El duelo de la razón y el poder del espíritu.

En ocasiones, la normalidad nos sofoca. Supongo que es una sensación habitual, esa de encontrarnos por un momento abandonados, asustados, cercados por una sensación de miedo y desconcierto. Un instinto de supervivencia más poderoso que la propia idea sobre la cotidianidad, nos impulsa – nos empuja, digamos – a intentar escapar de esa sensación correosa, aciaga y si forma. Una cárcel de los principios, una idea moral y cultura que puede asumir la forma del temor, una pretendida educación, amabilidad, pasividad. Encontrarnos a solas, en medio del tiempo personal, confusos, soterrados, temblando de pura confusión. Encarcelados en una restringida idea sobre nosotros mismos.

Pero el espíritu humano es incansable. En ocasiones, cuando esa idea diminuta sobre la realidad – la vacuidad de lo que llamamos simple cotidianidad – amenaza con envolverme y quitarme el aliento, siento esta urgencia desesperada de tomar grandes bocanadas de aire puro: vida, pura vida, la necesidad de escapar a toda conciencia, a cualquier explicación o sentido más allá del caos. Intuyo, siento, paladeo la posibilidad, alzándome por encima del orden, de lo comprensible, lo usual, lo normal, lo aceptado. No puedo subsistir robando sorbitos de vida. La fuerza salvaje del alma exige tener acceso a toda la vida, en toda sus manifiestaciones y matices. Por ese motivo, es imposible, intentar abarcar la memoria creativa – esa necesidad absurda y descontrolada de darle un nombre y un lugar a cada imagen de nuestra mente en la realidad – con una unica idea, una estructura simple que busque otorgarle cierta cotidianidad a nuestra mente. Gritar, con los ojos cerrados, disfrutando de la manera como nuestra voz se refracta, se abre en si misma, reverbera una y mil veces en los muros de nuestros temores. El instinto primigenio del deseo, ese carece de forma cultural, que no se encuentra sofocado bajo ese sentido de lo razonable, nos brinda esa fuerza del viento en nuestro espíritu, el irrevocable poder de la roca, la profundidad dioclesiana del mar, el deseo sublime e irrestricto del fuego. Una libertad salvaje, digamos, que solo podemos obtener a través de nuestros propios medios.

Abro los ojos, en medio de la noche, con una paradigmatica sensación de felicidad en medio de las sombras de la duda. Una fragmentada sensación de emoción, las puertas del jardín amurallado de mi memoria abiertas en el tiempo, desintegradas por ese voluptuosa e incontestable necesidad del verbo y la imagen. Suspiro, un silencio onírico se extiende a mi alrededor, pero en realidad, solo se trata de ese anhelo que se enrosca en mi pecho en la búsqueda de un retazo de instinto, de esa primitiva vehemencia, la voz salvaje que susurra, salpicada de poder y conciencia.

En la voz de la memoria, siempre un anhelo, esta necesidad.

C’la vie.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: