La voracidad del tiempo infinito.

Hay una vieja leyenda en Bulgaria – y que mi tia Gertie se ocupa de recordarme cada cierto tiempo – que cuenta que una cruel criatura llamada “el Toro del tiempo” intenta cazar los espíritus más fuertes para capturarlos y matarlos, pero que nunca a podido hacerlo. Así que esta criatura fabulosa, terrible, hermosa, misteriosa y voraz, recorre la noche, intentando encontrar un resquicio para hacerse con la esperanza, el poder de la creación, esa llama bendita que palpita con fuerza en el rincón más puro y palpitante de nuestra mente, sin lograrlo nunca. ¿Que se lo impide? El brillo cegador de la fe, ciega y frenética, esa explosión de luz insoportable que hace retroceder a las sombras, que otorga belleza al caos y crea el mundo de la memoria a través de un deseo.

Siempre he pensando que esta historia hace referencia al carácter indestructible del alma salvaje. Aunque hallamos trabajo, mantenido relaciones sexuales, descansado o jugado, intentando encontrar una medida de pretendida “normalidad” en medio de nuestro lenguaje personal, nunca olvidamos del todo ese fuerza incesante, invisible pero arrolladora que muchos han llamado instinto, pero que para mi, se trata de fe, esa necesidad ciega de creer y avanzar a través del temor y de la angustia, de la incertidumbre y nuestra propia vulnerabilidad.

La fuerza de la voz secreta, la cólera infinita del Dios indiferente y magnifico que habita en nuestro pensamiento. La creatividad cambiando de forma. Un espíritu deslumbrador que se alza por encima de cualquier otra consideración o motivo. Sí, esa potencia primigenia, fuego puro, que discurre en el terreno de nuestra psique buscando agujeros naturales, venas minerales a través de la cual puedan expresarse. La fuerza creativa que discurre por todas las formas de nuestros pensamientos y sentimientos, hinchándose y torciéndose, puliendo cada idea, cada concepto, hasta dotarlo de sentido y textura. Una construcción eterna, un deseo visceral, un sentimiento carece de limite y confín.

Sonrío, a punto de caer dormida. E imagino al Toro del tiempo, recorriendo el cielo, lleno de furia, intentando encontrar un espíritu del cual alimentarse. Casi puedo escuchar el trepidante sonido de sus cascos mientras se aleja, olisqueando en el aire, intentando beber del temor, de la simple incertidumbre, sin lograrlo jamás. Los párpados tan pesados, mi respiración cada vez más lenta. Por un instante, el rostro de mi tia Gertie dibujándose en la oscuridad:

– La luz que nunca conoce la oscuridad. Ese es el espíritu humano – lentamente, me dejo caer en el sueño. Una fugaz imagen del Toro del tiempo, huyendo, bufando en la memoria perdida, perdido en el laberinto del tiempo, más allá de toda comprensión y posibilidad de redención.

La fe la voz olvidada, el tiempo nuevo en mis dedos.

La portentosa capacidad de comprender y crear un mundo más allá de nuestra propia vanidad.

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