Una grieta de fuego.

Ninguno de nosotros puede escapar por entero a la historia, ni a la personal ni a la que crea la memoria histórica de la cultura a la que pertenecemos. Podemos empujarla hacia el fondo de nuestra mente, tal vez intentar ignorarla, por supuesto, pero estará allí de todos modos. No obstante, creo que todos alguna vez hemos decidido no solo olvidar ese pasado, esa bruma ecléctica que forma la silueta de nuestros pensamientos y simplemente crear a partir de un instante de furia. Y no hablo de una cólera ciega y sin sentido, sino de una sensación de pura liberación, de absoluta conciencia personal, ese momento ilógico e inconexo donde toda idea secular pierde sentido y se forma así misma. Un suspiro en las sombras, una idea plena de pura equidiscencia más allá de la mera identidad cultural a la que pertenecemos.

Deambulo por la calle, a trompicones, recorrida por breves y exquisitos escalofríos de emoción. La cólera bendita, la rebelión absoluta. De pronto, siento deseos de correr. Así sin más. Correr sin que me importe a donde llegaré, porque lo hago. Simplemente lo deseo. Envuelta en esa inocencia lúdica de quién ignora cualquier barrero, o no la reconoce como propia. Los puños apretados. La respiración agitada. Las sienes palpitandome al ritmo de este deseo sinuoso y dioclesiano. Comienzo a correr, primero abriéndome paso entre los transeúntes con cierta renuncia, luego empujando y riendo, enloquecida, más allá de toda idea coherente. Sí, completamente satisfecha, ausente de todo dolor y toda incertidumbre, perpendicular y oblonga, una necesidad que palpita en esa voz secreta que se niega a la aceptación y la pasividad. Corro, mientras escucho los improperios que me dedican, la ira simple de esa humanidad crasa y diametral incapaz de comprender esta felicidad sin sentido, esta mera capacidad de creación en el gesto de oponerme a la sectaria y finísima línea del reconocimiento de una idea general, mansa, sin razón o valor.

Hay veces en que resulta absolutamente necesario dar rienda suelta a una cólera capaz de sacudir nuestro mundo interior por completo. Hay un momento – aunque tales ocasiones no abunden demasiado, siempre hay un momento – en que uno tiene que soltar toda la artillería que lleva dentro. Y debe hacerlo en un respuesta a una idea frontal, a un temor finisecular y sin forma, una ofensa muy grande contra el alma o el espíritu. El yo instintivo y radical, emergiendo con la fuerza de un grito enorme y descontrolado, la voz de nuestra necesidad y deseo reverberando en todas direcciones, creándose a si misma. Un instante único, donde todas las voces de la conciencia más razonable, pierden sentido ante esa frenética ira, ante ese anhelo de perdernos en el fuego ígneo de ese caos informe y maravilloso. Un grito salvaje, abrumador, devastador, que sin embargo es el principio de un deseo profundamente fecundo y personal.

Un fragmento de luz radiante, la voz de la iluminación, en medio del tiempo y la banalidad.

Me detengo. Los brazos extendidos hacia el sol que nace y que muere entre mis dedos. Una carcajada, un suspiro de pura y fatal ansiedad. Cierro los ojos y el mundo solo es este resplandor, sin forma, casi abyecto en su belleza, de un sol imaginario y devastador.

Ah, sí, viva, tan desperadamente viva. En busca de un significado.

C’la vie.

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