Dolor y voz.

Terminaba el primer año de la década de los 50, cuando el escritor superviviente de la llamada generación Beat, William Burroughs, le propuso a su esposa llevar a cabo el acto temerario por excelencia: tentar a la muerte. Fue en el transcurso de una noche cualquiera, tal vez embriagado por la sensación intoxicante de la realidad, ese golpeteo de la normalidad que alguna ocasión se hace por completo insoportable. Ella acepto – confiada probablemente en ese hálito irreductible del temerario – y aguardo: de pie contra una pared mientras él le apuntaba con un arma. Él sonreía, se tambaleó. El arma se disparo. Y acertó de lleno en la frente de la mujer, que se desplomó lentamente al suelo, herida de muerte y aun sonriendo, confiada ante el rostro espectral de su marido.

Por eso -dijo el aprendiz de Tell- se hizo escritor. El espíritu del mal se le había metido dentro, y no podía hacer otra cosa que escribir para luchar contra él.

Creo que todos los que nos entregamos a la pasión por las palabras, expiamos un demonio de fuego al que somos incapaces de controlar. En cada minuto de nuestro día, en cada hora de nuestro señor, repiquetea esa sensación abrumadora e informe, que nos fustiga hasta derrotarnos, someternos, obligarnos a crear, a luchar contra esa sensación de desconcierto, esa simple vulnerabilidad de entregarnos por completo a un deseo. Sueño y aspiro, me debato en sombras, pero siempre la palabra me ilumina, me ciega, me arranca la voz.

Un mundo en sombras iluminado por el verbo.

Escribo desde que era una niña muy pequeña. Escribía las palabras por el mero placer de paladearlas, degustarlas lentamente entre mis dedos. Escribo por pasión, por tristeza, por alegría, por todas las razones, por ninguna razón, porque crecí entre los parráfos y el sentimiento más profunda de la prosa, porque aun soy una niña que se maravilla por las ciudadelas de la creación que se alzan a mi alrededor. Escribo porque necesito hacerlo, porque no podría sobrevivir sin hacerlo. Escribo entre lágrimas, entre carcajadas, debatiendome en el ojo de la tormenta, gritando enloquecida, en el mutismo intelectual que devora y consume. Escribo mientras duermo, delineando mi voz en las sombras de mi conciencia, escribo mientras camino por las calles, creando las imagenes en reflejo con la idea más visceral de mi perspectiva de la verdad. Soy en palabras, soy en sueños de blanco matiz, soy la idea elevada de mi misma, soy la necesidad que nace y muere ante una hoja en blanco, entre mis dedos temblorosos, la emoción sofocándome, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos de puro furor. éxtasis, si, el mayor de todos, el más desesperado, el más hiriente, el más delicioso, el más profundo, el más antiguo.

Una huella de fuego en mi espíritu, una necesidad infinita destinada a no saciarse jamás.

Paz, paz para el mundo de mi mente, el jardín amurallado de mi memoria.

Asi sea.

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