Danza al tiempo destructor.

Sentados, uno frente al otro. Su rostro es un enigma, un reflejo de sus pensamientos quizá. Lo contemplo en silencio, a solas, protegida por esa necesidad instintiva de esconderme detrás de mis propias batallas personales – el ágora de mi mente se estremece por el eco de mi incertidumbre – y esa tristeza infinita, pequeña. Una grieta sin sentido en el muro de mis convicciones.

Ah, sí, esa naturaleza contradictoria que abriga mi pecho, que envuelve mi deseo.

A veces he llegado a convencerme que el amor es una condena mitológica. Y no digo esto en una especie de sentencia insólita, sino como una aseveración nacida de una fugaz sensación de fe ciega. Ah, sí, ese sentimiento poderoso, destructor, revelador, sin forma ni confín, que es capaz de arrasar nuestra memoria y convicción. Ese es mi concepto sobre el amor, imprescindible e irresistible presencia que actúa sobre nuestro interior provocado un profundo cambio espiritual. Lo imagino como un Chaman, poderoso y audaz, de pie en el risco de una montaña imposible y borrascosa, más allá de cualquier memoria consciente. Su rostro arrugado y tenso, denota concentración, está lleno de la fuerza de cientos de inviernos y veranos, la voz del sol en su piel. Los brazos abiertos al cielo, la convicción recorriendo su cuerpo enjunto. Una Pluma brillante y negra en su cabeza. Los ojos brillando por el fuego certero de la obsesión.

Canta a la vieja Madre Salvaje, ese símbolo primigenio de nuestro espíritu, en la fuerza que recide al limite mismo de la racionalidad. Ese poder enorme y desconocido que brota en nosotros, benevolente y artero. Una voz en las sombras, enorme y portentosa. El desconocido baile del tiempo y la mente del hombre. Provocativa y procaz, pura y frutal, es el canto que escuchamos en nuestro interior al comprender que el mundo es una creación de nuestra intención, la convicción raquídea. Esta vanidad diminuta, que se alza en todos nosotros, el rostro en el espejo, un momento de completa obsesión y bondad.

Danza el viejo Chamán, mientras el cielo que le cubre se vuelve tormentoso. Una centella muda atraviesa la oscuridad y una densa sensación de temor lo envuelve. Pero es vida, es el poder de la naturaleza olvidada, lo que nace en esta devoción. ¿Es amor acaso o no es más que una imagen fragmentada de mi propio anhelo? Y sonrío, entre lágrimas, mientras en mi mente la escena se hace diáfana y completamente real. La lluvia ancestral, golpeando el rostro del hombre, la eco de la furia de la montaña, elevándose en todas direcciones. ¿Es así este sueño, es así este deseo? Llama roja y negra, el núcleo de mi mente oscila lentamente entre una individualidad crasa y esta necesidad, esta sed de crear a través de mis manos y de mis dedos. Un suspiro aciago, un dolor irresoluto, en la piel de mis pensamientos, en la idea más profunda de mi misma. Un llanto silencioso, voraz. Y esta furia, que me quema y abre todas las puertas que mi mente. Inundado de luz el Castillo de mi Memoria, un gran estallido ígneo y sin forma. Y siempre, el misterio de esta sensación raquídea, la profundidad del mar y del tiempo, la fuerza de la montaña, el cantar del viento, en mi.

Abro los ojos. Él me mira un poco confuso. Sonríe, tomándome de la mano.

-¿Te encuentras bien? – pregunta. Suspiro. Me inclino. Me besa, sus labios abriendo los míos, una intimidad voluptuosa y angustiosa. Me aferro a él, y siento que todo mi cuerpo se estremece en el rayo de la tormenta, en el brillo del temor, en la fe de la promesa.

– Sí – susurro a ciegas. Sin aliento, por un instante ajena al temor – lo estoy.

C’ la vie.

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