La grieta al poniente.

Deambulando por la ciudad, perdida en mis pensamientos, en la idea más diametral de mi memoria. Un poco agotada de mis propias preguntas sin respuestas, pero sin dejar de formularme nuevas, intentando abarcar el sentido de la vida a través de mis cuestionamientos. Una enorme satisfacción en la mera incertidumbre, en la ausencia de todo miramiento a la hora de golpear y desmenuzar el mundo a través de mi expresión más critica y poderosa. Suspiro, me detengo un momento – en cualquier lugar, podría ser cualquier tiempo – y observo a mi alrededor.

Dos perros corretean entre sí en el jardín descuidado de una casa. Unos animales bien cuidados, sin duda, con las patas fuertes, el hocico limpio y lanudo, los músculos poderosos moviéndose con una vertical y magnifica precisión. Me fascina la forma en que los perros chocan unos con otros cuando corren y juegan, los perros viejos a su manera, los jóvenes a la suya, los flacos, los patilargos, los rabicortos, los de orejas colgantes, aquellas cuyas fracturadas extremidades se soldaron torcidas. Todos tienen sus propias configuraciones y fuerza corporal, su propia belleza. Viven y juegan de acuerdo que son, quienes son y como son. No fingen ser lo que no son.

Me vuelvo para mirar a mi alrededor. Una multitud variopinta de rostro tenso me rodean; ciudadanos de una ciudad muda y cáustica, soterrada y perdida en mil batallas carente de sentidos. Hombres y mujeres, niños y jóvenes, todos otorgan un sentido valioso y rutilante a esta realidad. ¿Pero quienes son? La sonrisa alborozada, la expresión cansada, la mirada ausente, la mueca de la boca fruncida, las manos apretadas en un puño, los cuerpos encorvados, los hombros erguidos, los pasos cortos, las largas zancadas. La humanidad en pleno, hermosa y carente de orden y coherencia, un caos rudimentario cargado de expresión, carente de todo valor a no ser el que querramos otorgarle. Una imagen movediza de nuestro pensamiento, de esa identidad torva que otorga un lugar bajo el sol a todos nuestros pensamientos y sentimientos. El olor de la creación, la textura de la comprensión que nace y rebosa cualquier idea.

Porque ¿que es un nuestro cuerpo sino el ábside de nuestro yo intuitivo? En su nivel más básico – el pecho, el vientre, cualquier lugar donde haya piel, cualquier ligar donde haya neuronas que transmiten las sensaciones -, la cuestión no es qué forma, que tamaño, qué color, qué edad, sino ¿Siente algo, funciona más allá de la poesía de una estructura silenciosa y creacionista por el mero hecho de formar parte de mi tiempo personal? ¿Podemos reaccionar, percibimos su alcance, su espectro sensorial? ¿Tiene miedo, está paralizado por el dolor o el temor, sofocado por antiguios traumas? ¿O escucha su propia música, ese ritmo misterioso y profundo, las esferas celestes de ese Universo tardío y personal que llamamos pensamiento? Sin duda, bajo estas ideas – una reflexión mimética – subyace la misma hambre de experiencia numinosa que los seres humanos han experimentado desde tiempos inmemoriales. Que deseo sí, de comprender el mundo a través de nuestros conceptos, darles un sentido soterrado a nuestros deseos, la expresión creacionista, amplia y esquiva. ¿Que somos, más que ideas proclives a la destrucción o al renacimiento?

Un silencio atemporal en mi mente. Una carcajada ruidosa de pura satisfacción.

Continuo mi solitario deambular. Un deseo creacionista inextricable y profundamente personal.

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