Un pensamiento ingenuo.

Siendo una niña, comprendí que la idea del mundo era una percepción completamente personal. No hablo que tuve una revelación o una especie de inspiración mística que me mostró el camino hacia una crasa individualidad, sino fue a los seis o siete que comencé a construir ese espacio en sombras que es mi nombre y mi rostro más intimo. A veces imagino el génesis del jardín amurallado donde tantas veces me refugio como el comienzo de una novela normal, con un narrador neutro en tercera persona, que se eleva por encima de la cotidianidad para desmenuzar y dar sentido a algún acontecimiento mágico, trágico, extraño o al menos hilarante en mi vida. Palabras y palabras, creando una idea concreta de la abstracción más intima de mi memoria, dando sentido a esa sensación de furiosa y tal vez núbil vanidad que otorgó cierta textura a mi pensamiento.

Creo que ese descubrimiento – un recorrido palpitante hacia la voz personal – es una idea brillante y secular que tiene en la infancia – esa época nebulosa, exquisita e incompresible – su mejor ejemplo. Me sucede con frecuencia que recuerdo mi niñez como una serie de fragmentos, más o menos inconexos, que crean una especie de mosaico sin sentido en mi mente. Una sensación de caos elemental e instintivo, como si esa carencia de sentido y coherencia simbolizara esa pureza de valores y concepciones que simboliza ese momento de nuestra vida.

Ah, sí, pequeñas anécdotas tan vívidas y sin embargo, completamente desvinculadas entre sí, que se elevan a nuestro alrededor como el origen de nuestra voz más profunda y personal.

Un pequeño anecdotario, quizás:

Tendida, sobre la hierba frutal y fresca. La ropa empapada de rocío, el cielo azul abriéndose sobre mí, inabarcable y tan brillante que me obliga entrecerrar los ojos. Un suspiro maravillado, mi aliento lleno de esa luz dorada y oblicua que transforma el mundo en un sueño, en una exquisita sensación, más que en un momento en concreto. Los brazos abiertos sobre la tierra, queriendo abrazarla, blanda y raquídea. Tan cómoda, tan intensamente vinculada a todas mis sensaciones.

Otro escena:

En una ocasión mi abuela me obsequió una muñeca. La miré, un poco desconfiada – nunca me gustaron las muñecas en realidad – pero sentí una profunda fascinación hacia las mejillas de porcelana redondeada, el cabello negro y sedoso que le caía sobre los pequeños hombros, los ojos grandes y despejados, la diminuta boquita apretada en una mueca que se me antojó caprichosa. La tomé entre mis brazos – el cuerpo esponjoso, el vestido de satén desgastado y oloroso a naftalina – y sentí una insólita sensación de curiosidad. No se trataba de un simple objeto, tampoco de un símbolo vacío de lo que los adultos imaginan es el mundo infantil. Esta pequeño enigma de porcelana y madera tenía textura y peso propios. Tenía sentido. Miré a mi abuela, desconcertada.

– Es una muñeca bru – me explicó. Un vínculo de comprensión entre ambas, palpitante y exquisito – Solían fabricarse en número limitado. Ella es única, como tu.

La muñeca, con su expresión furiosa y caprichosa, viva en mi imaginación.

Y otra imagen más:

Sueño que estoy soñando. Acurrucada en mi cama, envuelta en cobijas y sabanas, un libro junto a mi mano extendida. El viento golpea el cristal, haciéndolo traquetear ruidosamente. Estoy despierta y a la vez no lo estoy. El cabello haciéndome cosquillas en la cara, la respiración lenta y cálida del sueño.

Una sombra en la ventana. Un hombre, tan real que casi puedo ver la forma de su frente alta, la linea concreta de su barbilla. Las manos entrelazadas.

No es real. No es real. Y tampoco estás dormida.

Un ramalazo de miedo. Abro los ojos completamente. La oscuridad me golpea las sienes. Pero la ventana se encuentra vacía, las cortinas bamboleando entre las manos del viento. Y la muñeca caprichosa, descansa sobre mi diminuto escritorio. Los ojos de vidrio destellan un instante, heridos por la luz de la calle y tengo la impresión que ella también ha visto a mi caballero de sombras, que ella también intenta comprender.

Una conclusión:

Tendida junto a la muñeca en el jardín. El sol enorme, es un estallido de luz ígneo, sin forma, irradiando una benéfica y engañosa inocencia. Por un momento creo que el mundo es bueno, que todo tiene sentido y la belleza, la simple dulzura de la aceptación, es posible. De nuevo, creo que estoy dormida. La muñeca no es más que porcelana y madera y yo, solo una niña angustiada intentando darle sentido a sus pensamientos, al ingenuo temor – ¿estoy loca? ¿ es real ? -. Con un respingo, me despierto.

Un suspiro incomprensible de pura desazón.

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