El verbo creador de la Historia.

Creo que no es un secreto para los amables lectores de este blog, mi pasión por la crónica histórica. Desde muy niña me he sentido profundamente atraída por la idea concreta de la expresión de nuestro pasado como conglomerado cultural. Durante toda mi vida, me han fascinado los grandes relatos de héroes y episodios que crearon el futuro, otorgaron sentido al presente y conformaron el rostro más coherente de la expresión humanista que hoy conocemos. Un instante ecléctico donde todas las voces y sentidos toman forma a través de una decisión cultural.

Por supuesto, que la religión cristiana no podía resultarme ajena bajo la perspectiva del análisis finisecular. Aunque no forma parte de mi identidad social, no por ello puedo ignorar que forma parte del enorme bagaje más amplio de nuestra memoria colectiva. Es por ese motivo, que como lo he hecho con toda una serie de hechos históricos, me he dedicado a analizar su doctrina desde el punto de vista de la crónica y el método alemán de análisis de la historia. La presente aproximación a la navidad – como concepto e hito cultural – es el fragmento de una investigación más amplia sobre el rostro históricamente comprobado sobre el dogma cristiano. En la siguiente interpretación de la evidencia comprobable, intento encontrar el norte y sentido de las creencias actuales y sobre todo, su influencia sobre la visión que sobre la Religión ofrecen como creación anecdótica.

Debo aclarar, que no es mi intención herir las sensibilidades de cualquier lector cristiano, sino evidenciar que el hecho histórico y la expresión religiosa son dos formas distintas de comprender la fe.
El nacimiento de un mito:

Hasta transcurridos más de tres siglos de la muerte de Jesús no entró la Navidad en el calendario cristiano. El motivo de su tardía aparición es esencialmente doble. Entre otras cosas, nadie conocía la fecha del nacimiento de Jesús, y, en segundo lugar, se consideraba que no era del todo apropiado celebrar su cumpleaños como fiesta religiosa «como si fuera un rey faraón», tal como dijo Orígenes.

¿Por que’ abandonaría la Iglesia esta opinión eminentemente sensata para elevar la Navidad a la posición que ha ocupado en la mayoría de las confesiones cristianas, a saber: la de segundo día más santo del calendario? Indudablemente es reflejo de un cambio sobre el que tendremos muchas cosas que decir a su debido tiempo: un cambio del retrato de Jesús como «hijo de Dios», una figura esencialmente judía y totalmente humana, a su presentación como «Dios el hijo», imagen sacada del politeísmo pagano.

En cuanto a la fecha de la Navidad, no hay mejores probabilidades que 1 de cada 365 de que el cumpleaños de Jesús cayera en el 25 de diciembre. Varias fechas distintas se han disputado el título -entre ellas el 20 de mayo, el 19 de abril, el 17 de noviembre, el 28 de marzo, el 25 de marzo y el 6 de enero- y transcurrieron casi quinientos años antes de que el 25 de diciembre gozara de aceptación general. La elección de esta fecha no fue fruto de la investigación histórica, sino que obedeció en gran medida a la influencia de otras religiones.

No fue casualidad que el 25 de diciembre fuera el cumpleaños del «Sol Invicto» (Sol Invictus), la principal festividad del mitraismo, popular religión mistérica que data de las postrimerías del imperio romano y que compartía diversos elementos con el cristianismo, entre los que destacan la importancia que daba al renacimiento y a la salvación.

Puede que el hecho de que asociemos la Navidad con luces y fuego sea un vestigio de la celebración general del solsticio de invierno del 21 de diciembre, especialmente en el norte de Europa. El nochebueno, el brillante árbol iluminado y las velas que siguen siendo tan propias de la Navidad son evidentemente tradiciones paganas que, en consonancia con la acostumbrada política eclesiástica de la Edad Media, fueron adaptadas al uso cristiano en lugar de condenadas de entrada.

Probablemente, tampoco es coincidencia que la Navidad caiga tan cerca del Chanukah, la festividad judía de las luces que dura una semana y cuya fecha, determinada por el calendario lunar, cae generalmente dentro del plazo de una o dos semanas del 25 de diciem¬bre. Pero el Chanukah no es solamente la festividad de las luces: su propósito principal es celebrar la liberación del pueblo judío de las manos de un enemigo mortal empeñado en su total destrucción, el rey seléucida Antioco «Epifanes» de Siria. Dicho de otro modo, el Chanukah tiene algo de contexto mesiánico, rasgo distintivo subyacente en todos los cuentos de la Navidad cristiana.

El mercantilismo y el jolgorio general que caracterizan a la moderna celebración de la Navidad derivan de una festividad pagana, la Saturnal romana, celebración que duraba una semana y cuyo último día era el 25 de diciembre. Puede que a muchos de los predicadores cristianos del siglo XX que truenan contra el mercantilismo de la Navidad, y que instan a su grey a recuperar el espíritu cristiano de la fiesta, les sorprenda saber que el espíritu exuberante que ellos condenan era el espíritu original de la Navidad o, cuando menos, el espíritu original del 25 de diciembre.

