El misterio del Rostro divino.

Coloco el espejo frente a mí. Cierro los ojos por un instante y cuando los abro, observo atentamente a la chica pálida de ojos asombrados que me mira desde la plata y la posibilidad más abstracta. Sonrío, extiendo la mano, palpo la superficie del reflejo, intento encontrar sentido a esta emoción fragmentaría y frenética que me recorre.

Un recuerdo. Una imagen evocadora. Un momento de luz en medio de la oscuridad.

Cuando era una niña pequeña, mi abuela me mostró una escultura de una de sus artistas favoritas: Malvina Hoffman, una obra impresionante de bronce oscuro de tamaño natural reunida en una espaciosa idea de creación femenina. La artista había esculpido con visión salvaje cuerpos, generalmente desnudos de personas de todo el mundo.

La artista derramaba su amor sobre la enjunta pantorilla del cazador, los largos pechos de la Madre con dos hijos mayores, las espléndida esbeltez de la virgen, los testiculos del anciano colgando hasta medio muslo, la nariz con unas ventanas más grandes que los ojos, la nariz curvada como el pico de un halcón, la nariz como un ángulo recto. Se había enamorado de las orejas enormes de los etíopes, de los rostros esquivos y exquisitamente redondeados de los indigenas australianos. Le encantaban cada uno de los cabellos enroscados como los cestos de las serpientes y cada uno de los caballos ondulados como unas cintas que se desdoblaran o los cabellos lisos como la hierba. Sentía el amor salvaje del cuerpo. Comprendía el poder que había en nuestra piel y nuestro concepto de carnalidad.

Recuerdo haber pensando, aun siendo tan pequeña, que la vida es bella solamente por recrear la imperfección a través de una estética individual. Con una sonrisa – a escondidas de los celosos vigilantes del museo – apoye mi mano sobre la curva de un rostro, en la cadera de una mujer gigantesca, en la pierna de un cazador eternizado en bronce y esperanzas. En aquel momento no supe muy bien como expresar la enorme emoción que me invadió, la sensación expúrea y fascinante que la tierra y el tiempo carecian en ese momento de significado, o mejor, que se encontraban contenidos en todos aquellos rostros, en todas las voces, las danzas misteriosas que nunca vería y que solo podría imaginar, toda la vida que la artista había retratado a través de su pasión.

Éste es el poder cuerpo, nuestro poder, el poder de la divinidad salvaje que habita en el centro mismo de nuestra memoria. En los mitos y los cuentos de hadas, las divinidades y otros grandes espíritus ponen a prueba los corazones de los seres humanos apareciéndose de distintas formas que ocultan su divinidad. De la misma manera, nuestro poder creador, la voz de la montaña y el viento, se manifiesta en nosotros en todas las formas posibles, en una míriada de posibilidades infinitas que contenemos en nuestra memoria, nuestro rostro, nuestra fe y convicción. Se presenta con la piel tan oscura como la madera vieja o escamas hechas de pétalos de rosa, con un aspecto tan frágil como el de los niños, como el de una vieja tan amarilla como un sueño melancólico, un hombre que danza y ríe, una mujer anciana de manos arrugadas que acaricia tu rostros. Esa es nuestra identidad, la sabiduría de la carne y la comprensión de tu propia humanidad, la voz en la sombra, la convicción en nuestro poder de creación.

Me miro de nuevo en el espejo y dejo escapar una carcajada de alivio, pura fascinación. El poder de nuestro espíritu se presenta en muchos tamaños, colores, formas y condiciones. El alma salvaje de la tierra, El suspiro del aliento de una divinidad misteriosa y carente de otra vez que no sea la nuestra.

Un suspiro en medio de la veleidad de la razón.

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