El rostro del silencio.

Me detengo, en medio de la calle. Una sensación precisa me recorre. Me vuelvo a mirar, y solo consigo ver, en medio de la multitud tumultuosa que desborda la calle y la realidad, una forma inconcreta, brumosa de lo que podría ser una figura, un recuerdo de la realidad concreta, una mera idea cenital entre la luz y la oscuridad de la comprensión. El corazón me palpita rapidamente, pero en esta ocasión, el miedo carece de importancia. Solo se trata de otra emoción, un fino hilo errático que me une a la idea más concreta y real sobre mi misma. Con los ojos muy abiertos y asombrados, contemplo esa diminuta manifiestación del tiempo y la expresión de una realidad confusa. Ahora, la figura es tan clara que casi puedo advertir sus detalles. Real, o tal vez, solo comprensible. aprieto las manos, intento contener un gemido de pura desazón. Los transeúntes me golpean, me tropiezan con gran descuido e indiferencia. En un par de ocasiones estoy a punto de caer. Un silencio cristalino y enloquecedor se extiende en todas direcciones a partir de mí, en medio del maremagnun de ideas y pensamientos que me abruman, que me envuelven para sofocarme con una violencia casi expúrea.

Un parpadeo de luz. La figura parece confundirse, una sombra sin matices, en medio de la humanidad bulliciosa y traqueteante. Como si los sonidos emergieran de un solaz incomprensible, el corneteo de los coches en la calle, el estruendo de las conversaciones, los gritos de los vendedores en las esquinas, la mayeústica sensación de vida que colma una calle cualquiera de mi ciudad, me aturde. Sofocada por una cristalina sensación de miedo, comienzo a caminar, a trompicones, las manos hundidas en los bolsillos. Consumida por el tiempo, aferrada a mi verbo creador.

Hay un tipo de soledad – totalmente deliberada – que considero necesaria. Un momento a solas en el mundo de las ideas, aislados de otras personas, ruidos y conversaciones, aun incluso en medio de la tormenta del mundo real, del barullo natural de un mundo venial. Un suspiro concentrado y magnifico, donde fluyen con toda libertad esa personalidad secreta, espléndida y secreta que muchas veces permanece en un rincón de nuestra mente, oculta y probablemente ignorada por el ruido del tiempo, por esa violencia perenne de la creación anecdótica.

Una conversación con el espíritu, solía llamar mi a abuela, a esos períodos exquisitos, donde podríamos recorrer nuestros vericuetos personales, deambulando con la libertad del caos, con la espontaneidad de un simple deseo. Nuestra propia voluntad canaliza nuestros deseos hacia la imaginación – la cuna fecunda de todo el Universo personal – donde probablemente clasificaremos nuestras propia ensoñación en fragmentos comprensibles y que nos otorgan un valor dioclesiano sobre la verdad aparente. Un deseo, un fragmento temporal crudo y delicioso. Vivir, a plenitud, en esa palpitante y portentosa de poder que nos brinda la fuerza de nuestro espíritu y el valor del deseo.

Sí, en ocasiones, mi don psíquico se manifiesta a través de esa sensación de voluntad intrínseca: Una sensación me recorre, violenta y definitiva y siento que esa breve unión con el espíritu Universal – esa idea lírica que muchas veces construyo a partir de mi propia perspectiva de la verdad -, una idea brillante y cegadora. Un instante que contiene en si mismo, todos los significados y rostros de mi memoria consciente.

Sigo caminando. El calor y el sabor del sol me rodean, el sonido de mis pasos palpita en mis sienes. El eterno debate en mi mente, en el ágora de mi Castillo de la Memoria. La incertidumbre voraz e incesante, el repiqueteo sordo de esa tormenta interior que llamamos simplemente confusión. Y más allá, al confín mismo de este tiempo informe y oblongo, la radiante sensación de que el mundo solo es real en la medida que pueda odiar y temer, amar y desear.

Sí, deseo, deseo y deseo.

¿Solo así, no es así? En medio del silencio, del fragor del tiempo personal.

C’la vie.

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