Corrección de la numeración de los años:

Una de las pesadillas de muchos jóvenes estudiantes es el tener que contar los años hacia atrás cuando caen antes de la era cristiana. Este concepto de «fechas negativas» no sólo es engorroso sino que, además, surte un efecto más grave: el de dar la impresión totalmente falsa de una súbita ruptura brusca en la historia mundial entre el año 1 «a.C.» y el año 1 «d.C.».

El año 1 «d.C.» no significa nada ni siquiera para el cristiano devoto, toda vez que no fue el año del nacimiento de Jesús, aunque Dionisio Exiguo, el monje romano del siglo vi que fue el primero en introducir el actual sistema de numeración, había supuesto que lo era. La opinión moderna al respecto es que Jesús nació cuatro años antes, ya que esto enlaza con el punto de vista del Evangelio (Mt., 2, 4) de que nació durante el reinado de Herodes el Grande, el cual murió cuatro años antes de la fecha que escogió Dionisio Exiguo para el comienzo de la era cristiana.

De la interpretación de la palabra de Dios:

Jesús nació en Belén. ¿O no fue así? Es uno de los «hechos» más conocidos del cristianismo y gracias a él la ciudad de Belén cuenta con una próspera industria turística.

¿Pero es verdadero? ¿Nació realmente Jesús en Belén? Por desgracia, hasta los autores de las escrituras cristianas discrepan entre ellos. Tanto Mateo como Lucas dicen que sí, mientras que Juan (7, 41-42) y Marcos (1, 9; 6, 1) dan la impresión de no haber oído hablar jamás del supuesto nacimiento de Jesús en Belén y creen que su lugar de nacimiento fue Nazaret, pequeña población situada en la región septentrional de Galilea, en el otro extremo del país de donde se encuentra Belén.

Pero ni siquiera las crónicas de Mateo y Lucas concuerdan realmente. Lucas es muy consciente de que la gente de la época asociaba a Jesús con Nazaret y no con Belén, por lo que se siente obligado a explicar a sus lectores cómo fue que este galileo naciera casualmente tan lejos de casa.
Hoy día estamos mucho más acostumbrados que entonces a la idea de que los bebés nazcan lejos de casa. Actualmente incluso sabemos de bebés que nacen en un taxi o a bordo de un avión a medio camino entre dos continentes. Pero en el período del que nos ocupamos los viajes eran lentos, molestos y peligrosos y la mayoría de la gente pasaba toda su vida en un pueblecito sin aventurarse nunca a alejarse más de unos kilómetros de él.

De ahí que Lucas crea necesario darnos una explicación sobre por qué Jesús nació en Belén. Y, ¿cuál es esta explicación? Es la conocida historia sobre el censo romano. Dice Lucas que se promulgó un decreto imperial que exigía que todo el mundo volviera «cada uno a su ciudad» (2, 3). En el caso de José y María esto significaba que tenían que desplazarse de Nazaret a Belén, que era la ciudad de José.

A simple vista, esto parece bastante convincente. ¡No hay nada como un pequeño detalle para ganarse la confianza de un auditorio! Si seguimos investigando, no obstante, descubrimos que la historia es totalmente falsa.

Después de todo, ¿qué es un censo? Nuestra época, por supuesto, sabe mucho más de números que cualquier época anterior y nos pasamos la vida contando, midiendo, calculando y comprobando todo lo comprobable, ¡a veces (o al menos eso parece) sin otra razón que la de ejercitar nuestro conocimiento de los números! En la mayoría de los estados modernos se censa a la población cada equis años. Se trata sencillamente de contar las cabezas para ver cuántos habitantes tiene el país. Pero, a pesar de la aparente falta de sentido de esta operación, el censo tiene un propósito eminentemente práctico. No se trata sólo de ver si el conjunto de la población ha aumentado o disminuido, sino también, entre otras muchas cosas, de si se ha desplazado de unas regiones a otras. Dicho de otro modo, un censo es un ejercicio muy práctico. Lo que interesa al que hace el censo es dónde está la gente, no dónde estuvo en otra ocasión o de dónde proceden sus antepasados.

Al gobierno romano, compuesto esencialmente por administradores realistas, prácticos, las cifras por las cifras le interesaban aún menos que a la mayoría de los gobiernos modernos. De hecho, el censo romano tenía un objetivo práctico concreto: la tributación. El gobierno deseaba saber cuánta gente había en cada localidad con el fin de poder calcular los impuestos que se cobrarían de cada una. Y, ¿dónde habría pagado sus impuestos José? No en Belén, aunque su familia procediera originariamente de allí, sino en Nazaret, donde, como admite alegremente incluso el propio Lucas, residía en realidad. Así, pues, visto a la luz de la historia, nada podía estar menos en consonancia con la verdadera naturaleza y propósito de un censo romano que el que una persona se desplazase de su lugar de residencia a algún remoto y supuesto lugar de nacimiento o ciudad natal de sus antepasados.

