el Poderoso brillo de la creación.

Enciendo una vela. La llama se alza en un espiral de luz y parece enredarse entre mis dedos. Una gonia simple y diminuta. El resplandor se hace oblongo, se eleva, palpita, vibra, desaparece y luego, simplemente encuentra su lugar dentro de la oscuridad, en la némesis imposible de un deseo más allá del caos de lo material y el tiempo del verbo. Abrumada, aliviada, en silencio, sigo contemplando esa pequeña grita de rutilante belleza hasta que todo el mundo se hace un extallido ígneo, estalla en todas direcciones, raquídeo e insoportable. Parpadeo, suspiro. Me muerdo los labios. Los dedos temblorosos sobre la llama. Un instante de dolor, luego algo semejante a la paz.

Creo que siempre me esforzaré por encontrar un sentido al mundo, aunque paradojicamente la mayoría de las veces me regodeo en la idea que el caos es la creación primordial de un Universo que deambula entre la luz y la sombra. Esta busqueda y este hallazgo de sentido – ciego y ampuloso – se basan en la misteriosa pasión que siento por lo que salvaje y primitivo, por lo que carece de dogma y concreción, esa veleidad innata que nace de nuestro pensamiento con el mismo poder expúreo de una llama al nacer. El objeto de ese anhelo es conmovedor y enigmático, una lugar en sombras en mis pensamientos, y aun así, creo comprenderlo con más claridad que mis reflexiones más lógicas e idóneas. Añoro la motivación fecunda e instintiva, ese poder irresoluto que brota del simple deseo, de la necesidad de expresarme sin cortapisas o cualquier otro anhelo que no sea construir mi propia voz. Una exiliada que encuentra su lugar y momento en la individualidad, la propia identidad específica en medio de un tiempo plural, el canto del espíritu y el reconocimiento de esa criatura cerval y poderosa nacida de nuestra voluntad.

Cuando aceptamos nuestro deseo de encontrar nuestro propia identidad, todo momento y experiencia toman una perspectiva propia y exuberante, una conmovedora sensación de vitalidad fuera de todo sentido y voz.

Como la llama de una vela, temblorosa pero aun así, magnifica. Perpendicular, enfrentandose a la oscuridad.

Extiendo los dedos, rodeo la llamita con mis dedos. Percibo el calor, el eco del dolor. Me dejo llevar. Me aferro a ese brillo anodino y puro, una hazaña de la memoria, una cólera rutilante y mordaz. Por un instante, creo comprender el sentido de esta necesidad palpitante, extranjera de toda circunstancia. La pureza de esta sensación, atávica, poderosa en su propia ingenuidad. ¿No esa reverberación de un eco primigenio lo que reconocemos como emoción? ¿O se trata de una mera sensación de libertad inconcreta, voluptuosa, infinitamente personal?

No podría decirlo. Tal vez nunca encontrar una respuesta a la eterna disyuntiva del valor moral. No obstante, siempre continuaré cuestionando la idea, destruyendo el concepto para dar sentido a la mera vulnerabilidad.

El fuego se eleva entre mis dedos, luego muere en silencio. Un hilo de humo se eleva, me envuelve. Cierro los ojos. En el Universo púrpura de mis ojos cerrados aun palpita el resplandor de mi necesidad de creación.

C’ la vie.

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