La Diosa y el Hijo.

En todo Oriente Próximo y Europa, siempre que se venera una Diosa Madre también existe el culto a un dios que, simultáneamente, es su hijo y amante. Ha existido, al menos desde el siglo VI a.C en la civilización de Hoyuk Zatal y en fecha posterior en Siria, Irán, Egipto y Europa Occidental. La Diosa Madre es la raíz constante y su hijo es el fruto sacrificado, consumido y renacido. El mito complementa el descenso a los infiernos de Core y Démeter y guarda paralelismos con el de Afrodita y Adonis y el Isthat y Tammuz.

Una de las tradiciones mejore documentadas del hijo y el amante es la del culto a Cibeles y Atis – el dios que muere -, que tal vez se originó en Anatalia en el Neolítico o llegó desde Tracia ( la actual Bulgaria ). En el siglo V a.C, este culto se popularizó en Atenas y finalmente formó parte de la religión romana.

Existen muchos relatos contradictorios sobre Cibeles y Atis. Es probable que la narración más arcaica del nacimiento de Atis describa a una Cibeles hermafrodita que cortó sus genitales masculinos, que al caer produjeron un almendro. Los frutos dieron origen a Atis. En ocasiones su muerte se atribuye a un accidente de caza: al igual que Adonis – un amante de Afrodita – fue liquidado por un jabalí. En otras versiones, se enamora de una mortal, razón por la cual Cibeles lo enloquece de modo que Atis se castra así mismo y muere desangrado.

La festividad de Cibeles comenzaba el veinticuatro de marzo con la celebración de su sagrado casamiento con Atis: la boda simbólica de la Tierra ( la Diosa ) con la lluvia ( la sangre del Dios sacrificado ), esponsales destinados a producir un hijo, el trigo. Sacrificaban ritualmente un toro que representaba al dios que moría y ofrecían sus testículos a la madre Tierra. Muchos dioses mortales, incluidos los mesopotámicos Dumuzi y Tammuz y el persa Mitra, comparten la simbología del Toro. Los Dioses mortales y los toros eran símbolos solares: creían que al igual que el astro, por la noche morían rojos y sangrantes y al día siguiente renacían. A medida que maduraba hasta la época de la cosecha, comparaben el color dorado del trigo con la luz solar y, con el propósito de poner de relieve las imágenes sacrificatorias de la recolección, cortaban los genitales del toro con una hoz proporcionada por la Diosa. A la mañana siguiente el sumo sacerdote anunciaba que había llegado el momento de celebrar el regreso del dios.

No todos los sacrificios del hijo y del amante incluían un derramamiento de sangre. Cada primavera sólo se sacrificaba la efigie de Adonis o se lo mataba con la forma de “jardines de Adonis”: tiestos con plantas que dejaban secar y arrojaban al mar.

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