Un pequeña error, sin embargo, es que el censo romano no habría afectado a Nazaret en ningún caso, ya que Galilea no estaba bajo la dominación romana, sino que tenía su propio gobernante, el «tetrarca» Herodes Antipas, hijo del rey Herodes.

Pero ese no se el único problema relacionado con el censo. Es obvio que Lucas tiene gran empeño en que aceptemos su historia de que Jesús nació en Belén, por lo que nos da explicaciones muy detalladas al respecto. De hecho, llega al extremo de especificar el nombre del gobernador romano bajo el cual se llevó a cabo el censo: Cirenio. Hubo ciertamente un gobernador llamado así (o Quirinius, que es la forma latina del nombre) y, lo que es más, sabemos por las fuentes romanas que hizo un censo. Pero su mención por Lucas en relación con el nacimiento de Jesús crea más problemas de los que resuelve. Sobre todo, hay un problema de fechas. Ciertamente Quirinius llevó a cabo un censo, ¡pero en un momento en que Jesús ya hubiera tenido diez años de edad! Da la casualidad de que el censo de Quirinius puede fecharse con precisión por medio de la crónica muy detallada que nos da el historiador Josefo (Antigüedades judías, 18, 1). Según Josefo, fue enviado a realizar el censo poco después de que Roma se anexionase Judea, cosa que ocurrió en el año 6 o 7 de nuestra era. Es obvio que el propósito de dicho censo era hacer un «inventario» inicial en vista de que Judea iba a ser gobernada directamente por funcionarios romanos.

Algunos comentaristas cristianos han admitido alegremente que la datación del censo por Lucas adolece de un retraso de diez años, pero no han hecho nada más. Sin embargo la mayoría de los autores cristianos que han tratado este tema han reconocido que si admiten este error aparentemente trivial por parte de Lucas, entonces se viene abajo toda la historia según la cual Jesús nació en Belén. Esto ha sido motivo de que se hicieran algunos intentos desesperados de justificar lo que afirma Lucas sobre el censo.

Con la ayuda de una inscripción que describe a un militar romano cuyo nombre no sabemos, los apologistas se han apresurado a sugerir que tal vez Quirinius, sin que conste en ninguna parte, estuvo antes en la zona y que el militar anónimo no fue otro que el gobernador, convenientemente datado en la época del nacimiento de Jesús. Aparte de la total falta de pruebas que permitan llegar a una conclusión tan improbable, hay otra pequeña pega: la fecha del nacimiento de Jesús que se acepta de modo general corresponde a una época en que Roma no tenía ninguna jurisdicción en Belén o en Nazaret, por lo que no pudo haber censo alguno que coincidiera con su nacimiento.

Esto es así porque Jesús nació en vida del rey Herodes «el Gran¬de». ¿Cómo lo sabemos? Porque nos lo dicen el propio Lucas (1, 5) y Mateo (2, 1). El problema es que Herodes murió en el año 4 a.C., sus buenos diez años antes del censo de Quirinius, y durante el rei¬nado de Herodes no es posible que se hiciera un censo romano en su territorio, que incluía tanto a Judea como a Galilea, es decir, tanto a Belén como a Nazaret.

Está claro, pues, que Lucas se ha armado un lío en este sentido. Por un lado, data el nacimiento de Jesús en el año 4 a.C. como más tarde. Por otro lado, relaciona el nacimiento de Jesús con un acontecimiento que tuvo lugar un decenio más tarde. ¿ Cuál de las dos historias debemos creer? ¿Importa cuál?

Sí, si importa. Importa porque la aceptación de que el nacimiento de Jesús tuvo lugar durante el reinado del rey Herodes acabará finalmente con la historia del nacimiento en Belén, la cual, como ya hemos visto, en todo caso debe rechazarse por otras razones.

Uno de los detalles más conocidos de la historia de Belén es el incidente relativo a la posada y el pesebre. La escena encantadora y patética que nos pinta Lucas (y, por cierto, él es el único evangelista que la describe) ha cautivado a tantas generaciones de niños y adultos que nadie se ha parado a hacerse unas cuantas preguntas básicas. Tales como: para empezar, ¿qué hacían José y María buscando alojamiento en la posada? Los hoteles, posadas, paradores y demás eran muy escasos en el mundo antiguo en su conjunto. Los viajeros solían hospedarse en casa de amigos o parientes. ¿Por qué no lo hicieron así José y María? Al fin y al cabo, ¿no estaban en la ciudad natal de José? Esa, según Lucas, era la única razón del viaje a Belén. ¿ O debemos creer que en Belén no quedaba ni un solo miembro de su familia?

