, escultores, bailarines, pensadores, inventores de plegarias, buscadores, descubridores, pues todos ellos se dedican a la tarea de la invención y es esa fuerza, esa magia secreta y personal, la principal ocupación de la naturaleza ancestral y divina. Como todo arte, reside en las entrañas, en la idea más visceral de todas las cosas, no en la razón o la conciencia. El instinto raquídeo posee en si mismo todos los atributos de una idea primitiva pero a su vez, engloba todas las características de una razón suprema, del espíritu del creador que habita en todos nosotros. El poder del verbo que nace y crea el mundo. La imagen que delinea cuidadosamente el caos y el temor, la incertidumbre y el valor raquídeo del mundo de las ideas y de los pensamientos.

Por consiguiente ¿cual es el vinculo entre la forma creadora y la divinidad ancestral que celebra la brujería? La mente humana, el espíritu del transgresor, del rebelde, el contestatario, es todo lo que pertenece al instinto, a los mundos invisibles y ocultos de la memoria, es la base. Todos recibimos de la Diosa, seamos sus creyentes o no, una resplandeciente célula que contiene todos los instintos y los saberes necesarios para nuestras vidas.

La Diosa representa la fuerza Vida/Muerte/Vida, es la incubadora. Es la Intuición, es la visionaria, la que sabe escuchar, es la del corazón leal. Anima a los seres humanos a hablar con fluidez las lenguas misteriosas de sus sueños y esperanzas, a narrar las historias de su mundo personal para así, crear los paisajes, valles y colinas de los deseos más profundos, recrear el temor y la crueldad, la bondad y la inspiración a través de rostros, el sonido de las tormentas, la belleza y la fealdad, todas las contradicciones de los sentidos, todas las paradojas de la realidad, el palpitar de un corazón antiguo, el sentimiento sin nombre ni sentido que vibra a través del aire, que resplandece en el rayo, que se eleva en las olas del mar. La Diosa es cada parte que amamos y tememos de nuestra propia vida, es la depositaria de las pequeñas ideas sin pulir y de los pactos secretos, entre nuestra mente y nuestros sentimientos. Es la mente que nos piensa, y de alguna manera arrolladora y mitologica, somos sus propios pensamientos, las recreciones materiales y concretas de un Universo que se repite una y otra vez para crear la humanidad, el cosmos, el Universo cenital que habita en nuestra razón.

¿Donde está? ¿Donde la sientes, dónde la encuentras? Camina por los desiertos, los bosques, los océanos, las ciudades, los barrios y los castillos. Vive entre las reinas y campesinas, en la habitación de la casa de huéspedes, en la fábrica, en la cárcel, en las montañas de la soledad. Vive en el Gueto, en la Universidad y en las calles. Nos deja sus huellas para que pongamos los pies en ellas. Deja huellas dondequiera que haya una mujer que es tierra fértil.

¿Donde vive? En el fondo del pozo, en las fuentes, en éter anterior al tiempo, a la idea, la proclividad, al temor, a la alegría. Vive en la lágrima y en el océano, en la savia de los árboles. Pertenece al futuro y al principio del tiempo. Vive en el pasado y en el presente. Esta en los rituales que realiza la curandera en Ecuador o el Chamán en África, en la estrella que lleva colgada la chica que camina por la ciudad, en la vela que enciende el creyente en la Divinidad. Se sienta a nuestra mesa, en las noches de Luna llena, está detrás de nosotras mientras deambulamos por las calles, cansadas y perdidas. Es ella la sensación de calma, en la tormenta, en la dificultad y el dolor. Vive en el verdor que asoma a través de la nieve, vive en los crujientes tallos de los moribundos maíz de otoño, vive donde vienen los muertos a por un beso y en el lugar al que los vivos envían sus oraciones. Vive en donde se crea el lenguaje, vive en la Poesía, la percusión y el canto. Vive en las negras y en las apoyaturas y también en una cantata, en una sextina y el blues. Es el momento que procede al estallido de la inspiración. Vive en un lejano lugar que se abre paso a través de nuestro mundo.

La Diosa, es por tanto, todos nosotros. Más allá de la moralidad, de las restricciones, de las ideas sociales, de las convenciones humanísticas reside el instinto y él, nuestro sentimiento creador.

La raíz de todas los pensamientos, el núcleo de nuestra individualidad.

Suspiro, con el lápiz entre las manos, temblando, llena de emoción muda y profunda. La luz dorada del atardecer se abre en todas direcciones, tiñendo de dorado y melancolía el tiempo más remoto de mi imaginación. Una sensación divina, dioclesiana, sin nombre me envuelve, me consuela, otorga sentido a mi propia y perturbada necesidad de comprender el valor cenital de la realidad, de este mundo nuestro, de este percepción del caos perpendicular.

Sí, en medio del tiempo, solo mi rostro.

En medio de la tormenta la paz.

Así sea.

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