La conciencia del pecado venial.

A veces me preocupa un poco que la sociedad insista, de una manera que hace pensar que es una obligación intrínseca, en que la mujer debe ser buena, ordenada y obediente, lo que sea que signifiquen esos término dentro de determinado contexto. Una sentencia tácita que obliga a la mujer a actuar, comportarse y pensar de una manera especifica, siendo entonces coartada, disminuida y aislada en su espíritu más salvaje y poderoso. Mi abuela solía decir que la sociedad imponía la necesidad de normalizar lo anormal para englobar este tipo de reflexiones y mientras analizo la idea, no puedo menos que coincidir con ella. Se trata de un angustioso precepto que muchas mujeres intentar incluir dentro de su estructura de pensamientos, ignorando sus voces más profundas, su instinto más primigenio. Un silencio de la conciencia que me parece en lo personal, peligroso y la mayoría de las veces, peligroso.

La normalización de lo anormal, incluso en el caso de que no quepa la menor duda que una situación irregular y destructora acaece, se aplica a la violencia, al simple hecho de aceptar la discriminación de género como idea cultural comprensible – la típica noción que las mujeres debemos entender en cierta medida el machismo, los roles sociales arquetipicos – , la indiferencia hacia el mundo emocional e intelectual de la mujer, la intolerancia intrínseca hacia nuestros valores más personales. El golpeteo incesante que sufre la integridad de nuestra naturaleza creativa, espiritual e instintiva. La mujer se enfrenta a la disyuntiva de intentar defender la vitalidad y el poder su espíritu personal, en contra de las proyecciones invasoras de carácter físico, cultural o de otro tipo que insisten en aplastar su individualidad, destruir su propio sentido de la identidad a través de una generalización verbal y cognoscitiva de nuestro valor como ciudadano moral e intelectual de la sociedad a la que pertenecemos.

Por eso motivo, abogo por la desobediencia, el desorden, la fuerza de voluntad que destruye todo limite y todo concepto pre concebido. Lucho porque la sabía voz que nos anima a resistir, un retazo de instinto que nos induce a aguantar hasta que podemos iniciar la laboriosa tarea de reconstruir el sentido más personal, el instinto interior. Hay una voz salvaje que vive en el interior de todas nosotras, y que es capaz de comprendernos mejor que cualquier otra percepción natural o que pudiéramos considerar razonable y que nos impulsa a crear, a otorgar una importancia enorme y consistente a nuestra voracidad intelectual, a nuestro deseo emocional, a la capacidad profunda y caótica de actuar en concordancia con nuestro concepto del mundo. Ningún limite, ningún valor que no provenga de nuestra convicción más intima, todas las ideas que recrean nuestro universo interior alzándose en todas direcciones, construyendo un Universo espléndido donde el eje rutilante – pura energía, el deseo insuperable – sea nuestra voluntad inexorable de encontrar nuestro rostro más personal, nuestra idea más paradigmática sobre quienes somos, hacia donde vamos, que esperamos de nuestra perspectiva personal.

Sonrío, recordando la manera como mi abuela resumía todas las ideas anteriores: “Resiste al orden, resiste a todo lo no permita que renazca la esperanza, abandona la frialdad y entrégate al fuego de tus dedos, ábrete camino a golpes en medio del tumulto del temor y la incertidumbre, recupera tus fuerzas, abre los brazos, recibe al sol, déjate llevar por la voz de tu memoria. No importa el tiempo que tarde ni la forma en que lo hagas, siempre entrégate a la furiosa necesidad de comprenderte, de darle sentido a tus ideas, de crear”

Ah, sí, la danza de las estrellas púrpuras en mi mente. La fiera fuerza del instinto, la espléndida necesidad de darle un sentido exacto a nuestra voluntad.

Así sea.

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