Dioses de Fuego.

Escribo. Los ojos entreabiertos, la espalda rígida, los dedos tensos, sosteniendo el lápiz. La pasión es luz, es un hilo sofocante que me cierra la garganta. Apenas puedo respirar, mientras la leve presión de esta emoción profunda se hace más poderosa. ¿Donde está el núcleo de este poder aciago y sin nombre? ¿Donde la siento, donde lo encuentro? ¿De donde proviene? Sonrío, el corazón latiendome tan rápidamente que siento una leve sensación de dolor. Camino por los desiertos de mi mente, por los bosques y océanos de mi deseo, las ciudades, calles y Castillo de mis sueños y pesadillas. Soy tierra fértil, semilla que nace y brota de mi angustia y mi vanidad irresoluta. Soy voz y silencio, caos y simple anhelo. Me formo, me creo, nazco, me alzo, me elevo, soy. Pierdo los recuerdos, fragmentados, flotando a mi alrededor como pétalos quemados por un sol interior.

Brota de mí, excede todo limite, la frontera invisible, el horizonte de fuego. En el fondo del pozo donde yace mis temores e incertidumbres, el rostro más puro de mi confusión. Vivo en mis lágrimas y en el fondo misterioso del mar, transido en sombras donde flota la ausencia. En las ramas de los árboles del silencio, estirándose para tocar el cielo tachonado de estrellas que no reconoce otro nombre que el mio. Pertenezco a mi pasado, soy una simple sonrisa, la comprensión y la sutil experiencia. Y llamo a esa Diosa secreta que soy yo misma en el presente, que se sienta a mi mesa, en el salón aciago de la memoria perdida. Está entre los pasos que resuenan en el corredor de mis pensamientos, en la posibilidad y el tiempo que retrocede para encontrarme y darme forma, crear a través de mi voz y mis dedos, recrearme en la silueta de toda evocación, deseo y crueldad.

Vivo en el verdor que asoma en la nieve de la nostalgia, vivo en los crujientes tallos del moribundo maíz de otoño, vive donde mis muertos aguardan para escucharme cantar. Vivo en mis besos y en mis gritos de ira, vivo en el lenguaje que creo cada vez que necesito darle sentido a mi secreta individualidad, vivo en la poesía de la invocación antigua, en la percusión y el canto de mi traviesa anhelo de transgresión. Vivo en la Aurora negra y en el amanecer raquídeo y en la voz del rocío del jardín de mi deseos. Vivo y muero, me desplomo y sueño, solo soy yo, en esta sensación, en este poder fuera de toda concepción, en esta fuerza, en la absoluta y enajenada alegría de cantar en voz en cuello, en las lagrimas de furor, en la frenética necesidad de crear una y otra vez, sin pausa y descanso.

Soy la mujer salvaje, la loba secreta, la anciana cansada, la joven desconcertada, la mujer fértil, la criatura sin voz, el Ouroboros atemporal, la hidra sacramental, la medusa en busca paz, la bruja sin nombre, la dueña del fuego y el furor.

Sonrio, las palabras brotan libres, como aves que anuncian un nuevo sentido y una nueva voz.

Soy, despierto, renazco, me elevo.

En mi voz.

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