Voraz y Dioclesiano.

En brujería, existe una idea conceptual que asegura que el levantamiento de los velos de la razón – lo que equivale a decir, el autodescubrimiento espiritual – es necesario para la iluminación. Todos emprendemos un viaje – a través de nuestros pensamientos, sentimientos, temores e incertidumbres – para traer la luz a la oscuridad. Una búsqueda de la verdad menos aparente, de la idea más sincrética y amplia sobre nosotros mismos.

Siempre recuerdo esa máxima, cuando me encuentro preocupada o simplemente, atormentada por mis propios temores y dudas. Tan cerco del abismo que podría caer en él solo deseándolo, con un breve esfuerzo de mi imaginación, sin temor, una cierta ternura en el abandono. Es inevitable, sin duda, encontrarme perdida, irascible, un poco temerosa en los momentos donde mi vida parece carecer de un norte evidente. Me refugio en el verbo creador, en el norte primigenio, raíz de todas mis voces y rostros y por un instante, me encuentro perdida en mi propia y perturbada necesidad de cuestionarme. Una y otra vez, con los ojos apretados en medio de la oscuridad, la sensación de crear a través de mi propia necesidad de reinventarme, una inquietante metáfora de la vida, del despertar y la conciencia de esa idea de mi misma que carece de nombre y un momento coherente dentro de mi racionalidad. La vitalidad y la sensibilidad esencial que recrea ese temor diminuta, esa fe irrestricta, esa cualidad ingenua que anima mi absoluta devoción por el mundo de las ideas.

Con un respingo, tomo una hoja de papel y comienzo a escribir. Bendita por la cólera y el miedo, purificada por la esperanza y el anhelo de creer y confiar. Me debato en mis propias contradicciones, en la espontánea necesidad de negarlo todo una y otra vez, y solo aceptar cuando no puedo soportar la evidencia. Y aun así, siempre deseo esa sutil certidumbre más allá del valor anecdótico, la angustia existencial que se abre como una flor venenosa ante un resplandor abyecto y curiosamente reconfortante. Una perfecta medida de locura, pienso mientras las palabras brotan de mi, un raudal indetenible y quemante, arrasando cualquier otro valor más allá de la palabra, devorando con gran voracidad las heridas secretas. Un suspiro diametral, voluptuoso. Una formidable y personal lujuria, eclipsando cualquier otra, dándole sentido a todos y cada uno de mis temores, al pura veleidad de mi razón.

Me detengo. El corazón me palpita tan rápido que apenas puedo respirar. Los ojos llenos de lágrimas, los dedos doloridos. Pero que magnifica sensación de paz! Renacida, huérfana, extranjera, dioclesiana, hereje, transgresora, polémica, solitaria, atormentada. Todos los rostros de la mujer que soy yo, reflejado en un espejo cóncavo de mil formas, de todos los tiempos comprensibles, de todas las ideas de un sueño visceral.

Ego sum qui sum, sin duda.

Cé la vie.

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1 comentario »

  1. Damián de Victoria Said:

    Escribir es a la vez un escape y un reencuentro. Me gusta como lo haces. Saludos desde México.


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