Sequia y abundancia.

Aunque en la mitología mundial existen innumerables Diosa del agua, son contadas las que controlan las Lluvias. Esta discrepancia se basa en el patrón simbólico compartido, según el cual la tierra es la madre que debe ser fecundada por la lluvia que en consecuencia, es de origen necesariamente masculino. Por ejemplo, aunque la religión de los aztecas contó con varias diosas vinculadas con el agua, fue el Dios Tláloc el encargado de la lluvia, así como de la escarcha, la sequía y los relámpagos.

A menudo se invoca a la Diosa como deidad suprema, incluso en los rituales para provocar la lluvia. La fertilidad y la regulación de las estaciones son los temas fundamentales de la mitología cananea de Ugarit.

El mito ugaritico primigenio es el relato de El, Padre de Baal. Según las interpretaciones, el Dios creador El, intenta producir dos mujeres o descubre dos Diosas. Sea como fuere, su falo se inflama de deseo y quiere “poseer” a dos bellas mujeres, Asherah y “La niña” Anat, que en un mito posterior, aparece como esposa y hermana de Baal.

Esta narración forma parte del drama que con toda probabilidad, representaban rituales después de un mala cosecha o a principios de cada ciclo de siete años a fin de garantizar la prosperidad del siguiente.

Se ha dicho que la interpretación ritual estaba cargada de intriga porque, pese a la impaciencia del dios, la abundancia de los campos dependía de la respuesta de las diosas. Si llamaban “padre” a El, este tenia que tratarlos como hijas y la Tierra continuaba yerma. Si lo llamaban “esposo”, El, copulaba con las Diosas, que procreaban en abundancia, pues parían el crepúsculo, el Alba y 70 “buenas y graciosas” divinidades, que mamaban del pecho de Asherah y así adquirían la potestad de Gobernar. Estos dioses y diosas garantizaban la regulación de la lluvia, el rocío y la tormentas en las estaciones correspondientes y la agricultura prosperaba.

El desarrollo de los mitos de Ugarit sorprende por sus motivaciones humanas: los Dioses compartían las inquietudes de los mortales, aunque hay que aclarar que evidentemente se trataba de las dificultades y ambiciones de los monarcas, más que de las de los plebeyos. Por su parte, la Diosa era más misteriosa y presentaba una cualidad innegable, ajena a lo mundano.

El drama ritual de El tenía lugar en el dominio de la Diosa: ” los campos de Asherah”. Esta era inmanente ( o sea, que todo lo penetraba ) y presentaba diversas personificaciones como madre, esposa, hermana e hija de distintos dioses. La procreación y la continuación de la vida dependían de su voluntad. La Diosa seguía sus impulsos y según requería la situación, apelaba a la diplomacia, la intimidación o la violencia, si bien el resultado siempre estaba bajo su control. Por su parte, los Dioses cananeos eran seres del destino, cumplían funciones concretas y estaban encerrados en un cilco de perpetuidad, mientras que la Diosa permanecía al margen y dirigía los actos.

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