El caos de la memoria.

En ocasiones me despierto durante la noche sobresaltada. Una sensación eléctrica de puro terror que pocas veces he experimentado en el día y de hecho, creo que nunca ha tenido la misma profundidad, ese cavernoso eco emotivo, que tiene en la oscuridad. Tendida en mi cama, con las sienes palpitandome, las manos apretadas, los ojos abiertos y ciegos, siento claramente la inevitabilidad de la muerte, la idea pura y sin matices, que algún día moriré. Un escalofrío me recorre, los ojos se me llenan de lágrimas de pánico. Un espasmo insoportable, que me recorre por entero durante un tiempo casi eterno, sin sentido. Intento razonar con ese vacío – la mera oscuridad – consolarme con las pequeñas tretas que en ocasiones utilizo para tranquilizar mi mente, pero no puedo hacerlo. Simplemente, la idea es demasiado enorme, se desborda en todas direcciones a partir de un simple mutismo. Una conciencia evidente, una idea inconcreta.

Moriré. Sencillamente así.

Y es la pulcritud de ese pensamiento lo que me desconcierta, lo que rompe todas mis barreras y me impide encontrar un segundo de frágil paz. No hay una respuesta, tampoco la posibilidad de atenuar el furioso golpe que me propina esa certeza. Infructuosamente, me levanto, deambulo por mi habitación, tambaleándome entre las sombras grises y doradas, sintiendo el calor de mis mejillas, la sensación simple de mi cabello acariciándome los hombros, el frío del suelo bajo las plantas de mi piel. Estoy viva, me digo, con el corazón latiendome muy rápido – una mariposa criptica atrapada dentro de una idea inconcreta – ahora mismo, soy yo, estos son mis pensamientos, este es mi temor. Pero ninguna de esos razonamientos logra cruzar el umbral de las flores marchitas, de ese silencio sedoso que se extiende en la idea de no ser, de no estar. Sin aliento, respirando trabajosamente – el pánico como un peso real sobre mí – creo que no podré superar la idea de ese olvido piadoso, esa existencia más allá de la memoria. Tal vez soy muy vanidosa, o me refugio en la futilidad de mi desesperada avidez intelectual. Pero el hecho es que apenas soporto la conciencia que alguna vez careceré de concreción, que seré el recuerdo en los pensamientos de alguien más.

Muchas veces me he preguntado si este temor – quemante, hiriente, humillante – tiene su origen en mi capacidad psíquica. Tal vez el hecho de atisbar esa otra dimensión de la realidad concreta, esa oscuridad abisal más allá del tiempo cotidiano, me ha hecho comprender que la memoria no es otra cosa que una grieta fortuita en el cristal de la razón más amplia. Una idea que se abre en los límites de lo que podemos aceptar y lo que deseamos creer. Un núcleo palpitante, sin sentido y carente de textura.

Como el miedo.

Suspiro, me tiendo de nuevo en la cama. El miedo es una sensación helada en la superficie de mi piel, un invierno crudo y despótico que me cubre por completo. Temblando, aprieto los párpados y trato de concentrarme en la fe, en la etérea esperanza que instintivamente, aflora en algún lugar de mis pensamientos para calmar este terror negro y torvo. Mi cuerpo se relaja, siento paz, diminuta, sin sentido, casi artificial. Y sin embargo, me dejo llevar por esa fatua capacidad de creación, carente de peso, elevándome hacia el sueño, esa ausencia de conciencia tan parecida a la renuncia de la individualidad.

El leve crujir del viento contra mi ventana. La oscuridad ondula, hinchada y torva. Una súbita sacudida me recorre y despierto de nuevo, jadeante. Los ojos llenos de lágrimas.

Rota la diminuta ilusión de serenidad.

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