La tormenta cenital.

Siempre se ha dicho que las brujas simbolizan una forma de generosidad femenina que estimula, excita y apasiona la imaginación. Un icono de la fuerza de la voluntad femenina, del misterio, palpitante y torvo, de esa voluntad creadora que se opone a toda convención y normal. Los ojos de la bruja se encienden para darle sentido a esa inquietud misteriosa, abrumadora, el caos magnifico de una razón constructora. Sus palabras cantan alegremente, sus rostros resplandecen de vida en el mito popular. Una idea espléndida, enorme, avasallante. Un poder inaudito y descontrolado que probablemente pertenezca a ese instinto perpetuo de reconocernos como parte de un pensamiento universal enorme e indetenible, poder puro, una necesidad de otorgarle una voz a esa idea divina que muchas veces se encuentra relegada al fondo de la memoria.

Sentada frente al espejo, me trenzo el cabello lentamente. Un círculo de flores blancas me rodean, a mi lado una vela blanca danza, cantarina y centelleante. Siento que una emoción bendita florece en mi espíritu, se abre camino en mis pensamientos, entre las imagenes más inconcretas y palpitantes de mi imaginación. Un hecho psíquico y profundamente personal que se evoca a través del llanto de un hombre secreto, las ideas y las facultades de un lugar más allá del horizonte de fuego del mundo personal. Suspiro, alzo los brazos en la oscuridad, percibo esa breve y portentosa emoción que me embarga ante la forma de mi más intima espiritualidad. Una vez escuché que el canto de una bruja en la oscuridad del firmamento, dtermina quién será llamado a existir. Una especie de ritmo secreto que susurra el nombre de los espíritus relacionados con el corazón humano. El corazón que simboliza la esencia de todo pensamiento, todo temor, todo deseo, la simple cualidad de creer y confiar. Imagino que el mundo se detiene por un instante aciago, que un círculo de fuego se abre a mi alrededor – una violenta explosión de luz ígnea – iluminando la oscuridad, dándole un significado totalmente nuevo a las sombras, al temor y la incertidumbre. La lágrima brota, una paz raquídea y ultraterrena me rodea, una sensación inmensa como un mar en sombras. Entregar mi corazón a la creación y la nueva vida, al reino de los sentimientos.

Una inspiración, un deseo fragmentado en mil voces. Cuando abro los ojos, la luz de la vela parece refractarse en mis lágrimas, un leve aleteo de un resplandor personal. El poder de mi mente, el canto de mi nombre en ese secreto privado que es mi propia convicción.

Ah, sí, lo sé. Siempre se ha dicho que toda la creación del Universo estuvo acompañada por un sonido o una palabra, pronunciada en voz alta, un sonido o una palabra susurrados o pronunciados con el aliento de la divinidad. Por eso motivo, rio en voz alta, una carcajada exquisita y liberadora. Una fuente que confiere toda sabiduría a toda la creación, todos los animales y seres humanos, los árboles, las plantas y cualquiera que lo escuche. El himno de mi creación más personal.

Río y río, mientras la luz de la vela continua bailoteando entre las sombras de las paredes. El olor de las flores me rodea, me consuela, me satisface. Una conciencia vasta y devoradora, esta sensación de fe y dolor. La pura necesidad de creación.

Así sea.

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