Juego de espejos: De la palabra a la imagen.

El prestidigitador y el público han entrado en lo que yo llamo el “Pacto de hechicería consentida”. No está explícito como tal, y de hecho el público es apenas consciente de que pueda existir tal pacto, pero es lo que sucede.


La persona que realiza el truco no es por supuesto un hechicero, sino un actor que interpreta a un hechicero y que desea que la audiencia crea, aunque sólo temporalmente, que él está en contacto con poderes siniestros. El público sabe que lo que está viendo no es realmente hechicería, pero reprime el conocimiento y accede al deseo del hechicero. Cuanto mayor es la habilidad de éste de mantener la ilusión, mejor le juzga el público.

El prestigio
Christopher Priest

Siempre que un buen libro es adaptado al formato cinematografico, la pregunta que inevitablemente me hago es ¿puede resultar la pelicula interesante aun cuando se haya leído el libro del cual se adapta? La respuesta, en el caso de la pelicula el Prestigio, es sí, debido a la magnifica labor de los hermanos Nolan de trasladar a la imagen la obra impecable del britanico Christopher Priest, en una muestra del buen cine que puede darle un lugar digno a la palabra dentro del mundo celuloide. La trama toma lo que le conviene de la narración literaria para realizar la necesaria síntesis requerida por el cine. Eliminan personajes y subtramas secundarias, incluyen variaciones y añaden elementos propios para centrarse en lo fundamental: la historia de la enfermiza obsesión de los magos Alfred Borden y Rupert Angier, enemigos acérrimos que se reflejan mutuamente en un juego de espejos, y los mecanismos del engaño y el artificio a través de la figura del ilusionista, que bien podría ser el director o el escritor.

Priest hace uso de los diarios de ambos magos para contraponer sus puntos de vista y contar el relato (ambientado a finales del siglo XIX y principios del XX) según los intereses de los autores, desde dos ópticas que se complementan y enriquecen la percepción del lector. También, nos ofrece la perspectiva actual de sus descendientes, que tratan de resolver un misterio de siniestras resonancias y que, de algún modo, han heredado. Así, nos sitúa en diferentes prismas para que poco a poco vayamos descubriendo los motivos de tal rivalidad, los ataques y sabotajes que se brindan entre ellos, las víctimas que dejan a su paso, el ansia por descubrir los secretos ajenos y los paranoicos extremos que alcanzan en su escalada hacia la fatalidad. Como en un truco de magia, el autor se las ingenia para mostrarnos las claves del asunto y, al mismo tiempo, ocultarlas, de forma que, reveladas las incógnitas, nos cercioremos de su habilidad para sorprendernos y hacernos emprender un nuevo camino hacia lo incomprensible.

Si se ha leído el libro, es indudable que algunos secretos ya nos serán conocidos y, por ello, a lo largo del metraje muchas de las sorpresas y giros literarios quedaran al descubierto tal vez con demasiada facilidad, pero que no cunda el pánico: aún quedan intactos otros aspectos muy interesantes que los Nolan, en función de su criterio, han decidido obviar en su traslación cinematográfica. En ese sentido, la magnífica parte final, tensa y desasegante, nos guarda algunas emociones fuertes y un par de giros que suponen un admirable encaje de bolillos. Porque, además, a ese clímax se llega pisando el acelerador a fondo y sin frenos, puesto que Priest, a partir de cierto suceso trágico, nos introduce en una pesadilla donde la ciencia y la fantasía aterradora se funden en un todo, aprovechando la inquietante investigación del inventor Nikola Tesla y remitiendo, en muchas vertientes, a H.G. Wells y Mary Shelley.

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