La destructora divina.

Desde la perspectiva religiosa, la fuerza del bien también posee una faceta terrible y la desencadena contra los transgresores morales y malvados. El Dios de Abraham envía inundaciones, incendios, plagas, y otras catástrofes a fin de aniquilar ciudades, naciones e incluso a la humanidad entera cuando se corrompe. Sin embargo, no es fácil personificar su cólera porque el judaísmo, al igual que el islamismo, prohíbe las imagenes de la Divinidad masculina monoteísta.

Puedo afirmar exactamente lo contrario de la diosa India Kali, cuya representación más popular la muestra inmensa y erguida, con la lengua que asoma ensangrentada entre los dientes y con los multiples brazos cargados de armas y trofeos de su sed de venganza: cráneos humanos, cabezas cortadas y manos amputadas. Danza frenéticamente y se arriesga a aplastar el mundo y destruirlo hasta que Siva, su esposo, repose entre los cadáveres que yacen a sus pies. Kali reconoce a su marido, sale del trance y recobra la conciencia.

El mito indio del cataclismo, comienza cuando las deidades abordan a la Diosa y le piden ayuda para luchar con los demonios que, con su maldad, amenazan el mundo. De la brillante montaña que se forma con los pensamientos y las plegarias de los Dioses surge Mahamaya, manifestación de la presencia cósmica. Adopta la forma de Durga, armada y montada en un león y vence a un demonio tras otro. En otros momentos de la contienda se multiplica en distintos diosas bélicas y al final, bajo la forma de Kali, se enfrenta con Raktavija, general de los demonios cuya sangre, al caer gota a gota al suelo, se convierte en un centenar de demonio. Kali lo frustra recogiendo en la boca la sangre que pierde y finalmente lo asesina.

Existen extraordinarias semejanzas entre los mitos indios y egipcios del cataclismo. Al igual que Durga, Sejmet se vincula con los leones y procede de Hator, Diosa más apacible, del mismo modo que Durga proviene de Mahamaya. Ambas ponen en juego sus fuerzas protectoras para proteger a los Dioses de enemigos peligrosos y malignos ( Ra y el panteón indio, respectivamente ) y son invencibles.

Sejmet se desarrolla a partir de la Diosa Hator – hija de Ra – cuando se entera que los seguidores humanos de Seth planean una conspiración contra su padre. Después de la matanza, Sejmet se retira a descansar y, temerosos de la desaparición de la humanidad los dioses preparan 7000 jarras de vino, teñido de rojo con Ocre. Al despertar Sejmet ve los campos cubiertos por este liquido, parecido a la sangre y lo bebe para saciar su sed de venganza. El vino sume a la Diosa en un sopor profundo y la humanidad se libra de la destrucción.

En todos los casos el frenesí destructor de la Diosa aflora transitoriamente para luchar con los enemigos de uno o varios dioses de la justicia y es la energía positiva masculina la que restablece el equilibrio. Al eludir el empleo de la fuerza, el Dios encamina a la Diosa hacia la pasividad, reflejando su aspecto afable hasta que se da cuenta de que su ira se ha consumido.

La sangre derramada por la Diosa durante el frenesí bélico no es un simple efecto secundario de la destrucción. Tiene importancia en tanto materia prima de la vida y de la muerte que la alquimia divina puede convertir en nuevo ser. Al librar al mundo del mal, la Diosa también prepara el espacio para la nueva generación o raza que aparece después de todo cataclismo y que puebla nuevamente al mundo.

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