La Danza de la Mariposa.

Cuando era una niña pequeña, mi tia Agatha – de quién como he dicho, heredé mi primer nombre – solía contarme la historia de la Doncella Mariposa. Me hablaba sobre las creencias en su nativa Hungría, donde se hablaba de una misteriosa mujer que una vez al año, se convertía en una preciosa mariposa real, de diminutas alas azules y tornasoladas. No obstante, nadie lo sabía porque de ordinario, la Doncella mariposa se ocultaba tras la rutina de una mujer a la que nadie miraba dos veces: alguién a quién todo el mundo consideraría débil: por la edad, por el hecho de representar el temor de la razón, por ser una mujer cansada y pesada. El cabello de doncella Mariposa llegaba hasta el suelo. Era de color gris piedra y tan abundante como diez gavillas de maíz. Sus caderas son como dos trémulos trozos de arcilla, carentes de forma. Una anciana silenciosa y temerosa, oculta entre las arrugas de la edad y su temor.

Pero una vez al año, emerge la Mariposa. Se alza la anciana en la oscuridad de la noche, extiende sus manos sarmentosas hacia el firmamento tachonado de estrellas púrpuras y danza, riendo, con los ojos abiertos, contemplando la belleza del silencio y la oscuridad. Su espalda es la curva de la Tierra con toda sus cosechas, sus alimentos y animales. Su nuca sostiene el amanecer y el ocaso. Su muslo izquierdo contiene todas las estacas de las cabañas del tiempo perdido, su muslo derecho todas los recuerdos del mundo. Su vientre, la posibilidad fecunda de las ideas y la perspectiva de la verdad.

La Doncella Mariposa es la fuerza fertilizadora femenina. Transportando el polen de un lugar a otro, fecundoa el alma de los sueños nocturnos, vuela sobre campos de ilusiones, sobre los rostros dormidos, sobre las manos entrebiertas de los cansados y deja caer esperanzas. Ah, sí, Hermosa la doncella de la noche, elevandose en espiral hacia la luz de la Luna Oblicua. El espiritu de la Tierra, de la gran Madre olvidada, salta alegremente sobre el lecho del rio y la voz del mar.

Invariablemente, siempre terminaba llorando cuando mi tia terminaba de contarme la historia de la Doncella Mariposa, dueña de los sueños. Ella reía – esa risa de niña que aun conserva a pesar de su venerable edad – y me besaba en las mejillas cálidamente. Sus ojos oscuros brillantes de pura emoción.

– Nunca lo olvides, mi pequeña, la Doncella Mariposa está en nosotros…somos todos los que comprendemos nuestra capacidad para crear y soñar. Una vieja alma, una vieja historia, una joven esperanza.

Por supuesto, de niña nunca comprendí muy bien que quería decir Agatha al insistirme en que la Doncella Mariposa somos todos y la a vez, no es más que un sueño. Y sin embargo, al crecer he descubierto, en mi misma y más allá del mundo de las ideas, que la bailarina mariposa es la voz de mi tiempo personal, la fuerza primigenia que habita más allá de mi memoria. Es la vida carente de tabues y restricciones, es amplia y generosa como la necesidad de comprender nuestra propia necesidad de un lugar y un momento de individualidad. Su mano sostiene la mia, en esas noches de insomnio, cuando miro al mundo dormir y me pierdo en el laberinto de mis ideas. Ese privilegio exquisito de encontrar un lugar donde reposen mis sueños y mis temores. La vanidad perpendicular de un renacimiento poderoso y fatal.

Mi espíritu es una Mariposa. El cuerpo de la tierra, un mundo en sí mismo. Tan vulnerable y sentido como un deseo, tan furioso y destructor como la necesidad. Danza, Doncella Mariposa, más allá de la voz de mi rostro y la creación venial de mi perspectiva de la verdad.

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