En los Reinos de Nyx

En la cosmovisión mitológica Griega,la noche es el mundo de la Madre Nyx, la mujer que hizo el mundo. La tradición de Brujería en que me eduqué, lo identifica como la vieja Madre de los Días, una de las viejas brujas de la vida y la muerte. En muchas de nuestras tradiciones y creencias, la noche es celebrada como el inconsciente, la palabra que crea la forma de nuestra memoria y otorga sentida a nuestras ideas más primitivas, carentes de cualquier refinamiento. Una especie de grieta entre la razón pura, consciente y análoga a nuestra cotidianidad y esa idea más borrascosa, inquietante, desconocida, que se manifiesta a través de un sistema de valores personales que pocas veces podemos discernir a cabalidad.

Cierro los ojos, en medio de la oscuridad de mi habitación favorita. Corrí las ventanas, apagué cualquier fuente de iluminación. Desnuda y temblorosa, escucho el sonido de mi respiración, la manera como el mundo parece desaparecer justo antes de mis manos extendidas, del latido lento y sostenido de mi corazón. La noche oscura de la fe, esa absoluta convicción del tiempo y de la forma. Aquí, a solas, en medio del temor y la memoria. Erguida, el cabello en desorden cayéndome sobre los hombros, los ojos apretados. Un suspiro, un ligero escalofrío. Una fina corriente de aire que atraviesa la habitación, me envuelve. Que soledad esta, entre mis pensamientos, ajena a todo estimulo consciente, aferrada a los vericuetos disonantes de mi espíritu creador.

Eso es lo que nos ofrece la naturaleza más profunda de la magia: la capacidad de ver lo que tenemos delante gracias a la concentración y al hecho de detenernos, mirar, olfatear, prestar atención, sentir y saborear. La concentración es el uso de todos los sentidos en un mero esfuerzo creativo, incluido la profunda intuición, el tiempo verbal que brota a través de nuestra convicción. Entre las sombras, acudo a recuperar mi voz, mi valor, el poder portentoso de mi imaginación, disfrutar de la plena benevolencia de mi don psíquico, la perspicacia, las historias olvidadas y los antiguos recuerdos carentes de forma y sentido más allá de mi propio deseo de ver el mundo a través de mi necesidad y mi deseo, arrogante y voraz.

Comiezo a bailar, intentando guiar mis pasos a través de la oscuridad solo a través de mi instinto. En mi mente, recreo cada objeto, las oquedades de la realidad, la forma del peligro que me acecha al borde del abismo de mis principios y valores. Me dejo llevar, vadeando como en un mar enfurecido, con las olas de mi memoria, sacudiendo la cabeza, riendo, saltando con toda la gracia desmañada de mi torpeza, de esa profunda satisfacción de la ausencia de un orden, de un valor más allá del ritmo de este pensamiento, de este deseo. Me elevo, mordiéndome los labios de puro placer, entre las penumbras, un largo plies, por un segundo ingrávida, las manos tocando la oscuridad, ampulosa y evanescente. Doy vueltas sobre mi misma, tan rápido que el mundo parece perder su forma, el vértigo insoportable y frenético. Una exquisita tensión, me recorre – este deseo bendito, redentor, palpito, me resisto, sofocada, furiosa – sí, sí, y mil veces si, mi mente oblicua, en luz radiante, el placer y la voz creadora. Soy, soy, en medio de esta noche tormentosa.

Me detengo, entre temblores. Sí, la paz.

La noche infinita de la creación. Me inclino, yazgo perdida. Abro los ojos, sobresaltada. Me devoro a mi misma, Hidra sacramental, y de nuevo renazco, un estallido de conciencia.

La idea, una mínima variación de luz.

C’ la vie.

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