El verbo y el caos.

Aunque soy aficionada a los pequeños laberintos de las preguntas y respuestas, nunca había respondido a cuestionamientos más extravagantes, complejos, destemplados y profundos que los que me ha hecho llegar mi querida Nelewinona para celebrar, tal vez, el final de un ciclo redentor, centelleante y probablemente inolvidable.

Que se alce, entonces, la voz de la memoria.

– ¿Cuántas veces morimos?
Tantas como podamos renacer a través de nuestra capacidad de creación y la despótica convicción de comprender nuestra más intima convicción.

– ¿Cómo funciona el olvido?
Como un gigantesco reloj que avanza lentamente, sobre un aro de plata empañado y cada vez más opaco. Las agujas comienzan a detenerse a medida que las ruedecillas que forman su diminuto cosmos se hacen menos visibles, perdidas en la oscuridad de no existir. Una de las manecillas lo hace primero: una flecha de plata rota que se agrieta en un suspiro. La otra, oxidada y áspera, continua moviéndose un poco de tiempo más, pero sin realmente tener conciencia de misma. El resto del mecanismo es una caja de niebla.

– ¿Existen los mártires?
Solo aquellos que utilizan el principio y la moral para crear un arma irreductible, afilada, errabunda, temible, silenciosa, misteriosa, inalcanzable, definitivamente mortal. No obstante, la empuñadura de esa hoja afilada – donde el mártir siempre alcanza a mirar su reflejo para luego, embelesarse mirándolo – posee una cuña de un veneno esencialmente destructor: la complacencia.

– ¿Cómo se produce la voz humana?

De un deseo, de un temor. De la máscara rota de la certezas, del temblor unánime de la búsqueda, de la angustia de la pasividad, más allá de la tormenta de los principios. Nace de recordar y olvidar, gritar en silencio, llorar sin lágrimas, beber de la fuente de la critica, llorar sobre el valle yermo de la compasión, correr – indómito y voraz – a través de la crueldad y la simple malicia. Es un eco, quizá, entre corredores a medio construir.

– ¿Son iguales todas las máscaras?
Todas tienen el mismo sentido, al menos: recrear un ideal. No obstante, el deseo de amoldarlas, tallarlas, destruirlas para luego recrear los trozos perdidos a través de esa falsa convicción del tiempo perdido, puede darle un nuevo significativo. O robárselo por conmpleto.

– ¿Cómo se produce el silencio humano?

La caída en el tiempo personal.

– Dame un silencio naranja.
La profundidad inquietante, de un atardecer que nace de un recuerdo prolijo.

– Dame un silencio verde.

Una frenética necesidad, el deseo naciendo a nuestro alrededor. Un árbol gigantesco, cargado de los frutos plenos y carnosos de nuestra devoción personal.

– Dame un silencio blanco.
Un fino hilo de dolor y placer, elevándose en la piel para crear un gemido.

– Dame un silencio azul.

Entre las zigzagueantes sombras del fondo de mis convicciones.

– ¿Cómo se agarra una navaja sin mango?
Con los labios apretados, temblorosos, deseosos, equidistantes, pues es toda filo como un deseo.

– Pide un deseo.
Pido olvidar cualquier forma fronteriza que pueda alagar mi imaginación. Quiero olvidar aprender, porque solo deseo crear.

– ¿Cuánto dura el amor eterno?
La vibración radiante y seca de un orgasmo al límite de la cordura.

– ¿Dónde está el infierno?
En cada duda, incertidumbre, temor. Y también en todas las certezas y la convicción.

– ¿Dónde está el cielo?
En la grieta en sombras del deseo de crear. La completa libertad de encontrar sentido a nuestra capacidad para expresar la voz más intima y sacramental.


– ¿Dónde está Dios?

Aunque creo en una divinidad creacionista y femenina, puedo decir que Dios – o la divinidad – esta en cualquier lugar donde no se insista en su existencia.

– ¿Cuál es La Señal de Dios?
Despertar a mitad de la noche y comprender la absoluta vulnerabilidad.

– ¿Cuál es Su Mensaje?

Soy, eres, somos, seremos, destruimos, creamos, olvidamos, recordamos.

– ¿Quién es pequeña?
la comprensión de la tolerancia.

– ¿Qué pasó?
la oportunidad de temer.

– ¿Dónde es “casa”?
Entre mis dedos.

– ¿Y la estática?
Un gran alboroto de trinos y gritos. Luego, solo el silencio. La luz blanca del amanecer derramándose en el suelo, despertando los colores, llamándome por mi nombre. El ruido confuso en el que apenas se oye una pregunta: “¿cuántas veces morimos?”

Paso el testigo a Violeta, la bruja azul.

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