Perdida y olvidada en el Caos.

Caminando por la calle a solas. Temblando de frío, envuelta en mil pensamientos, la sensación correosa de encontrarme por completo aislada, aunque no precisamente abandonada de toda sensación. Las manos hundidas en los bolsillos, los labios apretados, los ojos ciegos por la bruma de los pensamientos. Un dolor que palpita por el rabillo de la realidad. El mundo tiene el aroma de la madera, del temor equidistante, un camino olvidado. Polvo y oro. Caos y un poco furia. Tomo una larga bocanada y siento este placer bendito de sentirme simplemente sola. Sï, a solas, con esta diminuta locura, el sonido de fluidez del idioma personal, olvidado y recordado. Soy la fuente, soy la luz, la noche, la oscuridad y el amanecer. El olor del buen barro y la pata trasera de una mesa. Soy todos los rostros de mi misma, Un universo en una lágrima que continua oculta. Una raíz fecunda y olvidada.

Me detengo. El cabello rasguñandome las mejillas. Me vuelvo a mi alrededor, para mirar la ciudad que se eleva en todas direcciones, en sombras grandes y pequeñas, voces, miradas, texturas y el sabor de un sentimiento sin forma. Las manos apretadas dentro de los bolsillos, incubando pequeñas ideas sin pulir y de los pactos con mi propia memoria. Mi mente corre trepidante, soy yo misma el pensamiento que invoco para comprenderme.

Levanto el rostro al cielo gris y mustio, agrio e interminable. Entreabro los labios y paladeo el sabor metálico de la realidad, esa sensación sublime de existir y ser parte de un sueño, la realidad, el ágora – jardín amurallado, en medio de la vorágine – donde habito, encerrada, enclaustrada, prisionera, dueña, reina, destructora. La oscuridad y el amanecer en un parpadeo.

Sacudo la cabeza y continuo mi silencioso paseo. Las uñas clavadas en la palma de las manos. Un mínimo rastro de sangre resbalándome por la muñeca y manchando la lana del abrigo que llevo. Y miro esa rosa diminuta, abriéndose y palpitando y me pregunto porque no siento dolor, porque solo miro esa rutilante estética de los pétalos secretos que impregnan la tela. Una imagen nocturna, un susurro en una esquina torva donde me he acurrucado. La espalda rígida, escuchando, solo escuchando. Un ligero escalofrío y luego, paladeo esa visible cualidad de la felicidad, a pesar de todo, por encima de todo.

Suspiro, me envuelve y me aprieta la humanidad. Me debato, discuto a gritos silenciosos. Y también sonrío. Soy y no soy. A solas en medio de un territorio de espíritus perdidos y blandos.

Una remota necesidad.

Un tiempo sin voz.

Paz en la locura, una inmensa rueda que gira. Plata en la voz.

Un tiempo infinito, en mi convicción.

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