El nacimiento del Edén.

Mi abuela solía decir que los hombres son ciegos, pero las mujeres vemos en la oscuridad. Se refería por supuesto a esa intuición helada y precisa, el lenguaje concreto que es capaz de expresar la realidad a través de una idea inequívoca y simbólica. ¿Es es el origen de esa fuerza femenina latente y profundamente asimilada que la brujería celebra y acentúa? No podría decirlo con absoluta certeza, pero tengo la certeza que podría serlo, un momento exquisito y exacto donde la voz profunda y misteriosa de la mujer salvaje, la mujer olvidada, la mujer sabía, la mujer antigua aflora como un aroma exquisito extendiéndose en todas direcciones a partir de la razón moderna, de ese subterfugio en sombras que llamamos consciencia.

Tal vez Unirse a la naturaleza instintiva no significa deshacerse de nuestra perspectiva del mundo, cambiarlo todo de derecha a izquierda, del blanco al negro, trasladarse del este al oeste, comportarse como una loca o sin control. Solo significa cerrar los ojos, tomar una larga bocanada de aire y arrojarse al vacío de las convicciones, sin esperar nada, con el temor atormentándonos, con la incertidumbre golpeándonos en los oídos. Los labios apretados de angustia, la confusión envolviéndonos hasta sofocarnos. Y sin embargo, saltar, riendo nerviosamente, alzar vuelo más allá de la memoria, rompiendo limites y horizontes inconcretos. La naturaleza más primitiva, la fuerza de una antigua integridad que quizás hemos olvidado.

En ocasiones, simplemente se trata de establecer un territorio, una vocación ancestral por medio de la idea y la palabra. Liberar toda esa pasión, esa sensación constructora y devoradora que habita en nuestro espíritu, procaz y caótico. Hablar y actuar en nombre propio, echar mano de las innatas facultades de nuestra razón, tan vieja como el olor de la Madre tierra, tan portentosa como nuestra capacidad para otorgar sentido a un mundo abstracto y oblicuo. La alegría furiosa y frenética de entregarse a la transgresión, a la insolencia, la polémica, esa rebeldía natural que nos permite comprendernos más allá de una figura social.

Sí, esa absoluta carencia de limites, esa fuerza furiosa y desordenada, constructora y abrumadora. Ese poder que nace de las entrañas, visceral e incontrolable, majestuoso, tierno, profundamente sentido. Esa energía despótica que corre, convoca y repele. Independiente, respetuosa, violenta, agresiva, maternal, cegadora. La salvaje fuerza de nuestra mente y nuestro espíritu, más allá de cualquier norma y concreción social. La necesidad de romper los paradigmas y darle sentido a uno nuevo, propio, espléndido, desconocido, irreverente, procaz, vulgar, intimo puro.

La experiencia y el poder de uno, de la voz que nunca descansa, del grito infinito, de la comprensión que más allá de nuestro Universo cuántico, podemos darle sentido al mundo de las ideas a través de nuestras convicciones.

Una alborada de grises y dorados. Un despertar de la conciencia. El canto del viento en el espíritu creador.

Así sea.

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