Un oscuro Filigrana.

Habitualmente, calculamos la importancia de una obra por la forma como influye sobre otras o en la visión de otras creaciones literarias donde pueda otorgar un nuevo significado a la palabra. Incluso, me ha sucedido – mea culpa – que sobrevaloro ese ascendiente sobre otros valores literarios. No obstante, en el caso de “La casa es el límite” de William Hope Hodgson, a pesar de ser una consecuencia directa de los relatos góticos al estilo de Drácula de Bram Stoker y similares, – sobre todo la referencia a la maquina del tiempo que nos recuerda a la obra de H.g Welles – reconozco que es una de las obras nucleares para comprender el universo intimo de la obra de Lovecraft. Pero la influencia no se detiene allí: como una red fecunda, donde prosperan las imagenes más oscuras e inquietantes, la obra de Hodgson toca todos los registros de la manifestación del terror literario en la primera mitad del siglo XX.

La casa en el límite, escrita en 1908 no es, como es habitual al hablar de obras de esa época, una colección de relatos, es una novela de terror. Además es una genuina novela “moderna” en la que la narración se desarrolla en distintos planos. En primer lugar tenemos las explicaciones del editor sobre la conveniencia o no de publicar el texto, un manuscrito hallado en una ruinas, que el cree verdadero pero que resulta difícil de creer. La experiencia que el editor vive junto a un compañero cuando encuentra el manuscrito y la coincidencia de esos terrores primigenios con los que se encuentran explicados en el texto encontrado justifican su edición y, lo que es más importante, el carácter verídico de lo escrito en La casa en el límite, pues ese es el título del manuscrito.
Empieza así el núcleo de la narración, donde se cuenta cómo la casa que habita el autor del manuscrito, un extraño edificio al borde de un abismo en remotas regiones irlandesas es asediada por una bestial raza de hombres-cerdo. El hombre, que vive junto a su hermana y a su fiel perro, sufre además raptos interestelares que le hacen viajar a través del tiempo a velocidades vertiginosas, presenciando así, el fin de la Tierra y la consunción del Sol y del Sistema Solar, y de su hallazgo, donde la materia desaparece, de una casa idéntica a la suya, asediada por un bestial hombre-cerdo y contemplada su acción por todos los dioses imaginables por mentes humanas y por otras aún más terribles. De vuelta al tiempo inicial del relato la casa vuelve a ser asediada, ahora no por la horda de hombres-cerdo, si no por aquel monstruo visto en los confines de la eternidad.

El relato concluye abruptamente.

Hay un tercer plano narrativo y es el que me resulta más significativo e interesante. Este tercer plano sólo acaece en la cabeza del lector y que es posible gracias a las pistas que Hodgson va dejando a lo largo de la narración. De manera explícita aceptamos que lo que se nos cuenta en narrativa es “real” pero lo distinguimos claramente de lo real, de la vida. Lo “real” en literatura se circunscribe al ámbito del relato. El manuscrito de La casa en el límite es “real” en ese sentido. Además tiene el aval del prefacio del editor, donde nos confirma, a través de las extrañas sensaciones que envuelven el hallazgo del manuscrito, lo “real” de lo que en él se cuenta. Sin embargo el lector no puede dejar de cuestionarse muchos de los extraños detalles que el propio autor del manuscrito va dejando a lo largo del texto. Son una serie de incongruencias y de extrañas reacciones de los personajes secundarios nunca explicadas, que plantean una tercera posibilidad ratificada por la subjetividad del texto del manuscrito. ¿Y si esa aceptación tácita de lo “real” por parte del lector le lleven a engaño? ¿Y si el manuscrito relata los delirios de un enfermo que causa pavor a quienes le rodean? ¿Y si todo es falso?

La posibilidad de que estemos leyendo un falso relato dentro de una “realidad” literaria está sustentada en numerosos detalles que el editor parece no percibir, según sus palabras el manuscrito llega al público sin “literaturizarlo” tal y como fue hallado y transcrito.

Lo que en realidad nos ofrece Hodgson, a través del editor, a través del autor del manuscrito es pura literatura. La imagen de una imagen, tan real como nosotros queramos, tan cierta como lo es su lectura y tan falsa como la vida.

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