El ojo del espíritu.

Coloco la cámara frente a mí. Ajusto el trípode cuidadosamente y luego, manipulo el mecanismo que me permitirá mirarme a través de los ojos de otro, un solo instante, una única y banal oportunidad de intentar comprender el enigma raquídeo de un deseo carente de abstracción.

Suspiro, aguardo. Las manos aferradas a la silla donde me encuentro sentada.

Una mínima variación de luz.

Muchas veces me han llamado vanidosa debido mi hábito de tomar mi rostro como una forma de expresión dentro de mi visión estética. En realidad, debo admitir que mi insistencia en recrear mi mundo personal a través de retratos, no es consecuencia de un desmedido narcisimo o alguna otra forma de vanagloria personal, sino que siempre he considerado que nuestro cuerpo es la creación anedóctica más cercana a la memoria más íntima, a esa visión profundamente individual, ajena a toda sofisticación, poderosa y raquídea. ¿No se ha insistido hasta el cansancio que los ojos son el espejo del alma, un axioma inconcreto y ampuloso que intenta demostrar que el mundo del espíritu se manifiesta a través de la concreción de la piel? Tal vez se trate de una contradicción cultural o simplemente, de una idea manifiesta que intenta restringir la estética – y su concepción sobre ella – en una esfera personalisima. No podría decirlo, pero tengo la certeza – brumosa e incluso, yuxtapuesta sobre mi propio deseo de encontrar un asidero a mi propia percepción de la belleza – que el Universo cuántico que forma parte de nuestra memoria es capaz de abrirse paso a través de la expresión y las muecas, la conciencia estilizada de un hedonismo parco y probablemente, desconocido.

Lo considero una forma de representación, quizá. A veces pienso que el cuerpo – la conciencia en su expresión más amplia – no esta separado de la tierra, que mis pies están para asentarse con firmeza en el suelo y que soy un recipiente destinado a contener esa concepción y antigua sobre la simple ternura de la existencia. Experimento un profundo placer en un mundo lleno de una estética profundamente asimilada, no siempre comprendida y con toda probabilidad, ignorada. Una pluralidad de los valores exactos de nuestra cotidianidad. Porque aprobar sólo una clase de belleza equivale en cierto modo a no prestar atención a la naturaleza. No puede haber un solo canto de pájaro, una sola clase de árbol, una única capacidad de expresión conceptual. Como sociedad estoy convencida que no podemos conseguir que la cultura adquiera conciencia sobre el valor del Yo hedonista solo deseando ese cambio, considerado con toda probabilidad transgresor. Esa evolución paulatina comienza con nuestra actitud hacia la belleza, la aceptación que somos una creación anecdótica de una expresión superior y amplia sobre la eco de un sistema de valores inexactos. Esta dinámica autoaceptación y autoestima son los medios por los cuales la cultura severa que nos obliga a denigrar de nuestro criterio más amplio sobre nosotros mismos, se ve en la necesidad de transformarse, recrear la vitalidad de una sensación y la idoneidad de una concepción visceral sobre nosotros mismos.

Sonrío levemente, mirando el lente de la cámara lanzar un único destello amenazante. Aguardo, mientras el aire se llena de una exquisita tensión, el preludio de un pequeño milagro. ¿Que descubriré en mi expresión? ¿Que encontraré al fondo de mis ojos? Aun no lo sé, pero deseo encontrar un sentido personal a ese mundo que se manifiesta de una manera tan sencilla, casi voluptuosa. Alzo el rostro, observo atentamente el eterno ojo ciego de la compresión individual.

Un suspiro en medio del tiempo perdido.

En paz

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