Del simbolo y su valor social.

“Así, el símbolo es epifanía del sentido construido por el devenir de la humanidad toda, y proyección en el porvenir del nuevo advenimiento y significarse de cada ser humano. No es pues algo que oculta o esconde, sino más bien lo que al manifestarse permite la emergencia del sentido, y es esta emergencia la que expresa su función de enlace, puente, relación entre el individuo humano, su particularidad biográfica, y la humanidad” (Vélez Saldarriaga 1999, pág. Xiv.)

“Como podemos ver precisamente en el ejemplo de Fausto, supone la visión del símbolo la indicación del camino vital a recorrer, como el señuelo de un fin más remoto aun para la libido, y que desde este momento actuará sobre él inextinguiblemente, atizando su vida, que avanzará, inflamada ya y sin pausa, en demanda de lejanas metas. Esta es la vivificante significación específica del símbolo” (Jung 1964, pág, 147)

¿Y si el hombre pudiera comunicarse realmente con los espacios que se cree le han sido vedados para siempre? ¿Si la naturaleza nos volviera a hablar en su condición primera de creadora? ¿Si comprendiéramos por qué esta soledad, este sin sentido, esta violencia? En su teoría de los símbolos, Jung nos muestra una posibilidad de recobrar los puentes comunicativos que creemos fueron destruidos o que creemos que no existieron nunca; el símbolo se erige como la posibilidad de reavivar el fuego perdido en el centro del signo, de hacer viviente su anquilosado y árido saber. Pero no es sólo una cuestión teórica, el símbolo nos ayuda a elevar nuestra vida a un plano superior, nos puede sanar de la enfermedad moderna que podríamos llamar “literalidad”. Jung nos da un ejemplo precioso cuando nos habla en “Los complejos y el inconsciente” de la forma en que curaban los médicos-sacerdotes egipcios: para enfrentar una picadura de serpiente, narraban al enfermo la historia del Dios-Sol que fue picado por una serpiente creada por la Diosa-Madre, y cómo Éste fue curado también por Ella. De esta manera elevaban a un plano mitológico un accidente “concreto”, y gracias al nivel psíquico en que estaban los egipcios de entonces, a su facilidad -aún no perdida- para ser sumidos en lo inconsciente colectivo mediante un simple relato, las imágenes profundas de la psique se apoderaban con tal potencia de ellos que “su sistema vascular y sus regulaciones humorales” restablecían el equilibrio corporal.

Ahí está la verdadera preocupación vital que se desprende de la elucidación que he hecho de la teoría junguiana. ¿Qué necesita el hombre y la mujer modernos para entrar de nuevo a un nivel psíquico y a un plano mitológico general que sane nuestras angustias? El camino que se vislumbra, sin lugar a dudas, es el del símbolo.

Ya Mircea Eliade lo presintió, al afirmar que sólo el hombre que se vuelve símbolo a sí mismo deja de estar solo, porque su nueva condición lo inserta en un cosmos en el cual ya no es un extranjero. Paul Ricoeur también lo presintió, cuando pensó que la única solución para este anquilosamiento mortal del alma y del lenguaje era la escucha atenta de los símbolos, era ese diálogo con su inflación de sentido que podía volver a fecundar nuestro lenguaje técnico exangüe hasta la muerte, y de esta manera, volver a despertar lo sagrado que habita en todo ser.

Jung no sólo lo presintió, sino que intentó ponérnoslo en frente, para que una luz inefable derogara una orgullosa y recalcitrante ceguera. Intentó mostrarnos cuál era el camino que llevaba a la renovación de la vida… la vida, un concepto que para nosotros no tiene ya ningún valor. Nos condujo suavemente pero con una decisión lapidaria, hasta el abismo de monstruos y dioses de nuestra propia alma.

En un mundo convulso y dado a las interpertaciones superficiales como el nuestro, no nos queda más que desconfiar de toda palabra, y esperar que esos que han sido más sabios que nosotros en el transcurso de la historia de la humanidad – el chamán, el sacerdote, y el iniciado que todos llevamos dentro-, nos den una respuesta, en su asombroso y maravilloso silencio.

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