Los orígenes de la Gran Madre: Africa. ( II )

(Viene Desde)

La arrolladora penetración de los ejércitos musulmanes en el Norte de África, con su terrible carga de fanatismo islámico enemigo acérrimo de cualquier manifestación artística de las divinidades por una parte, donde los pueblos invadidos se les ofrecía dos opciones simples, o aceptar el Islán o peder la cabeza, y posteriormente, los intentos de penetración de los católicos y protestantes portando una dosis no menor de intolerancia religiosa, arremetieron despiadadamente contra cualquier manifestación externa de las antiquísimas creencias del pueblo mazigio y de los otros pueblos del continente. Como consecuencia de estas agresiones las representaciones estatuarias fueron masivamente destruidas, por lo que son pocos los ejemplos de esculturas referentes a la Diosa-Madre en el continente. Aún así, podemos observar que las estatuillas básicamente tienen las mismas formas que otras encontradas en otros continentes lo que nos hace suponer que estas figurillas acompañaron al hombre en sus migraciones desde tiempos remotos, retornando milenios después a su lugar de origen con ligeras variantes en las formas producto del avance de las diferentes culturas.

A pesar de lo expuesto podemos admirar algunas manifestaciones de estatuillas antropomorfas de la prehistoria africana, algunas de las cuales son de factura relativamente recientes ya que están datadas en el II milenio a.d.n.e. Estas figurillas son exclusivamente femeninas al igual que en el resto del mundo, perteneciente a la civilización paleo-africana y representan a la gran Diosa-Madre. Han sido realizadas en piedra y terracota y proceden de tumbas. La idea extendida en el mundo neolítico de que, al estar el difunto acompañado de la representación de la gran Diosa-Madre, ésta con su poder les concedía la resurrección, han hecho posible la pervivencia de estas figurillas testimonios de la firme creencia en la vida después de la muerte en el hombre del neolítico.

En el Sáhara se encontraron ocho cabezas en un yacimiento de Tabelbalet, Argelia. Son pequeñas tallas en piedra de la Diosa-Madre, ésta aparece grabada en forma de un cono y confundida con el mismo, muy semejantes a los neolíticos franceses.

Otra figurilla de formas singulares tiene triángulo púbico, mamas, brazos como alas e inscrita en un rombo (ambos elementos son atributo de la Diosa Tanit), hallada asociada al rico ajuar de la tumba de Tin Hinan o Al Kaina, la heroína del pueblo mazigio.

Los hechos históricos con el transcurso del tiempo suelen tomar tintes de leyenda y viceversa, como es sabido se llega a un punto en que se hace difícil separar lo que de historia real o de leyenda nos presenta una narración, sobre todo cuando ésta no fue recogida mediante la escritura cuando se produjeron los hechos, sobre todo si estos tuvieron lagar hace 1600 años.

Esta es la situación en que nos encontramos cuando nos enfrentamos con la pervivencia de una Diosa de origen reciente. Para los Tuareg actuales la creadora primigenia fue Tin-Hinan, “la de las tiendas”, en lengua tamazig o Al-Caina para los arabofonos. La historia de esta Diosa-Heroína es relativamente reciente: Hace 1600 años una esbelta mujer decide abandonar su residencia de Tafilalet, en el suroeste del Atlas en el actual Marruecos, montada en una camella blanca y acompañada de su fiel criada Tamakat y un séquito de esclavos negros, emprende un viaje que le llevaría hasta Abalessa, al sur de Argelia, en pleno corazón de Sáhara Central. Tin-Hinan portaba en la caravana una gran cantidad de mercaderías además de sus joyas personales, las cuales eran cuantiosas. La princesa llegada del Atlas se estableció en el entonces fértil Valle de Abalessa, que aún hoy conserva una serie de doce antiguos y destartalados pozos, recuerdo de pasados tiempos más halagüeños. Las leyendas, tanto la tuareg como la islámica, nos sitúa a la intrépida princesa ocupando el paradisíaco lugar junto al oasis donde creó su reino y permaneció hasta su muerte. Llegó con una hija llamada Kella y allí engendró con los dioses a tres hijos más que se llamaron Tiner, Takenkor y Tamerouelt, quienes dieron origen a una de las razas más incógnitas del planeta, los Tuareg, término que quiere decir “hombres libres”. Una raza de tribus nómadas que extendió su poder por toda África central, donde siempre han sido temidos y respetados. Los Tuareg han guardado con veneración, de generación en generación, el recuerdo de su filiación materna, al igual que han guardado su tumba durante dieciséis siglos en un túmulo sobre una pequeña colina próxima al oasis, y que es el monumento más importante del Sáhara central. La tumba sirve de centro a una pequeña necrópolis donde prácticamente al mismo nivel fueron construidos otros doce enterramientos en forma de pequeñas torres, entre los que fue descubierto el esqueleto de un niño, y que fueron descubiertas para los europeos en 1932. Según la versión de algunos investigadores el conjunto en su origen fue una vivienda convertida después en fortín, y las tumbas que aparecen en los alrededores de la misma son posteriores, siendo posible que la veneración hacía Tin-Hinan, o la práctica de algún rito desconocido, motivara el enterramiento en el lugar de algunos Tuareg prominentes. El lugar ha sido centro de peregrinación para los hombres azules, quienes acostumbran a pasar la noche en absoluto recogimiento recostados sobre la tierra reseca de las laderas de la colina sagrada en actitud de custodiar a la vez que adorar el interior, santuario de la Diosa.

(Continuará)

Fuentes:
La Diosa Madre en África. Guaire Adarguma Anez’ Ram n Yghaesn. 2000.

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