Cuanto más atentamente examinamos la historia de Belén, más se desintegra ante nuestros ojos. Veamos otro detalle: ¿Por qué María acompañó a José a Belén? No sólo es una imprudencia que una mujer en avanzado estado de gestación emprenda un viaje largo y peligroso, sino que nadie ha pretendido jamás que la familia de María fuese de Belén; sólo la de José. Si José y María hubieran sido marido y mujer en aquel momento, eso explicaría que ella le acompañase, pero no estaban casados. (Volveremos sobre este hecho interesante dentro de poco.)

Hasta aquí hemos limitado nuestros comentarios a la crónica del nacimiento de Jesús que hace Lucas. Pero, ¿y Mateo, que también sitúa el nacimiento en Belén (2, 1)? A diferencia de Lucas, Mateo no dice ni una palabra acerca de un censo, ni hace mención alguna de una posada o un pesebre. Al contrario, la crónica de Mateo nos da la impresión de que Belén era el hogar permanente de José y María y dice que Jesús nació en una «casa» (2, 11). La primera vez que alude a Nazaret, Mateo juzga necesario dar una explicación especial de la decisión de José y María de instalarse en Galilea en vez de en Judea (2, 22), perpetuando así la impresión inicial de que era Belén y no Nazaret el lugar habitual de residencia de José y María.

Pero, si realmente hubiera sido así, entonces, ¿por qué Lucas se arma un lío con el fin de explicar el hecho de que la pareja resida en Belén? Seguramente porque Lucas sabía que Belén no era su lugar de procedencia, pero se sintió obligado a situarlos allí contra viento y marea, con el objeto de presentar Belén como lugar de nacimiento de Jesús. Mateo se preocupa igualmente de enmarcar el nacimiento en Belén, pero adopta una técnica diferente. En lugar de inventar una historia con el objeto de trasladar a José y María de Nazaret a Belén, ¡astutamente nos da la impresión de que siempre habían vivido allí! Pero su preocupación por hacer de Belén el lugar de nacimiento de Jesús aflora de todos modos a la superficie. Aflora especialmente en su cita (levemente tergiversada) del conocido pasaje del profeta Miqueas (5, 2) que predice que sería de Belén de donde saldría el Mesías judío (Mt., 2, 6).

Tenemos aquí la clave de todo el problema del nacimiento de Jesús. Tanto Mateo como Lucas quieren demostrar a sus lectores que Jesús era el Mesías de que hablaban los escritos proféticos judíos. Uno de los prerrequisitos esenciales del Mesías era que naciese en Belén. Por tanto, con el fin de «estar calificado» Jesús sencillamente tenía que contar en su haber con un nacimiento en Belén. Si tuviéramos sólo la crónica del nacimiento que hace Mateo y no la de Lucas, bien hubiésemos podido creer que Jesús había nacido efectivamente en Belén. Pero Lucas se traiciona a sí mismo al inventar una historia complicada y a todas luces falsa con el objeto de «probar» el nacimiento en Belén, con lo que sin querer pinta todo el episodio con el pincel de la ficción.

Contrastando tanto con Mateo como con Lucas, Juan, el autor del cuarto evangelio, no está tan interesado en establecer las creden¬ciales de Jesús como el Mesías judío en el sentido judío tradicional.

En general se está de acuerdo en que Juan escribió su evangelio para un público no judío, lo que explica por qué quita importancia en su libro a la afirmación de que Jesús era el Mesías judío que profetizaban las escrituras judías.

Dicho de otro modo, Juan no tenía ningún interés personal en lo que respecta al lugar de nacimiento de Jesús, por lo que resulta aún más intrigante lo que dice sobre él. Es interesante que relate un incidente que tiene relación directa con el tema. Nos dice (7, 40 ss.) que los judíos de la época de Jesús debatían la cuestión de si debían aceptar o no la pretensión de Jesús de ser el Mesías, siendo el principal reparo a la aceptación el origen galileo de Jesús (7, 41). Los que rechazan la pretensión mesiánica de Jesús se le enfrentan directamente con el prerrequisito profético: « ¿No dice la Escritura que del linaje de David, y de la aldea de Belén, de donde era David, ha de venir el Cristo?» (7, 42). ¿Hace Juan que Jesús o uno de sus discípulos conteste explicando que Jesús era en verdad descendiente de David y que había nacido en Belén tal como se requería? En absoluto. Por el contrario, Juan da por sentado que Jesús no reunía estos prerrequisitos de la profecía mesiánica judía. Para Juan esto no tenía mucha importancia; por tanto, son aún mayores las razones para dar crédito a lo que dice sobre ello.

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